6
El caballo galopaba sin aliento a través de la llanura. Otro alazán le seguía de cerca. La muchacha espoleó al animal al ver acortada la distancia con el segundo jinete. Con las mejillas rojas por el viento y el frío, Estela reía al ver que el joven no lograba darle alcance; no pensaba dejarse ganar.
—Ahora verás —el duque de Solens se lanzó tras el caballo de la joven que, con las mismas, incitó a su pura sangre a acelerar el paso.
—¡No me cogerás, Enric! —gritó mientras la cinta de su pelo salía despedida dejando el cabello ondeando al viento.
La marquesa observaba desde la ventana cómo su hija se comportaba de manera tan alocada y nada propio de una señorita de su clase.
—Es imposible hacer carrera de ella —le dijo a su marido.
—Déjala mujer, es joven. Está en edad de hacer locuras y pasárselo bien —el marqués apuró de un trago el coñac de su copa.
—¿Te parece normal que se vaya comportando por ahí como una salvaje? —con un aspaviento, la marquesa se sentó al lado de su esposo—. Desde que salimos de Granada la cosa no ha hecho más que empeorar; juega con todos sus pretendientes sin centrarse en ninguno.
—Era lo que queríamos, ¿no? —El marqués miró a su esposa por encima de las gafas—, alejarla de Granada y de ese pelagatos. El hijo de un sastre… ¿Qué habrían dicho nuestras amistades?
—Lo sé, pero creo que su comportamiento con nosotros es una manera de castigarnos por…
—Ni te atrevas a mencionar a ese bastardo. Por lo que a mí respecta, está muerto —el marqués se levantó de su sillón de un salto. Si algo no soportaba era que se mencionara a Ernesto en su presencia y, mucho menos, al hijo de ambos.
—A veces pienso que no debimos hacerlo —la marquesa siguió con la mirada a los jóvenes acercándose a la casa.
—Queridos —la marquesa de Soto Grande se giró al oír entrar a su hija y a su acompañante en el salón.
—Señora, tan amable como siempre. Ahora sé de dónde ha sacado Estela su belleza — galanteó el duque, tomando la mano de la mujer con una reverencia.
—Enric, querido. Tan encantador como siempre —le siguió el juego.
—Estela, ¿qué modales son esos? —el marqués reprendió a su hija, que se había sentado poniendo los pies encima de la mesa—. ¿Le apetece tomar algo, duque? —continuó.
—Le agradezco mucho el ofrecimiento, señor, pero tengo algo de prisa. Solo he venido a acompañar a Estela y a traerle un regalo —el duque miró a la chica, que parecía no prestar atención.
—Oh, pero qué amable es usted. ¿Has oído, hija? —la marquesa se llevó las manos al rostro con un movimiento exagerado. La vida en Francia la había enseñado a sobreactuar y a flirtear como parte de la rutina diaria.
—Sí, lo he oído madre. El duque me ha hecho un regalo carísimo —mostró la gargantilla en su cuello—. ¿Estás contenta? Porque eso era lo que querías, ¿no? Un pretendiente rico y de buena familia— su mirada era desafiante.
—¡Estela, basta! —el marqués mantuvo los ojos sobre los de su hija, la cual se limitó a sonreír.
El duque observaba la situación, sorprendido. No solo la belleza, también el descaro de aquella muchacha le atraían más de lo que habría querido. Estela era como un animal salvaje, rebelde y descarada. Le gustaban los retos.
—Será mejor que me marche —su tono de voz rompió la tensión que se había generado entre aquellas cuatro paredes—. A sus pies, señora marquesa. Siempre es un placer verla.
—Vuelva siempre que quiera, joven —el marqués le despidió con un apretón de manos—, será bienvenido.
—Estela… —se despidió con un movimiento de cabeza y salió de la casa.
Estela le observó a través de la ventana. El duque era un hombre muy apuesto, pero no iba a dar ese gusto a sus progenitores. Se había vuelto una diversión para ella: los desplantes y los desafíos a los marqueses la habían convertido en una mujer indomable, fría e infranqueable. Era su guerra personal y, ese momento, había sido una batalla más ganada.
—Hija, ¿qué te ocurre? Cualquier muchacha de tu edad estaría encantada de vivir así. Mírate—la mujer señaló a su alrededor.
—¿Con qué derecho te crees para decirme lo que tengo o no tengo que hacer, madre? Tú, la persona que dice que se casó enamorada. ¿Es eso cierto? —los ojos de Estela estaban llenos de rabia y sus palabras lanzaron sobre la mujer todo el odio que llevaba.
—Eso no es justo, hija, y lo sabes. He hecho siempre lo mejor para esta familia.
—¿Lo mejor para quién, madre? Dime que el dinero no ha sido lo más importante para ti. Siempre has sido la esposa perfecta, siempre sumisa, callada, a la sombra de papá con tal de que no te faltasen los lujos, las joyas y los perfumes caros. Pero yo no soy como tú, madre.
—¡Basta ya, Estela! —el marqués se acercó a ella, pero eso no la detuvo. Continuó.
—Y si no, ¿qué, padre? ¿Me dejarás sin postre?
El sonido de una bofetada puso punto final al enfrentamiento. La cara de la chica había quedado marcada allí donde la mano del marqués había incidido con todas sus fuerzas. Lejos de soltar una lágrima, Estela le miró durante unos segundos. Luego, corrió a su habitación. Al marqués aún le temblaba la mano. Desde que salieron de Granada su hija ya no era la misma. Sus modales dejaban mucho que desear, no podía tolerar que se comportase así, no podía. Estaban allí por ella, por su bien y, ¿así era cómo se lo pagaba?
El negocio de los caballos iba viento en popa. Los mejores purasangres de Andalucía habían tomado un lugar en el mercado francés. La planta esbelta y señorial de los animales se había posicionado entre uno de los preferidos de la alta sociedad gala y había abierto muchas puertas a la familia. La tía de Estela, hermana de su madre, se había marchado a Francia poco después de que ella naciera. Su abuelo nunca la mencionó, siempre intentaba acallar las preguntas y los rumores malintencionados acerca de su hija menor. Isabel era la hija descarriada, la oveja negra de la familia. Las malas lenguas decían que se fugó con su amante, embarazada, y que él la abandonó poco después. Otros decían que se había metido a cupletista y que regentaba un local no demasiado recomendable en París. Cuando los marqueses y Estela llegaron a Francia, no sabían nada de la vida de Isabel.
Antes de trasladarse, la marquesa se había puesto en contacto con ella para que les ayudara a encontrar una casa. La mujer hizo todo lo posible por complacer a su hermana mayor. Estaba muy contenta de retomar el contacto con su familia, por lo que se deshizo en elogios y atenciones.
—Déjame que te vea —Isabel sujetó el rostro de Estela—. Te pareces tanto a tu madre cuando era joven —le dijo a su sobrina.
—No digas tonterías, Isabel —refunfuñó la marquesa—, es idéntica a ti. Yo jamás hubiese hecho lo que hiciste.
—Tú no sabes nada, hermana. Papá…
—No te atrevas a decir nada de él. Fue un hombre justo.
—Señoras, por favor —el marqués intervino en la conversación—, dejemos el pasado y centrémonos en el presente. Veo que no te va nada mal, cuñada.
Isabel vivía en un palacete a las afueras de París, en un entorno rodeado de naturaleza.
—Mi marido tiene negocios en la industria textil. Como ves, hermanita, no me ha ido tan mal, después de todo. Siento que no le podáis conocer ahora, está en Bélgica, atendiendo unos asuntos, pero os presentaré a mis hijos.
Los mellizos aparecieron a los pocos minutos.
—Queridos tíos. Qué ganas teníamos de conoceros —Victoria les abrazó.
—Primita, seguro que lo vamos a pasar muy bien, ya lo verás —Enzo la tomó de la mano—. Ven, te enseñaremos la casa y los alrededores. ¿Podemos, mamá?
—Claro, hijo, siempre que tus tíos estén de acuerdo.
El interior de la casa era espectacular. Los mellizos mostraron a Estela las habitaciones y los alrededores. Las tierras se extendían más allá de lo que la vista podía alcanzar.
—¿Qué te pondrás para la fiesta de Archie? —Enzo tenía un gusto exquisito para la ropa y siempre aconsejaba a su hermana.
—Había pensado en un vestido gris, con encajes y pedrería —Victoria dio una vuelta sobre sí misma como si llevara puesto el vestido.
—De eso nada, hermanita, ese color es de la temporada pasada. Ahora se llevan los colores tierra. He visto uno divino que te quedará como un guante. Solo espero que de aquí a la fiesta no sigas engordando.
—¿Me estás llamando gorda? —Victoria le enseñó el puño.
—¿Qué dices Enzo, si está estupenda? —Estela era sincera. Su nueva prima era una joven esbelta y muy guapa.
—En cambio tú, eres perfecta, querida —Enzo la tomó de la mano y la observó encantado—. Con el atuendo adecuado, los chicos se te acercarán como las abejas a la miel. Serás la envidia de todas las jóvenes de la comarca…qué digo…de toda Francia, ¿verdad, Victoria?
Su hermana aún estaba molesta por el comentario de Enzo y no contestó, se limitó a hacer un gesto de desagrado.
—Podrías venir con nosotros a la fiesta de Archie —a Victoria le cambió la cara al mencionar al joven.
—No sé… —Estela no estaba muy convencida —¿Quién es Archie?
—Es el pretendiente de Victoria —Enzo contestó antes de que Victoria abriera la boca.
—No es mi pretendiente, tonto. Pero es tan guapo… Dime que vendrás, por favor Estela. Te caerá bien —la muchacha juntó las manos en un gesto de súplica y Estela no pudo rechazar.
—Está bien, iré.
El día tan esperado llegó. Una aparente calma reinaba en el piso de abajo, todo lo contrario de lo que ocurría en una de las habitaciones del piso de arriba.
—Estela, estate quieta, por favor —Victoria intentaba maquillar a su prima, sin demasiada suerte.
—Este vestido me aprieta. Apenas puedo respirar —las mejillas de Estela estaban rojas por la presión del vestido.
—Es así. Estás impresionante —Victoria se retiró para admirar su obra de arte. Serás la envidia de todas, ya verás. Deja de tirar del vestido, lo vas a dar de sí.
—Pero estoy enseñándolo todo. Es demasiado escotado.
—Es así, y punto. Confía en mí. Enzo lo ha elegido personalmente para ti y tiene un gusto impecable para esto. Además, es un chico, babeará contigo, como el resto.
Llamaron a la puerta. Enzo se asomó sin demasiado pudor. Los ojos le brillaron de satisfacción al ver a Estela.