Entre tus manos 5 #2
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La jornada transcurrió con normalidad. Ernesto estaba agotado. La vida tranquila de un sastre no tenía nada que ver con aquel trabajo en el Lisa´s, pero, aun a pesar del agotamiento del primer día, una carga de adrenalina le recorría el cuerpo de arriba a abajo. La gente que frecuentaba el local no tenía nada que ver con la alta sociedad que había conocido en Granada. La mezcla entre la música, los aplausos y el trato con la gente habían hecho que el cansancio mereciera la pena.

El Lisa´s club cerró sus puertas después de una jornada movida.

—Tengo los pies hechos puré —Tessa se dejó caer en una silla mientras se masajeaba los tobillos.

—No te quejes, cielo. Hoy no ha estado nada mal —Henry sacó del bolsillo un buen montón de billetes y lo agitó delante de la cara pecosa de la chica.

—Chicos, gracias. Sois geniales —dijo Lisa llamando a todos a su alrededor—. Sin vosotros, el club no existiría, lo sabéis, ¿verdad?

En ese momento, sin decir palabra, Henry cogió su guitarra y subió al escenario. Los acordes se repartieron por toda la estancia. Uno a uno, toda la plantilla se sumó a la iniciativa de Henry. Charles cantó una melodía compuesta por él y el violín de Tessa envolvió de magia el ambiente.

—¿No te animas a subir? —Alana observaba a Ernesto oculta tras una columna.

—Hacen un buen equipo. Ahora no sería el momento —la verdad era que el joven estaba disfrutando en primera fila de aquel espectáculo. No podía negar que eran buenos, muy buenos—. Ve con ellos, se ve que os conocéis bien.

Alana se acercó a Ernesto hasta quedarse a un centímetro de su cara y, entonces le susurró al oído.

—Observa, bello durmiente —se quitó los zapatos y se soltó el pelo. Su cuerpo se contoneó mientras bailaba una especie de danza, mitad salvaje, mitad sensual, como una tigresa a punto de saltar sobre su presa.

Aquella chica de modales bruscos parecía otra persona diferente; Ernesto estaba desconcertado. Había algo en ella que le recordaba tanto a Estela… Alana giró alrededor del chico, que no podía apartar sus ojos de ella. Una única palabra salió de su boca, un nombre que se encontraba a kilómetros de allí. Aunque su cuerpo se encontraba preso de los movimientos de Alana, sus pensamientos estaban en Granada.

Henry entró en el local, calado hasta los huesos y maldiciendo por aquel día de perros que venía siendo habitual en aquella época del año.

—Llegas tarde —carraspeó Lisa, mientras le seguía con la mirada.

—Lo siento, Lisa —se disculpó— pero tengo que contaros algo importante—los demás dejaron de hacer sus tareas y rodearon al joven. Henry estaba ansioso.

—¿Qué es eso tan importante?, suéltalo de una vez —dijo Tessa, impaciente.

Henry mostró un papel y, haciéndose el interesante, comenzó a ralentizar sus movimientos, lo cual provocó una queja general en todos los presentes.

—Vale, ya voy —rio al ver las caras de sus compañeros.

—Henry, vamos, o te las verás conmigo —Alana le amenazó con el puño.

—Está bien, allá va —cogió aire y lo soltó de golpe— Acabo de inscribirnos en el concurso anual de grupos musicales —las palabras salieron atropelladas.

—¿Qué has hecho qué? —la noticia cayó como una bomba.

—Es una locura —dijo Charles— a ese concurso se presentan músicos de todo el país, no creo que estemos preparados…

—Es una noticia estupenda —dijo Lisa.

—Pero no estamos preparados —dijo Ernesto—. Una cosa es tocar aquí, delante de los clientes y otra muy distinta presentarse a un concurso.

—Pero ¿qué dices, Ernesto? Yo sé de lo que sois capaces. Os veo hacerlo todos los fines de semana. Ha sido una buena idea, Henry, pero que no se repita lo de llegar tarde sin avisar —la mujer le guiñó un ojo.

—A sus órdenes, jefa.

—Tranquilos, muchachos, tenéis delante de vosotros a una vieja veterana —dijo la mujer— Dejad todo en mis manos. Eso sí, habrá que dejarse la piel en los ensayos. Y ahora, chicos, a trabajar. Los meses transcurrieron entre clases, trabajo y ensayos.

Ernesto se pasaba las horas en la academia. No podía relajarse, tenía que conseguir la beca para poder continuar sus estudios de piano. Las jornadas eran agotadoras. Se pasaba horas y horas practicando para ser uno de los mejores alumnos del centro, y lo estaba consiguiendo. Los fines de semana trabajaba en el club, y ensayaba con el grupo antes y después de la jornada.

—Buenas noticias, muchachos —Lisa entró en el local, dejando el paraguas en la entrada— tengo un amigo en la organización del concurso que me ha confirmado la asistencia de personas importantes entre los patrocinadores. ¿Sabéis lo que eso significa? —Lisa estaba eufórica.

—No estoy muy segura —respondió Tessa.

—Querida, eso significa que están buscando músicos a los que patrocinar y lanzar sus carreras. Buscan a los mejores para que formen parte de sus compañías. Es maravilloso.

—Eso quiere decir que tendremos más presión —Henry se apoyó sobre la espalda de Charles hasta casi hacerle perder el equilibrio.

—No os voy a engañar. Este camino no es fácil. No se llega rápido, sino despacio y con esfuerzo. Pero también os digo que hay que aprovechar las oportunidades porque una vez que pasen, ya no volverán. La competencia va a ser dura. Si algo he aprendido en todos estos años es a ser yo misma y a dar todo de mí, con la misma ilusión del primer día. Así que no os rindáis nunca y luchad por vuestros sueños.

—Gracias, Lisa —Charles la abrazó hasta dejarla sin respiración.

— Y después de este discurso de madre, venga, ¡a ensayar todo el mundo! Vamos, no hay tiempo que perder —lo dijo mientras se esforzaba por contener las lágrimas, que se empeñaban en salir. Ella era la legendaria Lisa Swan´s y conseguiría que aquellos chicos lograsen sus sueños.