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Se detuvo en la puerta de entrada y miró hacia arriba. El edificio que albergaba una de las escuelas más importantes del Reino Unido estaba allí, delante de él, majestuoso, elegante, elevándose hacia el cielo.
La Royal College of Music, al sur de Kersnington le daba la oportunidad de formarse en una de sus mayores pasiones: la música.
Se encontraba parado, admirando el porte de aquella construcción que le hacía sentirse insignificante. Las terminaciones en punta de las torres le daban un aspecto amenazante. No sabía si había sido buena idea salir de España, lejos de sus padres, lejos de Granada, pero Ernesto estaba convencido de que lo mejor era poner tierra de por medio. La distancia y el tiempo serían buenos aliados para mantenerle lejos de su pasado; le aguardaba una nueva vida.
Sus padres le habían ayudado con una cantidad de dinero que pensaba devolverles en cuanto encontrara un trabajo con el que sufragar los gastos. El mismo centro se había encargado de buscarle un alojamiento cerca de la escuela, compartido con otros estudiantes. Lo tenía todo pensado: la Royal ofrecía una beca a los estudiantes que sacaban matrícula de honor en su primer año de estudios. Tenía que obtener esa beca fuese como fuese; por la mañana asistiría a sus clases, el resto del día estudiaría y buscaría un empleo los fines de semana. La idea de tener la mente ocupada le pareció la mejor manera de sobrevivir a los recuerdos. Todo se veía tan distinto allí, hasta el aire olía diferente.
Ernesto cogió su equipaje y se adentró por los pasillos. Los alumnos iban y venían sin detenerse. Se dirigió a un grupo que conversaba tranquilamente, con la intención de preguntarles por la secretaría del centro, pero en el momento en que llegó a su lado, el timbre que anunciaba el comienzo de las clases sonó y el grupo se disolvió mezclándose con el resto de los alumnos, que corrían de un lado a otro en busca de sus respectivas aulas. En pocos minutos, todo quedó vacío.
Ya pensaba que deambularía perdido durante horas en aquel laberinto, cuando escuchó unos pasos que se acercaban hacia él. El sonido de unos zapatos resonando en el silencio le hizo mirar en aquella dirección. Una joven menuda, con una bolsa en la mano, avanzaba muy deprisa hacia él refunfuñando. Cuando pasó por su lado, él se fijó en su aspecto; el pelo recogido en un moño; no era demasiado alta, pero se movía como si se elevara del suelo; tenía una nariz respingona y, por el tono de su voz, se veía que no estaba muy contenta; andaba de puntillas y a pasos cortos. Ernesto la miró divertido. La chica ni siquiera se percató de su presencia.
—Oye… perdona… —Ernesto la siguió. La chica aceleró el paso.
—Excuse me… Where is the Secretary? Esto… ¿Cómo se decía alumno…? New pupil…— en un intento desesperado por hacerse entender siguió a la chica hasta una puerta.
—Deja de seguirme, no puedo ayudarte, llego tarde —la joven se detuvo de golpe, provocando que Ernesto chocara con ella. Durante un par de segundos miró al joven, que no supo qué decir ante la brusquedad de la chica. Luego, cambió de dirección con la misma rapidez que antes.
—¿Hablas mi idioma? —no podía creer que la chica hablara español—. Por favor, solo dime cómo llegar a la secretaría. Es mi primer día aquí…Oye, por favor, espera…
La chica desapareció tras una puerta. Ante el intento fallido de encontrar la dichosa secretaría, Ernesto soltó la maleta y la mochila y se dejó caer en uno de los bancos del pasillo. Miró el reloj. Tenía dos opciones, o esperar a que alguien pasara por allí, cosa poco probable si tenía que esperar al final de las clases, o explorar las instalaciones del College hasta dar con el sitio en cuestión. Allí sentado se dio cuenta de lo agotador que había sido el viaje y de lo cansado que estaba.
La humedad se podía oler en el ambiente. Recordó las noches de calor en las que la suave brisa llevaba el aroma de azahar al interior de las casas. Le tranquilizaba hasta quedarse dormido.
—Eh tú, despierta —una voz le sobresaltó.
—Me he quedado dormido —dijo mirando de nuevo el reloj. Solo habían transcurrido un par de minutos desde la última vez que lo había mirado. Levantó la vista y allí estaba aquella chica. Se frotó los ojos y miró a los lados. Por un momento no supo dónde estaba, hasta que volvió a tomar consciencia de la realidad.
—Vamos, bello durmiente —la joven comenzó a andar sin esperar a que Ernesto se pusiera en pie.
—Espera —Ernesto se levantó de un salto y siguió a la chica—. Creía que tenías prisa, pero gracias por ayudarme. Me llamo…
—Hablas demasiado, ¿lo sabías? —la chica le miró por el rabillo del ojo y vio que el joven se esforzaba por seguirla. No pronunció palabra alguna hasta que se detuvieron delante de una puerta. Y sin decir nada más se marchó.
Cuando Ernesto hubo recuperado el aliento pudo leer la palabra «Secretary» en un cartel.
—Gracias… —se giró hacia la chica, pero ésta ya había desaparecido.
Con el horario de sus clases bien guardado en el bolsillo, Ernesto se dirigió hacia el apartamento que la Royal College le había facilitado y que compartiría con dos estudiantes más, Henry y Charles. Los dos trabajaban los fines de semana en un local de la zona, un pub en el que los clientes podían escuchar música en directo.
El Lisa´s Club ofrecía a jóvenes músicos la oportunidad de actuar en él. Henry y Charles, además de compartir piso, trabajar y estudiar juntos, eran pareja, tanto en lo personal como en lo artístico. El Lisa´s siempre necesitaba gente para trabajar los fines de semana, que era cuando más movimiento tenía así que, tras las oportunas recomendaciones de sus nuevos compañeros, Ernesto entró a trabajar allí.
Lisa era la dueña del club. Había sido una cantante muy famosa en la localidad. Luego, cuando se casó con su representante, se retiró de los escenarios y ambos montaron el negocio. Siempre estaban dispuestos a ofrecer una oportunidad a los jóvenes talentos que se acercaban allí deseosos de que un público no demasiado exigente escuchase su música.
El despertador sonó a las cinco de la mañana. Ernesto no quería llegar tarde a la clase con Mr. Robinson. Había solicitado una cabina de estudio para poder practicar durante todo el curso. Desde que él y su familia salieron de Madrid no había tenido la oportunidad de retomar sus estudios de música. Se duchó y preparó café y tostadas para Henry y Charles, que aún seguían durmiendo. Estaba ansioso por acariciar de nuevo las teclas del piano y sumergirse entre acordes y melodías.
La semana transcurrió bastante deprisa y el sábado por la tarde llegó casi sin darse cuenta.
—Ernest, date prisa. ¿No has oído hablar nunca de la puntualidad inglesa? —Henry y Charles estaban ya preparados para ir al club a trabajar, mientras Ernesto estaba todavía a medio vestir.
—No querrás llegar tarde tu primer día, ¿verdad? —dijo Charles.
—Chicos, me caéis genial, pero lo que menos necesito ahora es que me metáis prisa — Ernesto luchaba por desenredarse de la camiseta con el logo del club.
El ambiente en el Lisa´s Club estaba tranquilo. Las mesas de madera hacían juego con el revestimiento de las paredes y de la barra. Los camareros tenían que llegar una hora antes de que el local abriese sus puertas al público por lo que, cuando llegaron, estaba vacío.
Lisa se acercó a ellos.
—Bienvenido al equipo, Ernesto. Espero que estés a gusto con nosotros y que nos puedas mostrar tu talento musical cuando te apetezca. Charles y Henry me han dicho que tu afición es el piano. En el escenario hay uno, así que todo tuyo —la mujer le guiñó un ojo de complicidad.
—Gracias, Lisa. Gracias por la oportunidad.
—Y ahora, chicos, no se hable más. Los clientes entrarán de un momento a otro por esa puerta deseando disfrutar de una cerveza y vuestro talento, manos a la obra— aplaudió para animar a sus empleados y se retiró para terminar con los últimos retoques.
—Vamos, Ernest —dijo Charles— te presentaré al resto de compañeros.
La plantilla de camareros no era muy extensa: Charles, Henry y otras dos chicas.
—Hola, soy Tessa, bienvenido —la chica pelirroja estaba detrás de la barra, terminando de colocar las copas.
La otra chica estaba de espaldas a ellos, mientras repartía unos posavasos encima del mostrador. Al girarse, Ernesto vio a una joven de nariz respingona y descarada, no demasiado alta y el pelo recogido en un moño. Sus ojos marrones se clavaron en los de él hasta que éste se sonrojó y apartó la mirada.
—Soy Alana. Bienvenido.
Los clientes comenzaron a entrar.
—Ten, ponte esto —Alana le dio a Ernesto una cinta del pelo.
—¿Para qué es? —Ernesto no sabía por qué Alana le daba una cinta para el pelo y la miró extrañado.
—Póntela alrededor de la muñeca, te calmará el cansancio, si no, mañana no podrás mover la mano. Hazme caso y tómatelo con calma el primer día. Te irás acostumbrando.
La jornada fue intensa. Los clientes entraban y salían sin parar. Siempre que recibían una propina, los camareros subían al pequeño escenario y actuaban para los clientes, amenizando la velada. Esta vez le tocó el turno a Tessa. La chica cogió su violín, cerró los ojos e interpretó una danza irlandesa. La luz del local se reflejaba en su cabello rojizo hasta fundirse con los destellos que desprendían los focos del escenario. Fue un momento mágico. El sonido del instrumento encandiló a todos los presentes, que no podían apartar la mirada de la joven. Al terminar, el silencio se mantuvo durante unos segundos más hasta que alguien gritó con fuerza aplaudiendo. La efusividad de los aplausos asombró a Ernesto, que al igual que todos los allí presentes, había quedado abducido por la calidez de aquella melodía.