Entre tus manos 4 #3
26%

4 #3

—Pero tú siempre pareces estar contenta, Rut —la joven la miró a los ojos, unos ojos que siempre mantenían un brillo especial.

—Siempre intento sacar lo mejor de la vida, Estela. Aprendí a valorar lo que tenía a mi alrededor y no centrarme solo en lo malo que me había ocurrido. Crecí feliz, rodeada de cariño. Estudié y trabajo en algo que me gusta, ¿qué más puedo pedir? La vida me ha compensado con creces la falta de mis padres.

—¿Tienes hijos, Rut?

—No, eso es lo único que ahora mismo echo en falta. Me he dedicado a mi profesión en cuerpo y alma y ya no soy una niña, pero no se puede tener todo en esta vida y me gusta lo que hago, así que, ¿por qué estar lamentándome por lo que no tengo?

—Yo no soy tan fuerte como tú y no superaré nunca lo de mi hijo.

—Ay, mi niña. Lo que te ha tocado vivir es lo más duro para una madre. Claro que es algo que no se supera, pero aprenderás a vivir con ello —se le partía el alma de ver así a Estela, pero su trabajo consistía en ayudarla a ser un poco más fuerte cada día y a salir poco a poco de aquella depresión. La acarició la mejilla y entonces la abrazó, la abrazó con todas sus fuerzas, y siguió cantando aquella canción, aquella nana, porque ella seguía siendo aún una niña.

Al sentirse entre los brazos de Rut mientras le acariciaba el pelo y le cantaba con suavidad, Estela se sintió a salvo y rompió a llorar. Lloró como nunca había llorado.

—Eso es, Estela, tranquila, llora todo lo que necesites y saca todo ese dolor, mi niña —se lo dijo en un tono de voz tan suave como aquella nana.

Después de aquel día, Rut le sugirió a Estela que sería bueno para ella comenzar a escribir de lo que quisiera; le serviría para sacar sus sentimientos y para escribir algunas palabras que le hubiese gustado decirle a su hijo, y comenzó a dejar sobre la mesilla algunas hojas de papel en blanco. Estela se resistió, su cabeza estaba hecha un lío, pero poco a poco comenzó a garabatear aquellos folios. Al principio fueron palabras sueltas y tachones emborronados por las lágrimas, pero después, éstas se transformaron en los sentimientos que llevaba en su interior; las cartas llenas de ilusión que había dedicado a su hijo antes de nacer quedaron teñidas por el dolor hasta quedar convertidas en una amarga despedida; no le quedaba más remedio que decir adiós a su pequeño.

Querido hijo mío.

Quiero que sepas que siempre te llevaré en mi corazón, allá donde vaya, seguiré viendo tu carita, tus ojos y sentiré tu olor. Y aunque nuestros caminos se separen en esta vida, nos encontraremos entre sueños para disfrutar el uno del otro. Te llevaré en mi pensamiento, mi bebé, mi lindo bebé. Te querré siempre.

Mamá

Fue un camino duro, de altibajos. El tiempo transcurrió y llegó la despedida. Con su recuperación ya casi lograda, Estela decía adiós a Rut y Alejandro para iniciar una nueva vida en Francia. Dejaba atrás una etapa de heridas convertidas en cicatrices y para eso tenía que romper con el pasado. Granada, Ernesto y su hijo quedarían guardados con llave en lo más profundo de su corazón. Echó un último vistazo a la habitación que durante estos años había sido su refugio. El jarrón sobre la mesa no había dejado de tener ni un solo día flores recién cortadas. Las cartas escritas allí se quedaban, junto a su dolor.

—Rut —Estela intentó mantener la calma —no podré agradecerte jamás todo lo que has hecho por mí. Eres una gran mujer y te mereces ser feliz. Sin tu ayuda no lo habría conseguido—. Se volvió hacia Alejandro y continuó—. Ojalá hubiera recibido de mis padres la mitad de cariño y atención que he recibido de vosotros. Os deseo toda la suerte del mundo.

—¿Estará bien? —Rut preguntó a Alejandro mientras se secaba las lágrimas con el pañuelo de este.

—Es una mujer muy fuerte, saldrá adelante —Alejandro siguió con la mirada al coche hasta que desapareció tras unos árboles—. Anda, no llores más, ¿me acompañas a dar un paseo? Nos vendrá bien —Rut asintió y, cogida de su brazo, ambos se dirigieron hacia el pabellón infantil; los abrazos y las risas de aquellos pequeños eran la mejor medicina para las heridas del alma.

No se había equivocado, nada más entrar en la sala, las risas y las vocecitas de los pequeños les inundaron el corazón de alegría; era uno de los momentos más gratificantes de su trabajo. Rut se acercó a un grupo de niños que dibujaba y se sentó con ellos. Alejandro la miró desde el otro extremo de la sala. A pesar de no ser ya una niña sus ojos desprendían un brillo especial y su risa era capaz de iluminar cualquier habitación, por muy oscura que estuviese. Allí sentada, rodeada de aquellos pequeños irradiaba felicidad. Se conocían desde hacía muchísimos años, cuando ella había comenzado a trabajar de enfermera en el hospital, recién terminados sus estudios. Su carácter decidido y su optimismo hacían que todo fuese mucho más fácil. Tenía un don especial para ese trabajo, que no siempre era agradable. Era una mujer increíble y ya iba siendo hora de que él le declarara lo que sentía. Ella le miró, percibió en sus ojos algo distinto que hizo que se acercara a donde él estaba.

—Alejandro, ¿todo bien?

—Todo bien, Rut —lo dijo al mismo tiempo que sujetaba las manos de ella, lo que provocó que la mujer se sonrojara—. Nunca te he dado las gracias —continuó— por estar siempre a mi lado en los buenos y en los malos momentos. Eres una mujer extraordinaria y cualquier hombre estaría orgulloso de tenerte a su lado. Te quiero, Rut Iglesias Blanco, y me harías el hombre más feliz del mundo si aceptaras casarte conmigo.

Antes de que contestara, uno de los niños se acercó corriendo hacia ellos. Alejandro le cogió en brazos y miró a Rut. El pequeño estiró sus bracitos y abrazó a la mujer. Sus ojos verdes la inundaron de amor. ¿Por qué no? ¿Acaso esos niños no eran en cierto modo hijos suyos?

—Sí quiero —su voz fue decidida. Miró al niño y le besó en la frente, después miró a su futuro marido y no hicieron falta las palabras.

Alejandro asintió con una sonrisa. Ambos le darían un hogar al pequeño Diego y él tendría la oportunidad de compensar el daño que había causado. Lo que no sabían era que la vida les tenía una prueba aún más dura a la que enfrentarse.