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—Hemos venido tan pronto como nos hemos enterado de que estabas despierta, hija. Nos tenías muy preocupados —la marquesa se sentó en la butaca mientras el marqués se asomaba por la ventana.
—¿Has comido? —le preguntó su madre. Estela no contestó.
—¿Cómo te encuentras, hija?, te veo muy pálida y delgada. Sé que estarás muy triste por haber perdido a tu hijo, pero poco a poco lo superarás. Tenemos pensado que cuando vuelvas a casa nos iremos de viaje para que te recuperes y a lo mejor nos planteamos el irnos a vivir a otra ciudad, o quizás a otro país.
—No la agobies con eso ahora, lo importante es que se recupere lo antes posible. Luego ya tendremos tiempo de hablarlo en casa —el marqués se giró mirando a su esposa con cara de circunstancia.
—Tiene razón tu padre —la mujer se levantó de un salto— deberíamos dejarte descansar— se acercó y la besó en el mismo instante en que la enfermera entraba con una bandeja.
—Será mejor que vayamos a hablar con don Alejandro. Tenemos asuntos de papeleo que resolver. Vamos, querida, dejemos que coma tranquila —y ambos salieron de la habitación.
Estela les siguió con la mirada. Estaba tan cansada que solo quería dormir. Luego fijó su atención en la bandeja con el puré y los dos flanes que la enfermera había traído. Hizo un gesto de desagrado y la apartó con la mano.
—Tienes que comer algo —la enfermera acercó de nuevo la comida—. Estás muy débil y tienes que reponerte, así que haz un esfuerzo. ¿No quieres salir de aquí?
—¿Para qué? —dijo. Luego se dio media vuelta y se acurrucó en la cama.
—Pues para continuar con tu vida, tus estudios, tus amigos, viajar…—la mujer sonrió mientras imaginaba todo aquello y su tono de voz fue ganando entusiasmo.
—¿De qué vida hablas? —respondió Estela con un hilo de voz— ¿Sin mi hijo? ¿Sin Ernesto? No quiero vivir sin ellos.
—No digas eso. Eres muy joven. Reharás tu vida, aunque ahora mismo eso te parezca imposible. Eres guapa, con dinero y los chicos harán cola por... —no pudo terminar la frase. Estela, en un arranque de rabia, gritó.
—¡No, cállate! ¡No quiero escucharte! ¡No quiero que nadie me quiera! ¡Vete…! Vete… — su voz se fue apagando. Lloró. Lloró como nunca había llorado.
La mujer la consoló. A pesar de llevar tantos años como enfermera, no podía evitar emocionarse. Aquella joven era casi una niña y la había tocado vivir uno de los momentos más duros para una mujer, para una madre. Cuando sintió que Estela comenzaba a tranquilizarse, le secó las lágrimas con un cuidado casi maternal.
—Vamos a hacer una cosa —su sonrisa era dulce—. Me quedaré contigo hasta que termines de comer. Luego, cuando descanses, te arreglo un poco y salimos al jardín. Hace un día precioso, sería una pena perdérselo. Te vendrá bien respirar aire puro —comenzó a ordenar la habitación canturreando una canción. Era una canción que Estela conocía; su nana se la cantaba cuando era pequeña. Hablaba sobre una rosa que no quería tener espinas para que todo el mundo pudiera acercarse a ella. Miró por la ventana y respiró. Quizás la enfermera tuviese razón. Un poco de aire fresco no la vendría mal.
Unos golpes en la puerta de su despacho le recordaron que los Marqueses de Soto Grande habían llegado. Alejandro recogió los papeles de encima de la mesa y se dispuso a abrir. En su papel de anfitrión, les invitó a tomar asiento. La frialdad del despacho aumentó la tensión. Alejandro no estaba cómodo con la visita de los Marqueses y mucho menos con la actitud que tenían con respecto a su hija y así lo manifestó.
—No creo que sea usted el más indicado para darnos lecciones de moral —la mirada del marqués se clavó sobre Alejandro, que no se achantó.
—Sepan ustedes que estoy dispuesto a colaborar en todo lo necesario para que Estela salga de aquí cuanto antes, pero no tienen mi aprobación de lo que están haciendo con ella —dijo encarándose al hombre.
—Eso no es de su incumbencia. No le he pedido su opinión. Solo cumpla con lo acordado y me encargaré de que reciba el dinero. Es un trato justo y no creo que esté en condiciones de rechazar la oferta —miró con desprecio el mobiliario del despacho.
—¿Están seguros de lo que quieren hacer? No habrá vuelta atrás —Alejandro se dirigió esta vez a la mujer, buscando algo de humanidad, pero ella agachó la cabeza y se mantuvo en silencio.
—Ni mi hija ni nadie tienen que enterarse de esto, jamás. Tengo su palabra —el marqués le extendió un cheque con una suma considerable.
—Está bien, así se hará entonces —Alejandro sacó del cajón unos papeles—. Solo tienen que firmar aquí y los trámites para la adopción se pondrán en marcha. Yo confirmaré que Estela no está en condiciones para cuidar de su hijo y nadie tiene por qué enterarse de que el niño sigue vivo, pero sepan que su salud es muy delicada; no solo está débil, también su estado anímico está hundido.
Unos golpes en la puerta aceleraron la gestión que los tres se traían entre manos. La enfermera asomó reclamando la atención del director del hospital.
—Sí, Rut, un momento. Los señores ya se iban —se despidió con un leve movimiento de cabeza y la certeza de estar haciendo lo correcto por mantener el hospital en pie. La gente de Granada se merecía tener un hospital que cubriese sus necesidades.
Cuando los marqueses se hubieron marchado se dirigió de nuevo a la enfermera.
—Dime, Rut —tenía el rostro ensombrecido por los acontecimientos.
—Buenas noticias, la señorita Aguilar ha comido un poco y ahora está descansando. ¿Te parece bien que luego la lleve al jardín? Alejandro, ¿me has oído? —se dio cuenta de que el director tenía la cabeza en otra parte.
—Sí, sí, Rut. Esas son muy buenas noticias. Claro, la vendrá bien salir de la habitación. ¿Cómo lo haces?
—¿A qué te refieres? —la mujer no entendió la pregunta.
—El hacer que todo parezca tan fácil. Desde luego tienes un don especial para tratar con los pacientes. Esta mañana había dado por perdida a esa chica, pero tú siempre consigues que todo mejore.
La mujer se encogió de hombros.
—Supongo que, con paciencia, cariño y poniéndome en su situación. A mí no me gustaría que la única preocupación de mis padres fuera a dónde ir de viaje. Pobre chica. La compadezco. ¿Y tú? ¿Me vas a contar qué es lo que te preocupa? —puso su mano sobre el brazo de Alejandro.
—¿Cuánto hace que nos conocemos, Rut? —le preguntó él poniendo a su vez su mano sobre la de ella.
—Uf, no me hagas recordar que ya no soy una niña. Toda una vida.
—Por eso, tú mejor que nadie me conoces y sabes que nunca he hecho nada en contra de mis principios, pero esta vez no he tenido más remedio. El hospital no está pasando por su mejor momento.
—Eres una buena persona, Alejandro. Sé que lo que hayas hecho, sea lo que sea, será lo correcto.
Un gesto de agradecimiento le tranquilizó. Rut siempre sacaba lo mejor de sí mismo.
Miró el reloj, ya era tarde. Cogió el coche hasta llegar a un edificio. Era un pabellón situado en los terrenos del hospital, pero apartado, a diez minutos conduciendo.
Se dirigió a una sala espaciosa, donde varios niños de todas las edades jugaban entre ellos. Ese era uno de los mejores momentos del día para Alejandro: el ver las caritas de los pequeños le hacía olvidarse de las preocupaciones del hospital. Él hacía todo lo posible porque su estancia allí fuera lo más parecido a un hogar hasta que alguna familia les adoptase. Fijó la atención en un torbellino de ojos marrones y pelo ensortijado que corría de un lado a otro con todos los juguetes que sus manitas podían abarcar. Al ver a Alejandro, se acercó con los bracitos abiertos.
—Te tero mucho.
—No, Daniel. Se dice «te quiero mucho».
—«Te tero mucho»— decía Daniel a grito pelado, removiéndose para soltarse de los brazos de Alejandro y salir corriendo de nuevo.
Todos los pequeños se acercaron al darse cuenta de su presencia.
—Alejandro, ¿juegas con nosotros? —le dijo una niña rubia de unos siete años.
—Claro que sí, pequeña. Seguid jugando, ahora mismo voy —los niños se alejaron riendo y saltando.
El director se acercó a una de las esquinas de la sala, donde los neonatos dormían plácidamente en sus cunas. Se detuvo delante de una de ellas; era un bebé precioso. En un cartel podía leerse su nombre: Diego.
El ingreso en el hospital se prolongó por espacio de dos años, Alejandro hizo todo lo posible por sacarla de su depresión. Recibía una atención impecable por su parte y por parte de las enfermeras, pero a pesar de sus esfuerzos, no lograron demasiados avances en su estado. Durante todo ese tiempo Rut y Alejandro eran los que más tiempo pasaban con ella.
—Buenos días, Estela, ¿qué tal te encuentras hoy? —Rut entraba siempre a la habitación con la mejore de sus sonrisas. Tenía una paciencia infinita con Estela, leía en voz alta, la sacaba a pasear por el jardín, la ponía al día de las noticias de la sociedad, hablaba de música, de libros…de cualquier cosa que hiciera que Estela se animase, aunque solo fuese un leve brillo en sus ojos. La mayoría de las veces hablaba sola, ya que Estela no pronunciaba palabra alguna, pero no la importaba, había cogido cariño a aquella muchacha.
Aquella mañana, mientras la joven permanecía acurrucada en la cama sin prestar atención a la presencia de Rut, la mujer arreglaba las rosas blancas del jarrón mientras tarareaba una melodía.
—Esa canción me la cantaba mi niñera—apenas un hilo de voz salió de la boca de Estela—Yo también se la habría cantado a mi hijo —su rostro se ensombreció.
Rut se giró hacia ella y con una sonrisa maternal se acercó y se sentó a su lado.
—Mi abuela nos la cantaba a mis hermanos y a mí. Mis abuelos se hicieron cargo de nosotros cuando mi madre murió y mi padre decidió que no éramos lo suficientemente importantes en su vida como para quedarse a nuestro lado, así que un día, salió temprano de casa y no volvió —la mujer permaneció unos segundos en silencio, quizás para recuperarse de la falta de aire al recordar un pasado doloroso, o quizás para ver la reacción de Estela.