Entre tus manos 4
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A las tres de la madrugada nació su hijo.

Le oyó llorar, incluso se lo pusieron en el pecho para que lo viese. Inmediatamente después se lo llevaron. Había que limpiarlo y tomar todas las pautas recomendadas para un recién nacido, como el peso y otras pruebas médicas. A ella la llevaron a su habitación y allí la dejaron descansando, con el consejo de que mantuviese las piernas siempre cruzadas para prevenir una posible hemorragia.

Estela preguntó por su bebé. La enfermera le dijo que estaba en la incubadora porque tenía algún pequeño problema y que no se preocupase, que el médico le informaría de su estado.

Se durmió, estaba agotada. Cuando despertó le dolía la cabeza, se notaba muy débil y al mirar a su lado vio que no estaba la cuna de su hijo. Intentó levantarse, pero un mareo hizo que se tumbara de nuevo.

—Qué bien que te encuentro despierta, ya empezábamos a preocuparnos —la enfermera entró en la habitación.

—¿Cuánto tiempo llevo dormida? ¿Dónde está mi hijo?

—Ahora vendrá el médico a hablar contigo —dijo mientras corría las cortinas para que entrase la luz del exterior.

A los pocos minutos entró el médico.

—Hola Estela, me ha dicho la enfermera que te habías despertado. ¿Cómo te encuentras?

—Muy débil y mareada. ¿Dónde está mi hijo?

—Estela, tu hijo está en la incubadora. Nació con algunos problemas cardíacos, pero estamos intentando poner todos los medios para que no vaya a más. Es muy pequeñito y necesita muchos cuidados. Tú debes recuperarte y descansar, te mantendré informada de su evolución. Las enfermeras te atenderán en todo lo que necesites. Intenta descansar —el hombre salió de la habitación con el rostro ensombrecido. Una idea le rondaba por la cabeza.

El mismo día del nacimiento de Diego nacía otro bebé cuya madre había muerto en el parto. El bebé no tenía más familia que respondiera por él. Su madre era una mujer que deambulaba por la calle y no había llevado una buena vida. El niño nació muy débil; la mala alimentación de la madre y los escasos cuidados que tuvo durante el embarazo le habían llevado a una situación límite. No tenía buen pronóstico.

Don Alejandro tenía a su favor que Estela aún no había podido ver a su hijo nada más que unos segundos, por lo que no le había dado tiempo a retener su imagen en la memoria. Decidió jugarse el todo por el todo y, al día siguiente, daría salida a su idea. El plan trazado por los marqueses tenía que cumplirse o no cobraría la suculenta cantidad que le habían prometido a cambio de su colaboración. Estaba entre la espada y la pared.

A la mañana siguiente, nada más llegar al hospital, se dirigió a ver a la joven; cuanto antes terminara todo aquello, mejor.

—Buenos días, Estela, quiero hablar contigo.

—¿Qué me tiene que decir? ¿Por qué no me traen a mi hijo?

—Eso es lo que vengo a decirte. No te voy a engañar, Estela. Tu hijo no está bien. Sabes que está en la incubadora, que ha nacido con un problema cardíaco y que tiene poco peso. Voy a llevarte a que lo veas.

Estela asintió con la cabeza y, ayudada por Alejandro, se sentó en la silla de ruedas. Cruzaron

los pasillos del hospital hasta llegar a una sala.

—No quiero que te asustes al ver todos esos cables y tubos, Estela. Tu hijo está luchando y tú tienes que hacer lo mismo —Alejandro se acercó a la incubadora de aquel niño desvalido, Rubén, y se lo mostró.

Con muchísimo cuidado se lo puso a la muchacha en los brazos. Ella apenas podía respirar. Tan solo miraba al niño mientras los ojos se le empañaban de lágrimas al sentirle cerca. Alejandro pidió que todo aquello que estaba haciendo tuviese un sentido, que su idea calmase el dolor que se les avecinaba a ambos. Estela podría despedirse de su hijo, aunque éste no lo fuese, pero de eso no tenía por qué enterarse. Le dejaría marchar dejando un capítulo de su vida cerrado, podría continuar su camino sabiendo que no volvería a verle; aquel pequeño sentiría el calor de unos brazos en sus últimas horas y él llevaría aquella carga para el resto de su vida.

De vuelta ya en la habitación, en el momento en que Alejandro la ayudaba a meterse en la cama, ella le dio un beso en la mejilla.

—Gracias —fue un susurro, pero que hizo que al hombre se le removiera todo por dentro—. ¿Me llevarás mañana otra vez?

Después de un mes, el pequeño murió en los brazos de Estela.

La noticia del fallecimiento del bebé fue como un jarro de agua fría. Cuando despertó del calmante que le habían suministrado a raíz de la triste noticia, Estela empezó a ser consciente de la realidad. La crisis nerviosa que había sufrido le había paralizado el cuerpo, la mente y las ganas de vivir. Miró a su alrededor y la realidad se hizo presente. Sus padres se habían encargado de que no la faltara de nada, pero no podían mitigar el dolor que sentía con todas las comodidades del mundo. Las enfermeras entraban cada dos horas a ver cómo se encontraba, y en ese intermedio fue cuando vieron que estaba despierta.

Los Marqueses habían tenido conversaciones con el director del hospital, Alejandro Sandoval, sobre los planes que tenían para su hija en el futuro. La historia no le gustaba, pero necesitaba el dinero; el hospital tenía graves problemas financieros por las reformas de ampliación. Los padres de Estela participaban con una importante cantidad. Alejandro estaba entre la espada y la pared. La veía tan desvalida y percibía tanto egoísmo y apariencia entre los padres de ella, que le ponía mal cuerpo. Se había jurado que haría todo lo posible por allanarle el camino, así que empujó la puerta y entró en la habitación. En una cama orientada hacia la ventana la vio: una muchacha con el pelo suelto, unos hermosos ojos verdes y con la mirada perdida y llorosa. Había adelgazado mucho.

—Hola Estela, me alegra verte despierta. ¿Cómo te encuentras? —Alejandro la miró. Se la veía tan frágil…

Estela no contestó, permaneció inmóvil con la mirada perdida en el paisaje a través de la ventana. Las lágrimas se deslizaron como un pequeño río queriendo escapar por un cauce estrecho y silencioso. Alejandro se sentó en la butaca, al lado de la cama.

—¿Te apetece hablar conmigo? Debemos empezar a tomar algunas medidas para que vayas recuperándote y salgas de aquí lo antes posible —se mantuvo unos segundos en silencio, pero no obtuvo respuesta alguna—. Sé que ahora mismo el dolor no te deja ver con claridad, pero, aunque te suene duro, la vida sigue y debemos ir hacia adelante.

Mientras Alejandro hablaba, Estela no movió ni un músculo. Realmente no le escuchaba, su mente andaba en otro sitio. Las mismas preguntas, una y otra vez, ocupaban todos sus pensamientos:

«¿Se habrá enterado Ernesto de que somos papás?»

«¿Me habrá ido a buscar a mi casa y mis padres le habrán dicho que estoy aquí ingresada?»

«¿Por qué la vida es tan injusta y me arrebata lo que más quiero?»

Una y otra vez las mismas preguntas.

A través de la ventana veía el aire mover las hojas de los árboles; no mucho, lo suficiente para que el olor de las flores de los limoneros y los naranjos llegasen a su habitación. Retrocedió en el tiempo a esos paseos junto a Ernesto, agarrados de la mano y haciendo planes de futuro. Incluso tenían una casa en especial, que era la que a ellos les hacía soñar, rodeada de un huerto siempre preparado con las verduras de temporada, sus parterres llenos de hortensias, los jazmines trepando entre la madreselva y compartiendo fragancias. Se vio junto a Ernesto frente a una preciosa casa; no era demasiado grande, pero parecía acogedora. Cerró los ojos y respiró. Pudo sentir la leve brisa refrescando su rostro, impregnada de pequeñas partículas que la calmaban. Una leve sonrisa apareció dibujada en su boca. Se giró y miró a Ernesto; sus ojos desprendían una luz cálida, tranquila y sencilla que la abrazaban sin necesidad de decir nada. Entonces él la cogió de las manos y la besó…Se sentía a salvo junto a él. Cuando abrió los ojos de nuevo, se le paró el corazón de felicidad: un bebé, su bebé dormía plácidamente junto a ellos. Las lágrimas caían de nuevo por sus mejillas, pero ahora eran de felicidad, una felicidad inmensa.

—No puedo decirte que el dolor pasará —Alejandro continuó hablando—. Solo puedo decirte que estaré a tu lado siempre que me necesites. Tus padres han venido a verte mientras estabas recuperándote, y quiero que sepas que también están muy afectados por lo ocurrido.

Notó una ligera presión en su mano y volvió a la realidad. Escuchó al director del hospital preguntarle de nuevo:

—¿Qué opinas de todo lo que te he dicho, Estela? Con una voz débil le contestó:

—Todo está bien, lo que decidan mis padres será lo que aceptaré. Ahora quiero dormir, estoy muy cansada.

Alejandro la miró y sonrió para insuflarle algo de ánimo, aunque lo veía complicado.

—Tienes que comer antes, ¿te apetece algo especial?

Ante el silencio de la muchacha, Alejandro se dirigió a la puerta a dar las indicaciones a la enfermera y llamar a los padres para comunicarles que Estela estaba despierta y podían pasar a visitarla. Se le presentaba una tarde complicada.

Cuando se quedó sola en la habitación intentó ponerse en pie, pero un pequeño mareo hizo que se recostase en el cabecero de la cama. Miró a su alrededor. Todo estaba confuso. No recordaba haber estado antes en aquella habitación. Parecía más luminosa. Se fijó en el jarrón que había encima de la mesa con un enorme ramo de rosas blancas. Entre las flores asomaba una pequeña tarjeta y le dio un vuelco el corazón. ¿Serían de…? Se incorporó de nuevo, esta vez le movió el impulso de saber de quién eran esas flores. No le dio tiempo a alcanzar la tarjeta. En ese momento la puerta se abrió.

—Estela, qué bien que por fin te encontramos despierta —los marqueses entraban por la puerta de la habitación del hospital. Le dieron un beso, con su dosis de frialdad correspondiente.

—Papá, mamá, ¿qué hacéis aquí?—preguntó con asombro.