Entre tus manos 3 #2
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El día en el que Estela cumplía la mayoría de edad, los Marqueses organizaron una fiesta por todo lo alto en honor a su primogénita. Las familias de la alta alcurnia granadina recibieron su correspondiente invitación. Tan solo uno de los invitados no pertenecía a tal estirpe: Ernesto Mendoza.

—¿Te quieres estar quieto de una vez? —Jaime Mendoza intentaba tomar las medidas a su hijo sin obtener resultados.

—No debería ir a la fiesta. No me sentiré demasiado cómodo allí, rodeado de tanto perfume, joyas y adornos.

—No lo dirás en serio. Es una excelente oportunidad para relacionarte con empresarios, condes y duques —Jaime no entendía cómo su hijo, a diferencia de cualquier joven de su edad, no estaba entusiasmado con la idea de rodearse de personalidades tan importantes.

—¡Buah! —dijo con desinterés mientras se ajustaba la chaqueta del traje para que su padre le hiciera los últimos ajustes.

—¿Y qué dirá Estela? Ella está feliz con que vayas a su fiesta. Conocerás a todas sus amistades y será como una presentación «formal» de vuestra relación —el hombre intentaba tomar la medida de una de las mangas sin demasiada suerte.

—Yo habría preferido algo más íntimo, padre. Tanta gente cuchicheando a nuestras espaldas, me pongo enfermo solo de pensarlo. Pero ya no hay vuelta atrás. Intentaré estar a la altura de la situación.

Las guirnaldas adornaban la entrada al palacete. Arcos, bóvedas, columnas y adornos florales por doquier ensalzaban la belleza de la estancia. El olor a jazmín y azahar se mezclaba con los perfumes sintéticos de los invitados.

Ernesto llegó a la puerta del palacete. Respiró hondo. El traje entallado le cortaba el flujo de aire, o quizás fueran los nervios en el estómago. Entró.

En el interior le recibió José, el mayordomo de la familia. Era un hombre un tanto peculiar. Su cara no presentaba ningún cambio. Daba igual que estuviese contento que triste, esta permanecía estática, sin reflejo de expresión alguna.

—Señorito Ernesto, ¿me permite su abrigo? —José le ayudó a quitarse la prenda, mientras Ernesto se sentía abrumado por el recibimiento y el entorno—. Le diré a la señorita Estela que ha llegado.

José desapareció entre los invitados. La música envolvía el ambiente mientras las doncellas iban y venían con las bandejas llenas de aperitivos y bebidas. Estela apareció a los pocos minutos. Estaba impresionante con aquel vestido de color azul. Ernesto se quedó sin palabras. Si su belleza le había cautivado desde que la vio por primera vez, ahora le intimidaba. Parecía distinta. La joven se acercó y le dio un beso en la mejilla. Su cara lo decía todo.

—No estaba segura de que fueras a venir —le miró como si fuera un fantasma.

—¿Acaso dudabas de mi palabra? —el joven intentó hablar con tranquilidad para que ella no se diera cuenta de lo nervioso que estaba, pero Estela lo notó enseguida.

—Anda ven, estoy deseando que conozcas a mis amigos —le cogió de la mano y los dos cruzaron el salón hasta llegar a un grupo de jóvenes.

El chico más alto de todos sostenía una copa de vino mientras contaba al resto algo sobre un caballo que le había dado una coz a uno de los trabajadores de la finca de su familia. Las carcajadas y las bromas pararon cuando Estela y Ernesto se acercaron. Después de las correspondientes presentaciones empezaron las preguntas malintencionadas.

—Así que eres hijo de Jaime Mendoza —el chico alto, Arturo, le miró con aires de superioridad. Era hijo de los Duques de Vilena y se dedicaba a no hacer nada de nada, aprovechando su título para vivir del postín que le ofrecía el pertenecer a una familia de cuna.

—Así es —contestó Ernesto con naturalidad.

—Y díganos, Ernesto, ¿qué misterios encierra el fino arte del hilo y la aguja? —las palabras salieron como cuchillos con la intención de ridiculizar a aquel cantamañanas que se había colado en un lugar que no le pertenecía. ¿Qué se había creído? Estaba dispuesto a hacer todo lo posible porque saliera escaldado de allí y sin Estela.

—El fino arte de las puntadas, como usted lo llama, no es otro que el de resaltar aún más la belleza y la elegancia de estas preciosas damas, caballero —miró a la muchacha que estaba al lado de Arturo, mientras ella flirteaba con su risa escandalosa.

La música se detuvo. Era la hora del gran brindis de cumpleaños de Estela. Su padre pronunció un discurso de lo más emotivo, mientras, su esposa se secaba las lágrimas por la emoción. Todos los presentes levantaron sus copas mientras centraban sus miradas sobre la joven cumpleañera. La música continuó y cuando Ernesto estaba a punto de pedir un baile a la muchacha, Arturo se adelantó.

—Un baile con la chica más guapa de toda Granada —dijo tomándola de la mano. Ella no pudo renunciar a la petición, aunque le hubiese gustado bailar con Ernesto.

Ernesto les siguió con la mirada mientras daban vueltas por el salón al son de la música. Era obvio que se llevaban bien y que eran buenos amigos.

—¿Qué tal, joven? ¿Lo está pasando bien? —el Marqués estaba a su lado, mientras miraba al centro del salón.

—Bien, señor, una fiesta muy…interesante —a Ernesto le hubiese gustado ser sincero al respecto, pero no quería disgustar a Estela en ese día tan importante. Intentó mantener una conversación lo más normal posible, dentro de la situación incómoda en la que se encontraba.

—No es necesario que disimule conmigo, joven. No se le da bien la diplomacia. Ni usted me cae bien, ni yo a usted tampoco, así que, dejémonos de formalidades —el Marqués cambió el tono de voz.

—Está bien, hablemos claro —continuó Ernesto—. ¿Qué quiere?

—Quiero que desaparezcas de la vida de mi hija.

—Eso no va a ser posible, estamos enamorados y nos vamos a casar, pésele a quien le pese.

—Si Estela se casa con usted, estoy dispuesto a desheredarla.

—Yo no quiero su dinero y Estela no va a acceder a ese chantaje tan rastrero, así que, guárdese sus riquezas por donde le quepan y déjenos en paz —subió el tono de voz por la tensión del momento, pero nadie más escuchó la conversación.

—Si de verdad la quiere, dejará que rehaga su vida —el Marqués adoptó un gesto de tener un as guardado en la manga—. ¿De verdad cree que ella le elegirá? Está claro que no conoce a mi hija. Se cansará cuando se dé cuenta de que no tendrá ninguno de los lujos a los que está acostumbrada. Le aseguro que así será. Deje que siga con su camino, que se case con el hombre adecuado y que sea feliz. Usted no es ese hombre —lo dijo mientras miraba a la joven dando vueltas y riendo junto a Arturo.

Ernesto apretó los dientes y se dirigió a la puerta con paso acelerado. La cabeza le daba vueltas. Las palabras del marqués le habían pasado por encima sin ningún reparo, pero en el fondo sabía que tenía razón. Su miedo había sido que Estela se terminara cansando de él o que se diera cuenta de que no tenían ningún futuro juntos. Y en aquel momento lo vio claro.

—José, por favor, mi abrigo —José no le miró a la cara. Se limitó a desaparecer por otra puerta en busca del abrigo del joven. Estela llegó a los pocos minutos, acelerada y sofocada por el calor y el baile.

—Ernesto, ¿qué ha pasado? ¿Por qué te marchas? —la chica no entendía por qué el joven se marchaba de manera tan precipitada y sin avisar.

—Ha sido un error venir a tu fiesta —le dijo. Sus palabras sonaron frías como el hielo.

—¿De qué me hablas, Ernesto? No entiendo nada de lo que me dices.

—Ah, ¿no? Pues pregúntale a tu padre y a tu amigo Arturo, aunque a lo mejor debería preguntarte a ti primero —la humillación se había convertido en un volcán a punto de estallar y volcó sobre la joven toda la ira que llevaba dentro.

—Mira, Ernesto, no sé lo que haya podido hacer mi padre, pero te aseguro que yo no soy responsable de lo que él haga. Te estás comportando como un imbécil.

—No me digas que no sabías los planes de tu familia, Estela, porque no me lo creo. Sé que entre Arturo y tú hay algo más, no soy estúpido. Has jugado conmigo hasta que papaíto ha creído conveniente, ¿verdad? Pues, ¿sabes lo que te digo?, que Arturo y tú seáis muy felices —José apareció en ese momento con el abrigo de Ernesto—. Adiós Estela.

Entró en la casa dando un portazo ante la cara de perplejidad de Jaime y Rosa, que se miraron extrañados.

—¿Vas tú o voy yo? —le dijo Jaime a su esposa.

—Iré yo —la mujer se levantó del sillón y subió las escaleras con dificultad. Los años no pasaban en balde. Hubo un tiempo en que era capaz de subir aquellas escaleras más de treinta veces al día sin ningún esfuerzo. En cambio, ahora, apenas era capaz de subir una sola vez sin fatigarse. Llamó con suavidad a la puerta y entró. Ernesto estaba de pie junto a la ventana. Pudo percibir su ceño contraído, aun sin verle.

—Antes de conocer a tu padre, salía con un chico del barrio —Rosa rompió el silencio—. Mi madre y la suya eran amigas y tenían muchos planes para nosotros. Hablaban de cómo sería nuestra boda, cuántos nietos tendrían, sus nombres… Pero cuando conocí a tu padre, me di cuenta de que lo que sentía por aquel chico no era verdadero amor; éramos amigos, nada más. Tu abuela y tu padre se llevaban fatal al principio.

—Pero, ¿qué dices, mamá? Si la abuela adora a papá —dijo Ernesto sentándose en la cama.

—Ahora sí, pero te aseguro que al principio no se podían ni ver. Luego mi madre entendió que yo sería feliz con tu padre, porque nos queríamos.

—Esto es distinto, madre. Pensé que nuestro amor era tan fuerte que podría con todo. Pero me he dado cuenta de que era una ilusión, un espejismo, un imposible. Se ha terminado —le dio un beso de buenas noches a su madre.

—¿Estás seguro?

—Nunca dejaré de quererla, pero es necesario que me olvide de ella.

—Descansa, hijo —le dijo Rosa— mañana verás las cosas de otra manera.

—Madre —Ernesto se giró cuando Rosa estaba a punto de salir por la puerta de la habitación—. Necesito alejarme un tiempo de aquí.

Los meses pasaron. Tras la marcha de Ernesto, Estela y Arturo anunciaron su compromiso.