Entre tus manos 3
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La «Aguja Dorada» había abierto sus puertas en Granada. La noticia de que un reconocido sastre llegado de la capital se trasladaba a la ciudad granadina se propagó como la pólvora entre la alta sociedad. Fueron muchos los encargos que tuvieron Jaime Mendoza y Rosa León. Nada mejor que la fama que les precedía para abrirles las puertas de una nueva clientela.

Ernesto nunca entendió esa obsesión por la moda. Los señoritos andaluces vestían los trajes a medida que su padre confeccionaba y que su madre cosía hasta altas horas de la madrugada. Todo en su entorno eran fiestas, superficialidad y conversaciones banales. Aun así, sabía que su futuro dependía del negocio familiar y ayudaba en todo lo que hiciera falta, pero seguía soñando con viajar y conocer mundo. Le apasionaba la música y el arte en general, y aunque en Madrid había comenzado sus estudios en estas disciplinas, su traslado a Granada y el exceso de trabajo en la Aguja Dorada no le habían permitido retomarlos.

Aquella mañana de lunes su padre le llamó.

—Ernesto, ven. Tienes que entregar este traje a un cliente. Necesito que hoy sin falta el marqués se lo pruebe para los últimos arreglos —Jaime Mendoza iba de acá para allá. Se notaba que estaba nervioso.

—Y, ¿de qué se trata ahora? ¿De una reunión de amigos para dar ánimo a la duquesa de ¿«no sé qué ponerme»? ¿O tal vez una fiesta para «pasar» modelitos? —Ernesto lo dijo con un tono de burla que desagradó a su padre.

—Eso a nosotros no nos incumbe. Lo importante es que son buenos clientes y que nos pueden recomendar a sus amistades —Jaime desaprobaba el tono despectivo con el que su hijo se dirigía a la mayoría de su clientela.

De vez en cuando, Ernesto se perdía en sus fantasías: conocería a una chica guapísima, se enamoraría, huirían lejos de allí, recorrerían todos los rincones de la tierra en busca de aventuras y tendrían hijos. La voz de su padre metiéndole prisa le trajo de vuelta a la realidad.

—Ernesto, date prisa, es para hoy.

—Voy, ya he terminado con esto —Ernesto soltó la prenda que tenía entre manos, cogió su chaqueta, el traje enfundado en una pieza de tela impecable, una nota escrita por su padre para el Marqués de Soto Grande y salió.

Fue dando un paseo hasta llagar a la dirección indicada. Se detuvo frente a la puerta de acceso a la vivienda y llamó. Mientras esperaba observó con detenimiento los detalles: una fachada en dos plantas con torres en los extremos, la puerta, enmarcada por dos columnas dóricas y rematadas por dos pequeñas pirámides en los extremos, un balcón adintelado y el escudo heráldico de la familia Aguilar Almansa, eran dignos de disfrutar y perderse entre ellos. Entonces, la puerta se abrió. El mayordomo le indicó que pasara y que esperase en la cocina mientras iba a avisar al señor Marqués.

Ernesto se sentó y esperó. Esperó cinco minutos, diez, veinte, cuarenta…y nada. Se asomó a la puerta y no vio ni rastro del mayordomo ni de ninguna otra persona. Pensó en marcharse, pero entonces a su padre le habría dado un ataque. Volvió a sentarse y entonces lo vio: allí, encima de la mesa, una botella de vino y algo de jamón y queso cortado parecían una invitación en toda regla. Sabía que no debía, pero no pudo contener las ganas de probarlo. Podría disfrutar de uno de los placeres de ser rico, nadie se daría cuenta si daba un trago de la botella. La cogió y se la llevó a la nariz: el olor era delicioso y ese vino parecía decir «bébeme».

—Si lo quieres probar, échate un poco en una copa, te invito…

El sobresalto hizo que la botella se tambalease a punto de caer al suelo. El corazón amenazaba con salírsele del pecho al verse descubierto. Dejó la botella encima de la mesa, todavía con la mano temblorosa por el susto. Se giró con la certeza de la reprimenda que le iba a caer y las consecuencias que le podrían acarrear a la Aguja Dorada. Pero en lugar de eso se encontró con una joven de pelo suelto, castaño y con reflejos dorados, que enmarcaba una cara aterciopelada. Sus ojos verdes le miraban con curiosidad y sus labios esbozaban una sonrisa.

—¿Quién eres? —le preguntó la muchacha.

—Ernesto. He venido a traer un traje para el Marqués de Soto Grande. Mi padre es sastre— Ernesto notó cómo el calor sonrojaba sus mejillas.

—Pues tendrás que esperar un rato —dijo la joven, divertida con aquella situación—, mis padres están arriba con una visita y yo he aprovechado para bajar a la cocina a comer algo. ¿Quieres acompañarme?

En vista de que Ernesto no decía nada, ella siguió con total descaro.

—Me llamo Estela. No te preocupes, no diré nada. Anda, vamos a brindar —la chica cogió dos copas y le ofreció una a Ernesto.

—¿Por qué? —Ernesto pensaba que aquello era irreal y que estaba soñando. Había algo en aquella joven que le desconcertaba. Sus modales no se parecían a los de aquellos estirados que iban a la sastrería.

—Pues…porque nos hemos conocido. Venga, bebe, ¿no pensarás que te lo dé yo, ¿verdad? No te voy a envenenar ni nada por el estilo; no al menos ahora que acabo de conocerte —Estela se echó a reír y, por fin, se rompió el hielo.

Salieron al jardín y empezaron a hablar de ellos. Ninguno estaba contento con su vida. Estela se quejaba de la rigidez que la imponían sus padres y Ernesto, de lo aburrido que era el trabajo de sastre. Uno y otro soñaban con vidas diferentes, lejos de allí, donde no se podía dar un paso sin que mil ojos les observaran. Las casi dos horas que el Marqués de Soto Grande tardó en bajar pasaron volando para los dos jóvenes, que, desde aquel encuentro, serían inseparables.

Se habían acostumbrado a encontrarse a escondidas. Se pasaban largas horas hablando de cómo serían sus vidas si no hubiesen pertenecido a sus respectivas familias. A pesar de pertenecer a clases diferentes, cada uno de ellos había encontrado en el otro un apoyo para escapar del día a día. Eran cómplices, amigos, camaradas, compañeros de desgracias, pero también de juegos y diversiones. Eran almas gemelas en una sociedad demasiado clasista.

A ambos les apasionaba la música. Al igual que Ernesto, Estela soñaba con ser una reconocida pianista y viajar por todo el mundo, pero su madre se empeñaba en que fuera a una escuela de señoritas para formarse como una dama de la alta sociedad. Allí la enseñaban a comportarse, a comer correctamente, a vestirse elegante, a caminar erguida, a hablar idiomas… Todo estaba pensado para que un día fuera la esposa perfecta de un hombre influyente. Pero lo que no le estaba permitido era ser ella misma.

El internado «Camile Bonnet» era la única escuela para señoritas de la alta sociedad de toda Andalucía. Era un lugar muy selecto, apenas cinco jóvenes lograban entrar cada curso y permanecerían allí durante cinco largos años, hasta salir convertidas en las dignas esposas de sus dignos esposos.

Las clases comenzaban a las nueve de la mañana con gimnasia, bailes de salón y ballet para mantener la figura y el cuerpo en buena forma.

—Un, deux, trois, pliés, battements tendus…esos brazos, esas piernas, vamos señoritas —el profesor de ballet, el señor Moiré, marcaba los tiempos mientras las jóvenes realizaban todos los movimientos a la perfección—. Señorita Estela Aguilar, ¿qué le ocurre? Lleva toda la clase despistada.

—No me encuentro muy bien, profesor. He debido de coger un resfriado y me duele mucho la cabeza…y tengo tos —Estela estornudó apenas pronunció las últimas palabras. No le dio tiempo de ponerse la mano en la boca como muestra de respeto y educación, con gran disgusto de Monsieur Moiré que, rápidamente, se llevó su pañuelo perfumado a la cara.

—Ya veo… —dijo haciendo un gesto de desagrado— vaya, vaya a la enfermería y que le den algo para esos gérmenes o nos infectará a todos.

Estela recogió sus cosas y salió de la clase cabizbaja y tosiendo sin parar. Al llegar a la enfermería pasó de largo, atravesó el patio de estilo árabe hasta llegar al muro colindante con el exterior. Se detuvo al lado de un naranjo cuyas flores estaban en todo su esplendor. El olor que desprendían penetró por los agujeros de su nariz hasta causarle picor. Las lágrimas corrieron por las mejillas, rojas por la congestión. Dejó la mochila en el suelo y buscó algo a su alrededor. Detrás de un limonero le pareció ver una sombra.

—Hola, ¿hay alguien ahí? —se acercó con cuidado hasta llegar a la altura del árbol. Un gato de color blanco salió de detrás del tronco y se acercó a Estela, maullando—. Ohhh, eres precioso, gatito, seguro que tienes hambre. Ven, a ver si encontramos a tu madre —cogió al pequeño minino en brazos y se giró con rapidez para dirigirse en dirección contraria, en busca de la mamá del animal. Un encontronazo con algo hizo que cayera al suelo de espaldas. El golpe la dejó atontada. El gato saltó de entre sus brazos a tiempo de no ser aplastado en la caída.

—Estela, ¿estás bien? —el joven estaba arrodillado a su lado y tenía cara de preocupación.

—¿Qué haces aquí? Creí que habíamos quedado en el arroyo, al otro lado de la verja —Estela se incorporó mientras se frotaba la frente con la mano—. Vaya golpe, ¿qué ha sido?

—Pues ha sido mi cabeza —Ernesto se señaló el lado derecho de su frente, donde una zona empezaba a coger un tono rojizo.

—¿Sabes que tienes la cabeza muy dura?

—Lo sé —Ernesto se disculpó con la mirada. Eso le hizo mucha gracia a Estela, que no pudo evitar reírse.

—Anda, vámonos antes de que alguien me eche en falta.

El tiempo continuó pasando entre encuentros furtivos, sueños y planes de futuro. Obviamente, Ernesto no podría llegar a ser ese pretendiente preferido por los padres de ella, pero él era un luchador incansable. Emprendió los estudios de abogacía para poder estar a la altura de los Marqueses de Soto Grande; mientras, Estela continuaba con los suyos en el internado.