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—Sí, Amparo. Ha cometido un delito. No solo ha robado, también llevaba un cuchillo y ha herido a mi perro, o podía haberlo matado, o incluso a mí. Sé que está todavía aquí, que no se ha marchado. Tú eres una buena persona, Amparo, pero deberías tener más cuidado con quién metes en tu clínica. No me gustaría que te hicieran daño —Triana estaba dolida con Amparo. No entendía cómo una mujer como ella defendía a un delincuente.
—A veces la vida no es fácil y nos hace tomar decisiones que no siempre son las más acertadas —Amparo pudo ver en su mirada la rabia.
—No es excusa, Amparo. Hay muchas personas que no han tenido una vida fácil y no van por ahí robando ni hiriendo a los demás. No te entiendo, de verdad. Me hice policía porque creo en la justicia y no puedo pasarlo por alto.
—No te estoy diciendo que dejes de cumplir con tu deber, Triana. Te hablo ahora como amiga. Si ha cometido un delito es justo que pague por ello, pero sé que Gonzalo no es mala persona y que hay un motivo detrás de sus actos. Le conozco desde hace muchos años. Solo te pido, como un favor personal, que lo pienses.
—Lo siento, Amparo, pero me estás pidiendo demasiado. Si de verdad quiere tener otra oportunidad, tendrá que ser después de haber pagado su deuda con la justicia.
—En el fondo sé que llevas razón. Me he querido convencer a mí misma de que podía ayudarle, que, si le ofrecía la confianza que nunca nadie le había dado, sería suficiente. Pero Gonzalo necesita otro tipo de ayuda que yo no le puedo dar. Necesita confiar en sí mismo y para ello tiene que empezar desde cero.
—Lo siento —Triana sabía que Amparo era una buena persona y su afán por ayudar a aquel joven no la dejaba pensar con claridad.
Unos golpes en la puerta hicieron que las dos mujeres se dieran la vuelta.
De pie y cabizbajo estaba Gonzalo. Había querido preguntar por el perro y pedir disculpas de nuevo. Sabía que eso no era suficiente y que aquella chica lo estaría pasando mal, al igual que él si alguien le hubiese hecho daño a su Chica. Había escuchado parte de la conversación. Al notar la mirada de ambas sobre él se sintió mucho peor de lo que ya se sentía.
Casi no le salió la voz cuando intentó disculparse. Por querer pagar la factura casi mata a aquel pobre animal. No tenía excusa. Había ido demasiado lejos. No pudo mirar a Amparo a los ojos por miedo a encontrar en ellos la decepción. No pudo mirar a Triana a la cara sabiendo que había actuado mal. Así que, solo pudo mirar al suelo y disculparse.
—Tiene razón, Amparo. Te agradezco tu ayuda, pero es justo lo que ella dice ¿Puedo despedirme de Chica? —preguntó levantando la cabeza y mirando a Triana a los ojos, y esto hizo que ella le creyera.
—Claro que puedes despedirte de tu… ¿Chica? —Triana reparó en el nombre de la perrita y le pareció curiosa la coincidencia con el nombre de su perro —. Te espero fuera—le dijo a Gonzalo.
Salió a la calle con la necesidad de coger un poco de aire. Las piernas le flojeaban y estaba aturdida por los acontecimientos. ¿Dónde se habría metido Luis?
Chico empezaba a cansarse de estar en sus brazos e hizo un par de intentos por soltarse. Distinguió a lo lejos la silueta de su amigo y se alegró de verle. Luis llegó corriendo y sin aliento.
—¿Qué ha pasado? ¿Estás bien? ¿Está bien Chico? —las preguntas salieron atropelladas.
—Sí, estamos bien. Por suerte solo ha sido un rasguño sin importancia y el cuerpo dolorido por el golpe. Tranquilo, un poco de reposo y volverá a estar como antes. Ahora tengo que hacer una cosa, ¿podrías llevarlo tú a casa? —Triana entró de nuevo en la clínica sin dejar que su amigo dijese nada. Sabía que detrás de las preguntas vendría la reprimenda.
Luis sabía que algo se le pasaba por la cabeza. Triana era cabezota, impulsiva y reservada. Sabía que era mejor dejarla a solas y no atosigarla con reproches de ningún tipo. Ya se le pasaría.
Con Chico en brazos se marchó.
Triana entró con la intención de llevarse a Gonzalo a la comisaría. Al pasar por delante de la consulta en donde el joven se despedía de su perra, no pudo evitar escucharle. Su tono de voz era dulce, casi como un susurro.
—Hola, pequeña. ¿Cómo está mi chica preferida? —el animal movió la cola al escucharle. Intentó levantarse, pero estaba muy débil—. ¿Sabes? Seguramente no nos veamos en una temporada. Te voy a echar mucho de menos. Prométeme que vas a ser fuerte y que vas a luchar por salir adelante, ¿vale, pequeña? —una lágrima cayó sobre su mano y el animal le lamió la cara. Era su forma de despedirse de él. En ese mismo instante, Gonzalo se dio cuenta de la presencia de Triana. Se apresuró a ponerse en pie y de un manotazo se secó las lágrimas.
—Disculpa, no era mi intención inmiscuirme —las palabras se entrecortaron y un nudo en la garganta no la dejaba respirar.
—¿Sabes? —dijo Gonzalo—. Nunca nos hemos separado, desde que era una cachorrita. La podía coger con una mano y ella se acurrucaba y se quedaba dormida. Siento lo ocurrido con…
—No me tienes que explicar nada más —Triana no le dejó terminar—. Sé que tu arrepentimiento es sincero, pero entiende que no podemos ir actuando movidos solo por nuestra situación. Somos dueños de nuestros actos y tenemos que asumir las consecuencias.
—Lo sé, como también sé que he decepcionado a Amparo, la única persona que me ha tendido una mano. Quiero demostrar que puedo cambiar. Quiero poder empezar desde cero.
—¿Cómo os conocisteis Amparo y tú?
—Era un día de invierno, lo recuerdo como si fuese ayer. Hacía un frío que pelaba. Llevaba varios días sin comer y durmiendo en la calle. Estaba agotado. Me acerqué a un contenedor de basura con la esperanza de encontrar algo con lo que calmar el hambre y allí estaban, en una caja de cartón: eran dos cachorros preciosos, unos abandonados, como yo. No podía encargarme de ambos, así que me quedé con uno de ellos; al menos tendría una oportunidad. Con todo el dolor de mi corazón dejé al otro, pero me aseguré de que alguien lo viera y se lo llevara. Puse la caja en un lugar visible y esperé tras una esquina hasta que alguien lo recogiera. Luego quise asegurarme de que mi nueva amiga estuviese bien y, desde entonces, Amparo me ha ayudado con ella. Ahora Chica está muy enferma. Ya le debo demasiado dinero a Amparo, entonces vi la cartera en el suelo y la cogí. El resto de la historia ya la conoces. Ahora no sé qué ocurrirá con ella. Después de cómo me he portado, no tengo derecho a pedirle a Amparo que se haga cargo.
—Estoy segura de que ella sabrá qué hacer —Triana estaba convencida de que la veterinaria no dejaría al animal a su suerte—. Tenemos que irnos —le dijo al joven.
Chica les siguió con la mirada hasta que desaparecieron tras la puerta.