Entre tus manos 2 #2
9%

2 #2

—Mira que eres tonto, es un cachorro. Estaba abandonado en una caja. Mi madre solo dejará que se quede hasta que encuentre un sitio para él. Míralo, ¿no es precioso? —Triana mostró la mejor de sus sonrisas.

—Ah, no. De eso nada —Luis conocía lo suficiente a su amiga como para saber lo que pretendía.

—Por favor. Tú tienes sitio de sobra y así no estarás solo. Te prometo que te ayudo, le doy de comer, le saco de paseo, le baño, no te vas a dar ni cuenta de que tienes un perro —sabía que, poniendo esa cara de cachorro abandonado, Luis no podría resistirse.

—Está bien. Siempre te sales con la tuya. Me quedo con él, pero que sepas que este favor me lo pienso cobrar, y no va a ser barato.

—Gracias, gracias, gracias. Eres el mejor amigo del mundo —dijo mientras se abalanzaba sobre él dándole un fuerte abrazo—. Te prometo que no te arrepentirás. Tendrás que ponerle un nombre. ¿Qué te parece Chico?

—Eres de lo que no hay. ¿De verdad que ni siquiera me vas a dejar que yo elija un nombre para «mi» perro? Porque te recuerdo que es mío desde hace un minuto.

—De eso nada, dirás «nuestro», nuestro Chico. Que viva contigo no significa que sea tuyo en exclusividad. Le cuidaremos entre los dos. ¿Trato hecho? —extendió su mano para sellar el acuerdo.

El coche se detuvo.

—Ya hemos llegado, señorita. Espero que su perro se recupere.

La sala estaba llena de personas con sus animales. Chico empezó a mirar a un lado y a otro.

Ese olor no le gustaba y empezó a rebullirse entre los brazos de Triana, intentando soltarse.

—Tranquilo. Te vas a hacer daño —la joven intentó tranquilizarlo y que se quedase quieto entre sus brazos.

En ese momento entró por la puerta alguien que, por el brinco que dio Triana y el olfateo inquieto de Chico, solo significaban problemas. Ambos se giraron, intuyendo la presencia del joven. Chico comenzó a gruñir. Triana, mirando fijamente a quien acababa de entrar, se puso de pie y, plantándole cara, le preguntó:

—¿Qué haces aquí? ¿Cómo tienes la poca vergüenza de aparecer como si nada?

—Por favor, no quiero problemas. Ya te dije antes que lo sentía, de verdad. Nunca fue mi intención —el chico bajó la cabeza y empezó a balbucear. Antes de que pudiese explicarse apareció la veterinaria. Se llamaba Amparo y era muy conocida en el barrio por ser muy solidaria y muy buena profesional.

—Gonzalo, entra —se volvió a los demás y les explicó que era una urgencia. Gonzalo siguió a Amparo hasta una de las consultas de la clínica.

Dentro, Gonzalo lloraba. Con un ataque de ansiedad miraba a su perra, que se debatía entre la vida y la muerte. Amparo no entendía a qué venía ese estado de ansiedad tan pronunciado. La situación la tenían hablada del día anterior; aunque estaban en el límite, Chica estaba luchando como una jabata. En ese momento, abrió los ojos al sentir el olor de la persona que tanto quería y, cuando vio a Gonzalo, empezó a gemir y a querer levantarse para acercarse a él. Amparo abrió la puerta de la jaula para que Gonzalo pudiese acariciarla.

—¿Cómo estás, pequeña? —dijo el joven, acariciando la cabeza del animal.

El diálogo entre Chica y él fue tan expresivo, que Amparo no pudo evitar emocionarse. Ella estaba haciendo todo lo posible porque remontase esa situación.

Gonzalo había tenido una vida difícil. Después de casarse y habiendo tenido un hijo, algo de lo que nunca quiso hablar, perdió a su familia, el trabajo y hasta su propia dignidad. Quizás era su apariencia: alto, con las manos llenas de anillos y la cintura de correajes; sus ojos negros como el infierno, el pelo al uno y mirando siempre de frente, le daban un halo de misterio que hacía que la gente se apartase de él.

Amparo recordó cómo le conoció. Era un día de invierno, de esos que el frío se te mete dentro y te deja sin respiración. Se disponía a abrir la clínica, como todas las mañanas, pero cuando llegó, se encontró con un joven de aspecto sucio y despeinado durmiendo en la puerta. Entre su chaqueta asomaba un hociquito con unos ojos bailones y brillantes que miraban todo lo que ocurría a su alrededor. Con mucho cuidado y en un tono de voz suave, Amparo se dirigió a Gonzalo.

—Señor, por favor, ¿me puede dejar pasar?

Gonzalo abrió los ojos, centró su mirada en Amparo y, automáticamente, tomó conciencia de dónde estaba. Al incorporarse, su casi metro noventa de altura no dejó indiferente a la mujer.

—Si me das cinco minutos para abrir y ponerme el uniforme, te atiendo enseguida, ¿te parece bien? —le dijo con naturalidad.

Gonzalo afirmó con la cabeza y esperó a que la mujer le avisara para atenderle. A los cinco minutos, Amparo abrió la clínica. Allí seguía Gonzalo. El cachorro jugueteaba con su mano mientras de su boca salía un intento de ladrido.

—Pórtate bien —le decía Gonzalo entre risas y con una voz tranquila y dulce.

Amparo revisó a la perrita minuciosamente, a pesar de no estarse quieta. Gonzalo le explicó que la había encontrado en la basura, cuando había ido a buscar algo de comer. Estaba metida en una caja de cartón y no había podido dejarla abandonada a su suerte.

—Bueno, pues está en perfectas condiciones —le dijo cuando hubo terminado la exploración—. No tendrá ni dos meses. Hay veces que los dueños no pueden quedarse con todos los cachorros de una camada y optan por regalarlos o por dejarlos en la calle; otras veces son el clásico regalo de Navidad, ya sabes, regalan cachorros y, pasado un tiempo los abandonan con la excusa de que se les han escapado.

En ese momento, Gonzalo le dijo que no tenía dinero para pagarla y que podría quedarse con la perrita a cambio. Estaría mejor con ella que con él. Amparo le miró a los ojos y algo en ellos le impulsó a decirle que no.

—Cuando salvas una vida eres responsable de ella para siempre, así que esta perrita es tuya. En cuanto al dinero, no te preocupes, me lo puedes pagar poco a poco o cuando puedas. Habrá que ponerle un nombre a esta preciosidad. ¿Cómo quieres llamarla?

—Chica —el joven no le quitaba los ojos de encima a la cachorrita, la cual no paraba de jugar con su mano, ajena a toda la conversación.

Amparo le dio a Gonzalo la cartilla de Chica y le dio cita para vacunarla y ponerla el chip. Se despidió de él hasta la siguiente visita. Sabía lo que hacía. Desde aquel día en que le conoció y atendió a su perra, Gonzalo nunca la había defraudado. Ahora le tenía delante, llorando como un niño pequeño, envejecido por una vida que no le había tratado bien. Le conocía lo suficiente para saber que, detrás de aquellas lágrimas, había algo más. Solo necesitaba dejarle tiempo a solas con su perra para que se calmase. Luego hablaría con él.

—Voy a seguir con las consultas. Quédate aquí con ella, no dejes que se mueva y acaríciala un rato. Luego hablamos. No tengas miedo, va a salir de ésta, te lo aseguro.

Triana y Chico entraron en la consulta. No era la primera vez que el animal estaba en la clínica de Amparo y, aunque ella le caía bien, los olores no le resultaban demasiado agradables. Su instinto le hacía mantenerse alerta, así que cuando Triana le dejó sobre la mesa, olisqueó el ambiente.

—¿Bueno, ¿qué le pasa a Chico? —Amparo buscó en el ordenador la ficha del animal.

—Tiene una herida en el costado izquierdo. No parece profunda, pero prefiero que le eches un vistazo, por si acaso.

Amparo observó la herida.

—No es profunda —dijo—. ¿Cómo se la ha hecho? —la mujer desinfectó el corte con mucho cuidado.

—Ha sido con un cuchillo, en un percance con un chico. Se interpuso entre los dos. Podría haber sido yo la que estuviese herida, me ha salvado la vida —Triana se derrumbó. Toda la tensión acumulada empezaba a salir.

Chico olisqueó el apósito empapado con el líquido. Luego olisqueó la parte de su cuerpo que había quedado impregnada con el olor. Le dolía y no estaba dispuesto a que Amparo siguiera con la cura. Un leve gruñido de advertencia salió de su garganta, seguido de un quejido.

—Tranquilo —Triana intentó calmarlo.

—No te preocupes, es superficial. Le pondré un vendaje para que no se lama y le vuelves a traer en un par de días para ver qué tal va. Voy a explorarle, me preocupa el golpe al caer al suelo.

Después de tomarle la temperatura, Amparo le palpó con mucho cuidado las patas y el abdomen. Al ir apretando centímetro a centímetro, Chico dio un respingo y gimió al contacto.

—Voy a hacerle una radiografía, por precaución. Estará dolorido, pero no podemos descartar el que haya un hueso roto o algún hematoma interno. Así nos quedamos más tranquilas.

Después de esperar a los resultados, la mujer pudo comprobar que solo había sido el golpe, sin más complicaciones.

—Bueno, pues está todo bien y Chico ha sido un valiente, ¿verdad Chico? Un poco de descanso, un analgésico y muchos mimos —la mujer le ofreció una galleta como recompensa por lo bien que se había portado. El animal no tardó en engullirla.

Triana estaba más tranquila al saber que se recuperaría y que todo había quedado en un susto. Había llamado a Luis desde la clínica, pero éste aún no había llegado. Por teléfono apenas había entrado en detalles de lo sucedido y, conociendo a su amigo como le conocía, sabía que se habría puesto en lo peor. Intentó llamarle de nuevo para tranquilizarle, pero no respondió. Lo más seguro es que, con el susto y las prisas, se hubiese dejado olvidado el teléfono en casa. Estaría de camino, así que decidió esperar.

Amparo le dio las últimas instrucciones antes de despedirse de ella, pero una idea le rondaba por la cabeza desde que la chica le había contado lo sucedido. Se había percatado de que momentos antes de que Gonzalo entrara en la consulta, estaban manteniendo una discusión e intuía que el joven tenía algo que ver con lo sucedido. Sabía que Triana era policía y que interpondría una denuncia contra él. También sabía que eso no le haría ningún bien. Se armó de valor e intentó romper una lanza a favor del chico.

—¿Le vas a detener? —la pregunta fue directa, sin rodeos.