Entre tus manos 2
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El timbre sonó con insistencia.

Aún en pijama, despeinado y con las legañas pegadas, Luis abrió.

—Ah…Eres tú —con la voz ronca y los ojos hinchados por la falta de sueño no pudo evitar mostrar el poco entusiasmo al abrir la puerta y encontrarse con la cara sonriente de Triana, que se invitó ella sola a entrar.

—Vaya careto mañanero —dijo la chica, dejándose caer en el sillón—, seguro que te has acostado tarde siguiendo la pista de algo interesante, como si no te conociera —hizo un gesto cómico mientras le soltaba el sermón—. Menos mal que hoy es domingo.

—Exactamente, es domingo… descanso… no madrugar… y nada de amigas pesadas que vengan a despertarme…

—Ah, ¿que todavía estás dormido? Pobrecito. Pues mira, para que te despiertes —el impacto del cojín sobre la cara de Luis acabó entre risas y una guerra de cosquillas. Chico observaba desde lejos a aquellos dos sin remedio, manteniendo una distancia prudente, por si acaso.

Luis y Triana se conocían desde el colegio. El primer día de clase, Luis le quitó a ella el bocadillo, le tiró del pelo y se burló de su camiseta de «Snoopy». Triana le arreó un tortazo, le rompió el estuche y le llamó «cabeza buque». Desde ese momento serían inseparables, los mejores amigos. Veinticinco años después seguían comportándose como niños.

—¿Has desayunado? —el estómago de Luis comenzaba a rugir como un león hambriento, recordando que se había acostado sin cenar la noche anterior.

—Pues sí, pero si me invitas a un chocolate te lo agradezco, aunque en verdad, tampoco me importaría que me invitaras a una tostada con su tomate y aceite.

—¡Marchando un desayuno para la señorita! ¿Algo más, alteza? —hizo una reverencia que no pudo terminar porque Chico se le echó encima.

—Mira, también quiere que le invites a desayunar —rio Triana.

—Chico lo que quiere es que le saque a la calle. Así que, por haberme despertado, te toca bajarlo a ti, ir a comprar churros mientras yo me ducho y preparo café.

Triana le hizo una seña a Chico y este se plantó delante de la correa, entendiendo que el paseo iba a ser diferente, genial y divertido.

Luis se puso manos a la obra. Ahora que se había librado de Triana tenía unos minutos para poder continuar con la investigación que le tenía tan intrigado. Sabía que el animal no se conformaría con ir y volver a la churrería y que darían un largo paseo antes de volver a casa. Se dio una ducha rápida, ventiló la habitación y preparó café para él y chocolate para Triana. Se sentó delante del ordenador, dándole vueltas a lo de la condesa de Medina.

Ella era la única hija de la familia Aguilar-Almansa. Sus padres eran los marqueses de Soto Grande, una familia muy importante de Granada, pero Luis no sabía demasiado de ellos. Quizás su primo supiese algo. Miró el reloj. Todavía no era mediodía y, ese domingo, Jesús no tenía que trabajar en el hotel. Cogió el teléfono dispuesto a llegar al fondo de toda la historia. ¿Por qué el señor Mendoza estaba tan interesado en ese piano?

—Buenos días, primito, ¿qué haces despierto un domingo tan temprano? —la voz de Jesús sonó muy aguda y con un tono sarcástico.

—Jesús, he estado buscando algo sobre el piano que quería ese hombre que se hospeda en el hotel, el señor Mendoza. Aquí dice que perteneció a una familia importante de Granada, pero yo no recuerdo nada de ellos. ¿Sabes algo al respecto?

—Claro que sí, de hecho, tú conoces a la nieta de la condesa, creo que se llamaba…esto…Sandra, Sandra Escudero Velasco. ¿La recuerdas? Fue contigo y con Triana al colegio, uno o dos cursos menos.

Luis recordaba a Sandra, era una chiquilla desgarbada y con la cara llena de pecas. Siempre llevaba dos trenzas enrolladas a los lados, por lo que ella misma se autoproclamó «princesa Leia» en los juegos del recreo, con gran disgusto de Triana, que prefería ser «Anakin Skywalker», alias «Darth Vaider». Más de una vez acabaron cogidas de los pelos en medio de una batalla entre buenos y malos.

Jesús continuó.

—Lo único que recuerdo es que se fueron al extranjero. Oye, Sherlock, me ha dicho mi madre que cuándo vas a venir a comer, que ya no te vemos el pelo —Jesús sabía que su primo ya no era un niño, pero se habían criado juntos y eran como hermanos.

—Gracias, Jesús. Dile a tu madre que la próxima semana iré sin falta. Te dejo, voy a seguir buscando. Luis continuó abstraído en el ordenador hasta que una llamada le devolvió a la realidad. Un minuto después salía de la casa.

****

Chico encabezó el paseo con decisión. Sabía exactamente cuál era el itinerario a seguir, no tenían por qué ir directamente a por los churros. Triana siempre jugaba con él en un parque cercano a la churrería, por eso se aseguró de coger su pelota antes de salir de casa.

—Eres un perro muy listo. ¿Quieres jugar, ¿verdad? —le dijo Triana mientras le ponía la correa y salían a la calle.

Caminaron durante quince minutos antes de llegar al Parque Federico García Lorca. Jardines, acequias, huertas, avenidas soleadas por las que pasear en un lugar de ensueño sin necesidad de salir de la ciudad. Chico consideró que ya era suficiente paseo y que era hora de jugar con la pelota. Se paró delante de Triana y la soltó a sus pies, dejando al descubierto una enorme dentadura. La joven le acarició, cogió la pelota y la lanzó con fuerza. Chico corrió a por ella. Tardó muy poco en regresar y pedir más.

—¿Quieres que te la vuelva a lanzar, Chico? —Triana estaba preparada para lanzarla otra vez, cuando sintió un golpe fuerte en el brazo. Se giró para ver qué era aquello que le había golpeado y vio a un joven que se alejaba corriendo. Alguien a su espalda gritó: ¡al ladrón, detengan al ladrón! El joven volteó la cabeza para ver si alguien le seguía de cerca y sus ojos se encontraron con los de Triana, que se había quedado aturdida por el impacto. El joven averiguó la intención de ella de perseguirle y su expresión cambió. Corrió más deprisa mientras la chica le perseguía por todo el parque.

—¡Eh tú, detente! —gritaba, sin dejar de correr. La gente se iba apartando a su paso.

—¡Guau, guau! —Chico les seguía de cerca. No estaba dispuesto a perderse la diversión. Triana le hizo una señal y el perro se separó de ella, en otra dirección. Desde que entró en la policía le había enseñado muchos trucos y, siempre que podía, entrenaba con él. Era un perro muy listo, habría sido un buen perro policía.

En una persecución sin tregua salieron del parque hasta llegar a una nave abandonada. En otros tiempos había sido un taller mecánico, pero, debido a los altos alquileres de la zona, quedó deshabitado como muchos otros locales de la ciudad. Triana entró con cuidado a través de un hueco por uno de los tablones que sellaban la puerta de acceso. Si era el escondite del ladrón, éste conocería muy bien el terreno por el que pisaba.

El interior estaba destrozado. Se notaba, por los restos recientes de comida y ceniza, que había sido saqueado y que servía de refugio para los vagabundos. Ni rastro del ladrón. Un crujido la hizo girarse con el corazón latiendo a mil por hora. Era Chico.

—Eh, Chico. Buen perro —lo dijo en voz baja.

Chico comenzó a gruñir, sabía que no estaban solos en aquel lugar. Una sombra salió de detrás de una columna y el brillo de un objeto metálico les puso en aviso. El joven estaba dispuesto a salir de allí con su botín y no entraba en sus planes el dejarse atrapar. Se abalanzó sobre Triana empuñando una navaja, pero Chico se le echó encima interceptando con su cuerpo el impacto de la hoja de acero. Los ojos del joven se volvieron a encontrar con los de Triana y vio el pánico en ellos. Se miró las manos manchadas de sangre y se dio cuenta de lo que había ocurrido. El perro estaba tendido en el suelo, inmóvil. Soltó la navaja como si quemara y tiró una cartera al suelo.

—Eh tía, no quiero problemas. Me abro… Siento lo del perro… —dio media vuelta y desapareció.

La joven se acercó al perro para comprobar que respiraba. Cogió la cartera del suelo y guardó la navaja con mucho cuidado para no contaminar las pruebas. Con Chico en brazos, salió a la calle en busca de ayuda. No pensaba en nada más que en su valiente amigo. Se sentía culpable por lo sucedido y no podía quitarse de la cabeza que el animal le había salvado la vida al interponerse entre el cuchillo y ella. Un hombre que salía de una cafetería cercana corrió en su ayuda.

—No se preocupe, señorita, yo la llevo. Tengo aquí mismo el coche —el hombre se dio toda la prisa que pudo en acomodar el vehículo para que el perro estuviera lo más confortable posible.

El trayecto a la clínica veterinaria apenas duró cinco minutos, pero a Triana se le hicieron eternos. Puso la mano sobre la cabeza de su valiente e intrépido amigo y el animal gimió de dolor.

Recordó la primera vez que lo vio. Era una mañana fría del mes de diciembre, dos años atrás. Salía de la academia de policía y había quedado con Luis para comer. Llegó temprano al lugar acordado y se entretuvo en revisar los mensajes del teléfono. Tenía uno de Luis diciendo que se retrasaba y que se verían directamente en el restaurante. Se dirigía hacia allí cuando, al pasar por all lado de unos contenedores de basura, escuchó un ruido. La curiosidad hizo que se acercase a ver qué era aquello y allí estaba: una pequeña bola de pelo se revolvía en el interior de una caja de cartón. No podía dejarle allí, estaba helado de frío. Le cogió en brazos, era precioso. Le envolvió con el abrigo y se lo llevó.

Luis llegó a los pocos minutos, apurado.

—¿Qué ha pasado? He visto tu mensaje de que te ibas a casa y me he preocupado. ¿Te encuentras bien?

—Perfectamente, entra. Tengo que enseñarte algo —la chica le dio un tirón de la manga para que se diese prisa en entrar.

—¡Cuánto misterio! ¿Me vas a contar de una vez lo que ocurre? Me tienes en ascuas —Luis se paró de golpe al ver encima de la alfombra algo que se movía—. ¿Qué es eso? No me digas que tienes ratas, porque odio a las ratas y no pienso ayudarte a deshacerte de ellas.

Triana le miró como si estuviese loco.