Entre tus manos 1
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Se detuvo delante del número 23 de la Calle del Buen Suceso, tal y como el gerente del hotel le había indicado. Sacó del bolsillo derecho un pequeño papel y comprobó si la dirección era la correcta. Lo era. Observó con detenimiento el exterior del comercio. Muchos años atrás, en ese mismo lugar, se regentaba una tienda de productos típicos de la zona. Toda la ciudad había cambiado tanto…

Recorrió con la mirada el color marengo de la fachada enfoscada y tosca. Dos escaparates a los lados de la puerta de entrada, enmarcados en color blanco, mostraban su mercancía a través de unos cristales impolutos y relucientes, de una transparencia perfecta. Dos sillones Luis XV, tapizados en terciopelo color champán en el primer escaparate, conjuntaban con la mesa del mismo estilo de formas redondeadas y molduras ornamentadas en exceso del segundo escaparate. El hombre se ajustó las gafas y leyó en el luminoso el nombre del establecimiento: «El Imperio»; sin duda, una buena elección para una tienda de antigüedades en pleno corazón de Granada.

Se dirigió con paso lento y cansado hacia la entrada y llamó al timbre. Casi inmediatamente, la puerta se abrió.

El dependiente estaba en el ordenador. Movía con rapidez el ratón sin quitar los ojos de la pantalla y por su cara de concentración se podía intuir que, fuese lo que fuese aquello que buscaba en la red, era algo que le generaba mucho interés. Al verle entrar le recibió con una sonrisa. Parecía un joven agradable.

—Señor Mendoza, tengo lo que busca.

—¡Caray! Esto sí que es eficacia —el señor Mendoza estaba sorprendido.

—Mi primo es el gerente del hotel en el que usted se hospeda y me puso en antecedentes. Venga conmigo, aquí lo tengo.

El señor Mendoza siguió al vendedor hasta una zona más apartada de la tienda. Allí, amontonadas en un rincón varias cajas esperaban a ser vaciadas. Junto a ellas, un piano envejecido y cubierto de polvo por el paso del tiempo. Varias de sus teclas estaban partidas y amarillentas allí donde habían perdido su totalidad. Otras, sin embargo, habían quedado hundidas por el exceso de uso o un trato descuidado.

—Es del siglo XVIII. Perteneció a la condesa de Medina. No está en muy buenas condiciones, como puede ver, pero sin duda es una pieza extraordinaria que seguro guarda una historia de lo más interesante.

—Es exactamente lo que busco. ¿Dónde lo ha encontrado, joven? —el señor Mendoza dio una vuelta alrededor del piano admirando su porte regio, pero elegante al mismo tiempo. No podía apartar la mirada de él. El corazón empezó a latirle como un caballo desbocado y la cabeza le empezó a dar vueltas hasta casi desmayarse.

—Señor, ¿se encuentra bien? Está usted pálido —dijo el vendedor, acercando una silla para que el hombre pudiera descansar. Desde que llevaba trabajando en la tienda había frecuentado todo tipo de personas, pero aquel hombre tenía un aire de misterio que le incitaba a querer saber más sobre él.

—Gracias, joven. Solo necesito descansar un poco. La edad no perdona y ya no estoy acostumbrado a viajes tan largos. ¿Sería tan amable de traerme un vaso de agua?

Transcurridos unos minutos, el señor Mendoza se encontraba mucho mejor; el color había vuelto a sus mejillas y el corazón le latía más tranquilo. Se puso en pie y continuó centrado en el piano. Acarició con la punta de sus dedos temblorosos la tapa hasta llegar al atril. Fue entonces cuando se fijó en una parte más oscura, justo encima; parecía una mancha o, quizás, un desperfecto. Sacó un pañuelo y limpió de polvo la zona. Bajo la suciedad quedaron visibles unas marcas grabadas en la madera. Los trazos irregulares y poco precisos indicaban que se habían hecho con un objeto punzante.

—«Entre tus manos» —leyó—. Qué extraño, ¿qué significa? —Luis, el dependiente, abrió los ojos como platos. ¿Cómo no se había fijado antes en aquella inscripción?

Luis era un romántico curioso a pesar de su juventud. Trabajar para un anticuario le había enseñado que cada objeto era un tesoro con una historia a sus espaldas. Intentó que el anciano le contase algo más sobre aquel piano que parecía tan especial para él. El señor Mendoza levantó la vista y se quedó mirando a ese joven que le preguntaba por algo que le haría retroceder en su mente toda una vida. Sus noventa años no le daban mucha tregua de futuro. Tenía que resolver cuentas pendientes con su propia conciencia y observó que, de nuevo, el destino le brindaba la oportunidad de poder hacerlo.

¿Debería contarle a aquel joven la historia? Le recordaba tanto a él: impulsivo, incansable, con la energía que da la juventud. Debería consultarlo con la almohada; tanta emoción le estaba pasando factura. Necesitaba irse al hotel, darle las gracias al gerente por su colaboración y descansar, dejar volar su mente. Y así se lo dijo a Luis. Se despidieron y fue dando un paseo mientras en su cabeza resonaban aquellas palabras:

«ENTRE TUS MANOS».

Después de la visita del señor Mendoza, Luis supo que se avecinaba una gran historia. Aquel hombre, el piano, la condesa y la inscripción envolvían un misterio que tenía que descubrir. Empezó a darle forma en su cabeza e imaginar hasta dónde podía llegar. Sin perder tiempo abrió el ordenador y, lo primero que hizo, fue buscar el origen del piano. Quizás empezando por ahí pudiera seguir una pista que le llevase hasta aquel hombre, un anciano que le recordaba a su abuelo. No tuvo mucho tiempo para poder disfrutar de él, pero le encantaba escuchar sus historias, esas que, al recordar, volvía a vivir sus gestos, sus ojos, su sonrisa o su enfado; sus lágrimas o sus silencios hacían que el pasado viajara hasta el presente, pero era demasiado tarde y tocaba ir cerrando la tienda.

De camino a casa un cosquilleo le recorrió de arriba a abajo. No era una sensación desconocida, siempre que estaba nervioso le ocurría lo mismo; empezaba allí, en la boca del estómago, como un aleteo de mariposas hasta que se expandía por todo el cuerpo. Solo cuando había satisfecho su curiosidad, lo cual no era fácil de conseguir, lograba calmarse. La noche ocultó la expresión de su rostro y el brillo de sus ojos. Llenó de aire los pulmones y se inundó del olor a jazmines que flotaba en el ambiente. Le gustaba pasear bajo la oscuridad de la noche y despejarse de un día de trabajo y emociones.

Lo primero que hizo al llegar fue bajar a Chico. Su fiel compañero de piso le esperaba con impaciencia; sabía que su dueño le llevaría a dar una vuelta, como de costumbre. Ambos tenían prisa, aunque por motivos diferentes: Luis quería darse una ducha, cenar algo ligero y buscar información en internet; en cambio, Chico quería correr, buscar olores nuevos, engullir algo de la cena de Luis y tumbarse a su lado a descansar mientras este navegaba entre páginas y páginas de información. Y así lo hicieron. Después de concluido el paseo, Luis se preparó una taza de café bien caliente y un sándwich y Chico se tumbó en el sofá, esperando dar buena cuenta de este. Sin quitarle la vista de encima esperó paciente a que el plato estuviese sobre la mesa y, en un momento de despiste, el sándwich desapareció.

—¡Oye, era mi cena! Ya veo que no has tenido suficiente con el trozo que te he dado —se encogió de hombros mientras el animal se relamía sin hacerle demasiado caso. Era hora de irse a dormir, con el estómago vacío y sabiendo que no podría conciliar el sueño. Apagó la luz y en su cabeza resonaron aquellas palabras: «Entre tus manos».

En otro lugar de la ciudad, el anciano se sentó en un banco para coger fuerzas y encaminarse al hotel donde estaba alojado. Sus pensamientos volaban y su corazón no dejaba de latir a un ritmo que no era precisamente tranquilo. Nervioso, se levantó y emprendió de nuevo el paso hacia su destino. No se dio cuenta que al levantarse se le había caído la cartera del bolsillo del abrigo, aunque en ese momento, lo que le distrajo fue un joven que pasó corriendo a su lado a punto de hacerle caer. Deseaba comer algo y echarse un rato para poder ordenar tantas emociones que le tenían el corazón en un continuo sobresalto.

En el bar del «Gran Hotel» el señor Mendoza ahogaba sus pensamientos en un vaso de güisqui. Tantas noches de no pegar ojo habían encontrado consuelo en aquel líquido marrón, convirtiéndose ambos en viejos conocidos hasta altas horas de la madrugada. De un trago y con la seguridad que da la veteranía, el hombre apuró hasta la última gota. La mezcla entre los acontecimientos y la bebida le habían inducido a un estado de desvanecimiento. Se dirigió a la recepción del hotel antes de que la realidad se convirtiera en un simple sueño. Allí, detrás del mostrador, el gerente le recibió con una amplia sonrisa.

—¿En qué puedo ayudarle, señor Mendoza?

—Solo quería agradecerle su amabilidad. El piano era justo lo que estaba buscando y su primo Luis me ha servido de gran ayuda. ¿Cómo podré agradecérselo? —sacó del bolsillo el talonario dispuesto a compensar el buen hacer del gerente.

—No, no, por favor. No tiene que pagarme nada. Solo he hecho mi trabajo.

—Está bien. Gracias de nuevo, joven. Estoy en deuda con usted —el señor Mendoza estaba sorprendido de la integridad del gerente—. Un favor más… ¿Podrían subirme algo de comer a la habitación?

Ernesto Mendoza pasó una noche más sin pegar ojo. Sus recuerdos le llevaron a un precioso lugar donde había pasado la mayor parte del tiempo con esa mujer que le había robado el corazón.

—Estela… —cada vez que pronunciaba su nombre era una inyección de vida, esa vida que llegaba a su fin. Estelas de recuerdos que le hacían darse cuenta de que la vida es un suspiro y que cada momento perdido era eso, un momento perdido e irrecuperable.

¿Recuerdas Estela cuántos abrazos nos dimos bajo las ramas de aquel árbol? Un camino que me lleva a tus brazos, a tu olor a jazmín, a tu sonrisa melancólica; aún doy vueltas por allí en mi cabeza, siempre buscándote entre mis recuerdos. ¿Qué nos prometimos que no cumplimos? ¿Qué ha sido de tu vida? ¿Aún me recuerdas?

Nunca pensó que al final de su vida, el piano que tantos años buscó aparecería delante de él. ¿Cuántas sorpresas le tendría el destino aún ocultas?

Necesitaba descansar, la cabeza le daba vueltas y se sentía mareado. Mañana sería otro día.

Ernesto Mendoza regentaba una galería de arte en Madrid, en pleno barrio de Salamanca. Había sido en sus comienzos un negocio familiar. Su padre, madrileño de pura cepa, se había abierto camino en el mundo del tejido hasta convertirse en uno de los sastres más famosos de la ciudad. Luego conoció a la que sería su mujer, modista de profesión, y juntos crearon «La Aguja Dorada». Así fue cómo Jaime Mendoza Martínez y Rosa León Santos dedicaron toda una vida a las telas, tijeras y patrones. Luego, con los años, nacería su único hijo, Ernesto Mendoza León.

A pesar de haber crecido entre trajes y máquinas de coser, Ernesto no mostró ningún interés en el negocio que habían levantado sus progenitores con tanto esfuerzo. Estudió Historia del Arte y música entre otras disciplinas, y se dedicó a viajar en busca de objetos antiguos que tuvieran un valor sentimental, una historia a cuestas. A pesar de tener un reconocimiento profesional en la capital, Jaime y Rosa se trasladaron a Granada para cuidar de la madre de ésta; y así fue cómo marcharon a vivir a esa ciudad. La Aguja Dorada se trasladó a la ciudad granadina y en Madrid quedó convertida en un negocio fantasma hasta que, pasados muchos años, Ernesto regresó para inaugurar la «galería de arte Ernesto Mendoza».

Le habría gustado casarse y tener hijos, pero el negocio y los constantes viajes no se lo habían permitido. Tampoco se podía quejar, había vivido como había querido, pero ahora, en la recta final, echaba en falta el tener una familia propia. Los achaques ya no le permitían desplazarse a grandes distancias, pero no quería marcharse de este mundo dejando heridas abiertas ni cuentas pendientes.

Su último viaje sería el lugar donde todo había comenzado: Granada.