Entre tres 27 Berta
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27 Berta

BERTA

La puerta de mi habitación se abre y me llevo un pequeño sobresalto. No sé cuánto tiempo llevo absorta en mis pensamientos, tengo la sensación de haber estado en trance, desconectada por completo del mundo que me rodea.

—Berta, cariño, soy la abuela —dice con una voz suave.

Se asoma precavida, intuye que no estoy bien. Y la señal de que está preocupada me llega de inmediato: es la primera vez que no lleva un pacharán en la mano.

—Es la hora de cenar. Y hoy es lunes —añade con una media sonrisa—. Ya sabes lo que eso significa, ¿no? Huevo frito con patatas. Está todo preparado, solo faltas tú. ¿Te apetece venir a hacernos compañía?

La miro, dudando entre quedarme en la cama y seguir compadeciéndome de mi existencia, o reunir las pocas fuerzas que me quedan y unirme a la cena.

La cena. Pablito. Un escalofrío me recorre el cuerpo al imaginarlo en el salón. ¿Habrá venido con Zara? ¿Se habrá atrevido a hacer como que nada ha pasado y seguir con su vida?

—Cuando estés preparada, no te preocupes. No hay prisa.

En vez de dejarme sola, se sienta en la cama, a mi lado, y toma mi mano con delicadeza.

—Abuela… —empiezo.

Su gesto y su mirada cargada de preocupación me impulsan a desahogar lo que llevo dentro.

—No tengo fuerzas para ver a Pablito —le confieso.

—Cariño, lo sé. Sé que algo importante ha pasado entre vosotros. Llevas todo el día encerrada en la habitación.

Hace una pausa para acariciarme la mejilla con suavidad.

—Y, además, él… —continúa prudente—. Él no ha venido a la cena.

La miro, extrañada, hasta que asimilo sus palabras y me invade la desilusión. Es la primera vez que uno de nosotros falta a esta cena. Una tradición no escrita que siempre ha sido sagrada, un pequeño ritual que siempre nos ha mantenido unidos. Y ahora, sin previo aviso, se rompe.

—¿En serio no va a venir? —pregunto, sin acabar de creerlo.

Antes de que pueda responder, aparece Lola. Intenta ser discreta, pero entra agitando un palosanto por toda la habitación. Suspiro y pongo los ojos en blanco. Ni sufrir tranquila me dejan.

—Haced como si yo no estuviera —nos dice, mientras da vueltas sin parar.

Claro, como si fuera tan fácil esquivar el humo que me entra en los pulmones y me obliga a toser.

Ya que está aquí, aprovecho su intromisión para preguntar lo que me carcome por dentro. Ella tiene que saber todo mejor que nadie.

—¿Por qué no ha venido tu hijo? ¿Se ha quedado con Zara? —añado sin saber por qué la nombro.

Lola se detiene en seco. Me mira desde la distancia, entorna los ojos y deja de mover el palosanto antes de sentarse también en la cama.

—Ah, ¿no lo sabías? Mi hijo y Zara no están juntos.

—¿Cómo? —pregunto, incapaz de procesarlo.

—Terminó la relación hace unos días.

¿En qué momento ha dejado a Zara sin que yo me diera cuenta?

¿Y por qué no me ha contado nada? Mi cabeza no para de dar vueltas, intenta reconstruir la línea de tiempo.

Una línea en la que no me encaja nada. Y, mientras mi mente se enreda en recuerdos y suposiciones, la puerta de mi habitación se abre de nuevo. Es mi madre.

—¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué no venís a cenar? —pregunta y nos mira con curiosidad.

—Venga, ya estamos todas —vuelvo a resoplar—. Esto se parece al camarote de los hermanos Marx.

Estas tres mujeres van a conseguir volverme más loca de lo que ya estoy. Pero, por primera vez en horas, noto que el nudo del pecho se afloja, me destenso y se me escapa una risa inesperada.

—Mirad, ¿sabéis qué? —Me incorporo poseída por un impulso irrefrenable—. ¡Que os lo voy a soltar! ¡Os lo voy a soltar todo!

Hago una pausa, respiro hondo y lanzo la bomba.

—¡Pablito y yo nos hemos besado!

Ya está. Ya lo he dicho. Dramatismo activado en tres, dos, uno…

Lola sonríe de medio lado, como si lo hubiera intuido. Mi abuela ni se inmuta. Pero a mi madre, en cambio, parece que esté a punto de darle un síncope.

—Siempre me ha gustado Pablito, joder —continúo, dejo que las palabras salgan atropelladas, sin filtro—.

Llevo toda la vida reprimiendo lo que siento por él, porque…

bueno, porque nunca pensé que sería correspondida.

Pero esta mañana… esta mañana Pablito se me ha declarado.

¿Os lo podéis creer? Esto es de locos. No sé qué hacer, ni qué pensar, porque jamás, jamás en la vida imaginé que esto pudiera ocurrir.

Grito. Me tiembla la voz. Estoy nerviosa, emocionada, aterrada.

Ellas siguen en el mismo papel. Lola con su sonrisa de medio lado, mi abuela que ni parpadea y mi madre pálida.

—¿Me habéis oído? —insisto—. ¡Que Pablito y yo nos queremos como algo más que amigos! ¡Los dos! ¡Que es recíproco! ¡Mutuo! ¡Compartido! ¡Con sentimiento!

—Para sorpresa de nadie… —suelta mi abuela, imperturbable.

Me descoloca su respuesta. Esta no era la reacción que esperaba.

—Berta, cariño —interviene Lola—, llevo toda la vida diciendo que se respira amor en el aire cada vez que estáis juntos.

Recuerdo esa frase de la boca de Lola muchas veces, pero siempre había creído que se refería a Pablito y Zara. Jamás había imaginado que ese «amor en el aire» tuviera que ver conmigo.

—Todas lo veíamos menos vosotros —remata mi abuela—. Que también tiene mérito, ¿eh? Vivir dentro de una comedia romántica sin enterarse.

—¿Perdona? ¡Yo no veía nada! ¡Nada! —pone el grito en el cielo mi madre—.

¿Cómo que os queréis? ¿Pero querer, de querer, de querer de verdad?

¿De querer de pareja, de futuro, de ser algo más?

Ay, qué me muero. Ay, qué me da algo. Madre del amor hermoso bendito, por Dios y por todos los santos. ¿Pero en qué momento ha pasado?

Empieza a santiguarse y a balancearse de un lado a otro como si estuviera a punto de ser poseída. Al final es verdad que le va a dar un jamacuco. Y todo por mi culpa. El remordimiento recaerá sobre mí hasta el fin de mis días.

Pero, para mi sorpresa, nada más lejos de la realidad.

En lugar de desmayarse, se abalanza sobre su amiga y empieza a celebrarlo entre risas y gritos de felicidad.

—¡Ay, Lola, Lola, Lola! —chilla, zarandeándola—. ¡Que somos consuegras, leñe! ¡Que nuestros niños están juntos! ¡Que todo queda en familia! ¡Pero qué felicidad tan grande! ¡Ya verás cuando se lo cuente a mis seguidores!

Verlas tan… juntas me impresiona. No puedo evitar recordar cuando las pillamos en plena faena. Es una imagen que me persigue.

Aunque la escena que presencio ahora mismo tampoco se queda corta, es de caos absoluto, de risas nerviosas y voces descontroladas por todas partes. Y, por si no fuera suficiente, todo se intensifica en cuestión de milésimas de segundo.

Mi madre y Lola, tiradas en la cama desbordadas por la emoción, no se dan cuenta de que el palosanto toca la sábana y la tela prende al instante.

Mi madre se incorpora de golpe, con los ojos desorbitados.

—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Vamos a morir todas! ¡De esta no salimos! ¡Justo ahora que éramos consuegras! ¡Ni un minuto nos ha durado!

Yo me aparto a un lado y me quedo paralizada, igual que me pasa siempre con las situaciones que no controlo.

Lola, en cambio, decide intervenir. Se atreve a soplar las llamas con decisión, convencida de que su magia de bruja será suficiente para obrar el milagro.

No. No lo es. No consigue apagarlas, al contrario, se expanden todavía más.

Mi abuela, harta ya de tanto dramatismo inútil, se acerca con una calma que contrasta con el pánico general y, con un movimiento firme y sereno, aplasta la sábana y apaga el fuego.

—Ya está, controlado —dice como si nada—. Y ahora ve a buscar a Pablito.

—¡Corre, corre, mi niña! —chilla mi madre, exaltada, como si estuviera dentro de una película—. ¡Ve a por el amor de tu vida!

Tantas emociones acumuladas en tan pocos minutos la tienen sobrepasada.

—Que el amor os guíe hasta el final que merecéis —invoca Lola antes de lanzarme las llaves de su casa, que cojo al vuelo.

Cuando empiezo a correr por la calle, en dirección a casa de Pablito, me doy cuenta de que estoy en pijama. La vergüenza me atraviesa de golpe, casi como un frenazo, pero ya es tarde para dar media vuelta. No quiero perder ni un segundo.

¿Qué le voy a decir cuando lo vea? ¿Qué espero realmente de este encuentro? No me detengo a pensarlo. Solo sé que tengo que llegar. Que algo dentro de mí me empuja hacia adelante y me hace ignorar el ridículo, el cansancio y el miedo.

Llego a su portal sin aliento y abro la puerta como si me fuera la vida en ello. Las manos me tiemblan cuando saco las llaves, pruebo una, luego otra, demasiado tiempo perdido para la urgencia que me quema por dentro. Al fin doy con la correcta. Entro casi de un salto.

Dentro del ascensor me calmo. El silencio me cae encima y el movimiento lento me obliga a parar.

Me miro al espejo y creo que es peor. Soy consciente de la realidad: el pijama, el pelo revuelto, la cara desencajada.

Todo el impulso se transforma en vergüenza.

Me veo desde fuera y pienso en el ridículo que puedo llegar a hacer, justo ahora que ya no hay marcha atrás.

El ascensor se detiene y salgo al rellano. Camino hasta su puerta y, otra vez, pruebo una llave tras otra en la cerradura. Por suerte se abre a la tercera. El piso está en silencio. Un silencio que contrasta con el ruido que todavía llevo dentro.

Entro despacio, avanzo con cautela y me asomo a cada estancia. No hay luces encendidas, solo sombras familiares que reconozco a medias, muebles que parecen distintos en la penumbra.

A medida que avanzo, empiezo a intuir dónde se encuentra. Al fondo del pasillo, en su habitación. La puerta está cerrada y una línea de luz que se escapa por debajo, lo delata.

Me detengo frente a ella, con la mano suspendida en el aire, a punto de tocar el pomo. Podría abrir. Podría entrar ahora mismo.

Pero entonces me echo atrás.

Recapacito.

Respiro.

Está ahí. Al otro lado. Ajeno a mis dudas, a mi carrera nocturna en pijama, a este nudo que me aprieta el pecho. Pienso en todo lo que no le he dicho, en lo fácil que ha sido salir corriendo y en lo difícil que me resulta volver y dar la cara.

—Pablito… —digo apenas en un susurro.

No me responde, no abre la puerta.

Vuelvo a intentarlo.

—Pablito, soy yo, Berta.

No da resultado.

Entonces, así, de repente, una gran idea me viene a la cabeza, tan reveladora que me obliga a sonreír, como si hubiera encontrado la manera perfecta de encontrarnos.

Saco el móvil del bolsillo del pijama. La pantalla se enciende y la luz blanca me deslumbra unos segundos.

Busco la canción. Nuestra canción. I Want It That Way, de los Backstreet Boys. La que siempre sonaba en la furgoneta, la que cantábamos mal y bailábamos aún peor, la que nos hacía reír incluso cuando todo iba mal. Esa que, pase lo que pase, dijimos que siempre bailaríamos juntos.

La melodía empieza a sonar, baja al principio, pero suficiente para llenar el pasillo con las notas que nos recuerdan a nosotros. Momentos buenos. Recuerdos imborrables. De cariño, de amistad, y, ahora sé, que también de amor…

Cierro los ojos para contener las lágrimas de emoción y dejo que la letra me envuelva. Suene. Me anuncie. Diga por mí lo que ahora mismo no sé cómo explicar con palabras.