Entre tres 26 Berta
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26 Berta

BERTA

Abro un ojo cuando un cántico digno de invocar a los espíritus del más allá me pone los pelos de punta.

Me relajo al ver que es Lola. Pasa los brazos por encima de mí y se contorsiona como si canalizara energías.

No sé qué clase de ritual estará practicando esta vez ni quiero saberlo, así que vuelvo a acomodarme, dispuesta a seguir durmiendo.

Entonces lo noto.

Otro cuerpo.

Demasiado cerca.

Abro los ojos y me incorporo de golpe al darme cuenta de que es mi amigo. Lo tenía abrazado como un koala, con el brazo y la pierna enredados en él.

¿Qué hago en su cama? ¿Qué hago con él?

Vale, no es la primera vez que dormimos juntos, pero sí la primera desde que somos adultos. Esto ya no entra dentro de la categoría «siesta inocente».

Pablito me observa desde la cama, ajeno a la locura de su madre, ni la mira.

—¿Has dormido bien? —me pregunta tras un bostezo.

Se incorpora y la sábana se le escurre. ¡Está sin camiseta! Se estira con toda la calma del mundo y yo solo puedo fijarme en cómo destensa cada músculo.

Aparto mi mirada a la velocidad de la luz y me llevo una mano a las mejillas. ¿Me están ardiendo? No. No, no, no. Por favor. Es Pablito. Es como un hermano. No puedo sonrojarme por ver su cuerpo desnudo que, además, se lo he visto mil veces.

—Por el poder que me ha sido otorgado… —continúa Lola.

—Yo os declaro marido y mujer —se ríe Pablito—. Mamá, por favor, ¿nos quieres dejar ya?

¿Me he despertado en una realidad paralela y estoy casada con mi mejor amigo? ¿Es eso?

Parece que Lola da por concluida su misión, porque nos da un beso en la frente a cada uno con una sonrisa satisfecha, apaga una vela que ni me había dado cuenta de que llevaba en la mano y se marcha tan tranquila.

La puerta se cierra y nos deja solos.

En silencio.

En la cama.

Todavía no sé si casados o no.

Miro a Pablito con una mezcla de terror, vergüenza y… asombro. Mucho asombro. Sus pectorales siguen ahí, bien presentes, como si quisieran acaparar mi atención. ¿En qué momento dejó atrás el cuerpo del niño que conocía y se transformó en… esto?

Siento una emoción extraña de nostalgia y ternura. Hemos crecido juntos, año tras año, casi sin darnos cuenta. Compartimos rodillas peladas, meriendas frente a la televisión, risas interminables y promesas que jurábamos eternas sin entender del todo lo que significaban.

Y, sin previo aviso, llegamos hasta aquí. Dos adultos que miran atrás con una sonrisa y un nudo en la garganta, acumulando recuerdos que acompañan, conscientes de que todo lo vivido nos ha traído a este momento.

¡A su cama!

Me pongo tan nerviosa que suelto lo primero que se me pasa por la cabeza con tal de destensar el ambiente.

—¿Entonces ya puedes besar a la novia?

Mierda. ¿Para qué he dicho eso? Creo que no ha sido buena idea… Este tipo de bromas han dejado de ser inofensivas.

Pablito mira al frente como si viera pasar toda su vida.

Y tose. Una tos tímida al principio. Luego otra.

Y otra. Se empieza a ahogar con su propia saliva.

Me quedo a la expectativa, sin saber cuándo es el momento de intervenir.

Sigue tosiendo y se está poniendo rojo. Supongo que ahora.

Me lanzo y le doy palmadas en la espalda, esas palmadas universales que uno da sin saber muy bien si ayudan, pero que tranquilizan la conciencia.

Al fin el aire vuelve a entrar y nos relajamos.

Poco a poco recomponemos la compostura. Lo que menos espero es que, esa compostura, sea sentada a horcajadas sobre sus piernas, frente a él.

¿En qué momento me ha parecido buena idea?

Esto es totalmente ridículo… y vergonzoso…

y caliente. ¿Y por qué siento que no me quiero mover?

Mi amigo no dice nada, debe de estar curado de espanto conmigo. Se dedica a mirarme a los ojos, firme, intenso, con esa respiración entrecortada que me provoca un cosquilleo en el estómago.

Le seco las lágrimas que tiene alrededor de sus ojos por culpa del ataque de tos. Y, mientras lo hago, me doy cuenta de que no puedo apartar la mirada. Estamos demasiado cerca.

Y no me incomoda.

No lo entiendo.

Hacía años que no lo sentía. ¿O tal vez siempre ha estado ahí, escondido entre la rutina de nuestra amistad?

Mi corazón late con fuerza. Solo acallado por una vocecita en mi cabeza que me ordena que dé un paso más. Es imposible ignorar la distancia entre nuestros labios.

¿Qué me pasa? Es Pablito. Es mi mejor amigo. Solo eso.

Lo único que me he obligado a que sea desde que empezó su relación con Zara. Un. Simple. Amigo. Casi como un hermano. Por eso no entiendo por qué estos sentimientos vuelven ahora, como si los años de silencio y de contención no hubieran servido de nada.

Creía que lo había superado. Mi primer amor. El que te cala. El que se queda incrustado y no se olvida. El que tuve que aprender a olvidar, con dolor y con paciencia, porque nunca fue correspondido. No puedo volver a sufrir.

Termino de pasar las yemas de los dedos por su rostro y bajo las manos hasta mis piernas, no sé dónde dejarlas.

Querría seguir tocándolo. Querría sentirlo aún más cerca, pero cada roce me recuerda lo que está prohibido, lo que nunca debería suceder.

Y, sin embargo, no puedo evitarlo. El impulso, la cercanía, la calidez…

me tientan de una manera que es imposible de ignorar.

Acaba siendo él el que da el paso. Une su frente a la mía, cierra los ojos y resopla. Como si le doliera. Y a mí me tensa todavía más. Siento confusión, miedo, deseo. Tal vez alivio al percibir que a él también le remueve algo. Lo que sea.

El latido de su sien bombea en mi cabeza, el calor de su respiración se mezcla con la mía, y yo estoy empezando a perder el sentido.

—Joder, Berta, ¡no puedo más! —Su voz rasgada me atraviesa como un disparo de realidad, y a la vez de liberación.

Antes de que pueda reaccionar, me agarra la cara con ambas manos, firme y decidido, y se lanza a mis labios.

Su contacto me sacude como si fuera la primera vez, cuando son unos labios conocidos, unos besos que recuerdo, que son mi hogar.

Cada roce, cada presión, despierta memorias guardadas y sentimientos que creía dormidos.

Su beso es desesperado, sí, pero también increíblemente delicado. Con entrega, con cariño, con una ternura que hace que todo el miedo y la tensión acumulados se disuelvan en un instante.

Mis manos se aferran a sus brazos, a su espalda, busco apoyarme en él mientras me dejo llevar. Pero dura poco. Pablito se separa apenas unos centímetros, los justos para susurrar.

—Estoy enamorado de ti.

Echo la cabeza hacia atrás, descolocada, incapaz de procesar lo que acabo de escuchar.

No entiendo nada. Lo miro, intento leer sus pensamientos, busco alguna señal de broma, de error…

, pero solo hay sinceridad absoluta. Sé que es verdad.

Sé que está enamorado de mí. Lo conozco.

No miente. Lo que no sé es cómo no me he dado cuenta antes. He estado ciega.

El miedo me invade.

Entro en pánico.

Nuestra realidad se transforma.

Nuestros sentimientos se encuentran.

Y eso lo cambia todo.

Y da miedo.

¿Y ahora qué?

Mi mente grita mientras mi cuerpo se congela, incapaz de reaccionar con coherencia.

—Sé que es una puta locura, Berta, pero lo estoy —dice—. No puedo seguir ocultándolo.

Tomo distancia casi por instinto. Pongo las manos sobre sus hombros para incorporarme.

Lo dejo en la cama, solo. Me mira sin entender.

Ni siquiera yo me entiendo. No me salen las palabras.

No puedo creer que sea real. Que Pablito me vea como algo más que una amiga.

Con la de veces que había soñado con este momento.

—Lo siento, yo…

Es lo único que consigo balbucear antes de dar media vuelta y salir por la puerta. No miro atrás. Camino descalza por el pasillo, con las deportivas en la mano, y me las calzo a toda prisa en el ascensor.

Solo quiero llegar a casa y llorar. Pero las lágrimas no esperan.

Se desbordan antes de que pueda controlarlas.

Y aunque intento pensar en que podemos empezar una nueva vida juntos, como pareja, mi mente es un torbellino de confusión, miedo, incredulidad…

Y todo mezclado es un caos que no sé cómo manejar.

No quiero sufrir ni hacerle daño. No quiero que esto salga mal. No quiero perderlo.

¡Malditos sentimientos! Quiero que nuestra relación vuelva a ser como antes. Perfecta tal y como era. Sencilla. Sin miedos. Sin dudas. ¿Por qué mierda el corazón insiste en cruzar límites que la razón intenta respetar?

No sé ni cómo llego a casa. Mis pasos avanzan en automático, mientras mi mente sigue en otro lugar. No soy consciente de haber recorrido las calles, de haber dejado atrás los edificios, los semáforos…

Solo me devuelve a la realidad la voz de mi madre.

—Hola, hija, qué mala cara llevas.

—Buenos días para ti también —ignoro su «halago» y esquivo la cámara de su móvil que se empeña en enfocar mis ojos hinchados y enrojecidos.

—¿No has dormido bien en casa de Pablito?

Su nombre me atraviesa el pecho como una estaca directa al corazón.

—Podéis comprobarlo vosotros mismos, queridos seguidores —continúa mi madre, sin molestarse en esperar mi respuesta, mientras acerca aún más el móvil a mi cara para buscar el mejor ángulo de mi desgracia.

Agacho la cabeza y desaparezco por el pasillo, sin darle el gusto de sacar mi cara en exclusiva. Cierro la puerta de mi habitación y me dejo caer sobre la cama. Necesito pensar, ordenar lo que siento.

Me llevo una mano a los labios y el recuerdo de lo ocurrido minutos antes regresa con una claridad dolorosa. Ha sido intenso.

A partir de ahora, nada volverá a ser igual. Todo ha cambiado. Fingir que no ha pasado no es una opción…, pero no sé si estoy preparada para lo que viene.