25 Pablo
PABLO
No puedo dormir. El corazón me late a mil por hora desde que Berta se ha girado y ha quedado encima de mí, pegada a mi cuerpo. Como si fuéramos uno solo. Ya no sé dónde termina ella y empiezo yo.
Tiene una pierna entrelazada con la mía, un brazo apoyado sobre mi pecho, justo encima del corazón, y los labios a cinco putos centímetros de mi cuello.
Me concentro en mirar al techo e intentar respirar. Es lo único que puedo hacer si no quiero morir de un infarto. Inspirar. Espirar. Inspirar. Espirar.
De repente, el silencio de la habitación se rompe con el sonido de mi móvil.
Un mensaje.
Ni me inmuto. No pienso moverme ni un milímetro. No quiero molestar a Berta.
El móvil insiste. Un nuevo mensaje.
Mierda. Aprieto los ojos. Maldita la hora en la que no le quité el sonido al acostarme.
Tal vez si estiro el brazo derecho consiga alcanzar el teléfono sin que Berta se despierte.
Con muchísimo cuidado, milímetro a milímetro, empiezo a deslizar la mano hacia la mesita de noche. Cada movimiento requiere una concentración absoluta.
Varios minutos después, cuando estoy a punto de rozar el móvil, Berta, de manera involuntaria, asciende la rodilla por mi pierna.
Y mi cerebro deja de funcionar.
Me quedo congelado.
Hiperventilo.
Entonces llega una nueva notificación y me sobresalta lo suficiente como para reaccionar y coger el móvil. Misión cumplida. Ahora solo queda silenciarlo.
Cuando voy a hacerlo, leo un nombre en la pantalla.
Zara.
Frunzo el ceño.
¿Zara?
Desbloqueo el teléfono y me encuentro tres mensajes seguidos.
Zara
Hola.
Necesito hablar contigo.
¿Estás despierto?
Miro la hora. Las dos y ocho de la madrugada. ¿Qué puede querer tan tarde?
Por un momento me preocupo, tal vez necesite mi ayuda.
Pablo
Sí, estoy despierto. ¿Pasa algo?
Zara
Sí. Ha pasado algo.
El corazón me da un vuelco.
Pablo
¿Necesitas que vaya?
Ya no es mi pareja. Lo nuestro ha terminado. Pero el cariño que le tengo sigue ahí, intacto. Ha sido una de las personas más importantes de mi vida y voy a estar para ella siempre que lo necesite.
Zara
No. No hace falta que vengas. Con decírtelo por aquí es suficiente.
Pablo
Vale, pues tú dirás.
Veo aparecer el «escribiendo…» varias veces. Desaparece. Vuelve. Desaparece otra vez. Le está costando decirlo.
Finalmente llegan los mensajes.
Zara
Me he besado con Víctor y quería que lo supieras por mí.
No sé qué me ha pasado. Tú y yo lo hemos dejado hace apenas unos días y ya me he besado con otro. Yo no soy así.
Sonrío.
Porque reconozco a Zara.
Es la bondad en persona. La inocencia y la dulzura. Transparente, natural, incapaz de hacer daño. Es la primera vez que se sale de ese patrón perfecto que ella misma se ha autoimpuesto y le pesa en la conciencia. Cuando no ha hecho nada malo.
Siempre he confiado en ella. Sé que ese beso surgió después de que lo nuestro terminara. No lo dudo. Y, aun así, está preocupada por cómo pueda sentarme.
Sería absurdo fingir que no me ha sorprendido cuando Berta me lo ha contado. Claro que me ha sorprendido. Pero no ha sido dolor. Ni rabia. Ni pena. Ha sido más bien nostalgia. Esa sensación extraña de ver cómo esa otra parte empieza a vivir sin ti.
Pablo
Zara, tranquila, no pasa nada, está bien. Está todo bien.
No me tienes que dar explicaciones.
Zara
Lo sé, pero merecías saberlo. No quiero que pienses que lo nuestro no me importó.
Pablo
Jamás pensaría eso.
Sé cómo eres.
Zara
Entonces también sabrás que yo siempre he dicho que los ex de las amigas son intocables. Y mírame.
Mañana hablaré también con Berta.
No me reconozco, Pablo. Si ni siquiera me gusta Víctor, es un chico mono, pero nada más.
Pablo
Haces bien en disfrutar la vida y ser feliz. No mereces menos.
Zara
Gracias. De verdad. Tú también lo mereces todo.
Silencio el móvil con una sonrisa en los labios y lo dejo en la mesita de noche.
Quiero a Zara y eso nunca va a cambiar. Siempre será especial para mí.
Pero miro a Berta, dormida entre mis brazos, y lo tengo claro.
Berta es mi todo.