Entre tres 24 Pablo
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24 Pablo

PABLO

Me deja sin palabras. Con el corazón encogido y el pulso disparado.

Le cojo la mano con una mezcla de miedo y necesidad y la guío hacia mí, hasta sentir su cuerpo apoyado sobre el mío. La abrazo mientras intento contener estas malditas ganas de besarla.

Lo que más me duele es tenerla encima de mí y saber que no es mía. Tenerme que quedar con las migajas que me ofrece la amistad. Y, aun así, las tomo, porque cualquier cosa que provenga de ella me parece lo más maravilloso del mundo.

La quiero, joder. La quiero más de lo que nunca he querido a nadie.

Se separa unos centímetros de mi cara, los justos para mirarme a los ojos. Me derrito en su mirada. Siento que desfallezco, que voy a perder el control. Necesito besarla, sentir sus labios. Pero ella no se acerca, simplemente me mira, debo de parecer un imbécil bajo sus brazos.

—¿Puedo quedarme a dormir contigo?

Joder. Lo que faltaba.

Dormir con ella…

Se me escapa un suspiro que no consigo contener, una confesión involuntaria que me delata antes incluso de abrir la boca.

—No quiero dormir sola —insiste, con esa voz suave que siempre consigue hacerme bajar la guardia.

Mi autocontrol no está preparado para tanto. Me incorporo de golpe y voy directo a sus labios. No puedo más. Pero, en el último momento me desvío y la abrazo. Esto es una puta tortura.

Miro al techo y resoplo.

Quiero decirle que sí.

Que se quede esta noche.

Que se quede siempre.

Que no se vaya nunca.

—¿Por qué no contestas? —pregunta, sin entender nada.

No ve el caos que tengo en la cabeza. El vértigo de saber que, si doy un paso más, no habrá vuelta atrás, y, aun así, entender que lo peor no es caer, sino resistirme.

Reprimir las ganas. Contener el deseo que asoma por cada parte de mi cuerpo, tan evidente que no entiendo cómo todavía no lo ha notado.

—Quédate —susurro en su oído.

En cuanto la palabra sale de mi boca cierro los ojos. Ya está. Ya lo he dicho.

Me abraza más fuerte. Y siento el bombeo de su corazón contra mi pecho.

Envolvente. Hipnótico. Me relaja… y, al mismo tiempo, me excita de una forma peligrosa.

Quiero recolocar mi cuerpo para disimular lo que provoca en mí.

Pero estamos tan encajados que no me atrevo a moverme.

No quiero romper este momento en el que parecemos dos piezas de un único puzle.

—Eres lo mejor de mi vida.

La frase le sale tranquila, serena. Todo lo contrario a la revolución que provoca en mí.

Trago saliva y me callo todas las palabras que le diría si no estuviera muerto de miedo.

El silencio cae entre los dos. Al principio es solo una pausa, hasta que los segundos se alargan, también los minutos. Ninguno se mueve. Seguimos pegados, compartiendo el mismo espacio, el mismo aire.

Escucho su respiración e intento imitarla, pero no puedo evitar que se me escape algún temblor. Sé que callar es una forma de huir, de protegerme, pero también sé que me destroza, que duele. Y no es la decisión que quiero tomar.

El corazón me da una sacudida, me avisa del riesgo que estoy a punto de asumir. Aun así, reúno el valor. Respiro hondo y, por primera vez, dejo de luchar contra lo que siento.

Y entonces, sin vuelta atrás, me lanzo al vacío.

—Berta, necesito decirte algo importante. —Mi voz suena tensa—. No quiero que te asustes ni que esto cambie lo nuestro. Llevamos toda la vida siendo amigos y por eso es tan difícil de decir.

No responde. Está atenta a mis palabras. Y eso me da fuerzas para seguir.

—Hace tiempo que te veo de otra manera.

Decirlo en voz alta cuesta, pero ya lo he soltado. Me quito un peso enorme de encima.

—Ya no solo como a una amiga… Hay algo más. —Respiro hondo—. Puede sonar loco o confuso, lo sé. Pero no puedo sacarte de mi cabeza ni un puto minuto. Me pongo nervioso cuando te veo. Se me enredan las palabras, digo tonterías, me bloqueo…

El miedo retrocede. Me envalentono y las frases empiezan a fluir. Hablar de lo que siento por ella sale solo.

—Me da miedo perder lo que tenemos, pero sería injusto callarlo más tiempo.

Trago saliva antes de continuar, intento mantener la voz firme.

—Te quiero, Berta. Así, tal cual, sin adornos ni promesas. Con un montón de nervios y muerto de miedo, pero con toda la certeza que tengo. Te quiero de verdad, no como un amigo. Y puede que esto lo cambie todo, o quizá no cambia nada…, yo qué sé, pero necesitaba que lo supieras.

Cuando termino, con la respiración entrecortada, el silencio vuelve a ocuparlo todo. Mis palabras flotan en el aire mientras espero una respuesta que no llega.

Y entonces lo noto. Su respiración es profunda, regular, tranquila…

No puede ser.

¡Berta se ha quedado dormida!

Una risa se me escapa sin querer. Me llevo los dedos al puente de la nariz y cierro los ojos. Me quedo quieto unos segundos, pensativo. Sostengo el peso de mis palabras… y el suyo, también su peso, que descansa confiado contra mí.

Con cuidado, la tomo en brazos y la llevo hasta mi cama. La tumbo despacio, le quito las deportivas y la cubro con una manta muy fina.

Me quedo mirándola, con cara de imbécil. Muy imbécil.

He reunido el valor de mi vida para dar el salto que tanto miedo me daba… y ni siquiera me ha oído.

Sonrío otra vez. Me parece absurda la situación.

¿Cómo ha conseguido poner mi vida patas arriba sin ni siquiera proponérselo? Berta lo tiene todo para volverme loco. Y esa fascinación que me provoca me hace quererla todavía más.