Entre tres 23 Berta
83%

23 Berta

BERTA

Me despierto con la convicción de no molestar a Pablito. Ni llamadas, ni mensajes. Nada. Hoy voy a ir a su casa. Sin avisar. Sin pedir permiso. Sin darle opción a esconderse detrás de excusas.

Cojo el bolso y salgo de mi habitación.

—Hoy os voy a enseñar cómo se cocina un buen potaje.

La influencer de nuevo en acción.

—Es una receta supersencilla, perfecta para cualquier día… —dice, mientras nombra siete ingredientes imposibles de pronunciar.

Pasa por delante del salón y se mete en la cocina, como si atravesara un plató de televisión.

—Y, recordad, la cocina es actitud —aconseja con un entusiasmo exagerado.

—Me voy a casa de Pablito —anuncio antes de cerrar la puerta, aunque dudo que me haya escuchado.

Salgo a la calle y el día está tan caluroso que siento que me adentro en el desierto en hora punta. El aire es pegajoso y se me encrespa hasta el último pelo del cuerpo. Debo de parecer un caniche.

Camino diez eternos minutos tratando de no derretirme, cuando, de pronto, distingo una silueta conocida entre las ondas de calor.

Entrecierro los ojos.

¿Víctor?

No puede ser, anoche se fue de viaje. A esa misión secreta que sonó más a excusa que a confidencia. Y aquí está la prueba de ello.

Pero ¿y si no es él? Quizá sea una alucinación provocada por la insolación. Aunque esos andares de perdonavidas… esos andares de perdonavidas solo pueden ser suyos.

—¡Víctor!

Grito su nombre en vano. Está demasiado lejos para oírme. Sigue su camino en dirección contraria a la mía. Y a mí solo se me ocurre correr tras él.

—¡Víctor! ¡Víctor!

Intento acelerar, pero las sandalias conspiran en mi contra.

—¡Víctor!

Al fin se detiene. Yo aminoro el paso, con el corazón que se me va a salir por la boca. Estoy tan sofocada que parece que acabo de salir de una clase de spinning.

Camino hacia él, ilusionada, cuando de repente veo que se acerca a una chica.

La abraza.

Están muy pegados. Demasiado. Él le sujeta la cabeza, se separa unos milímetros y vuelve a acercarse, pero esta vez a su boca.

Porque la besa.

No.

Espera.

No he podido ver bien.

Parpadeo varias veces para enfocar entre el calor y el mareo que me sube a la cabeza.

Víctor repite la jugada. Vuelve a besarla.

Se me forma un nudo en el estómago y, por un instante, mi mente se niega a aceptarlo. Me quedo clavada. Sin saber qué hacer. ¿Avanzar? ¿Dar media vuelta? ¿Desaparecer sin dejar rastro?

Y, mientras me debato en mi decisión, compruebo que el batacazo aún no ha terminado.

Se separa. Apenas unos centímetros.

Y entonces veo la cara de la chica.

Sé quién es.

La conozco.

La conozco muy bien.

Es Zara.

¡Víctor acaba de besar a Zara!

El mundo se tambalea bajo mis pies. Abandono la escena y echo a correr de nuevo, esta vez a casa de Pablito.

Llego destrozada. Aprieto el interfono una y otra vez, como si me fuera la vida en ello.

Tiene que saberlo. Tiene que saberlo ya.

Es su novia. No me puedo creer que nos hayan traicionado de esta manera.

Por fin, Pablito contesta.

—¿Hola…? —su voz suena sorprendida, todavía somnolienta.

No puedo hablar, solo jadeo.

—¿Quién es?

—¡Pablito! —consigo gritar al fin—. Abre. Abre, por favor.

Lo hace al instante y me abalanzo sobre su puerta, menos mal que vive en un primer piso. Me espera en el rellano, asustado.

—No te lo vas a creer —anticipo, pero le planto las manos en los hombros e intento respirar para recomponerme y que me entienda.

—¿Estás bien? Me estás asustando.

—¡Víctor…!

Vuelvo a coger aire bajo su atenta mirada.

—¡Zara…! ¡Víctor y Zara! ¡Se han besado!

Pablito no se lo esperaba. Me mira incrédulo.

—¿Qué? ¿Estás segura?

—Lo he visto con mis propios ojos… —Mi voz se quiebra, pero no es tristeza, es rabia—. ¡Es tu novia! ¡Y es mi…! ¡Y es Víctor! No puedo creer que nos hayan hecho esto.

No dice nada. Me pasa una mano por la espalda y me acompaña hasta el sofá.

—Respira —me dice, firme pero suave—. Nos tenemos el uno al otro.

Sacudo la cabeza. Siento rabia, traición, impotencia y dolor.

—No puedo creerlo… Víctor y Zara. ¿¡En qué momento ha pasado esto!? —chillo—. ¿¡Qué nos hemos perdido!?

Pablito me observa, intenta mantener la calma. Y esa serenidad suya solo consigue cabrearme más.

—¿¡Cómo puedes estar tan tranquilo!? ¡Es tu novia!

—La verdad es que la noticia es impactante, sí.

—¿¡Impactante!? —Me incorporo del sofá, incapaz de quedarme quieta—. ¡Esto es muchísimo más que impactante!

Empiezo a caminar de un lado a otro. La rabia me quema, estoy fuera de mí. Y entonces lo entiendo. No es tanto por Víctor, ni por Zara. Es por él. Por Pablito.

Porque no se merece esto. Porque es la persona más buena que conozco, la que siempre da sin esperar nada a cambio, la que confía y protege sin dudar…, y ver cómo lo traicionan me rompe en pedazos. Me duele como si me arrancaran algo de dentro. No quiero que sufra. Solo quiero que sea feliz.

—No puedo, no puedo quedarme sentada mientras ellos… —Me detengo en seco, con el pulso disparado, y lo miro a los ojos—. Lleváis cuatro años juntos. ¡Cuatro años! ¿Cómo puede hacerte esto?

Suspira, apenas reacciona.

—Berta, por favor, cálmate.

—¿Cómo quieres que me calme? —mi voz se quiebra entre la furia y la tristeza—.

¿Cómo quieres que me calme mientras tu relación se va a la mierda?

Me duele que te haya fallado. Me duele verte así.

Me duele más de lo que puedo decir sin romperme.

No lo mereces, Pablito. No mereces nada malo.

Eres la persona más increíble que conozco.

Cojo aire y continúo, mirándolo de frente.

—Y yo… yo soy la más afortunada por tenerte. Solo quiero que sepas que estoy aquí. Pase lo que pase. No importa lo que venga, lo afrontaremos juntos. Estoy contigo. Y no voy a soltarte.