22 Víctor
VÍCTOR
Cuatro palabras bonitas y una vida interesante y caen como moscas.
Siempre ha sido así. No hay mujer que se me resista.
Y la morena no iba a ser la excepción. Aunque, con ella, sin embargo, el juego es distinto.
Me lo estoy trabajando más de lo normal.
He tenido que cenar con su familia, regalarle un ramo de flores, quitarme a la competencia de encima.
Un esfuerzo considerable, sí, pero porque creo que Berta lo merece.
Tiene algo especial, un brillo que no encuentro en las demás, una mezcla de naturalidad y carácter que me intriga. Me ha hecho cuestionarme si esta vez podría ser diferente. Pero, al final, la respuesta siempre es la misma: no, no es suficiente para atarme. No en mi mundo, no en mi forma de vivir.
Yo soy un alma libre. Indomable. No me detengo por nada ni por nadie y siempre miro hacia mi próxima aventura.
Y esa próxima aventura me acaba de enviar un mensaje.
Necesito cariño.
Víctor
Yo te lo doy, princesa, yo te doy todo lo que tú me pidas.
Guardo el móvil en el bolsillo con una sonrisa perversa dibujada en los labios, esa que me nace cuando siento que la noche juega a mi favor. Al levantar la vista, me encuentro con los ojos de Berta. Está deslumbrante, arrebatadora, sexi. Y sé que se ha arreglado así por mí.
Mi entrepierna celebra su presencia y tengo que esforzarme por mantener la compostura. Berta me despierta un deseo impaciente, salvaje, casi eléctrico. Un impulso difícil de disimular.
—Bueno, ¿qué me dices? ¿Me dejas aprovechar el tiempo contigo?
La pregunta sale de mí con una suavidad calculada mientras le lanzo mi mirada más seductora. Esa mirada cargada de seguridad y picardía. La que tantas puertas me ha abierto.
Ella sonríe, pero no dice nada.
—Pago la cuenta y nos vamos de aquí. —Me incorporo, doy por hecho que me va a seguir.
Pero no lo hace. Permanece sentada, con la serenidad de quien tiene el control que yo creía mío.
—No.
Su negativa me pilla por sorpresa, no estoy acostumbrado.
—Vamos a disfrutar de la cena —añade.
Berta demuestra que no es como las demás. Ella marca su propio ritmo.
Vuelvo a mi sitio, descolocado. Es una situación desconocida para mí. La primera vez que no me da resultado. No sé si realmente merece la pena tanto esfuerzo por un simple polvo, por muy buena que esté Berta.
Curo mi orgullo herido con un nuevo mensaje.
Víctor
Solo puedo pensar en tenerte entre mis brazos.
La destinataria no tarda en responder.
Ya me gustaría, pero seguro que se lo dices a todas.
Víctor
¿Pero tú te has visto, preciosa mía? Desde el momento en que te conocí, solo me sale decírtelo a ti.
Un último mensaje. Decisivo, que marca el destino de lo que va a suceder.
Pues si de verdad es así… ven. Ahora.
No lo pienso, no lo dudo.
Víctor
Voy. Ahora.
Es la opción más segura, y, la verdad, es que tampoco está nada mal.
Con Berta ya he jugado todas mis cartas y llega el momento de retirarse. Al fin y al cabo, una retirada a tiempo también es una victoria. Y a mí me gusta ganar.
—Berta, perdona, se ha adelantado la misión secreta —miento sin pestañear—. Tengo que irme ya.
—Vaya… —Percibo la desilusión en su mirada.
No me conmueve. No voy a ser su marioneta y estar solo para lo que ella quiera. Sabe cómo localizarme, que me llame cuando esté lista para algo que valga la pena.
—Me encantaría quedarme contigo, preciosa, ya lo sabes, pero debo irme. Nos vemos a la vuelta, ¿vale? Piensa mucho en mí.
Le guiño un ojo, rozo sus labios con un beso rápido y salgo del restaurante dejando atrás su mirada y la tensión sin resolver en el aire.
Mi próxima aventura me espera, y yo estoy listo para devorarla.