21 Berta
BERTA
He perdido la cuenta de las veces que he llamado a Pablito hoy.
Creo que ya rozo el límite entre la preocupación y el acoso, pero no puedo evitarlo.
Necesito saber cómo fue su cita de ayer con Zara.
Quiero saber si los planes que ideé han dado resultado y han servido para reavivar la llama de su relación.
Hace días que arrastra esa cara de acelga que no se le quita ni con el pacharán de la abuela. Y eso, en él, es preocupante. Yo solo pido que vuelva a ser el Pablito de siempre, el que nos alegra a todos, el que se ríe hasta de él mismo.
Sigo con la vista fija en el teléfono. O la reconciliación se ha alargado más de lo previsto o se han quedado a vivir en el spa. Sea lo que sea, seguro que ha salido bien y vuelvo a disfrutar de su risa.
Pero entonces, el teléfono se descuelga y una voz grave me perfora el tímpano.
—¡Qué!
Pego un brinco del susto y casi se me escapa el móvil de las manos. Miro la pantalla, atónita. No sé si he marcado su número o el del más allá. Menudo vozarrón de ultratumba.
—¿Pablito? —dudo, aun leyendo su nombre en letras gigantes en la pantalla.
—¿Qué pasa? —responde con una voz tan ronca y profunda que podría doblar a Darth Vader.
¡Y yo convencida de que lo iba a encontrar animado! Lo había imaginado con su sonrisa, con su energía desbordante, soltando alguna de sus tonterías. Pero no…, esta falta de ánimo no presagia nada bueno.
—¿Todo… bien? —pregunto con un hilo de voz.
No responde.
—Pablito, te conozco, a mí no me puedes engañar —insisto.
—Estoy bien, enana. Cansado de todo el trajín que nos organizaste ayer. Íbamos a contrarreloj como en las excursiones programadas.
—Tienes razón. El spa cansa mucho —me burlo con ironía—. ¿Y el masaje? Horrible. No sé cómo lo soportaste. Mis respetos.
—Eres insoportable, ¿lo sabías? —me reprocha con una risa contenida.
—Insoportablemente irresistible.
Hace una pausa antes de continuar.
—Te voy a sacar de mi vida, Berta, como sea.
—Ya sabes que no puedes. Te sale urticaria si pasas más de un día sin chincharme.
Suelta una carcajada. De esas que te raspan la garganta, pero te devuelven la vida. Y en ella reconozco al Pablito de siempre. Al que ríe sin miedo, al que llena los silencios con historias y ocurrencias, al que le quita importancia a los problemas.
—¿A qué hora vienes a casa? —pregunto.
—Hoy no voy, ya he avisado a tu abuela, tendrá que ver la telenovela en solitario. Quiero descansar.
—¿Descansar? ¿Tú? —Se me escapa una risa—. Pensaba que esa palabra no estaba en tu vocabulario.
—No te rías, la cita de ayer me destrozó.
—Ay, Pablito, llevas fatal lo de rozar los treinta… —le provoco—. El desgaste se empieza a notar.
—Vete a la mierda.
—Iría, pero la mierda no quiere que nos veamos.
Bromeo con la frase que nos repetimos desde que tenemos uso de razón.
—Te burlas de mí, pero ¿y tú? ¿En qué edad te quedaste? ¿En los siete? Prefiero ser un adulto casi treintañero responsable y funcional.
—Prifiri sir in idilti quisi trintiñiri rispinsibli y fincinil…
—Lo retiro, ni siete. Cuatro.
—¿Y si voy yo? —pregunto con esperanza.
—Berta, no insistas —resopla—, estoy poniendo en marcha el plan de sacarte de mi vida. Y ahora con más motivos.
—Haré como que no me ofende.
Nos quedamos en silencio durante unos segundos. No me hace falta verlo para saber que compartimos la misma sonrisa.
—A pesar de todo, te quiero…, aunque sea a ratos —le digo—. Y ahora descansa.
—Yo también te quiero. A ratos.
Colgamos casi al mismo tiempo.
Me recuesto en la cama y pienso en él, en Pablito, en nosotros, en todo lo que hemos sido y que seguimos siendo. No imagino cómo sería mi vida si no estuviera, porque siempre hemos estado juntos.
A veces, incluso me asusta darme cuenta de cuánto dependo de él…
, pero no en un sentido malo, sino en un sentido vital.
Para mí lo es todo. No solo porque me acompaña, sino porque me entiende sin necesidad de palabras, porque está ahí incluso cuando nadie más está, porque me hace sentir que puedo ser yo misma sin miedo ni vergüenza.
Él es mi refugio, mi lugar seguro. Y solo puedo agradecer que la vida nos haya hecho crecer uno al lado del otro, porque sin Pablito… nada sería igual.
Suena el teléfono y solo espero que sea él, que haya cambiado de idea, que quiera que nos veamos. Pero esa ilusión se desvanece un poco cuando leo el nombre de Víctor. Aunque dura apenas un parpadeo.
Es Víctor. Mi Víctor. El nerviosismo es tan grande que me hace olvidar cualquier pensamiento absurdo.
—Hola, preciosa —susurra con una voz que me estremece—. ¿Quieres que nos veamos?
Un calor intenso recorre todo mi cuerpo.
—¡Sí! —grito, hipnotizada.
—Vaya…, me gusta esa efusividad. ¿Nos vemos en media hora en la cafetería de tu calle?
—¡No!
Esa cafetería es donde trabaja Gorka. No, no, no, ahí no. Cualquier lugar menos ese.
—Vale... ¿y en la de la plaza?
—¡Sí!
Mis gritos empiezan a dar vergüenza. Parece que participo en un concurso de respuestas rápidas.
—¡Hasta ahora! —digo para que vea que sé más palabras.
Cuelgo y voy directa al armario. La montaña de ropa crece sobre la cama a medida que me pruebo modelitos. Ninguno me convence. Quiero provocarle las mismas taquicardias que él a mí.
Media hora más tarde entro en la cafetería y lo veo de pie junto al ventanal, bañado por los reflejos del sol que parecen enforcarlo solo a él y enmarcar su presencia.
Irradia esa seguridad de quien sabe que acapara todas las miradas.
Sonríe al teléfono móvil y parece feliz, despreocupado.
En cuanto me pongo a su lado, lo guarda en el bolsillo y alza la mirada.
Me recibe con un beso. Un beso que lleva su sello inconfundible: intenso, pasional, capaz de hacerme olvidar dónde estoy y por qué he venido.
—Estás arrebatadora —murmura sobre mis labios—. Hacemos una pareja increíble.
El rubor me sube por las mejillas sin que pueda evitarlo y desvío la mirada. Él sonríe, orgulloso, sin apartar los ojos de mí. Parece disfrutar del efecto que provoca.
—Deberíamos de haber quedado en mi casa.
Su frase, tan directa, me pone nerviosa. Carraspeo para recomponerme, para no darle el gusto de ver cómo me tiembla la respiración.
—¿Nos sentamos en esta mesa? —pregunto, pero, sin dejarle responder, me siento, como si decidirlo me devolviera el control de la situación.
Víctor sonríe y se acomoda frente a mí con esa seguridad suya que parece calculada.
—¿Un café? —propone.
—Con leche, por favor —respondo, intento sonar indiferente, aunque mis ojos no se pueden despegar de él.
Levanta el brazo para llamar al camarero que no tarda en tomarle nota.
—Deja de mirarme así, me pones nervioso —dice en cuanto volvemos a estar solos.
Giro la cabeza hacia la cristalera para ocultar mi rostro ruborizado.
—Tal vez no lo parezca, pero tú tienes esa habilidad de hacer conmigo lo que quieras, y, además, sin esfuerzo —confiesa.
No hay forma de esquivar la atracción que hay entre nosotros. Es inevitable. Pero también soy consciente de que, de momento, solo es eso. Atracción. Deseo. Pura química. Nada más. No lo conozco lo suficiente como para ver algo más allá.
Los cafés aparecen ante nuestros ojos y le doy un sorbo.
—Lo que provocas en mí no es ni medio normal —continúa.
A mí me pasa lo mismo con él, aunque no lo verbalice. Tampoco hace falta, mi cuerpo ya habla por mí.
—No digas esas cosas aquí —susurro, incapaz de ocultar la tensión en mi voz.
—Entonces llévame a un sitio dónde sí pueda decirlas —responde, y se apoya en el respaldo con una mirada traviesa—. Quiero aprovechar el tiempo contigo. Esta noche me voy.
—¿A dónde? —pregunto, sin entender a qué se refiere.
—Voy a estar fuera unos días, por trabajo —explica para mi desconcierto.
—¿De fontanero?
—No, no soy fontanero —se ríe, y yo no entiendo nada—, le estoy echando una mano a mi primo, ha sufrido un accidente y yo me encargo temporalmente de sus faenas.
—¿Entonces a qué te dedicas?
—Soy policía.
Alzo las cejas, incrédula, menudo giro de guion. Mi fontanero sexi acaba de convertirse en un imponente policía. Me derrito solo de imaginarlo con el uniforme.
—Policía secreta —susurra contra mi rostro, con el cuerpo inclinado sobre la mesa.
Aprovecha la cercanía y me roba un beso, tan rápido que ni siquiera alcanzo a saborearlo, sigo demasiado impresionada.
—Me mandan a una misión delicada. Y no puedo contarte nada más. No me robes más información o tendré que matarte.
Me guiña un ojo y vuelve a recostarse sobre la silla.
Me pregunto si se está quedando conmigo. Su historia no me termina de sonar del todo sincera. Aun así, decido no darle importancia y disfrutar de la cena con él. Voy a estar varios días sin verlo. No vale la pena arruinar el momento por una sospecha que quizá solo exista en mi cabeza.