20 Pablo
PABLO
Camino de un lado a otro frente al portal de Zara. Nervioso. Inquieto. Le he fallado. Intento reunir el valor suficiente para decirle la verdad. No sé cómo voy a mirarla a los ojos. No sé cómo voy a explicarle algo que ni siquiera yo entiendo.
Intento ordenar las palabras en mi cabeza, construir un discurso coherente, pero no hay manera de disfrazar mis sentimientos.
Da igual lo que diga, porque no lo va a entender.
No lo entiendo ni yo, joder. Solo sé que en mi cabeza está Berta.
Y no quiero seguir engañando a Zara. No lo merece.
Me ha dado cuatro años maravillosos y me duele tener que ponerle fin.
—Hola, pececito.
Su frase me pilla desprevenido y me sobresalto. Su tono es el de siempre, dulce y delicado, y eso solo hace que el peso de lo que tengo que decir sea aún más insoportable. Pero ha llegado el momento de la verdad. Toca dar la cara.
—Necesito hablar contigo.
Suelto la frase de carrerilla. Pero ahí me detengo. He olvidado todo lo que le quería decir después y no sé ni cómo continuar. Estoy colapsado.
—¿Estás bien? Estás sudando.
Se acerca, preocupada. Me toma las manos. Y ese gesto, que tantas veces me ha calmado, ahora me hace sentir la peor persona del mundo.
No me atrevo a sostenerle la mirada.
—Es importante —digo de manera atropellada.
Trago saliva, miro al suelo. El corazón me va a salir por la boca.
—Zara… —Levanto la vista, tengo que ser fuerte—. Hay algo que quiero decirte. Y no sé cómo hacerlo sin hacerte daño.
Ella no responde. Solo espera. Se forma un silencio espeso entre nosotros que crece con cada segundo que pasa.
No imaginaba que iba a ser tan difícil dar el paso.
—Me dijiste que para hoy me tenías una sorpresa preparada —dice con una sonrisa nerviosa—. Lo que no esperaba era que fuera una conversación. Y menos de este tipo, porque solo puede significar una cosa.
—¡Y la tenía! —respondo con la voz temblorosa—.
Tenía una sorpresa para ti. Lo había preparado todo.
Te iba a llevar a un spa y a un observatorio…
Quería que fuera un día especial. Te lo juro.
Pero no puedo... —Agacho la cabeza y niego repetidas veces—.
No puedo seguir fingiendo. No contigo. No después de todo lo que me has dado. No lo mereces.
Ella me observa en silencio. Hay tristeza en su mirada, pero no asombro. Suspira y asiente con una tranquilidad que me desconcierta.
—Berta —me sorprende sin rodeos—. Siempre ha sido Berta, ¿verdad?
No respondo. No hace falta.
—Lo sabía —continúa, con voz suave—. Lo supe desde el primer día. Lo he sabido siempre. Lo hemos sabido todos, Pablo. Todos menos tú.
Me asombra esa afirmación.
—Pero, ingenua de mí, tenía la esperanza de hacerte cambiar de idea.
—Te juro que te he querido —me excuso—, y te quiero, pero me he dado cuenta de que no de la forma que te mereces.
Ella sonríe con tristeza, pero sin rencor.
El silencio vuelve. El viento sopla y le mueve el pelo. Zara es preciosa y me importa mucho. Me da pena verla tan serena en medio de tanto dolor. Hay algo en su mirada que parece comprender lo incomprensible. Y yo la admiro, porque yo no sería capaz.
—¿Sabes qué es lo más bonito de todo? —murmura al cabo de unos segundos.
Me sorprende que, incluso ahora, sea capaz de encontrar algo bueno.
—Lo has intentado, Pablo, sé que una parte de ti llevaba años luchando por conseguir enamorarse de mí. Y lo valoro.
—Eres la persona que todo el mundo sueña con tener al lado. ¿Cómo no iba a desear enamorarme de ti?
Ella me observa con los ojos brillantes, con esa mezcla de fortaleza y dulzura que siempre la ha hecho única.
—Y te he querido mucho —continúo—, pero, a veces, querer no es suficiente.
Ella niega despacio.
—No hagas eso. No conviertas lo nuestro en algo pequeño solo porque no haya salido como esperábamos. Me has querido bien, y eso ya es más de lo que muchas personas encuentran en toda su vida.
Se le escapa una sonrisa triste antes de continuar.
—Así que no te culpes. Y, para que te quede claro que no te guardo rencor…, quiero ir.
—¿A dónde?
No entiendo de qué habla.
—A la sorpresa, es para mí, ¿no? Pues llévame. No como tu pareja, sino como alguien que te ha querido, con quien has compartido tu vida. Podemos despedirnos con calma, sin reproches.
No sé qué responder. Una parte de mí siente alivio; la otra, una punzada de culpa. No entraba en mis planes pasar el día con ella como si fuera una cita de despedida. Pero su ternura me deja sin defensas.
—¿Estás segura?
No quiero seguir haciéndole daño.
—¿Por qué no?
—Porque es… raro.
—Lo sé, ¿pero cuándo hemos sido normales? —Sonríe, con un destello de ironía—. Te recuerdo que soy la Mr. Wonderful, no me quites mi superpoder de ver la vida maravillosa a pesar de las adversidades. Sí, sé que me llamáis así. Y no me importa. Me gusta. Es un halago.
No puedo evitar sonreír, aunque por dentro algo se me quiebre. Solo me sale abrazarla. La estrecho entre mis brazos, con todo el cariño que le tengo, con todo lo vivido, con toda nuestra historia. Es una persona muy especial. Siempre lo ha sido. Buena, dulce, sin maldad.
—Lo siento, ¿vale? No quería que esto terminara así.
—No tienes que sentir nada. Lo hemos intentado. Y ha sido precioso. Yo no me arrepiento de nada.
—Yo tampoco. Ha sido increíble, en serio.
Nos quedamos abrazados, en silencio. Puedo oír su respiración tranquila, acompasada, y me sorprende esa serenidad suya, como si la despedida fuera solo otra forma de querernos.
Cuando se separa, su sonrisa es tenue, pero sincera.
—Vamos, quiero ver la sorpresa. No me prives de ese último recuerdo.
Asiento sin saber muy bien por qué. Tal vez porque le debo una despedida a la altura de lo que fuimos, un último gesto de cariño que le diga, sin palabras, que su paso por mi vida ha dejado huella. Que ella es perfecta tal y como es. Y que le deseo toda la felicidad del mundo.
Disfrutamos de una cita maravillosa, tranquila y sincera. Somos conscientes de que no es una más, sino la última. Y eso lo cambia todo. Hablamos con la madurez de quienes ya no tienen nada que ocultar, pero sí mucho que agradecer.
La miro cada vez que tengo ocasión, y no puedo evitar admirar su comprensión, su actitud serena, esa templanza que siempre nos ha sostenido incluso en los momentos más difíciles. Como este, en medio del final, ella conserva esa luz que la hace única y especial.
Logramos relajarnos y vivir el presente, sin pensar en lo que vendrá después, sin pensar en que termina, como si el tiempo nos concediera una tregua antes de este último adiós como pareja.
Sabemos que nuestros caminos se separan, y, aun así, nos sonreímos. No hay reproches ni malas caras, solo esa tristeza que deja el final de una relación real, una relación llena de cariño.
Recordamos lo que hemos sido, lo que hemos aprendido juntos, lo mucho que nos hemos querido. Cuatro años no se borran de un día para otro. Cuatro años dejan huella.
Cuando llega la hora de despedirnos, nos abrazamos con pena, con ternura, intentamos retener este último recuerdo. Y, en este abrazo final, entendemos que el cariño no se pierde, solo cambia de forma, se acomoda en el recuerdo y nos seguirá acompañando desde el corazón.