Entre tres 19 Pablo
70%

19 Pablo

PABLO

¿Por qué Berta ha tenido que sacar el tema del beso? Pensaba que lo había olvidado. Pensaba que no había significado nada para ella. Tal vez quiera provocarme, o reírse de aquella anécdota absurda de dos adolescentes.

Pues no me hace gracia, joder. Para mí fue importante. Mucho. Y no soporto que se burle.

—¿Alguna vez lo has recordado? —insiste, como si con una vez no bastara.

Y a mí me lo remueve todo.

Siempre, Berta. Siempre. Cada puto día de mi vida pienso en ese maldito beso.

Lo llevo marcado en el alma. A fuego. Tengo presente cada detalle, sobre todo, el instante exacto en el que nuestros labios se unieron y se convirtió en la mejor sensación del mundo.

Porque no fue solo un beso, fue todo lo que significó.

—No quieres hablar de ello, ¿no? —dice al ver que no respondo.

—No entiendo por qué tú sí —contesto sin atreverme a mirarla.

—Simple curiosidad.

Fija la vista al frente, igual que yo, a la televisión apagada que refleja nuestras siluetas difusas.

Seguimos hombro con hombro. Demasiado cerca.

Tan cerca que me pone nervioso verme ahí, a su lado, fingiendo normalidad.

Enciendo la televisión solo para borrar esa imagen, porque la realidad es que estamos más alejados que nunca.

—Voy a ver una película, ¿te apuntas? —improviso.

—Depende de cuál.

Alza las cejas, divertida, y me mira con ternura. Se me escapa una sonrisa. Hasta en los momentos más tensos lo consigue. Le devuelvo una mirada cómplice que entiende.

—¡Titanic! —exclama, contenta.

Su película favorita. Y la que me ha hecho ver tantas veces que ya se ha convertido también en la mía.

Pero ¿a quién quiero engañar? No la voy a ver. Dudo que mi cabeza me permita centrar la atención en algo que no sea ella.

Jack Dawson dibuja a Rose y sé que Berta sonríe.

La conozco. Esta escena siempre la emociona.

La miro de reojo, no me equivoco. Le brillan los ojos.

Me pilla y se tapa la cara con un cojín.

Juego a quitárselo y acabamos en un pequeño forcejeo, hasta que, sin darme cuenta, su cabeza cae sobre mi hombro.

Me quedo quieto. Incapaz de reaccionar. No me atrevo ni a tocarla. Ella, en cambio, de manera natural, se acomoda sobre mí y se cubre con la manta. Yo hago lo mismo, no porque tenga frío, sino porque necesito hacer algo, cualquier cosa que justifique seguir aquí sin parecer idiota.

Y así nos quedamos. Los dos bajo la manta, el cojín en el suelo y mi corazón haciendo más ruido que la película.

No entiendo qué me pasa con Berta. Es mi amiga, y encima tiene novio. Pero, recordar ese maldito beso, y tenerla tan cerca, hace que mi cuerpo se encienda sin remedio.

Por suerte, aparece la abuela y la tensión no va a más.

—Leonardo DiCaprio, qué hombre más atractivo.

Se sienta en el sofá, al lado de Berta, con su inseparable vaso de pacharán que ya forma parte de su anatomía.

—Ya podría haber muerto la tipeja esa y no él —refunfuña tras dar un trago.

En un abrir y cerrar de ojos aparece la escena en la que se hunde el barco.

Llevo más de una hora sin atender a la película, y eso que Josefina se empeña en comentar cada escena.

Yo asiento sin escucharla. Solo puedo estar pendiente de Berta.

Me encanta cómo frunce el ceño, cómo se muerde el labio, cómo su cuerpo se mueve nervioso.

No le he quitado ojo, ha sido imposible.

Está tan tensa que parece que va a lanzarse al rescate y evitar la tragedia, pero para tragedia la mía.

Qué agobio. ¿Qué me pasa con Berta?

El barco se hunde, Josefina narra el minuto a minuto, Berta llora y yo, por dentro, me ahogo, siento que me ahogo, igual que el protagonista. Pero el agua no es fría, es cálida y suave y tiene forma de mano, porque, sin pensarlo, se la cojo por debajo de la manta.

¿Qué cojones acabo de hacer? Quiero soltarla. Fingir que buscaba el pacharán. Lo que sea. ¡Socorro!

Pero entonces ella me responde. Aprieta mi mano.

Mi corazón entra en parada cardíaca.

Un segundo, dos, tres. Hasta que vuelvo a la realidad.

Berta no me mira, pero tampoco me suelta. Su pulgar roza el mío, sin que nadie se percate, en secreto.

—Qué historia tan triste —se queja la abuela. Y se suena la nariz con un pañuelo que saca del bolsillo de la bata.

Lo que no imagina es que yo estoy de todo menos triste.

Berta por fin me mira, con los ojos aún húmedos, pero ahora brillan distinto. Me sonríe tímida y yo la imito. Seguimos con los dedos entrelazados bajo la manta.

La abuela apaga la televisión y me asusto al ver mi reflejo. No me reconozco.

¿Esa cara de bobo es mía?

Le suelto la mano de golpe y me incorporo.

¡No! No debería sentir nada. No debería complicarlo todo.

—¿Estás bien? —Berta se incorpora conmigo.

—Sí, sí, es solo que… tengo cosas que hacer —miento.

—Ah…

Baja la mirada. La misma sonrisa que hace un rato me iluminaba el mundo ahora se apaga un poco. Y a mí me parte el corazón, pero no puedo seguir a su lado.

—Hasta mañana, hombretón —se despide la abuela.

Berta, en cambio, se queda de pie, me mira sin entender. Me da la sensación de que quiere decir algo, pero se muerde el labio y calla.

—Nos vemos mañana —digo de manera atropellada.

Salgo rápido y bajo las escaleras de dos en dos. El aire me golpea la cara. Camino sin rumbo, con el corazón desbocado y la cabeza hecha un lío.

No debería haberle cogido la mano. No está bien.

Tiene pareja. Pero ¿y yo? Yo también, joder.

Yo también tengo a Zara. ¿Qué cojones le estoy haciendo?

No se lo merece. Ella, precisamente ella.

La persona más noble que conozco. La única que jamás le haría daño a nadie.

La que siempre está cuando alguien se rompe, aunque sea ella quien acabe hecha pedazos.

Tengo que hablar con ella. Necesito hablar con ella.