Entre tres 18 Berta
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18 Berta

BERTA

Cuando salgo del instituto, el cielo decide que es un buen momento para desatar el apocalipsis. En cuestión de segundos, las primeras gotas se convierten en cortinas de agua y el viento arrastra todo lo que encuentra a su paso.

Me cubro la cabeza con la mochila y echo a correr.

Entre los charcos, los gritos de la gente y mi intento desesperado por no morir electrocutada por un rayo, diviso la furgoneta de trabajo de Pablito.

Me saluda desde dentro, seco, cómodo y con esa sonrisa suya de «te lo dije, deberías haber traído paraguas». Me abre la puerta y me lanzo al asiento.

—Enana, deberías haber traído…

—¡Calla! —le corto—. Lo sé. Aunque hoy no sé si hubiera servido de mucho.

—También es verdad, porque menudo look llevas —se burla y se muerde el labio para contener la risa.

Le lanzo una mirada asesina. Él se inclina hacia mí y me aparta el pelo de la cara.

—Tienes una hoja.

La quita con cuidado y me la da.

Me miro asustada en el espejo y contengo un grito. La imagen es peor de lo que esperaba.

—¡Parezco un nido! —Intento deshacer, sin éxito, el enredo que antes era mi flequillo.

—No exageres, los nidos al menos tienen forma. Y lo tuyo es una masa empapada…

Le doy un golpe suave en el brazo y él se ríe, esa risa suya que me reconforta y que consigue que todo lo demás deje de importar, incluso mis pintas.

—Gracias por venir a buscarme —murmuro.

—No hace falta que me des las gracias cada día, enana. No me cuesta nada.

Tirito. Estoy helada. Pablito no tarda en pasarme los brazos por encima y atraerme hacia él mientras enciende la calefacción. Le estornudo en el pecho.

—Ni se te ocurra ponerte mala, mañana tenemos el concierto de El canto del loco.

—Eso si convences a mi madre, no estoy segura de que me deje ir —me quejo y desinflo su ilusión.

—Tienes dieciséis años… —se desespera.

—Ya, eso díselo a ella.

—Tienes razón, ya sabemos cómo es. Pero no te preocupes. Iremos —me anima—. Aunque sea con nuestras madres de escoltas.

—No se lo propongas, se apuntan seguro. Vendrá hasta mi abuela si es por ver a chicos guapos, como dice ella.

—Pues que venga. Todo sea por ir contigo.

Me lanza una sonrisa que me enternece y, en ese gesto, me doy cuenta de lo mucho que le importo. De que su prioridad siempre he sido yo. Igual que él para mí. Su presencia me hace sentir que no necesito nada más. Que él es todo lo que quiero. Que juntos somos suficientes. Un todo perfecto.

La lluvia cae con fuerza sobre la furgoneta. El sonido es hipnótico, un repiqueteo constante que nos aísla del resto del mundo, en el que solo estamos él y yo. Y el ambiente se vuelve… íntimo.

Afuera todo es gris y borroso, pero aquí dentro se siente cálido. Seguro. Reconfortante.

Apoyo la cabeza en su pecho casi sin pensarlo. El latido de su corazón parece responderle al mío. Al compás. Más acelerado de lo normal. El calor de su cercanía me envuelve y mis ojos se cierran sin yo quererlo.

Percibo su olor, esa mezcla de pintura y disolvente que su piel ha absorbido tras horas de trabajo.

A él le avergüenza y trata de disimularlo con un perfume más fuerte.

Pero a mí, esa nueva faceta de chico trabajador, me despierta curiosidad.

Hay algo distinto en él, algo más adulto.

Y me gusta pensar que crecemos y maduramos juntos.

Sus dedos hace rato que se mueven sobre mi espalda. Y una sensación de paz me invade, una que hacía tiempo que no sentía.

Alzo la vista. Él detiene el movimiento y me estudia con una ternura que me desconcierta. Con un brillo en los ojos que pocas veces le había visto.

Me pongo nerviosa. Algo cambia. Una tensión nueva, extraña, se instaura entre nosotros, sin explicación. ¿Qué diablos nos está pasando?

Nos sostenemos la mirada. Una mirada sincera, clara, en la que no hay dudas. Y en la que todo parece encajar. Como si siempre hubiéramos estado destinados a hacerlo.

Como si lleváramos demasiado tiempo encontrándonos en silencio.

Como si cruzar la línea fuera inevitable.

Y, sin poder contenernos más, la cruzamos.

Nuestros labios se encuentran.

El beso es suave, lento, casi tímido al principio. Un roce que tantea. Pero enseguida se transforma, se vuelve cálido, profundo, lleno de todo lo que nunca nos hemos sabido decir. De todo lo que sentimos. Tal vez desde siempre, sin nosotros saberlo.

Y, mientras sus manos me acercan un poco más, entiendo que hay momentos que no se explican: se sienten, se viven y se quedan contigo para siempre.

Y este beso va a acompañarme toda la vida.