17 Berta
BERTA
—¿Qué se supone que estaban…?
—¡Calla! —Pablito me tapa la boca con la mano y ahoga mis palabras.
Está igual de traumatizado que yo. No estábamos preparados para esto. Era la única línea infranqueable que le quedaba por cruzar a nuestra familia.
—No hables nunca sobre lo que hemos visto, ¿me has oído? —dice histérico—. ¡Nunca! ¡Jamás! ¡No es real! ¡No puede serlo!
Solo le falta pegarse golpes en la cabeza.
—¿Qué es eso de lo que no se puede hablar?
La que faltaba.
Mi abuela huele el salseo a kilómetros. La vemos venir por el pasillo con su sonrisa de pilla y el morbo dibujado en la cara. Dispuesta a gozar del siguiente episodio familiar.
—¡Nada! —chilla Pablito.
Sigue con la mano sobre mi boca y empiezo a quedarme sin aire. Igual ese es su plan: que me desmaye y me ahorre el resto de la pesadilla.
—Sé que está pasando algo, a mí no me podéis engañar.
Me delata la mirada, clavada en la habitación de mi madre. Mi abuela sigue la pista y no tarda en posar la mano sobre el pomo.
—¡No! —Pablito me libera para lanzarse a impedir que abra la puerta.
Al fin puedo respirar. Lo que no puedo es hablar, soy incapaz. Ya lo hace mi abuela por mí.
—Me espero cualquier cosa de estas dos tiparracas.
Y abre.
No sin antes santiguarse, como si le suplicara al cielo que no la defrauden.
Se ríe al ver la escena. Así de simple. Se ríe.
Pablito y yo miramos otra vez. Y nos odiamos por someternos de nuevo a semejante tortura visual.
Nuestras madres siguen en la misma posición, no se han movido ni un milímetro. Ni siquiera se han cubierto. El consolador sigue en la mano de Lola y apunta en nuestra dirección.
—¡Alegría, alegría!
A mi abuela solo le falta hacerles la ola.
—Si no me he muerto ya es por la vidilla que me dais. Me cago en la leche, qué zumbadas estáis. Venga, a seguir.
Cierra la puerta y se va como si nada hubiera pasado, riendo entre dientes.
—Menudas dos desvergonzadas —añade mientras se aleja—. Luego se atreverán a llamarlo «clases particulares de Alfredito». Pues que me hagan descuento familiar, que a lo mejor me apunto.
Pablito y yo nos miramos, petrificados. No parpadeamos. No respiramos. Solo nos miramos, convencidos de estar atrapados en el momento más surrealista de toda nuestra vida.
Intento hablar. No puedo. Él abre la boca, la cierra, y al final susurra.
—¿Y si es una cámara oculta?
Recorro la escena con la mirada. Tiene que serlo. No hay otra explicación. Esta locura no puede ser real…
Pero lo es.
Y, cuando por fin lo aceptamos, caminamos en silencio hasta el salón y nos dejamos caer en el sofá. Hombro con hombro. Miramos a la nada. Tratamos de procesar la imagen, de asimilar lo que significa.
Y sabemos, muy en el fondo, que esto nos ha unido todavía más.
El silencio se alarga hasta que un relámpago ilumina el salón y damos un brinco sincronizado.
No sé cuánto tiempo llevamos en esta posición, congelados en el sofá. Ni siquiera habíamos notado que lloviera.
—Hemos vivido muchas cosas tú y yo —se atreve a romper el silencio mi amigo, con voz de película dramática.
—Y las que nos quedan. —Doy por hecho—. Porque a ti, amigo, te voy a tener siempre… quieras o no.
Le descubro una sonrisa nerviosa. Apenas dura un segundo, pero la veo. Diría incluso que le tiemblan los labios antes de apartarme la mirada.
Otro relámpago. Saltamos a la vez y nuestros hombros chocan. Reímos, tímidos, sin entender muy bien por qué. El ambiente se ha vuelto raro… casi íntimo. ¿El sofá parece más pequeño de repente o es cosa mía? Aunque quizá sea la tormenta, que me recuerda a… aquella noche.
Carraspeo.
Aquella noche.
—¿Te acuerdas del diluvio que nos pilló en la furgoneta? —lo suelto sin pensar.
Tengo las mismas sensaciones que cuando ocurrió hace nueve años.
Pablito se atraganta y tiene que toser. Como siempre le pasa cuando está nervioso. Le doy golpecitos en la espalda.
—Estoy bien, estoy bien… —consigue decir—, es solo que… Bueno…
—Lo sé, lo siento, dijimos que no volveríamos a recordarlo. No sé qué me ha pasado…
—No, no pasa nada. Está bien…
Miro al frente.
Y el corazón se me acelera.
Fue tan…
Me sentí tan…
—¿Alguna vez lo has recordado? —pregunto.
Me llevo las manos a los labios en cuanto las palabras salen de mi boca. Mi impulsividad y mis ganas de saber acaban de traicionarme.
Pablito se recoloca en el sofá. Tenso. Incómodo. Lo observo con atención. Parece estar a punto de hablar, pero se muerde el labio y se contiene.
Y yo muero por saber qué piensa.