16 Pablo
PABLO
Solo me faltan las palomitas para que este momentazo sea redondo.
Berta no sabe dónde meterse. Está fuera de lugar, como ida. No se ha visto en otra así en su vida: rodeada de tres tíos que, de la noche a la mañana, parecen dispuestos a conquistarla.
Aquí está su amor platónico. El mismo al que me ha mencionado durante una década entera. Diez años. Que se dice pronto. Pero, ironías de la vida, ahora que lo ha conseguido, va y resulta que ya no le interesa. Ha sido conocerlo y la emoción se le ha pasado en tiempo récord.
Luego está el músculo con patas. Todavía no entiendo qué demonios ha visto en él. Hace dos días no sabía ni que existía y ahora van diciendo que son novios. Novios.
Y, por último, el compañero de universidad. El pobre tiene cara de querer fundirse en el sofá. Ni ha abierto la boca, como si esperara instrucciones para reaccionar. Me cae bien, parece buen tipo, pero no lo veo con Berta.
La escena es tan absurda que no puedo evitar reírme. Podría levantarme y aplaudir, pero me contengo, es demasiado buena para estropearla.
Aunque, siendo sincero, por dentro no estoy ni la mitad de tranquilo de lo que aparento.
No me quiero engañar. No soy de piedra. Y la palabra «novio» me ha atravesado como una estaca directa al pecho y me ha dejado sin respiración durante unos segundos. Me ha dolido. Mucho. Más de lo que quiero reconocer.
Pero Berta es mi amiga.
Solo mi amiga.
Y la quiero demasiado como para desear otra cosa que no sea su felicidad. Si Víctor es la persona que ha elegido, no me queda más remedio que aceptarlo y alegrarme por ella.
¿No?
Esto es lo que debería pensar.
Pero no. La realidad es que estoy hecho mierda. Me río por no llorar. Sonrío por no gritar. Y hago ver que todo me hace gracia mientras por dentro estoy destrozado.
Aun así, levanto la cabeza. Berta me observa con esa mirada suya que tanto me transmite. Respiro hondo y me obligo a poner buena cara. A veces sobrevivir es eso: aprender a sonreír cuando lo único que quieres es salir corriendo.
—Me va a dar algo.
No soy el único que no puede con la vida. Mariajo está espatarrada en una silla y se abanica con una revista del corazón. Tiene la cara tan blanca que se confunde con su camiseta de propaganda de Danone.
—Mi niña no. Es una cría.
La abuela pone los ojos en blanco y la ignora. Yo no sé si preocuparme o darla por imposible. Por suerte, mi madre toma la iniciativa antes de que termine en tragedia. Se levanta, suspira como si cargara con el peso del universo y se lleva a Mariajo a la habitación, entre lamentos.
Un silencio pesado e incómodo vuelve a instaurarse entre nosotros. Nos miramos sin saber qué decir. Pasan unos segundos eternos hasta que Víctor, porque no podía ser otro, se aventura a hablar.
—Creo que ha quedado claro que soy el novio de Berta, ¿y vosotros quiénes sois?
Ahí está. El macho alfa del barrio. Pretende marcar territorio como un gato en celo. Qué ternura. Dan ganas de darle una palmadita… ¡pero en la cara!
Y lo peor de todo es que ella lo mira con adoración. Qué asco. Solo le falta babear.
—Yo soy Mateo, su vecino. No sabía que Berta tenía… novio.
La pausa antes de «novio» es intencionada, y lo acompaña con una mirada cargada de desaprobación hacia Berta. Ella ni se inmuta, o al menos no parece afectarle, sigue fascinada con su gato en celo.
—¿Y tú? —Víctor se gira hacia Gorka.
El pobre pega un brinco en el sofá, asustado. Como si lo acabaran de pillar cometiendo una ilegalidad.
—Gorka —responde—, compañero de universidad.
Le tiembla la voz, pero se obliga a sonreír para no parecer un idiota. Me dan ganas de abrazarlo. Aunque ya lo hace la abuela por mí, lo atrae hacia ella, le apoya la cabeza en el pecho y le da palmaditas en la espalda.
Berta carraspea. Intenta poner orden, aunque sospecho que lo hace para disimular que lleva medio minuto admirando los bíceps de su novio como si fueran una obra de arte.
—Bueno, ya está, ¿no? —dice con una sonrisa tensa—. No hace falta que os presentéis como si esto fuera una entrevista de trabajo.
Víctor le pasa un brazo por los hombros, ¿es necesario en este momento? Solo le falta ponerle el cartel de «propiedad privada».
—Yo mejor me voy —dice Mateo, el primero en darse cuenta de que sobra. Chico listo—. Martina, cariño, despídete del unicornio que nos vamos a casa.
—¿Ya? Jo, papá —se queja, al borde del llanto—. No he podido jugar con Berta y Pablo.
—Queda pendiente que vengas otro día, ¿vale? —le digo con cariño.
Me responde con una sonrisa triste. Es tan pequeña y frágil que me sale abrir los brazos para consolarla, pero su padre la coge con firmeza de la mano y se la lleva.
—Yo también me voy —aprovecha Gorka, que logra deshacerse de las tetas de la abuela y ponerse en pie—. He recordado que faltan pocos días para entregar el trabajo y quiero terminarlo.
—Pero si faltan dos meses… —Berta frunce el ceño—. Y yo también quiero terminarlo, es mejor que lo hagamos juntos.
—No hace falta, no te preocupes. Vamos hablando, ¿vale?
Se despide con tanta prisa que sus palabras se pierden por el camino. Tengo la sensación de que no vamos a volver a verlo. Demasiada intensidad para él. No lo culpo. Esta casa ahuyenta a cualquiera que tenga un mínimo de sentido común.
—Ay, si yo tuviera diez años menos… —suspira Josefina en cuanto Gorka cierra la puerta.
—Abuela, por favor, al final te va a dar igual la diferencia de edad y te vas a lanzar. Qué trauma para el chaval —me río, entre divertido y alarmado.
Siento la mirada de Víctor clavada en mi nuca. Y no precisamente para aplaudir mi comentario. Sé lo que quiere: que el siguiente en largarse sea yo.
Le devuelvo la jugada y le señalo la puerta con un gesto de cabeza. Su respuesta es estrechar a Berta aún más fuerte entre sus brazos. Se me revuelve el estómago.
Y entonces, para mi sorpresa, ella se separa.
—Será mejor que tú también te vayas.
Su decisión me hace la persona más feliz del mundo. Mi orgullo, por supuesto, no pierde la oportunidad y le dedica una sonrisa de suficiencia.
Hasta que se despiden con un beso.
Es un beso simple, rápido, frío. Pero que a mí me quema por dentro. Me duele más que un golpe en los huevos. Nunca voy a poder aceptarlo. No quiero que Berta bese a nadie. Y mucho menos delante de mis narices.
Me cabreo. Me cabreo conmigo mismo. Por sentir algo por mi mejor amiga. Por darme cuenta demasiado tarde, justo ahora que está con otro. Por no saber dejarla vivir su vida, aunque se equivoque. Y lo peor es que lo sé, sé que no tengo derecho a sentir esto, pero tampoco sé cómo dejar de hacerlo.
Víctor desaparece de mi vista y entonces solo queda ella, Berta.
La observo en silencio, a distancia. La miro y la deseo. Y lo entiendo con una claridad que me asusta: es ella. Siempre ha sido ella. Y esa certeza absurda me descoloca. Me hace sentir imbécil.
—Menudo bochorno —dice, y rompe el silencio con su naturalidad—. Jamás habría imaginado que me encontraría entre tres. Entre tres chicos y encima a la vez.
—Esa frase ha sonado un poco mal. —Sonrío.
—Lo sé, tienes razón, pero ya me has entendido. —Se encoge de hombros—. Y no, no es una experiencia que esté en mi lista de fantasías, por si te lo estás preguntando.
—Ahora no voy a poder quitarme esa imagen de la cabeza —bromeo con una sonrisa de medio lado.
Se acerca a mí.
Las mejillas se le tiñen de rojo y, para esconderse, decide refugiarse justo donde siempre lo ha hecho: en mi cuello, entre mis brazos.
La recibo por inercia, pero me quedo rígido, en tensión.
El corazón se me acelera y lucho por sobrevivir.
Intento coger aire y me atraviesa su olor, ese olor dulce y afrutado que tengo tan interiorizado y ya forma parte de mí.
—Menos mal que estabas —susurra.
Se separa unos centímetros de mi cara. Los suficientes para que su aliento todavía me roce la piel. Me mira fijamente a los ojos y, aunque es lo que más me cuesta en este momento, le sostengo la mirada.
Trago el nudo que me aprieta la garganta, ese que me impide decir una sola palabra sensata. Tenerla tan cerca no me deja pensar. Me desarma. Me consume. Cada pensamiento se disuelve hasta que solo queda una imagen, una única que sobrevuela mi cabeza sin parar. Insistente.
Bésala.
Mi cuerpo entero lo pide a gritos en un impulso difícil de controlar.
¿Doy el paso?
¿Sí?
¿No?
La tengo tan cerca... y, al mismo tiempo, tan lejos.
Un movimiento. Solo un pequeño movimiento. Y todo cambiaría.
¿Para bien?
¿Para mal?
No me da tiempo a descubrirlo.
Berta, con un leve carraspeo, se separa un poco más. Y hace que el aire entre nosotros se enfríe de golpe y mi corazón quede suspendido en el vacío.
—Estoy preocupada por mi madre —dice, y desvía la mirada en un gesto sutil, casi imperceptible—. Creo que deberíamos ir a verla.
Está nerviosa. Lo noto. Y eso… eso debe significar algo, ¿no?
—Vamos.
Me coge la mano con firmeza y tira de mí sin darme margen para pensar.
Su contacto me quema, me abrasa. Pero no puedo soltarla. No quiero. Necesito ese calor.
Nos detenemos frente a la puerta de la habitación. Todavía nos sostenemos el uno al otro, incapaces de separarnos. Ella se decide a abrir la puerta.
Lo que encontramos al otro lado nos deja en shock.
Es, sin exagerar, lo más traumático que hemos visto en toda nuestra vida. Una escena que parece arrancada de una puta pesadilla.
Nos soltamos de golpe para llevarnos las manos a la boca y ahogar un grito que amenaza con escapar de nuestra garganta.
Tratamos de procesar la imagen, una imagen que desafía toda lógica y entendimiento. Sabemos que nada podrá borrar lo que estamos viendo, y, aun así, no podemos apartar la mirada, atrapados entre el horror, la incredulidad y el asco.
¡En la cama!
¡Desnudas!
¡Están nuestras madres!
¡Con el consolador!
Aparto a Berta de inmediato, como si pudiera protegerla de algo así, y cierro la puerta. Tenemos la respiración acelerada. Vamos a necesitar mil vidas para recuperarnos de esta locura. Y, aun así, no sé si serán suficientes.