Entre tres 15 Berta
57%

15 Berta

BERTA

La voz entusiasta de mi madre me despega de Pablito. Con el móvil en la mano, graba otra de sus historias para subirla a internet. No entiendo por qué le ha dado por exhibirse en redes en lugar de hacer ganchillo como cualquier madre normal.

—Jelou para mis oyentes internacionales —saluda, radiante, a la pantalla.

—Pero qué «hello» ni qué hostias —se burla Pablito con una actitud que no le reconozco.

—Aquí una, que tiene idiomas —fanfarronea, orgullosa.

—Pero si solo te vemos nosotros. No tienes ningún seguidor nuevo.

Batacazo contra la realidad. Me da hasta pena.

Yo soy la primera en defender que cada uno persiga sus sueños, pero lo de mi madre se me escapa de cualquier entendimiento.

Todo lo graba, todo lo cuenta y todo lo sube a las redes sociales sin ningún tipo de pudor.

Sin importarle quién aparezca ni en qué situación.

Está convirtiendo nuestra vida en un reality show con presupuesto cero y vergüenza ajena infinita.

Menos mal que no tiene la repercusión que esperaba.

—Vuelvo a mi habitación —le digo a Pablito, señalando mi puerta—. He salido cuando he escuchado tu voz, solo para saludarte.

Sus ojos bailan inquietos entre los míos y el suelo. Es la primera vez que no me sostiene la mirada.

—Voy… voy contigo —titubea, como si estuviera nervioso. Lleva dos días raro. No es el Pablito de siempre.

—Estoy con Gorka —le explico. Se detiene, desconcertado—. Estamos haciendo el trabajo para la universidad.

—De eso nada, ya lleváis muchas horas. Dile al muchacho que venga a tomarse un pacharán.

La abuela y su manera de vivir la vida en modo fácil.

Busco la aprobación de mi madre, pero sigue absorta en su vídeo.

Gorka es solo un compañero de clase. No veo la necesidad de meterlo en el caos familiar.

—Venga, leñe, así me recreo la vista, ya que no puedo recrearme en otra cosa —insiste mi abuela—. Ay, si tuviera veinte años menos, este no se me escapaba.

—Josefina, por favor, que ya tienes una edad —la reprende Lola.

—Mírala ella, ya me está enterrando, la muy víbora. Serás mala pécora.

Decido saltarme el capítulo del enfrentamiento de gatas y voy en busca de Gorka. No nos vendrá mal un descanso.

Lo encuentro pegado al ordenador, sumido en un silencio que contrasta con la locura de mi familia. Teclea con rapidez, concentrado, como si le hubiera poseído la inspiración divina.

Me detengo a observarlo. Admiro su disciplina y su entrega. Llevamos el trabajo bastante avanzado y gran parte del mérito es suyo. Cómo ha cambiado mi percepción de él en tan poco tiempo. Lo que al principio me pareció una tortura, ha terminado por volverse llevadero, incluso… ¿agradable?

Gorka es un buen tipo. Ahora puedo afirmarlo.

No necesita grandes gestos ni discursos para demostrarlo, simplemente lo es.

Tiene esa bondad que inspira confianza, esa que te hace saber, sin dudarlo, que no te va a fallar ni traicionar.

Estoy convencida de que, además de un compañero ejemplar, sería un amigo leal.

Le toco el hombro y se sobresalta.

—Perdona —me disculpo, avergonzada—. Sé que estás muy inspirado, pero ¿te importa si lo dejamos por hoy?

—Claro, no te preocupes —responde de inmediato mientras guarda el trabajo, apaga el ordenador y se levanta de la silla—. No molesto más. —Se cuelga la mochila al hombro.

—No, no quiero que te vayas.

Se queda quieto. Me mira sorprendido. Parece que intenta descifrar qué se me pasa por la cabeza. No le hago esperar.

—Sé que no es el mejor plan del mundo, pero… ¿te apetece tomar algo con mi familia?

—Pues a mí me parece un gran plan —sonríe, amable—. Muchas gracias por la invitación.

—Gracias a ti por ser mi compañero.

Nos dedicamos una mirada cómplice. Vuelve a dejar la mochila sobre la silla y caminamos juntos hacia una nueva aventura familiar.

Pablito es el primero en percatarse de nuestra llegada. Está atento a cada uno de nuestros movimientos. A mi abuela, en cambio, se le ilumina la cara y no tarda ni un segundo en demostrar lo encantada que está.

—Ya estabas tardando en venir a echarte un pacharán. Ven, siéntate a mi lado.

La muy descarada golpea el sofá y se mueve para hacerle sitio. Paso vergüenza ajena, la misma que refleja el pobre Gorka, que se sienta junto a ella con una sonrisa tensa y cara de circunstancias. De esas que piden auxilio en silencio.

—Dicen que es bueno tomarse un pacharán al día —se saca de la manga mi abuela, muy convencida.

—Pues en tu caso querrás decir uno detrás de otro —me río.

—Los que hagan falta —responde seria, como si defendiera una prescripción médica.

—Al final la abuela nos va a enterrar a todos —se mete mi madre.

Todos nos reímos porque pensamos lo mismo.

Estoy a punto de acomodarme en el reposabrazos cuando suena el timbre.

Pablito, que es el que está más cerca del recibidor, contesta.

—Víctor —escucho que anuncia, con una desgana que no presagia nada bueno.

Y a mí casi me da un infarto.

Me incorporo como un resorte y me miro de reojo en la cristalera de la vitrina.

Necesito comprobar que estoy visible y no voy hecha un andrajo.

La sonrisa no me cabe en la cara, es imposible disimularla.

Menuda sorpresa. Un torbellino de emociones me sacude: euforia, incredulidad, nerviosismo… ¿Cómo que ha venido sin avisar?

Lo primero que aparece es un ramo de rosas rojas. Enorme. Tanto que casi no pasa por la puerta. Va en proporción a su escultural cuerpo. Tras los tallos y el papel brillante, aparece él. Guapo a rabiar. Y encima detallista. Lo tiene todo.

En ese instante me olvido de todo: de mi familia, de Pablito, hasta incluso de Gorka.

El mundo entero pasa a un segundo plano.

Sin pensarlo, me abalanzo a sus brazos como si llevara años sin verlo.

Él me aprieta contra su cuerpo con firmeza, me envuelve entre sus brazos y el ramo.

El aroma intenso de las flores, mezclado con su perfume, me invade los sentidos y me arrebata la poca cordura que me queda.

Entonces sucede.

Sin poder contenerlo, nuestros labios se encuentran, ocultos tras el ramo. Y, en ese instante, el mundo estalla dentro de mí como una traca de fuegos artificiales.

—Que corra el aire, que este abrazo es más largo que la cola del banco el día que cobran los jubilados —sentencia mi madre.

Nos devuelve a la realidad y vuelvo a sentir el suelo bajo mis pies. Recuerdo que estoy rodeada de un montón de ojos que apuntan en mi dirección.

Me recompongo como puedo, aunque es difícil con el sofoco que llevo encima. Siento las mejillas a punto de explotar.

Cojo el ramo. El condenado pesa más que yo.

Me vence y me hace tambalear. Víctor lo agarra a tiempo y evita que me caiga al suelo.

Lo miro con admiración: mi héroe. Lo deja sobre la mesa y Lola aprovecha para acariciar los pétalos con los ojos cerrados.

Rezo para que no le esté haciendo vudú al pobre ramo.

Siento tanta vergüenza que no sé dónde mirar. La impulsividad se me ha ido de las manos. Menos mal que nadie imagina lo que ha sucedido tras el ramo.

¿O quizá sí?

Pablito me mira con una ceja alzada y cara de pocos amigos. Me encojo de hombros y le lanzo una sonrisa inocente, como si no hubiera pasado nada. Tampoco me quiero delatar. Él no hace mención de devolverme la sonrisa. Todo lo contrario. Niega con la cabeza y resopla.

¿Pero a este qué mosca le ha picado? Está de un estúpido que no se aguanta ni él. Vaya dos días lleva. Seguro que se ha peleado con Zara. Lo raro es que no me lo haya contado, cuando nunca nos ocultamos nada.

Me siento en la silla libre a su lado y le pregunto qué le pasa. Un «nada» rotundo sale de sus labios y pone punto final al intento de conversación.

Pues él se lo pierde. Si no quiere saber nada de mí, seguro que Víctor sí, porque mi musculitos me come con los ojos.

Un escalofrío me recorre el cuerpo, de esos que te hacen sonreír con malicia.

Ojalá pudiera congelar el momento y borrarlos a todos para quedarme a solas con él.

A todos, incluido al pobre Gorka, que ni ha abierto la boca todavía, pero ya me sobra en la ecuación.

—¿Y esta visita a qué se debe? —pregunta mi madre.

Pero no llega sola. En breve la ayuda Lola. Lo veo venir. Empieza el bombardeo en tres, dos, uno…

—¿Y esas flores?

Lo que yo decía. Estas dos deberían trabajar para el servicio secreto del gobierno.

—Y ese abrazo tan… tan… vamos a llamarlo… efusivo, por llamarlo de alguna manera.

—Pues yo he visto pasión ahí, de la buena, de la que te deja tonta y con las piernas flojas —mete cizaña la abuela, que disfruta de lo lindo, más que de su telenovela.

—¿Qué intenciones tienes con mi hija?

—¡Mamá, por favor! —la reprendo, muerta de vergüenza.

—¿Qué pretendes? ¿Qué buscas? —Lola afila la mirada en un intento de intimidarlo.

—¿Os gustáis? —dispara mi madre, con una preocupación que ya roza el drama.

—¿Queréis parar ya? Menudo tercer grado le estáis haciendo —me quejo.

—Quiero saber qué pasa aquí —suplica mi madre, nerviosa.

—Pues entonces al grano: ¿ha habido algo entre vosotros? —suelta Lola sin anestesia, y se lleva un manotazo de mi madre.

—Dolores, por favor —la reprende. Así la llama cuando se enfada—. ¿Qué va a pasar entre ellos? ¡Si son unos chiquillos!

—Y dale la burra al trigo —se desespera mi abuela—. ¡Que tu hija ya tiene pelos en el chumino, leñe!

El estridente timbre de la puerta nos salva, y me parece el sonido más maravilloso del mundo. Ha irrumpido en el momento más oportuno.

Me lanzo a abrir sin dudar. No me importa quién esté al otro lado, como si quiere ser un testigo de Jehová. Si hace falta lo invito a comer con tal de que este suplicio familiar termine de una vez.

Pero no, lo que me espera me sorprende y me deja clavada en el sitio.

—Mateo —saludo con la voz entrecortada.

El que faltaba. Ya estamos todos. Pero ¿qué hace él en mi casa? El mundo se ha confabulado para volverme loca. Con lo tranquila que estaba quejándome de que ningún chico me hacía caso e iba a morir rodeada de gatos. ¡Benditos gatos!

—Hola, preciosa.

Se acerca y me da un beso en la mejilla que, por unos segundos, me hace flaquear. No deja de ser Mateo. Mi examor platónico durante diez malditos años.

—Hola…, ¿qué… qué haces tú…?

No llego a terminar la frase. Martina aparece detrás de él.

—Berta, hola —saluda con esa dulzura que me tiene ganada—. ¿Puedo quedarme contigo?

Miro a Mateo. Encoge los hombros en señal de disculpa.

—Ya le he dicho que no era buena idea, pero insistía en verte —explica y coloca las manos sobre los hombros de su hija—. Tienes algo que… engancha.

Sonríe de medio lado y eso me trastoca. No me puedo creer que me esté pasando esto.

Ahora siente interés por mí, justo cuando yo no siento absolutamente nada.

¿Por qué todo lo enamorada que estaba se ha ido a la mierda?

Con lo atractivo que es, maduro, sensual…

Sin olvidar las fantasías que me ha regalado, que no han sido pocas.

Y, sin embargo, ahora, nada. Cero. No siento nada.

Ni un escalofrío, ni un suspiro. Tengo la asexualidad de una ameba.

Con él. Solo con él. Porque lo que es con…

—Jaimito —saluda a mi amigo, que ha aparecido para comprobar que todo va bien.

—Pablo —le corrige, molesto.

—Eso, es verdad. Pablito, disculpa —añade Mateo sin el menor atisbo de arrepentimiento.

—Se llama Pablo —insisto yo también.

Mi amigo suaviza la expresión de su cara y me dedica una sonrisa agradecida.

—Pasa, Martina, cariño. Por supuesto que puedes venir cuando quieras —la invito.

—¿Lo ves, papá? Te dije que Berta diría que sí. ¡Yupi! ¡Unicornio! —celebra con alegría. Y desaparece de nuestra vista.

La seguimos hasta el salón bajo la atenta mirada de todos.

Víctor y Gorka incluidos.

El aire se vuelve denso, incómodo. Y yo solo pido que la tierra me trague. Entera. No entiendo en qué momento al universo le ha parecido buena idea reunirlos a los tres en los mismos metros cuadrados. Y, para colmo, delante de mi familia.

No sé ni dónde mirar. La situación roza lo surrealista, y mi amigo, en lugar de rescatarme como he hecho yo con él, decide poner banda sonora con su risa.

Le lanzo una mirada asesina.

—Abuela, pásame el pacharán que esto ya se puso bueno —le suelta y aún se ríe más.

Se sienta a su lado y me dedica el trago con provocación, con esa sonrisa que usa cuando quiere sacarme de quicio. Y a mí me hierve la sangre. Me dan ganas de estamparle el ramo de flores en la cara, a ver si alguna espina se le queda clavada.

Me contengo, bastante numerito tenemos ya montado.

Pero a Víctor, por lo visto, el espectáculo le parece flojo. A él le van las emociones fuertes. Decide dar el golpe final y culminar la función.

Se acerca a mi vecino y le estrecha la mano con firmeza.

—Hola. Soy Víctor, el novio de Berta. ¿Y tú eres?

—¿¡Mi qué!? —Me sale un gallo de la impresión, pero ¿qué narices dice de que es mi novio? ¿Se ha vuelto loco? ¿Cómo dice eso delante de todos?

—¿¡Su qué!? —Mi madre se pone en pie, histérica, parece que le va a dar un ataque—. ¡Espero no haber escuchado bien, Berta! ¡Tú quieres que me dé un infarto, ¿no?!

El infarto me lo va a dar a mí, no hay duda. Entre todos van a acabar conmigo. Miro a mi amigo en busca de apoyo, pero nada, el muy traidor sigue doblado de la risa, como si mi desesperación fuera lo más divertido del mundo.

Me las pagará. Y con intereses.