Entre tres 14 Pablo
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14 Pablo

PABLO

Abro los ojos con esfuerzo. Los párpados me pesan más de lo habitual. No ayuda que los rayos de sol, traicioneros, se cuelen por la persiana y vayan a parar directos a mi cara. Me tapo con la sábana y gruño.

Al estirarme, todo mi cuerpo protesta. Me siento aturdido, raro, y tengo la sensación de que me cuesta respirar. Aspiro una intensa bocanada, pero es en vano, no consigo el alivio que debería llegar después.

Me incorporo despacio. La sábana se desliza por mi piel y el contacto de la madera fría del suelo me estremece. Camino hacia la ventana y dejo que la claridad inunde mi habitación.

Vuelvo a sentarme en el borde de la cama y me llevo una mano a la cabeza. Presiono la sien, como si pudiera exprimir de ella una explicación. Trato de comprender si el cansancio viene de la noche o de algo más profundo.

Entonces lo veo. El móvil, boca abajo, sobre la mesita. No necesito cogerlo para recordar. La conversación. El nombre. Berta.

Solo pensar en ella me provoca un escalofrío que me recorre sin piedad.

—Mierda —murmuro.

Estaba convencido de que hoy todo se reduciría a una simple tontería, a una paranoia nocturna de las que se esfuman con la luz del día. Que me reiría de mí mismo, de mi confusión.

Pero no.

No tengo esa suerte.

Berta sigue ahí, aferrada a mis pensamientos con una insistencia que me descoloca. Y, con ella, vuelven la culpa y los remordimientos.

Aprieto los dientes. ¡No lo voy a consentir!

Me pongo en pie de golpe, decidido. No voy a perder ni un segundo más en esta estupidez. Voy a desayunar y luego iré a casa de Berta. De mi mejor amiga. Como siempre he hecho.

Una hora más tarde entro en su piso. No negaré que estoy algo nervioso. Bueno, y sin el algo, ¡estoy nervioso! Las cosas como son.

Por suerte, Berta no es la primera persona a la que veo. Están Mariajo y Josefina. Incluso mi madre, que parece no tener casa propia. Pero no está ella. Y eso me relaja. También ayuda estar rodeado de estas tres mujeres.

—Ya ha llegado el muchacho más guapo de la familia —me recibe la abuela pellizcándome las mejillas.

—Claro, porque soy el único hombre. Nos ha jodido —respondo entre risas.

—Cariño, ¿todo bien? Te veo mala cara —dice mi madre, con ese sexto sentido que tienen las madres y que da miedo.

—Todo genial —miento.

—Ven aquí, que me necesitas.

Se acerca hacia mí en lo que parece que va a ser un abrazo, como haría cualquier otra madre en esta situación: abrazar. Pero no olvidemos que mi madre es la bruja Lola. Y ve más conveniente posar sus manos sobre mis hombros, cerrar los ojos e invocar a Satanás.

—Con la fuerza del fuego que nunca se apaga y el agua que nunca se detiene, convoco los antiguos poderes que habitan en los elementos… —murmura en un susurro inquietante.

Y, por si no fuera suficiente, empieza a chasquear los dedos alrededor de mi cabeza y a balancearse como si ejecutara una danza fantasmal.

—Que la tierra escuche mi voz y que el aire lleve mi voluntad más allá de lo visible. Invoco la claridad donde reina la confusión, que las sombras se aparten y…

—¡Berta!

Su nombre se escapa por mi garganta nada más verla.

—Buenos días, hechicero —se burla.

Me libero del exorcismo de mi madre y me acerco a ella. Contengo el impulso de abrazarla y me limito a sonreír. Siempre ha sido normal entre nosotros darnos muestras de cariño. Tocarnos, abrazarnos, buscarnos. Me reprendo por no ser capaz ahora.

Berta, ajena a la batalla que se libra en mi cabeza, lo hace todo sencillo y me abraza.

Ese contacto me mantiene en tensión, me recuerda lo frágil que soy, lo vulnerable que me siento, pero, al mismo tiempo, me da un respiro. Una calma que me envuelve con la misma suavidad que sus brazos.

Sé que su cercanía es un precipicio del que puedo caer, y aun así no me quiero apartar. Aunque me dé vértigo. No puedo. Estoy atrapado en ella.

Apenas me atrevo a corresponder al abrazo, porque, ese simple gesto, me confirma lo que me negaba a aceptar. Siento que Berta es todo lo que necesito.

No sé cómo ni cuándo ha ocurrido, pero lo que siento es real.