13 Pablo
PABLO
Doy vueltas en la cama, inquieto. Son las cuatro de la madrugada y ya he asaltado la nevera dos veces, sin éxito. Comer no me ha servido de nada, por eso me niego a levantarme una tercera vez. Pero no hay manera. No consigo conciliar el sueño.
No sé qué me pasa. Ni siquiera yo me entiendo.
Los pensamientos se me amontonan sin orden.
Por un lado está la determinación de mi madre al sacar de su vida a Juan, sin pestañear.
¿Y si la vida es eso? ¿Dejar ir lo que no nos conviene, aunque duela, y aprender a cuidar de nosotros mismos primero?
¿Y yo? ¿Me estoy cuidando? ¿Estoy eligiendo lo que realmente me hace feliz?
¿Qué es lo que me hace feliz? Ni siquiera yo lo sé.
Como tampoco sé por qué antes de ayer, en casa de Berta, me comporté de una forma tan estúpida. Tan fuera de mí. No me reconocí ni en mis gestos ni en mis palabras. Yo, que nunca he sido serio, ni distante, ni… ¿celoso?
¿Celoso? ¿Es eso lo que soy ahora? Porque un ardor irracional me recorría cada vez que la veía reír con Víctor, cada vez que inclinaba la cabeza hacía él con esa naturalidad que me dejaba fuera de escena, como si yo no existiera. Y cuando los vi besarse… Joder. Sentí un golpe seco en el pecho.
¿Por qué? Ya la había visto besarse con Mateo, no era nada nuevo. Con él no me importó, o al menos eso creí. Supongo que tenía asumido que le gustaba. Pero con Víctor fue distinto. Con él dolió de una manera que no supe disimular.
¿Qué tiene de diferente? ¿O qué tengo yo? No lo sé.
Quise arreglarlo con esa cita. Los dos solos.
Hablar, reír, volver a ser nosotros, en la intimidad, sin reproches ni malas caras.
Quise decirle tantas cosas que al final no le dije ninguna.
Pero ella lo notó, me conoce demasiado. Me puse intenso, lo sé.
La miré a los ojos y fue mi corazón el que habló por mí, por suerte el raciocinio llegó a tiempo y lo transformó en una broma.
Cuando dijo que parecía que me iba a declarar, tuve que toser, me puse muy nervioso, ni siquiera supe por qué. No pensaba hacerlo, tampoco tenía nada que declararle. ¿O sí?
Ya ni sé lo que pienso, lo que siento, lo que quiero. Todo parece desmoronarse dentro de mí, como si el suelo se abriera y yo cayera sin saber dónde está el final. Y, en medio de esa caída, me hago la pregunta que más miedo me da formular.
¿Y si lo que siento por Berta es más que una simple amistad?
¿Y si siempre ha estado ahí, escondido, esperando el momento para salir?
—¡No! ¡No puede ser! —digo en voz alta—. Berta es mi mejor amiga. Es como una hermana, joder. No hay nada más, no puede haberlo. No hay lugar para dudas ni para sentimientos que no deberían existir. Que se me grabe en la puta cabeza: no la quiero de otra manera.
Me golpeo la sien con el dedo, con tanta fuerza que duele. Como si ese golpe pudiera borrar el pensamiento que me traiciona.
Cojo el móvil. Voy directo al nombre de Zara, un último «Buenas noches, pececito» dio por finalizada la conversación de anoche.
Una conversación que tampoco me aportó gran cosa, palabras vacías.
Con Zara todo es fácil, previsible, neutro…
y es justo eso lo que me hace pensar que nunca me removerá.
Con ella no existe ese nudo en el pecho que me recuerda que la quiero cerca.
Zara apareció en mi vida casi de puntillas, en un momento en el que yo estaba cansado de esperar algo que no iba a pasar. Me sentía confundido, un poco perdido. Necesitaba dejar de mirar siempre en la misma dirección. Necesitaba que alguien me eligiera.
Y, cuando llegó, lo hizo con su forma sencilla de amar, sin exigencias, sin preguntas. Me ofreció cariño, estabilidad, un amor distinto al que conocía. Y yo me dejé querer. Aun sabiendo que no era lo que buscaba.
Quise creer que el tiempo haría su trabajo. Que acabaría enamorado, como toca. Que podría darle la relación que esperaba.
Nunca pasó.
Porque siento un bloqueo, un bloqueo que me frena, que me impide entregarme por completo. Y me jode reconocerlo, pero he sido un egoísta. Zara no es para un amor a medias. Ella lo merece todo. Y el simple hecho de tener dudas, me hace sentir la peor persona del mundo.
Y la quiero. Joder. Claro que quiero a Zara. Mucho. Pero también sé que empecé con ella en un intento de pasar página sin haber cerrado el capítulo anterior. Y eso es muy injusto.
Mientras observo la pantalla del móvil, otro nombre asoma entre las conversaciones: Berta. Y esta sensación es distinta. Me remueve.
Su último mensaje fue «Te quiero, feo. Que sueñes con que los monstruos de debajo de tu cama te cantan el Aserejé igual de desafinado que lo cantas tú».
Me arranca una carcajada como si fuera la primera vez que lo leo.
Me encanta Berta. Me hace reír con cualquier tontería y disfrutar de lo más simple, pero también me da la calma que necesito. Es mi refugio, el lugar donde puedo ser yo mismo sin filtros ni máscaras.
No me canso de pasar horas a su lado, nunca son suficientes.
Cada palabra, cada mirada, cada broma absurda se me queda grabada como si formara parte de mí.
Siempre tenemos de qué hablar, y cuando el ruido se apaga, los silencios son igual de cómodos, llenos de una confianza y una cercanía que me envuelven y me hacen sentir protegido, comprendido, completo.
Es la primera persona en la que pienso cuando necesito que alguien me escuche, cuando necesito sentirme visto y acompañado.
Me importa mucho.
Más de lo que debería.
Más de lo que quizá puedo admitir.
El pulso se me acelera al ver que está en línea. Como yo. A las cuatro de la madrugada.
Es ella, Berta, mi mejor amiga. Y no sé por qué no me atrevo a escribirle para decirle que la he pillado conectada. En otro momento lo hubiera hecho sin pensarlo. Pero ahora…, ahora no. Tal vez porque tengo demasiado que callar.
Berta
Hola, no puedo dormir.
Sonrío, a la vez que contengo la respiración. Me ha hablado. A mí. Es lo primero que ha hecho. Sé que no es nada nuevo, nos priorizamos desde hace años. Pero me ha gustado, significa que nada entre nosotros ha cambiado, que todo está bien.
Pablo
Yo tampoco puedo dormir.
Berta
¿Y eso? ¿Qué piensas?
Pablo
Demasiadas cosas.
Berta
¿Eso es bueno o es malo?
Pablo
Ni siquiera yo lo sé. ¿Y a ti qué te pasa? ¿Por qué no puedes dormir?
Espero su respuesta con ansia. Con la secreta esperanza de que sea yo lo que no la deje dormir. Que, al cerrar los ojos, me vea a mí. Solo así dejaría de sentirme tan incómodo, tan culpable. Solo así me atrevería a pensar que entonces no es un error, sino algo inevitable.
Su mensaje tarda demasiado, y yo no puedo apartar la vista de la pantalla.
Al fin, tras una eternidad, aparecen sus palabras. Devoro cada letra.
Berta
Me han despertado unos ruidos raros en casa y resulta que era mi abuela.
La escena ha sido digna de Cuarto Milenio, estaba sentada en una silla, con una vela encendida, los brazos en alto, murmurando cosas rarísimas y con la mirada perdida en el infinito.
Casi me da un parraque.
Lo primero que siento es desilusión, luego un susto que me congela y, al final, me entra la risa.
Pablo
¿A quién estaba invocando? ¿O ahora reza así?
Berta
Tu madre es la culpable. Le había mandado hacer un conjuro, no me ha querido decir para qué.
La he dejado en trance y me he vuelto a la cama. Pero aún llevo el susto en el cuerpo.
Pablo
No es para menos, enana. Si es que mi madre manda conjuros como quien da los buenos días.
Tarda un rato en contestar. Cuando lo hace, el mensaje me deja helado.
Berta
¿Nos vemos mañana?
Una pregunta sencilla, inocente, natural. Una que tantas veces nos hemos formulado y que siempre ha resultado inofensiva entre nosotros… Hasta hoy. Hoy me incomoda. Me siento sucio. Culpable. No me atrevo a enfrentarla, pero tampoco la puedo ignorar.
Pablo
Supongo.
Berta
¿Supones?
La confusión me golpea y siento rabia hacia mí mismo.
No sé en qué maldito momento lo veo distinto.
Quiero verla, pero algo me frena. Quiero estar cerca de ella, pero la culpa me lo impide.
Cada pensamiento sobre ella me empuja y me retiene al mismo tiempo.
Estoy perdiendo el control y me da miedo.
Y mi cabeza va a explotar de un momento a otro.
Pablo
Nos vemos mañana.
Saco la valentía, o quizá al kamikaze que llevo dentro, y me lanzo. Sin pensar. Basta ya de darle tantas vueltas. ¡Es Berta! Mañana la veré y todo será como siempre. Mi cabeza me habrá jugado una mala pasada y toda esta mierda quedará en el olvido.
Pablo
Buenas noches, enana, espero que la abuela te deje dormir y no aparezca en tu habitación para hacerte magia negra.
Berta
Gracias. Ahora sí que va a ser imposible que cierre los ojos. Creo que voy a ir a tu casa a dormir.
Trago el nudo de la garganta. Al momento, agito la cabeza. No me voy a bloquear.
Pablo
Serás bien recibida, ya lo sabes.
No quiero ni imaginar la situación.
Berta
Buenas noches.
Menos mal que pone fin a la conversación.
Dejo el móvil boca abajo sobre la mesita. No quiero mirarlo.
No quiero pensar.
Solo quiero dormir.
Olvidar.
Mañana será otro día.
Y me reiré de todo.
Porque es ridículo.
Porque es Berta.
Mi mejor amiga.
Y solo eso.
Nada más.
Fin.