Entre tres 12 Berta
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12 Berta

BERTA

—Las matas callando, ¿eh, lagarta?

Mi abuela se asoma por la puerta de mi habitación con una sonrisa pícara y un sobre en la mano que agita emocionada.

—¿Qué hablas? ¿Por qué dices eso?

No entiendo nada.

—Te han dejado una carta en el buzón —anuncia—. Una carta de amor.

Se la lleva al pecho y suspira, como si estuviera metida en un culebrón. Me levanto de un salto de la silla del escritorio y se la arrebato.

—¿La has abierto? —le riño al comprobar que el sobre está rasgado.

—Claro. ¿Por quién me tomas?

Esta mujer es ingobernable. Hace lo que quiere, cuando quiere.

—Abuela, por favor —intento sonar seria—, existe una cosa que se llama intimidad.

—Intimidad, mis narices. Esta es mi casa y hago lo que me da la gana. Y, además, mi niña, conmigo no hay secretos. Te he cambiado demasiadas veces los pañales como para que ahora me ocultes algo.

Ni le respondo. La doy por imposible. Centro todos mis esfuerzos en sacar la carta del sobre con la delicadeza de quien desactiva una bomba. Estoy nerviosa. No tengo ni idea de quién puede ser y eso me intriga todavía más.

Esta tarde, a las 19:00 en el Buda.

Eso es todo. Le doy la vuelta a la nota con la esperanza de leer el nombre del remitente, pero ni una firma, ni una pista, ni un triste dibujito. Solo una frase escrita a mano, solitaria y misteriosa.

Estoy muy perdida. Puede ser de cualquiera de los tres, y a la vez me sorprende de cualquiera de ellos.

—Tienes un admirador con una caligrafía horrorosa —sentencia mi abuela—. ¡Qué barbaridad!

Su voz rompe el silencio y me recuerda que sigue aquí, pegada a mi lado, con la cabeza metida en la carta como si estuviera inspeccionando un manuscrito del siglo XV.

—Pero tú ponte guapa y disfruta. —Me da unos toques tan fuertes en el hombro que me hace tambalear—. Lo importante es cómo son en la cama.

—¡Abuela! —grito. Me tapo la cara con la carta mientras me consume la vergüenza.

Ella se ríe, ese tipo de risa que te hace querer matarla y abrazarla al mismo tiempo. Y sale de la habitación bailando a un ritmo que solo ella oye.

Repaso mentalmente a Mateo, Gorka y Víctor. Sus caras, sus voces, incluso sus gestos más absurdos, para ver quién encaja mejor en este inesperado detalle que me tiene con una sonrisa. Llego a la conclusión de que seguramente sea Víctor. Es el que parece más detallista y romántico.

Hago la prueba de enviarle un mensaje.

Berta

¿Tienes planes para esta tarde?

No tarda ni un minuto en responder. Sonrío, satisfecha. Cazador cazado. Está pendiente del móvil. Sabía que iba a leer la nota y esperaba mi reacción.

Víctor

Hola, preciosa. Pues me ha salido un trabajillo, no vamos a poder vernos.

Su mensaje me confirma lo que ya sospechaba: es él.

Siento un cosquilleo travieso en el estómago que mezcla sorpresa, emoción y deseo.

Mucho deseo. No puedo evitar que mi mente repase ese cuerpo que tanto me hace vibrar.

Esto ya no es solo un juego de notas y citas.

Es algo más, algo más cercano. Parece bastante interesado en mí, en provocarme, en complacerme con cada una de sus palabras. Y yo… yo solo voy a dejarme llevar.

Me miro en el espejo. Hacía tiempo que no me enfundaba en este vestido corto negro, sencillo pero elegante, que abraza mi figura y deja apenas espacio para la imaginación.

Me gusta lo que veo. Me echo mi perfume favorito, el que me hace sentir…

peligrosa. La ocasión lo merece. Respiro hondo y salgo de casa.

Nada más abrir la puerta, unas voces me llegan como un golpe inesperado. Me pongo nerviosa e intento meterme de nuevo en casa, pero es demasiado tarde, me han visto.

—¡Berta! —grita Martina mientras se abalanza sobre mí—. ¡Pareces una princesa!

Busco a Mateo con la mirada y lo encuentro serio, de brazos cruzados. Sus ojos recorren mi figura de arriba abajo, parece analizarme centímetro a centímetro.

—Berta…, hola —saluda y alza una ceja.

—Hola —respondo, algo tímida, consciente de que estar tan arreglada me delata más de lo que quisiera.

—Estás… estás muy guapa. ¿Tienes… una cita? —pregunta, y percibo un deje de celos en su tono.

—Algo así —contesto, nerviosa, y cambio rápido de tema—. ¿Y vosotros? ¿Dónde vais?

Señalo las mochilas y la nevera apoyada en el suelo.

—¡Al camping! —chilla Martina, y salta de un lado a otro emocionada—. ¡Nos vamos papi y yo, los dos solos!

La niña parece decidida a acaparar toda nuestra atención y yo lo agradezco. Mientras Mateo suspira con paciencia y la observa, yo recupero la compostura y disfruto del caos divertido que ella provoca sin darse cuenta.

—¿Quieres venir con nosotros? —me invita con la dulzura que le caracteriza.

Su padre tose y la detiene con una mano en el hombro.

—Martina, cariño, Berta tiene una… cita —aclara Mateo, y remarca la palabra «cita» con un leve énfasis que me encoge un poco el corazón.

La niña frunce el ceño, pero le dura un segundo, pronto sonríe traviesa y vuelve a su entusiasmo habitual.

—Tengo que irme. Pasadlo muy bien —me despido.

Le doy un beso en el pelo a Martina y, antes de irme, lanzo una mirada rápida a Mateo. Me devuelve una sonrisa cordial, a pesar de que sus ojos no consiguen ocultar la desilusión.

Bajo por las escaleras con prisa, incapaz de esperar el ascensor a su lado. Un pequeño pinchazo me obliga a apretar los labios sin querer. Me da pena por Mateo, sí, pero ha tenido diez malditos años para darse cuenta de que existo.

Definitivamente, la cita misteriosa no es con él. Uno tachado de la lista, aunque tampoco me sorprende.

Lo que sí que me deja boquiabierta es lo que veo un poco antes de llegar al Buda, o, mejor dicho, a quién.

¡A Gorka!

Camina en dirección a la coctelería.

¿En serio? ¿Gorka? ¿La cita es con Gorka? Una cita… ¿romántica? Me descoloca por completo. Era al último de los tres que me esperaba encontrar. No lo imaginaba tan atrevido.

Mi cabeza se llena de preguntas al instante, con una mezcla de desconcierto y curiosidad.

Dobla la esquina y dejo de verlo.

Todo lo que había anticipado para la tarde se desmorona. No voy a ver a Víctor. Entonces… ¿es verdad que está ocupado? Me había preparado para él, imaginado cada detalle, y ahora todo se derrumba y se cambia por la incertidumbre de lo que está a punto de ocurrir con Gorka.

Jamás me hubiera imaginado una cita con él. Es un simple compañero de clase. Pero ya estoy aquí. De perdidos al río y que sea lo que tenga que ser.

Me planto frente a la puerta del Buda y cojo aire antes de entrar. Al abrir, me recibe una melodía suave que se enreda con el aroma de cócteles. Las luces de colores bailan por la sala y se reflejan en cristales y paredes. Apenas se oye murmullo, el local está sorprendentemente tranquilo.

Recorro la barra con la mirada y distingo a alguien sentado de espaldas a mí. Debe de ser él. Es el único que está solo.

A medida que me acerco, el corazón se me acelera. Porque no es Gorka.

Conozco esa espalda a la perfección, la manera de agarrar la copa, de sentarse, ese pelo rebelde y la camiseta que yo misma le regalé para su último cumpleaños.

—Pablito —digo su nombre a la vez que apoyo la mano en su hombro, y una inmensa felicidad me invade de golpe.

Se gira hacia mí con esa sonrisa radiante que lo ilumina todo y, sin pensarlo, me lanzo a abrazarlo con toda la energía que tengo.

—¿Qué haces aquí? —le pregunto todavía en sus brazos. Me hace mucha ilusión que sea él.

—Hacía mucho que no salíamos, ¿no crees?

No sé qué decir, solo sé que la idea de que la «cita» sea con Pablito me relaja. Es la mejor compañía, ese lugar seguro donde las conversaciones fluyen sin esfuerzo, donde las risas llegan solas y donde puedo ser yo misma, sin medir cada gesto.

—¿Qué bebes? —pregunto, señalando su copa.

—Pacharán. —Esconde una sonrisa y se muerde el labio—. Jamás le confesaré a tu abuela que me gusta.

—Pues que sean dos. ¡Otro pacharán, por favor! —le pido al camarero con la mano levantada.

Aparto el taburete que está al lado de Pablito, me siento y me inclino hacia su oído.

—Tu secreto está a salvo conmigo.

—No esperaba menos —responde con complicidad.

Me tiende su vaso cuando el mío aterriza en la barra. Lo tomo entre mis dedos y chocamos los bordes con un leve tintineo.

—Por los secretos compartidos —susurra, mirándome a los ojos.

—Y por las citas entre amigos —añado yo.

El primer sorbo de pacharán me quema la garganta. Él se ríe mientras me observa por encima de su vaso. Con una mirada intensa, en la que percibo un pensamiento que está a medio camino entre sus labios y el silencio.

—Dilo —le incito.

Vuelve a sonreír, sabe que lo conozco demasiado bien, igual que él a mí. Por eso tiene claro que no voy a parar hasta sacarle lo que le ronda la cabeza.

—Pues que somos algo más que amigos…, ¿no? —se atreve al fin a poner en palabras.

Mi ceja se alza por instinto.

—¿Ah, sí? ¿Y qué se supone que es ese algo?

Apoya el vaso en la barra y se toma su tiempo. Cuando se decide a hablar, lo hace mirándome de frente.

—Ese algo que nace de la confianza, de la cercanía, del paso de los años… y de la libertad de decirnos cualquier tontería que se nos pase por la cabeza sin que el otro se moleste.

—Pablito… —resoplo, exagerando el asombro—. Ya me estaba empezando a preocupar. Te veía tan intenso que creía que te ibas a declarar.

Me río, y él carraspea, algo incómodo y nervioso, y ese detalle no me pasa inadvertido.

—Pero nada de eso —continúo—. ¡Resulta que me estabas proponiendo un pacto! ¡Un permiso oficial para chincharnos de por vida!

Se ríe ante mi ocurrencia.

—Exacto. Para llamarte idiota con cariño, siempre con cariño —sigue mi broma.

—Tienes un talento especial para sacarme de quicio, querido Pablito —me quejo.

—Y a pesar de eso sigues a mi lado…

—Y a pesar de eso sigo a tu lado…

Y es ahí, en ese instante, entre risas, miradas y vasos a medio vaciar, cuando pienso que quizá tiene razón. Lo nuestro siempre ha sido algo…, solo que ninguno de los dos se ha atrevido nunca a ponerle nombre.