Entre tres 11 Berta
43%

11 Berta

BERTA

Cuando nuestras madres salen a la terraza, un suspiro colectivo recorre el salón. Hemos permanecido congelados, clavados en el sitio, sin atrevernos ni a respirar. Poco a poco nos relajamos.

—Pues se ha quedado buena noche —suelta Pablito para destensar el ambiente.

Al instante, todos sonreímos. Decidimos ignorar el culebrón y volver a centrarnos en nosotros.

Víctor está a mi lado. Su brazo roza el mío con la suavidad de un roce casual, pero suficiente para que cada fibra de mi cuerpo reaccione. Lo miro sin disimulo y me recreo en cada músculo que se insinúa bajo la ropa. Todo en él me atrae de manera irracional. Parece una obra esculpida con precisión.

Me debato entre arrastrarlo a mi habitación o controlar mis impulsos y proponer un plan conjunto. Es mi amigo el que decide por mí.

—Bueno, chicos —dice Pablito con esa sonrisa suya que siempre parece tenerlo todo bajo control—. ¿Quién se apunta a una ronda de juegos de mesa?

—Yo, amor —apoya Zara—. Pero nada de trampas, que jugar limpio es ganar doble.

Busco la complicidad de Pablito, que me lanza una mirada rápida y disimulada. Ya sabe lo que pienso de la Mr. Wonderful.

—¿Víctor? —le pregunta a mi Aquaman.

—Por supuesto. Todo lo que sea competir me pone.

Me derrito. ¿Cómo suelta esa frase sin pretender trastocarme? A mí sí que me pone él. Y mucho. ¿Todavía estoy a tiempo de encerrarlo en mi habitación?

—¿Berta?

La voz de Pablito me devuelve a la realidad antes de que me pierda del todo en mis fantasías.

—Me apunto.

¿Cómo voy a dejar a Víctor solo?

—¿Josefina?

—Me estaba quedando traspuesta. Un pacharán más y me voy a la cama. La noche es para los jóvenes —dice mientras se rellena el vaso.

—¿Jugamos al Party? —propone Pablito—. Entre la mímica y los dibujos, seguro que nos echamos unas risas.

—Tú y yo mejor separados, porque si no les damos una paliza —afirmo sin dudarlo.

La complicidad que tenemos es innegable.

—Son muy buenos en este juego —le explica Zara a Víctor.

—Muchos años juntos. ¿Verdad, enana?

Pablito me sonríe con la boca y con los ojos. Yo le ofrezco el puño y él me lo choca.

—Somos imbatibles. Pero hoy juego con Víctor, así que… qué gane el mejor —lo desafío rasgándole la mirada.

—¿Que gane el mejor? ¡Nosotros! —asegura Víctor, convencido.

Y más me emociono yo con esa palabra. Nosotros…

¡qué bien suena! Me estremece pensar que ya tenemos un nosotros.

Y, mientras me dejo llevar e imagino nuestro futuro juntos —boda, hijos, casa con valla blanca y hasta un hámster—, Víctor me atrapa de repente entre sus brazos y me roba un beso fugaz que me trastoca y me deja con ganas de más.

Maldito Víctor. ¡Ya no voy a poder concentrarme en la partida! Ya me ha hecho perder igual que he perdido la poca cordura que me quedaba. Al próximo tonteo, lo secuestro en mi habitación.

Siento la mirada de mi amigo clavada en mi cara. La afronto con coraje. Está desconcertado, incapaz de comprender lo que acaba de ver. Me pregunta por Víctor con un gesto de cabeza. Yo respondo con una sonrisa tímida. Señala mi móvil. Lo cojo. Un mensaje.

Pablo

¿Estáis juntos?

Ya me gustaría, Pablito, ya me gustaría. Pero tiempo al tiempo. Todo lo que me propongo, tarde o temprano, lo consigo. Y este «nosotros» va por buen camino.

Berta

Nos estamos conociendo.

Pablo

No me habías dicho nada.

Berta

Ha ido todo muy rápido.

Pablo

Tenemos una conversación pendiente.

Berta

Cuando quieras.

Deja el móvil sobre la mesa sin mirarme. Se levanta para coger el juego y, a los pocos segundos, la caja cae frente a nuestros ojos con un gran estruendo. Todos nos sobresaltamos. Sobre todo mi abuela, que casi se cae de la silla.

—¡Pablito, leñe, qué susto me has dado! —lo reprende con un pescozón—. ¿Quieres hacer el favor de cuidar las cosas y no tirarlas con esa mala uva?

¿Ha sido a propósito? Lo observo con atención, intento descifrar qué pasa por la cabeza de mi mejor amigo.

Lo conozco demasiado como para saber que algo no anda bien.

Su expresión es seria, impenetrable. Casi nunca lo he visto así: tan hermético, tan distante, como si hubiera levantado un muro entre nosotros.

Prepara el juego sin ayuda de nadie. No me pasa desapercibido que, al terminar, le pasa un brazo a Zara por los hombros y la besa.

—¿Estáis listos? Podéis empezar vosotros, os damos ventaja. —Nos lanza el dado sin mirar. Víctor lo atrapa y comienza la partida.

Mímica. Coge una carta, la lee y sonríe.

Me hipnotiza con esos labios. La coloca boca abajo y se levanta de la silla con convicción.

Ahora ya no son solo sus labios, es todo su cuerpo el que me descuelga la mandíbula.

Parece tener claro lo que va a hacer, y, sin embargo, lo único que mueve es el pie, pisa una y otra vez, arriba y abajo, como si estuviera atrapado en un bucle.

No sé si está pensando o si ese movimiento ya forma parte del juego y me he perdido.

Espero una pista más clara, pero no parece tener intención de dármela. Su pie insiste. Así que, resignada, empiezo a lanzar respuestas al aire.

—¿Aplastar hormigas?

—Qué sádica, Berta. Las hormigas merecen vivir, porque incluso en su tamaño pequeño guardan la grandeza de la vida.

Zara tiene razón. Me pongo tan nerviosa con los juegos que digo tonterías como si no hubiera un mañana. Si luego me escuchara, seguro que me avergonzaría.

—¿Usar una máquina de coser? —continúo.

—No.

—¿Conducir un auto de choque?

—¿Por qué justo un auto de choque? —se sorprende Víctor—. No es conducir, no.

—Y yo qué sé, ¡dame más pistas!

Ni aunque se lo pida. Su pie sigue dale que te pego. Arriba y abajo. Arriba y abajo. Ya lo tengo metido en la retina y juro que me estoy mareando con tanto meneíto.

—¿Abrir un cubo de basura?

—No.

—¿Hacer la vendimia?

—No.

A mi abuela se le escapa la risa.

—¿Quieres hacer el favor de mover otra parte de tu cuerpo? —suplico, desesperada, a riesgo de que suene mal.

Empiezo a pensar que le falta un hervor. Y si Víctor me sale rana como Mateo, no lo voy a superar. En serio, entraré en modo catástrofe nacional. Pensaré que Lola me ha lanzado una maldición. Un conjuro que me deja sola y condenada a ser perseguida por unos pies que no paran de moverse.

—Es que la acción solo es esta, pero bueno, a ver si añado el contexto.

Al fin, un poco de lucidez. Cinco minutos le ha costado empezar a espabilar. Y en esos cinco eternos minutos habría escrito un tratado sobre la paciencia y aún me hubiera sobrado tiempo para aprender a tocar el ukelele.

—Eh, no vale hablar —lo reprende Zara.

No sé en qué momento Víctor empieza a quitarse la camiseta.

Sí, la camiseta. Mi sofoco asciende al mismo ritmo que su torso queda al descubierto.

Cada cuadradito me lleva al borde del infarto.

Parece que todo a mi alrededor se ha detenido y solo se mueva él a cámara lenta ante mis ojos.

Todo mi mundo se ha reducido a Víctor. No hay nada que pueda hacer para escapar de esta atracción.

Pero ¿qué se supone que hace? ¿En qué momento hemos dejado de jugar? ¿Me ha dado una embolia y estoy soñando?

Me da igual si le falta un verano, dos… o veinte. La poca agilidad mental queda eclipsada con semejante monumento. ¿Este exceso de perfección es legal?

—¿No se supone que estáis jugando al Party? —La voz de mi abuela suena como un eco lejano.

Tras quedarse desnudo de cintura para arriba, se tumba en el suelo, pone las manos detrás de la cabeza y me mira con esa seguridad que me deja sin aliento.

Este va más fuerte que yo. Ni siquiera necesita llevarme a la habitación.

¿Me está incitando a lanzarme sobre él? ¿Aquí, en medio y delante de todos?

Mi cuerpo responde antes que mi mente. Y, en un momento de impulsividad, a punto estoy de sentarme encima de él cuando unas manos me retienen y me liberan del bochorno que hubiera protagonizado. Es Pablito.

—Víctor, ¿me permites hacerle yo la mímica a Berta? Veo que no está entendiendo nada.

—Ni ella ni nadie —se ríe mi abuela—. Pero, al menos, nos regala un espectáculo digno de ver.

Víctor acepta. Se incorpora y se pone la camiseta bajo mi atenta mirada. Sigo abducida por este huracán de perfección que tengo delante.

Me obligo a mirar a mi amigo. Me reclama. Lee la carta y se pone en acción. Hace como que infla algo con la boca. ¿Una colchoneta? Sí, se tira al agua con ella. Lo tengo claro.

—¡Hinchar una colchoneta! —grito emocionada.

Me choca la mano y me abraza. No es el abrazo cálido y envolvente al que me tiene acostumbrada. Hay distancia, contención. Pero también un reconocimiento silencioso de nuestra complicidad. Somos un gran equipo.

—Diez segundos —se pavonea, con el brazo aún sobre mis hombros.

—Yo es que soy de durar más. —Le guiña un ojo, y hay que reconocer que Víctor le gana la partida con ese comentario.

—No más peleas de gallos. Todos luchamos nuestras propias batallas y merecemos respeto —pone paz Zara.

El juego continúa con cierta tensión e incomodidad, hay miradas desconfiadas, movimientos calculados.

Pero, para cuando queremos darnos cuenta, aparecen las risas ante gestos exagerados y bromas tontas, dibujos deformes que nadie logra entender y tarareos chirriantes.

Al final, todo se vuelve un caos divertido que se convierte en un buen momento, mucho mejor de lo que esperábamos.

Nos despedimos con sonrisas y la promesa de volver a reunirnos para una revancha. Al final, Víctor y yo hemos ganado la partida. Y espero que no solo del juego, sino también de la vida. Merezco mi historia de amor. Una historia de amor tan bonita como la de mi mejor amigo. ¿La conseguiré?