Entre tres 10 Mariajo
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10 Mariajo

MARIAJO

Pues no sé por qué se ríe. Para tener cincuenta años no estoy nada mal.

Nunca he tenido cintura de avispa, yo soy más de curvas amplias.

Mis kilos están ahí, sí, pero al menos son sinceros, no se esconden.

Y yo me veo estupenda. Javier, mi marido, cuando estaba en vida, no paraba de repetírmelo, y él tenía buen ojo, ¡menos a la hora de elegir camisas!

¡Qué hortera era el condenado! Tenía un don especial para elegir los estampados más feos de cada tienda.

Y hablando de hombres, mi amiga Lola se va a traer a la cena a su ligue, el del interné. Estoy que no me lo creo. ¿Así de en serio van? Pasa tanto tiempo con él que apenas me ha podido poner al día.

También viene el fontanero, no sé qué pinta en la cena, pero viene.

—Sube la tiparraca de tu amiga, que viene acompañada —anuncia mi madre mientras presiona el botón del interfono—. A esta no hace falta que la anime a vivir la vida, que ya lo hace ella solita. Menuda es.

Se presenta de la mano de un hombre alto y esbelto. De buen ver. Ahora entiendo su cara radiante de felicidad. Me alegro por ella.

—Juan.

Me saluda con dos besos. Intensos, marcados, más largos de lo estrictamente necesario.

—María José De los Santos —le respondo con voz firme, y doy un paso atrás para marcar la distancia.

—Lo sé, tu amiga me ha hablado de ti. Tenía ganas de conocerte.

Lo dice de una manera tan sugerente que entiendo lo que Lola ha visto en él, derrocha magnetismo y seguridad.

Sin embargo, me resulta inquietante, hay un brillo sutil y calculador en su mirada que no me acaba de convencer.

Aparece mi amiga. Observo cómo sus manos se rozan, cómo su risa vibra en perfecta sintonía. Ella se cuelga de su brazo y lo mira fascinada.

—¿Verdad que es encantador? Tiene una energía pura y limpia, me transmite mucha paz.

Y yo, desde mi lugar de espectadora, contengo una mezcla de admiración y cautela, consciente de que hay una sombra en él que no me termina de encajar, aunque la felicidad de ella lo ilumine todo.

El timbre desvía nuestra atención. Ha llegado Zara, tan estilosa como siempre. Saluda a Pablito entre besos y abrazos que él recibe gustoso. Hacen una pareja preciosa.

El último en aparecer es el fontanero. El que todavía no sé qué pinta en la cena, pero, donde caben dos, caben ocho. Y un brindis en señal de agradecimiento no se lo negamos a nadie.

Tras unas presentaciones y conversaciones banales, nos sentamos a la mesa.

El despliegue alrededor del mantel es casi estratégico.

Mi madre se acomoda con esa parsimonia suya, mientras yo intento controlar el tráfico visual desde mi silla.

Lola se instala en un rincón, pegada a Juan, como si temiera que se fuera a evaporar.

Destilan esa complicidad empalagosa de las parejas nuevas.

Al otro lado, Pablito y Zara forman un bloque indivisible de mimos y elegancia.

Mis nervios llegan cuando Víctor, el fontanero, se planta justo al lado de Berta.

Ella ni disimula, se sienta con una rapidez sospechosa.

El murmullo inicial se transforma en un intercambio de sonrisas curiosas: hay caras conocidas que se buscan con confianza, y rostros nuevos que despiertan expectación.

El primero en tomar la palabra es el último en llegar: el fontanero, que se presenta como Víctor.

Tiene tanta naturalidad que parece conocernos de toda la vida, cuando hace apenas unas horas que sabemos de su existencia.

Recuerda el caos que encontró ayer en nuestro piso con la fuga y lo relata con tanta gracia que acapara la atención de todos nosotros.

¡Qué majo es este chico! Uno así quiero para mi Berta cuando sea mayor: trabajador, simpático y guapo, lo tiene todo.

Pero, vamos a ver, que yo me dé cuenta no significa que ella también tenga que hacerlo.

¿Por qué lo mira con esa cara de boba? Carraspeo para llamar su atención y, cuando se da por aludida, la reprendo con un gesto severo.

¿Pero qué se ha pensado? ¡Todavía es una chiquilla, no le puede gustar nadie!

Tendré que mantener todos mis sentidos alerta durante la cena.

Miro al otro nuevo integrante, Juan. Está recostado con un brazo sobre el respaldo de Lola. No interviene, pero observa cada detalle. Su mirada se cruza con la mía. Una mirada seria que pretende intimidar. Y lo consigue.

—¿Un pacharán? —Escucho decir a mi madre.

—Pues hoy no te diré que no.

Me echo tan poco que solo me da para mojarme los labios. Lo suficiente para rebajar la tensión y continuar en plenas facultades para seguir con la guardia.

De repente, siento una caricia bajo la mesa. Un pie asciende por mi pierna con lentitud. Me sobresalto. ¡Lo que le faltaba a la cena! ¿Pero esto qué es? Mis ojos recorren la mesa en busca del culpable. Nadie me mira, todos parecen absortos en sus conversaciones, como si yo fuera invisible.

La situación se vuelve aún más surrealista cuando el pie roza la rodilla y está a punto de entrar en terreno peligroso. ¡Se acabó!

Me asomo y, para mi sorpresa, es el pie del fontanero. ¿Perdona? ¿Pero este quién se cree que es? ¡Si podría ser su madre…! ¡Degenerado! ¿Por eso ha querido venir? ¿Pretende tirarme los tejos? Le doy una patada. Y a la próxima lo mando para su casa.

¡Ya no lo quiero para mi hija!

Se pone nervioso, no le ha gustado mi reacción, pero ¿qué esperaba?

Lo veo inclinarse hacia mi niña. Le susurra algo al oído y ambos estallan en risas y me miran avergonzados. Entonces lo entiendo todo. Y aún me asusto más. La caricia no iba para mí, sino para ella.

¡Y eso es aún peor!

Estoy atacada. ¡Pero si es una niña!

Busco complicidad en mi amiga. Ni me mira, está demasiado ocupada en hacerle carantoñas a su acompañante.

¿Qué les pasa a todos? Qué poca vergüenza, ¡y delante de su hijo!

No puedo evitar dejar asomar una cara de asco.

Juan me pilla y me sonríe. Mientras mi amiga ha pasado a morderle la oreja.

No me lo puedo creer. Qué cena tan incómoda.

Decido refugiarme en mi teléfono. A ver si me sube la moral revisar mi cuenta de influyente y comprobar que ya me he hecho famosa. No. Cinco. Cinco seguidores. Con lo en serio que me estoy tomando mi nueva profesión. Vivo enganchada al móvil como una adolescente.

De repente, mi último seguidor, @juanka.galeon, me envía un mensaje. No sabía que se podía enviar y recibir mensajes por aquí. Qué emoción. Esto es como las cartas que me enviaba mi Javier desde la mili, pero en versión moderna.

@juanka.galeon

Me pareces una mujer elegante y preciosa.

Me ruborizo. Qué cosa más bonita me ha dicho. Estoy tentada de enseñárselo a mi madre para que vea que sigo llamando la atención del género masculino.

@afroditadealfredito

Gracias, Juanka. Eres muy amable.

@juanka.galeon

Perdona mi atrevimiento, pero me gustaría conocerte más en profundidad.

Me altero. Uy, lo que me ha dicho. En profundidad.

No sé qué contestarle. Yo no estoy para meterme en estos jardines. Eso se lo dejo a mi amiga. La que restriega su nariz por el cuello de su invitado que otra vez me pilla mirando y sonríe.

@juanka.galeon

Me gustaría. Mucho.

¿Pero qué le pasa? Pues sí que tiene interés de golpe. Con la de vídeos que he subido y me lo dice justo ahora. ¿Qué se supone que se responde? Todavía se me escapan estas modernidades.

@afroditadealfredito

Sí, bueno, podemos vernos. Algún día, ya, si eso.

Dejo el móvil sobre la mesa, espero que haya entendido mi negativa y deje de escribirme. Pero no, una nueva notificación me obliga a cogerlo de nuevo. ¿Qué más quiere?

@juanka.galeon

Estoy en la calle Neptuno.

¡Asustarme, eso quiere! ¡La calle Neptuno es la mía! Es donde vivo, donde estoy ahora mismo. No sé si llamar a la policía o darle las gracias al destino.

@juanka.galeon

Número 9.

¿Cómo? Pero si el número 9 es mi bloque.

@juanka.galeon

En el piso 6.

Me da un microinfarto. No puede ser.

@juanka.galeon

Puerta 2.

Me muero.

@juanka.galeon

Sentado frente a ti.

¡La virgen! Pego un chillido que me desgarra la garganta. Todos los comensales se preocupan, todos menos él, que sonríe. Será malnacido. ¡Pero si está con Lola!

—¡Asqueroso! —chillo y me pongo de pie.

El fontanero se incorpora de un brinco y pide perdón, aterrorizado.

—Perdón, perdón, no pretendía…, a ti no…, no quería…, perdón…

—¡Aparta! —Le empujo y señalo a Juan, o @juanka.galeon, o como narices quiera llamarse, hecha una furia—. ¡Tú! —Le clavo el dedo en el pecho—. ¡Eres un cerdo! ¡Un asqueroso! ¡Y un cabrón! ¡Con todas las letras!

Lola se interpone, no entiende nada. Lo mira a él, me mira a mí. Pregunta, pero ninguno responde. Solo hay murmullos y cuchicheos. Nadie sabe qué hacer, qué decir. Estoy fuera de mí y solo quiero sacarlo a patadas de mi casa y de la vida de mi amiga.

—¡Serás malnacido! ¡Fuera de mi casa!

Me posee el espíritu justiciero y le pego un empujón que, todo hay que decirlo, apenas le mueve del sitio.

—Mariajo, por favor. —Mi amiga me coge del brazo—. Necesito saber qué pasa.

—¡Juan ha intentado cortejarme! —suelto furiosa—. Tengo la conversación en el móvil.

Los murmullos se hacen más fuertes.

—¿Cortejar? ¿En qué siglo vive mi madre? —se burla mi hija.

Le lanzo una mirada severa, no estoy para tonterías.

—Pues anda que la mía, menudo sexto sentido tiene la bruja Lola para elegir hombres —bromea Pablito.

—Mariajo, no te abraces al enfado, abrázate a la luz que calma tu ira.

Ya está Zara con su frase moñas que estoy por tatuársela en la frente.

¿Alguien más quiere intervenir?

—Venga, un poco de pacharán para destensar los cuerpos. —La que faltaba, mi madre.

—¡Ya basta! —chilla Lola.

Todos nos callamos de golpe. Y, antes de que podamos reaccionar, coge la botella y la vierte entera sobre la cabeza de Juan. Él sonríe, con una sonrisa que acepta la derrota. Se siente cazado y no opone resistencia. Menea la cabeza y salpica gotas de agua y humillación.

—Largo de aquí, ¿me has oído? No quiero verte nunca más.

Saca de dentro una fuerza desmedida y consigue echarlo de casa con una determinación que corta el aire. Juan, empapado y aturdido, apenas logra mantener la compostura que se empeña en fingir. Sus labios permanecen sellados. Sabe que cualquier cosa que diga será inútil.

En cuanto mi amiga cierra, se apoya en la puerta y deja escapar un suspiro profundo.

Camino hacia ella, con el corazón encogido, atrapada entre la necesidad de explicarme y la culpa que me quema por dentro.

Pero no me deja pronunciar palabra. Me envuelve en un abrazo cálido y firme, y, en ese gesto, me da más de lo que jamás habría podido decirme con palabras.

Me da las gracias, me recuerda lo afortunada que es por tenerme, y entonces entiendo que no necesita pruebas, ni razones, ni explicaciones.

Ella me cree. Ella confía en mí con los ojos cerrados.

Y, en ese abrazo, tan simple y tan hondo, me recuerda que, pase lo que pase, nunca estaremos solas, porque nos tenemos la una a la otra.