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BERTA

Sigo trastocada después del beso que nos hemos dado, justo antes de que mi abuela irrumpiera con un vaso de agua y la botella de pacharán, por si el fontanero había cambiado de idea.

Porque menudo beso…, breve, pero lo bastante intenso como para sacudirme por completo.

Hacía tiempo que un simple contacto no me encendía así, como si todo dentro de mí se hubiera despertado de golpe.

Aún tengo el corazón desbocado y la mente atrapada en ese instante, repitiéndolo una y otra vez.

Y es curioso… porque ha sido todo lo contrario al beso de Mateo.

Mateo, mi amor platónico, el que durante años ha ocupado cada rincón de mi cabeza, el que he creído dueño absoluto de mi corazón, el que tenía en un pedestal tan alto que casi me daba vértigo mirarlo.

Lo he idealizado y lo he subestimado tanto que, cuando por fin lo he tenido, me ha dejado bastante fría. Como una sensación vacía.

Nada de ese cosquilleo absurdo que te deja sin aire.

Nada.

No he sido consciente hasta compararlo con el beso de Víctor. Porque lo de Víctor ha sido fuego real. Una explosión que me ha atravesado entera y me reclama de nuevo.

Duele admitir que esa intensidad no la he sentido con Mateo, pero, al mismo tiempo, hay algo reconfortante en recordarlo. La vida es así: impredecible y, a veces, te sorprende con lo que menos esperas.

Y a mí me ha sorprendido con Víctor.

Ya estoy deseando volver a verlo. Se ha ido con prisas, reclamado por la llamada urgente de su jefe.

Nuestra despedida ha sido rápida y contenida, pero nuestras miradas lo han dicho todo.

No tarda en llegar su esperado mensaje.

Quiero verte esta misma noche, no acepto un no por respuesta

Un escalofrío me recorre el cuerpo. Lo que me provoca con solo una frase no es ni medio normal.

Voy a responderle que sí cuando caigo en la cuenta de que es lunes. Lunes de huevo frito con patatas. De tradición familiar. No puedo fallar. ¿O sí? ¿Qué pasa si me invento una excusa? Solo será esta vez. No, borro la idea de mi cabeza. No se lo merecen.

Entonces se me ocurre la solución. ¿Y si lo invito a cenar con nosotros? Me envalentono y le envío la propuesta. Tarda en contestar, pero acaba aceptando.

Estoy nerviosa, ¿no es muy precipitado meterlo en la familia? Claro que será bajo el pretexto de habernos ayudado como fontanero. Lo que pase debajo de la mesa va a quedar entre nosotros. Sonrío maliciosa.

Debería comprar más comida, imagino que a tanto músculo habrá que alimentarlo bien. Y, ya de paso, una botella de vino. Por si acaso. No nos vendrá mal.

Bajo en el ascensor y, al salir tan decidida, me choco, literalmente, con Mateo.

¡Mateo!

Pego un respingo y él me sujeta con fuerza y una sonrisa de medio lado.

—Tú también estabas deseando echarte a mis brazos —bromea.

Sí, cuántas veces he fantaseado con esto. Con estar así de cerca. Con que me mirara de esta forma. O, simplemente, con que se dirigiera a mí. Me conformaba con poco. Cualquier mínimo gesto que me hiciera sentir visible ante sus ojos.

Sonrío a modo de respuesta. No me salen las palabras. Aún me intimida. Han sido demasiados años babeando por él y besando el suelo por el que pisaba.

Porque Mateo lo tiene todo para gustar. Es sensual, maduro, seguro de sí mismo. Y guapo. Guapo a rabiar.

Intento apartarme, pero, sin darme cuenta, termino encajada entre él y la pared. Sus brazos me rodean, su respiración roza la mía, y el mundo parece detenerse.

—De aquí no te mueves hasta que no me des un beso.

La frase es directa. Tentadora. Y mi corazón se acelera, más por los nervios que por el deseo. Es él. Es Mateo. Me pide que lo bese. Y, por un instante, quiero que insista, que me atrape más fuerte, que convierta en realidad todo lo que he imaginado durante años.

Mis ganas y mis miedos se mezclan. ¿Y si ahora sí? ¿Y si este beso es el que lo cambia todo? ¿Y si el primero no contó porque estaba demasiado nerviosa?

No quiero rendirme. No todavía. No después de tantos años.

Solo hay una manera de saberlo. Y estoy dispuesta a intentarlo.

—Berta…

Una sola palabra basta para que me lance a su boca y atrape el gemido que se escapa de su garganta.

No me puedo creer que me esté besando de nuevo con él.

Esta vez quiero sentirlo todo, vivir cada roce, cada pausa, cada detalle que se me escapó la primera vez.

La curiosidad me impulsa a desear que este beso sea distinto.

Su boca sobre la mía es cálida y segura. Mis manos buscan las suyas, entrelazo nuestros dedos, intento aferrarme a algo, buscar un vínculo… Un vínculo que no termina de formarse, no lo suficiente.

El beso que debía confirmar todo, y en el que había depositado tantas esperanzas, se siente como un intento torpe de algo que nunca sucederá. Y me siento confusa.

Me separo de él, frustrada. Enfadada conmigo misma.

¿Por qué no siento nada?

¿Por qué, después de tanto quererlo, mi cuerpo no responde?

Tal vez no he estado enamorada de Mateo. Tal vez he estado enamorada de la idea de él.

—¿Estás bien? —se preocupa por mi reacción.

No sé qué decirle, no sé lo que quiero. Todavía tengo esperanzas. Me gusta mucho. Es Mateo. Me niego a aceptar que tantos años suspirando por él terminen así. ¿Amor y pasión no deberían ir de la mano? ¿Se puede querer a alguien y no sentir ni química ni atracción?

Qué desilusión. Ahora que por fin me hacía caso…

—Me pones mucho. —Su voz ronca me atraganta y tengo que toser.

Ya me gustaría que me pasara lo mismo con él.

Mi cabeza me pide huir. La situación me incomoda y necesito escapar. Me deshago de sus brazos y salgo a la calle sin despedirme. No debe de entender nada, pero ahora mismo no me importa lo más mínimo.

En la calle, me siento mejor. El aire me despeja. Me seco la boca con el dorso de la mano, quiero borrar cualquier rastro suyo de mi cuerpo. Ya ni siquiera me impresiona haberme besado con él. Lo único que siento es rabia.

Rabia por no sentir lo que esperaba. Rabia por haber desperdiciado tantos años de mi vida en una fantasía. Y rabia, sobre todo, por haberme atrevido a hacerla real, cuando habría sido más sencillo dejarla en lo platónico, perfecto e inalcanzable.

Duele aceptarlo. Durante años me ha acompañado esa ilusión, ha sido un refugio secreto al que acudir. Y ahora ya no existe. Ni como sueño ni como realidad. Y es… extraño. Como perder algo que nunca fue del todo tuyo.

Por el supermercado voy despistada. Me detengo frente a las estanterías más de una vez, intento recordar qué necesito, porque he olvidado hasta mi propio nombre. Y, entonces, cuando recuerdo que he bajado a comprar más comida para… Víctor, mi pulso me provoca una sacudida.

Y aún me da más coraje. Porque esta es la maldita chispa que tendría que haber sentido con Mateo.

Llego enfadada a casa y lanzo la bolsa de la compra sobre el mueble del recibidor.

Menos mal que lo que me espera me hace sonreír y olvidarme de todo. Pablito, subido encima del unicornio, canta a pleno pulmón Me duele la cara de ser tan guapo, de Los Inhumanos. Mi abuela lo anima desde el sofá con entusiasmo. Solo le falta tirarle el sujetador como una fan loca.

Me apoyo en el marco de la puerta sin hacer ruido. El espectáculo es digno de ver.

—Wa shubi dubi du, wa shubi dubi du, wa shubi dubi du waa waa…

Pablito simula tocar una guitarra imaginaria y lo da todo con sus movimientos. En cualquier momento se cae del unicornio.

Percibe mi presencia con el último «waa» y, en vez de avergonzarse, entra en un estado de euforia y berrea a grito pelado. Me río. Salta del unicornio con poca elegancia y estilo y continúa bailando. Me coge de la mano y me hace dar una vuelta sobre mí misma.

Mi abuela marca el ritmo con palmas, encantada de la vida.

Pablito extiende el brazo y paso por debajo haciendo el limbo.

—Innova un poco más, Backstreet Boys —se burla de mí, y hace mención a nuestra absurda coreografía.

Le golpeo con el culo y me atrevo a dedicarle unos pasos algo más atrevidos.

—«Al espejo me miré y me excité mogollón» —canto mientras contoneo el cuerpo de forma sugerente.

Acabamos la canción con él a mis pies, simulando que se desmaya de emoción.

—Mira que es sexi tu nieta, ¿eh? —le dice a mi abuela.

—¿Acaso lo dudabas? Le viene de familia —fanfarronea ella.

Le tiendo la mano a mi amigo y lo ayudo a levantarse del suelo. Una vez en pie, me rodea los hombros y se acomoda sobre mí con total confianza.

—¿Qué es lo que nos viene de familia? —pregunta mi madre que acaba de entrar en el salón.

—A ti nada, cariño, la buena genética se saltó tu generación —responde mi abuela, tan ancha.

Mi amigo y yo nos miramos con los ojos desorbitados. Mi pobre madre debe estar llena de traumas… y todos llevan la firma de la suya.