Entre tres 8 Víctor
33%

8 Víctor

cWN

VÍCTOR

Aparco la furgoneta justo en la puerta de mis clientas y descargo las baldosas. Pesan tanto que parece una sesión de gimnasio. Me miro los brazos: la camiseta negra de tirantes marca cada músculo. Estoy orgulloso del trabajazo que me pego.

Tengo ganas de subir al sexto piso y ver a la morena que me espera. Desde ayer no he dejado de pensar en ella. Es un bombón.

Llamo al interfono.

—¿Quién?

Es ella. Reconocería esa voz en cualquier parte.

—Víctor.

—¿Y quién es Víctor?

Es verdad, no lo sabe.

—El fontanero —especifico.

No me gusta decirlo. No me gusta mi profesión. Yo iba para policía. Policía. No sé en qué momento mi vida se torció. Aunque, pensándolo bien, si equivocarme me ha traído hasta aquí, quizá no fue tan mala decisión.

—¡Sube!

Se alegra y se apresura a abrir, y yo me apresuro a subir.

Me espera en el rellano. Y se me olvida todo. Está irresistible. Su mirada me atraviesa y me arrastra hacia ella con una fuerza invisible.

—Hola, guapa. ¿Cómo estás? —pregunto, cuidando de que mi voz no me traicione y lo afirme.

—Con ganas de que vinieras.

Sonrío por su descaro. El aire entre nosotros se carga de una tensión imposible de ignorar.

—Lo digo porque no nos gusta tener el lavabo en las condiciones en las que está —añade con una sonrisa coqueta.

—Claro. —Me humedezco los labios—. ¿Por qué si no?

Me deja pasar. Entro en su piso cargando una caja de baldosas en cada brazo.

Casi cuarenta kilos tiran de mí hacia abajo, pero me empeño en aparentar firmeza mientras, en silencio, solo rezo para que no se me resbalen.

Paso por el salón, ya conozco el camino.

El unicornio sigue ahí, plantado en medio.

No encuentro ninguna explicación a tener una escultura tan grande en una casa, pero lo rodeo como si fuera una rotonda y me adentro en el pasillo.

Los pasos de la morena me siguen.

Al llegar al lavabo dejo las cajas en el suelo con cuidado y alivio. En los brazos aparecen las marcas por el esfuerzo.

Ella, apoyada en el marco de la puerta, no me quita ojo.

—¿Vas a ayudarme otra vez? —le propongo.

Deseo que acepte para que vuelva a tocarme como ayer. Por suerte para ella había más personas presentes, sino… no hubiera respondido de mis actos.

—En lo que necesites —se ofrece.

Joder. Esa seguridad me mata.

—Entonces, ya que vamos a trabajar mano a mano, me gustaría saber al menos cómo te llamas —intento sonsacarle.

—Berta.

Su nombre, dicho por sus labios, me parece la palabra más sensual del mundo.

—Encantado, Berta, yo soy Víctor.

Le ofrezco la mano. La acepta. Primer contacto del día. Y espero que no sea el último.

Nos quedamos demasiado cerca. Demasiado tiempo. Nuestras manos no se sueltan y nuestras miradas se dicen todo lo que aún no hemos pronunciado. Lo siguiente será atraerla hacia mí. Lo dejo en ella. Si vuelve a mirarme la boca, la beso. Lo juro: la beso.

Y lo hace. Me mira la boca.

—¡El fontanero! Qué alegría más grande.

La mujer mayor y dicharachera del otro día interrumpe en el momento más inoportuno.

Separamos nuestros cuerpos, pero nuestras manos son incapaces de soltarse. Tienen vida propia. La aprieto con más fuerza y ella me responde de la misma manera. Me está poniendo cardíaco.

—¿Quieres tomar algo? ¿Un pacharán? —me ofrece la mujer.

Apenas puedo prestarle atención, estoy más pendiente de Berta y de la manera en la que se aferra a mi mano.

—Un pacharán no, pero no te rechazaré un vaso de agua —le pido, solo para que se vaya.

—Marchando un vaso de agua para el muchacho.

Y se va. Por fin.

Berta se muerde el labio en toda una declaración de intenciones. No hay duda posible. La acerco sin pensarlo y presiono su cuerpo al mío. Pierdo el control.

Paseo despacio un dedo por sus labios. Húmedos. Tentadores. Lo atrapa entre sus dientes como quien marca territorio. Una risa contenida se le escapa y con ella se me rompe el último hilo de paciencia.

Me abandono al impulso y la beso.

Primero lento, como si aún pudiéramos echarnos atrás. Luego con la urgencia de las ganas contenidas.