7 Berta
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BERTA
El pobre fontanero debe de pensar que estamos locas.
Mis manos parecen diminutas en comparación con sus piernas, apenas consigo rodear la mitad de sus muslos enormes y duros.
Jamás había tocado un cuerpo tan esculpido.
Lo que todavía no entiendo es por qué me ha pedido que le sujete cuando debe de estar más que acostumbrado a subirse a escaleras.
Además, si se cae semejante mole, yo poco podría hacer, salvo morir aplastada.
Pero no me quejo. A nadie le amarga un dulce.
—Pues ya estaría, arreglado. —Lo suelto y me aparto a un lado para dejarle bajar de la escalera—. Ahora solo faltaría comprar las baldosas que se han roto y volver otro día a terminar el trabajo.
Vamos a volver a vernos. Por dentro sonrío de manera triunfal. Por fuera me mantengo serena. No quiero que se me note.
—¿Me das tu número de teléfono para avisarte cuando tenga el material?
Me sobresalto. Me lo está pidiendo a mí.
—Por supuesto, apunta —respondo sin dudar ni un segundo.
A los pocos minutos de cerrar la puerta de casa me llega un mensaje. Es él. Tiene que ser él. Qué poco ha tardado en hablarme.
¿Quieres que nos veamos?
Casi lanzo el móvil por los aires de la emoción.
No puedo estar más feliz. Sabía que también me había echado el ojo.
Si es que estoy en racha. Menudos días llevo.
Seguro que Lola me ha hecho reiki mientras dormía, me ha alineado los chakras y me ha liberado de bloqueos y mal de ojo.
¡Si es que me la como! Toda la vida riéndome de sus poderes de bruja y van a resultar ser ciertos.
Cuando estoy a punto de dar saltos sobre el sofá, llega otro mensaje.
Perdona, soy Gorka, tu compañero de la universidad, que no te lo había dicho. ¿Quieres que adelantemos lo que nos queda de trabajo?
Mis ilusiones se estampan de manera estrepitosa contra el suelo… y yo voy detrás. Calculo mal, pongo un pie en el aire y caigo del sofá con un golpe seco. Resoplo, enfadada. Maldito Gorka.
—¿Pero qué es este escándalo? —Mi madre aparece seguida de mi abuela.
—Me he caído del sofá. Me duele el pie —me quejo, apretando la zona afectada.
—Eso te pasa por saltar encima del sofá, malnacida —sentencia mi abuela mientras me da una colleja, lo que me faltaba—.
¿Qué te tengo dicho? Que cuides las cosas.
A los jóvenes de hoy en día os lo dan todo hecho y luego no valoráis nada.
Tendríais que haber nacido en la pobreza.
Anda, tómate un vaso de pacharán y se te pasa la tontería.
Mi móvil vuelve a sonar.
Puedo ir ahora a tu casa, me han dado la mañana libre en el trabajo.
Será pesado…
Un vaso bien cargado de pacharán aparece frente a mí. Mi abuela lo acompaña con otro al que le da un trago largo que lo deja casi vacío. Imito el gesto, para sorpresa de mi madre.
—Salud. —Brinda la fan incondicional del pacharán, orgullosa.
Le respondo a Gorka que sí, que puede venir a mi casa. Ahora.
¿Ahora? Me maldigo en cuanto le doy a enviar. ¿Por qué narices no sé decir que no? ¿Y por qué, otra vez, en mi casa? Quiero borrar el mensaje, pero ya lo ha leído.
Perfecto. Ahora mismo voy.
Lo que no esperaba es que ese «ahora mismo» fuera tan literal. Porque el timbre suena y a mí me recorre un escalofrío. Me empieza a dar miedo. ¿Y si está obsesionado conmigo?
No tarda en subir. El ascensor parece haber ido a la velocidad de la luz.
Me termino el pacharán sin respirar y abro la puerta.
Intenta saludarme con dos besos que esquivo como si no me hubiera dado cuenta. Le devuelvo un «hola» seco y le invito a seguirme hasta mi habitación. Mierda. La cama está sin hacer y la peste a choto invade el pasillo.
—¡Un momento! —le cierro la puerta en las narices. Creo que incluso le he golpeado, pero no tengo tiempo para asegurarme.
Abro la ventana con aspavientos para que entre el aire y ventile la estancia. Hago la cama. Despejo el escritorio. Recojo la ropa amontonada en la silla. Pulverizo medio bote de colonia. Y vuelvo a abrir.
Su cara es puro desconcierto y su mano se toca la nariz. Sí, le he golpeado.
—¡La puerta abierta y las manos donde yo pueda verlas! —ladra mi madre desde el pasillo.
No le contesto, pero obedezco.
Nos sentamos frente al ordenador. Ya ni recuerdo en qué apartado dejamos el trabajo.
Y menos después del reventón, el fontanero y mis manos en su culo.
Me obligo a centrar la atención y la vista en el ordenador, y, cuando lo hago, veo las letras borrosas.
Como si se movieran. Pego golpecitos en la pantalla, para arreglarla.
Todo el mundo sabe que los aparatos electrónicos se arreglan a golpes.
—¿Qué haces? —me pregunta Gorka.
—Las letras, no sé qué le pasa al ordenador.
—No veo nada raro.
—Claro que sí, se mueven. Así es imposible atinar con el ratón.
—Berta, ¿estás bien? —Por su voz parece preocupado.
—¿Estás bien tú? —Este chico me desespera. ¿No ve que la pantalla está borrosa?
—Os traigo un pacharán para que os dé energía —anuncia mi abuela con dos vasos hasta arriba.
Y entonces caigo en la cuenta. El ordenador está bien, la que no está bien soy yo. No solo las letras dan vueltas. Todo a mi alrededor también. Incluso Gorka. Uy, ¿qué se ha hecho? De repente está… más… atractivo.
Veo que le da un trago al pacharán que le ofrece mi abuela. Y me llegan, con retardo, las ocho negativas que le ha lanzado antes de beber.
—Ay, si yo te pillara con treinta años menos, granuja —suspira mi abuela—. Iba a estar yo aquí estudiando otra cosa que no fuera tu cuerpo.
Lo suelta sin ningún tipo de reparo. Deja los vasos sobre el escritorio y cierra la puerta con cara de pilla.
Mi casa es un manicomio, no hay nadie cuerdo.
—Perdona… —murmuro, sin saber muy bien por qué me disculpo.
Gorka sonríe. Y tiene una sonrisa bonita.
—¿Sabes que nunca había probado el pacharán? —Vuelve a darle un sorbo—. Y no está tan mal como creía.
—¿Sabes que yo tampoco hasta hoy? Y me he bebido un vaso entero antes de que tú vinieras.
Me tapo la cara con las dos manos y él se ríe.
—¡Ahora lo entiendo! —dice señalando la pantalla—. ¡Las letras del ordenador! Menudos mamporros le has metido al pobre monitor.
—Tengo que reconocer que cada vez me da más vueltas todo.
Vuelve a darle otro sorbo, esta vez más grande que el anterior.
—Quiero estar en igualdad de condiciones.
Sonrío. Me cae bien. Muy bien.
—¿Dónde lo dejamos el otro día? —pregunto, quiero intentar concentrarme.
—En que somos un gran equipo.
Lo miro. Me mira. Sí, en el proyecto somos un gran equipo. No puedo negarlo.
—¡La puerta abierta y las manos donde yo pueda verlas! —Mi madre golpea la puerta contra la pared y los dos pegamos un brinco.
Fijamos la vista en la pantalla del ordenador mientras intentamos recuperarnos del susto. No hay manera. Se nos escapa la risa. Él vuelve a beber. Yo vuelvo a reír.
Al final optamos por poner un documental sobre el tema que tratamos, convencidos de que nuestra cabeza no nos deja pensar con claridad. Nuestra cabeza… o más bien el maldito pacharán de la abuela. Me pregunto cómo puede vivir en este estado constante. Me siento flotar en una nube.
Pasamos más tiempo hablando que prestando atención al documental. Lo paramos, lo rebobinamos, lo volvemos a parar. Al final nos rendimos. Apagamos el ordenador y nos dejamos caer en la cama, aún con los vasos en la mano.
Hemos perdido la cuenta de las veces que mi abuela nos cierra la puerta con un guiño cómplice, mientras mi madre la abre a portazos y con el ceño fruncido.
Hasta que nos pilla en la cama.
¡La que se lía!
Nos echa a empujones y Gorka decide irse. La mañana no ha sido nada productiva y tendremos que quedar otro día.
—La próxima vez sin pacharán, por favor —me pide antes de despedirse con dos besos que me pillan por sorpresa. Y no, tengo que reconocer que no me han molestado.
—¡Lagarta! —grita mi abuela cuando cierro la puerta—. Qué muchacho tan apuesto, me recuerda a mi Ciprianico de joven.
—Pero si no se parece en nada, mamá —le dice mi madre.
—Pues lo que se parecerán serán mis ganas de catarlo —suelta tan fresca.
A mi madre y a mí nos da repelús esa frase y, mucho más, imaginarla.
Huyo. Rodeo el unicornio, que sigue, sin explicación, en mi casa, y voy a la cocina en busca de algo que no lleve alcohol. Me sirvo un vaso de agua cuando vibra el móvil.
¿Gorka?
No, no es Gorka. El destino me tiene preparada una sorpresa mejor.
El fontanero.
De oca en oca y tiro porque me toca. Estoy en racha. Ni yo me lo creo.
Hola, guapa, ya he conseguido las baldosas del baño. ¿Puedo pasar mañana?
Sonrío. Mi abuela va a tener razón con la fuga, porque algo acaba de estallar dentro de mí.
Le respondo que por supuestísimo que sí, que claro que puede venir.
Ya me imagino el modelito con el que lo voy a recibir. Quedan veintiuna horas para nuestro encuentro. Voy a empezar a prepararme.