Entre tres 6 Pablo
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PABLO

Compro casi dos kilos de churros y un litro y medio de chocolate y me dirijo a casa de Berta. Mi madre no ha pasado la noche en casa y lo más probable es que esté allí, con su amiga. No puedo resistirme y pruebo bocados por el camino.

Me ha costado dormir esta noche. He dado más vueltas de la cuenta, inquieto, incómodo. Supongo que habrá sido el calor, porque no encuentro otra explicación razonable.

Me visualizo en la terraza de Berta, con el sonido del mar de fondo, churros recién hechos y chocolate humeante. Sonrío solo de imaginar el desayuno que me espera. Pero, al llegar a su piso, nada más lejos de la realidad.

Berta, Mariajo y Josefina gritan y corren de un lado a otro con trapos, cubos y fregonas. Me abren la puerta con ilusión y esperanza, pero, al verme, resoplan al unísono y siguen con sus tareas sin apenas mirarme.

Me ofende. No sé a quién esperaban, pero desde luego no era a mí.

Las sigo para intentar entender qué demonios pasa. A quien no veo por ninguna parte es a mi madre. Entonces ¿dónde narices ha pasado la noche? ¿Dónde? Y, lo que es más importante, ¿¡con quién!?

—Si no ayudas, aparta. —Josefina me da con el palo de la fregona y yo me pego a la pared.

Ya he preguntado más de diez veces qué ocurre y ninguna me contesta. Hasta que llego al origen del revuelo y se me escapa un grito, al igual que al resto.

Una tubería del baño ha reventado. El agua sale a borbotones y ya ha alcanzado el pasillo. Es cuestión de minutos que empiece a colarse por las habitaciones.

Salgo disparado hacia la llave de paso y la cierro. Se hace el silencio.

Me siento un héroe. Inflo el pecho y me acerco a ellas con orgullo contenido.

—¿Has sido tú? —pregunta Berta más relajada—. No encontrábamos la llave.

—Sí, he sido yo. He venido a salvaros y a traeros el desayuno. —Señalo la bolsa—. Como mínimo me merezco una placa conmemorativa.

—Gracias, hijo —me agradece la abuela—. Hemos avisado al fontanero, pero parece que viene desde Nueva Zelanda. Madre mía, qué pachorra tiene hoy en día la gente. Esto en mis tiempos no pasaba.

Mientras friego el suelo, ellas se cambian la ropa empapada. Cuando la situación está más o menos bajo control, desayunamos rápido y mal en la mesa del salón. Adiós al plan terraza. Los churros se han quedado fríos y ellas todavía siguen algo inquietas.

Hasta que, por fin, suena el timbre.

Berta se apresura a abrir. A los pocos segundos la escucho reír. Aguzo el oído porque la conozco bien, y esa risita coqueta solo puede significar una cosa: está tonteando.

¿Mateo otra vez?

Al pasar por nuestro lado compruebo que no, no es él. Es el fontanero. Y Berta, justo detrás, me lanza una mirada entrecruzada y se muerde el labio.

Le ha gustado. No puedo evitar reír. Últimamente mi amiga está desatada.

—Buen provecho —nos desea el músculo andante.

Se nota el machaque que se mete en el gimnasio. Mucho. Demasiado. No entiendo qué le ha visto Berta, juraría que nunca le habían gustado los tipos tan fibrados.

—Gracias —murmuro por educación.

—¿Quieres un churro? —Berta coge uno entre sus dedos y se lo ofrece de manera seductora.

Abro los ojos como platos. ¿Qué se supone que está haciendo? ¿Desde cuándo es tan atrevida? Está irreconocible.

—¡Déjate de churros y de churras, por favor! —La abuela le da un manotazo y el churro sale volando hasta el suelo—. ¡Que tenemos una fuga y no es precisamente la que tienes entre las piernas!

—¡Abuela! —le grita Berta, ruborizada.

No sabe dónde meterse. Noto que quiere desintegrarse. Yo, en cambio, no puedo contener la carcajada.

Josefina y Mariajo se llevan al fontanero hacia la avería. No quieren perder más tiempo.

—Berta, enana, controla tu fuga —me cachondeo—. La abuela ha estado sembrada, ¿eh?

—Idiota.

—Y me pregunto yo, ¿desde cuándo te gustan los musculitos?

—¡Y yo qué sé, Pablito! ¡Desde nunca! ¿Pero tú has visto lo bueno que está?

Pongo los ojos en blanco. No comparto su opinión.

Cojo un churro y se lo acerco a los labios, imitando su gesto descarado de antes.

—¿Quieres un churro? —le digo con voz ridículamente sugerente.

Para mi sorpresa, se inclina y muerde. Luego se pasa la lengua por los labios para retirar el azúcar que se le ha quedado pegado.

La observo en silencio. Cuando se lo propone es irresistible. No entiendo cómo no tiene a más tíos locos por ella.

—¿Intentas seducirme? —bromeo.

Tengo que carraspear, la voz no me sale del todo firme.

—A ti es difícil, Pablito.

Me quedo pensativo. No acabo de entender a qué se refiere, pero no me da tiempo a preguntarle.

—Así que voy a recrearme la vista con Thor —añade—. Esos músculos merecen ser venerados.

Y, tal y como lo dice, desaparece de mi vista.

No me permito pensar demasiado. Busco el móvil en el bolsillo con una urgencia que me sorprende y llamo a mi novia. Necesito volver a ese punto en el que todo es sencillo y no tengo que enfrentarme a cuestiones que no sé responder.

—Hola, cariño, ¿dónde estás?

—Acabo de salir del hospital.

Zara tiene un corazón enorme. Lleva años haciendo de voluntaria para niños enfermos. A veces vuelve cansada y triste, pero es ahí cuando más admiro la generosidad que lleva dentro.

—¿Quieres que nos veamos? Podemos dar un paseo en bici y así te despejas —propongo.

—Claro, quedamos en mi casa.

—¿Quieres que aproveche y te lleve a tu unicornio? —me ofrezco mirando la enorme escultura. Me sorprende que Josefina aún no la haya tirado por la terraza—. Te echa de menos y te manda recuerdos.

—No hace falta, cielo, pesa demasiado. Ya encontraremos la manera de traerlo.

—De acuerdo. Ahora nos vemos. Te quiero.

—Y yo.

Cuelgo y voy a despedirme de las tres mujeres que viven en esta casa, pero me encuentro un espectáculo digno de ser recordado: el fontanero subido a una escalera, Berta le sujeta las piernas para que no se caiga, Josefina le da órdenes con la fregona en alto, como si fuera la jefa, y Mariajo graba con el móvil la escena desde diferentes ángulos.

Un circo.

Decido no interrumpir y me retiro en silencio. Berta, sin embargo, se percata de mi presencia y despega la cabeza del culo del fontanero solo lo justo para decir un «adiós» ahogado entre el bullicio que tienen montado.