5 Berta
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BERTA
Mi madre y Lola se van a la habitación entre cuchicheos. Se piensan que somos tontos, pero ya tenemos una edad. Sabemos que vuelve de una cita. Su pudor y sus sofocos la delatan.
—Tiene más vida sexual tu madre con cincuenta años que yo con veinticinco —me quejo a Pablito, recostando mi cabeza en su hombro.
—Lo dice la que tiene a un vecino que bebe los vientos por ella. Te recuerdo que por fin lo has conseguido, enana. Ha visto que eres todo un bomboncito.
—Todavía no me puedo creer que me haya besado con él —susurro en su oído para asegurarme de que nadie más me escuche—. ¿Quién me lo iba a decir después de tantos años?
Parece que lo invocamos y me da hasta miedo. Ha sonado el timbre y, para nuestra sorpresa, es él. No consigo reaccionar. Jamás me había preparado para recibirlo en casa. ¿Y ahora qué hago? ¿Qué quiere?
No puedo despegar el ojo de la mirilla. Está tan guapo…, ¡pero no pienso abrirle! No. Me niego.
Acerca su dedo al timbre de nuevo y, pego tal bote, que mi frente se estampa contra la puerta.
—¡Au! —me quejo.
—Berta, ¿eres tú? —Su mirada traspasa la mirilla y tengo que retirarme porque me siento intimidada.
Es Pablito quien, a traición, abre la puerta y me empuja para que parezca que he sido yo.
—Capullo —mascullo a mi espalda.
—¿Perdón? —se ofende Mateo cambiando el gesto de la cara.
—¡No! No era por ti. Es que…, es que estoy con un amigo…
—Perdona, no quería interrumpir nada de lo que estuvierais haciendo. Será mejor que me vaya —se disculpa, algo incómodo.
—No interrumpes nada. Pablito es un amigo. Solo un amigo —remarco, para dejarle claro que estoy soltera y a su entera disposición, aunque me haya visto con él ya dos veces.
Las imágenes del ascensor me vuelven a la cabeza y alteran, todavía más, mi sistema nervioso.
No soy consciente de morderme el labio hasta que Pablito me da un codazo y me saca de mis fantasías.
Solo entonces caigo en la cuenta de que él y Mateo llevan un rato hablando, intercambian frases y toman decisiones mientras que yo no me he enterado absolutamente de nada.
—Claro, no te preocupes, nosotros nos quedamos con tu hija —interviene mi amigo.
¿Su hija? ¿De qué hablan? Entonces veo, de la mano de mi vecino, a Martina, su preciosa niña de rostro angelical. Me obligo a sonreírle. Había estado tan abducida por su padre que ni me había fijado en ella.
—¿De verdad? ¿No os importa? Va a ser solo un momento.
—Va a estar bien, ¿verdad que sí, Martina? Porque tengo que enseñarle un unicornio gigante con el que va a flipar. —Mi amigo se la ha ganado al instante.
La niña, con los ojos desorbitados, se despide de su padre y entra en mi piso.
—¿Seguro, preciosa?
Ese «preciosa» sale de la boca de mi vecino y va directo a mí. Es arrebatador hasta sin proponérselo.
No puedo contener la risa nerviosa que se me escapa, y se intensifica cuando se inclina hacia mi mejilla para darme un beso. Un beso que me hace cerrar los ojos y boquear como un pececillo.
—Te lo compensaré —susurra en mi oído, con voz ronca.
Jooooder. Me muero. Compénsamelo ya.
Parece que no le cuesta separarse de mí. Me da la espalda y desaparece escaleras abajo. Yo, en cambio, necesito unos segundos para recomponerme. Me paso una mano por la nuca, respiro hondo y trato de calmar la agitación que todavía recorre mi pecho antes de volver junto a Pablito.
Me recibe con una mirada traviesa y un arqueo de cejas. No sé qué se piensa que ha pasado en su ausencia. Ya me gustaría.
Los gritos de Martina desvían nuestra atención. Corre y salta alrededor del unicornio, eufórica. Quiere subir y galopar. Proclamarse reina del mundo de caramelo, palabras textuales. Recortamos y decoramos una caja de cartón para su corona y le ponemos una manta atada al cuello a modo de capa.
Pablito hace de príncipe, también se caracteriza para la ocasión, y se mete en el papel como si le fuera la vida en ello.
A mí me toca ser la mariposa que vuela a su alrededor y cumple todas sus órdenes.
Me conformo, siempre podría ser peor. Me hago unas antenas con una diadema y unas alas con una camiseta, todo muy cutre.
Pero nos reímos mucho. Jugamos como cuando éramos niños, con aventuras llenas de imaginación que nos entretenían durante horas.
Mi abuela entra de la terraza y se sienta en el sofá, es la hora de su concurso favorito. Pero Martina no se lo va a poner fácil, también le asigna un papel en el juego.
—¡Tú serás la caca mágica del unicornio! —se emociona entre aplausos.
—¡Y un cuerno! —se queja mi abuela, apuntando con el mando hacia la tele.
—No, eso no puedes ser, el cuerno ya lo lleva el unicornio aquí. Mira —explica Martina con su inocencia.
—Venga, abuela, sé la caca mágica, porfi —le suplica Pablito con burla—. Es el papel más importante de la historia, sin ti no podemos continuar.
Nos reímos, incluida mi abuela.
—Seré la caca mágica —acepta—, pero no me hagáis levantarme del sofá.
La niña lo celebra entre gritos y le asegura que no le hará moverse.
Palabra de reina. Mira a su alrededor y reúne todo lo colorido que encuentra para adornar a mi abuela.
Un libro de portada roja, una planta de hojas verdes, un cojín azul…
, incluso un tapete de ganchillo amarillo que le coloca en la cabeza.
—La caca del unicornio tiene que tener los colores del arcoíris —explica orgullosa.
Cuando Lola y mi madre ven la escena, se les escapa la risa.
Además, mi madre, fiel a su papel de influencer autoproclamada, saca el móvil para transmitir en directo.
Nos corta el rollo de golpe. Una cosa es hacer el ridículo delante de la niña y otra muy distinta dejar constancia eterna en internet.
Hasta que no guarda el móvil, no retomamos el juego.
—Mariposa Berta, lánzale una cuerda al príncipe Pablo y rescátalo. Tenemos que sacarlo de las arenas movedizas —organiza Martina.
Las supuestas arenas movedizas son una montaña de cojines en la que mi amigo simula estar atrapado.
—Ayuda, princesa. No me queda mucho tiempo. —Se mete en el papel Pablito.
Lanzo la cuerda imaginaria que me tiende Martina y le pido a mi amigo que se la ate alrededor de la cintura.
—Pesas mucho, príncipe Pablo. —Finjo al estirar la cuerda imaginaria con esfuerzo—. No lo consigo. Me resbalo. Necesito más poderes mágicos, princesa.
—¡Yo te envío el poder especial de la caca del unicornio! —La niña levanta el brazo de la abuela, que sigue con el tapete de ganchillo en la cabeza y sin despegar el ojo del televisor. Le importa bien poco nuestro juego.
—Gracias, princesa. Ahora sí, me siento más fuerte. Prepárate, príncipe Pablo. Allí voy.
Y, tal como lo digo, mi amigo me coge por la cintura y me lanza con él sobre la montaña de cojines. Me río. No me lo esperaba. La niña también aplaude emocionada y se une de inmediato.
—¡Yo quiero!
Noto su peso sobre mi espalda, lo que hace que me pegue todavía más a mi amigo.
Lo maldigo entre risas mientras él aprovecha para atacarnos con cosquillas a las dos.
Nos ponemos tan nerviosas que acabo atrapada en una tormenta de patadas y chillidos al oído de la que escapar parece misión imposible.
Es mi abuela quien, con un grito que ha debido de retumbar por todo el bloque, pone fin a nuestro juego.
—¡Que no me dejáis escuchar el concurso, leñe! ¡Ya está bien!
Nos pone firmes a todos. Martina incluso se va a la habitación llorando, y mi amigo y yo tenemos que ir detrás.
No sabemos cómo consolarla. Hacemos el payaso de mil maneras imaginables.
Nada funciona. Miro a Pablito con cara de pena, no quiero que la niña se lleve un mal recuerdo de la tarde, después de lo bien que lo hemos pasado.
—¿Y si tomamos un helado? —propongo, eso siempre funciona con los niños. Me mira, pero las lágrimas todavía le nublan los ojitos.
Me rindo, desesperada.
Pablito saca el móvil.
—¿Estás buscando la solución en internet? —me burlo—. Ten cuidado, ya sabes que cualquier consulta que hagas terminará asegurando que le queda poco tiempo de vida. Y yo no la veo para tanto.
—No seas boba. —Me lanza una mirada como si se le hubiera ocurrido la mejor idea del mundo—. No sé si a ella le servirá, pero te puedo asegurar que a nosotros sí. ¿Estás preparada?
Me ofrece su mano y lo miro extrañada. No la acepto porque no entiendo qué va a ocurrir a continuación. Hasta que los primeros acordes de I Want It That Way, de los Backstreet Boys, empiezan a sonar.
—¡Nuestra canción! —grito eufórica.
Me traslado al año 1999. Pablito tenía diez años, yo siete.
Aparecieron los Backstreet Boys y me enamoré de ellos y de su música desde el primer instante.
Sus canciones empezaron a sonar en todas las radios y televisiones, hasta convertirse en un fenómeno mundial.
Todo el mundo los conocía, en el colegio no se hablaba de otro tema y no había fiesta en la que no sonara alguno de sus éxitos.
Uno de esos días, Pablito me pilló bailando I Want It That Way en mi habitación.
Las paredes forradas con los posters de mis ídolos, todas sus caras dirigiéndose a mí y yo en el centro, convencida de estar ofreciendo el concierto del año.
Siete añitos. Con siete años cantas y bailas de cualquier manera, si es que se le puede llamar cantar a berrear con voz de pito, y bailar a dar brincos y hacer piruetas.
Cuando la voz del locutor de radio interrumpió el final de la canción, Pablito, desde el marco de la puerta, con su pelo revuelto y restos de chocolate en la comisura de la boca, aplaudió risueño.
—Berta, lo has hecho muy bien.
Desde pequeña, mi amigo siempre fue mi mayor motivador.
Su entusiasmo, apoyo y cariño incondicional me hacían sentir que todo era posible.
Me animaba a explorar aquello que despertaba mi curiosidad, a disfrutar de la música y de cada pequeño descubrimiento que la vida me ofrecía.
Cada palabra suya me llenaba de confianza, cada gesto me hacía sentir comprendida.
Gracias a él aprendí a valorar mis pasiones, a disfrutar de los instantes más simples y a creer en mí misma.
Siempre ha estado ahí, cuidándome y esforzándose por hacer de mí una mejor persona.
—¿Quieres que la baile contigo?
Dio unos pasos en mi dirección y se puso a mi lado.
—¿Puedes volver a ponerla? ¿La tienes grabada en cinta de casete?
—Por supuesto, ¿por qué pésima fan me tomas?
Rebobiné la cinta que tantas veces había escuchado y le di a reproducir. La canción volvió a sonar.
No recuerdo la de horas y días enteros que pasamos creando un baile.
Un baile para una canción que a él no le entusiasmaba, pero que sabía que a mí sí.
Practicamos hasta el cansancio, hasta el agotamiento.
Acabamos tan orgullosos que lo bailamos frente a nuestras familias.
Y, como si no fuera suficiente, también en el gimnasio del colegio, para todos los cursos, para más de cien personas.
Nuestra falta de pudor no conocía límites.
¿Por qué digo esto? Porque hay que reconocer que el baile era…
¡patético! No tengo palabras para describirlo.
Horrible. Penoso. Movimientos torpes y exagerados sin sentido ninguno y sin ritmo.
A día de hoy nos avergonzamos, mucho, pero me doy cuenta de que pusimos todo nuestro empeño y entusiasmo, y eso, de alguna manera, convierte ese desastre en un recuerdo entrañable.
Vuelvo al momento presente con una sonrisa en la cara. Acepto su mano encantada. Siempre que uno quiera bailar esa canción, el otro lo acompañará. Fue la promesa que nos hicimos.
Empezamos agachados en el suelo y vamos subiendo. Damos rienda suelta a los movimientos absurdos y nos dejamos llevar. Me pongo en forma de estrella y él pasa por debajo de mis piernas. Luego nos damos la mano y doy una vuelta sobre su cuerpo.
Miro a Martina, la niña que lloraba hasta hace unos segundos. Ahora nos observa con una sonrisa en los labios. Eso es buena señal.
Llega el colofón, el momento en el que nos creemos parte del elenco de Dirty Dancing.
Me preparo para abalanzarme sobre Pablito con la esperanza de que sepa aguantarme en el aire.
Nos caemos en cuanto me coge en brazos y Martina se ríe.
Jamás hemos logrado ese paso. Todavía no sabemos por qué lo incluimos en el baile.
Nos levantamos del suelo con un salto y hacemos una onda con los brazos abiertos.
Cada año que pasa nos cuesta más seguir el ritmo, nuestra agilidad ya no es la de antes.
La canción termina y nos reímos, los tres. Nos tumbamos en la cama, necesitamos reponernos.
—Sigues siendo la mejor compañera de baile.
Mi amigo me atrae hacia él y me da un beso en la sien. Me recuesto sobre su pecho y cierro los ojos.
—Hola, vengo a buscar a mi hija —susurra una voz.
No sé en qué momento Mateo ha entrado en mi casa y, menos aún, en mi habitación. Pero aquí está, de pie frente a nosotros. Ni en mis mejores sueños conseguía tenerlo en este punto. Menuda fantasía. Está irresistible. Y sexi. ¿Ya estaba así de arrebatador cuando nos ha dejado a la niña?
Me incorporo como un resorte. Me seco las gotas de sudor que noto que me recorren las mejillas y me quito las antenas de mariposa para aplastarme el pelo. Las alas no tengo manera de esconderlas.
—Qué sofocados estáis. Porque está mi hija delante, sino creería que estabais haciendo otra cosa —me susurra cuando se acerca a saludarme con dos besos que me sofocan todavía más.
No me acostumbro a tenerlo tan cerca después de tantos años de adorarlo en la distancia.
—Martina, cariño, nos vamos a casa.
—Jo, papi, me lo estoy pasando muy bien. ¿Podré venir otro día?
Mateo me mira y sonríe, satisfecho con la respuesta de su hija.
—Podrás venir siempre que Berta te deje. Y ahora dale las gracias. También a su… amigo, Jaimito eras, ¿no?
—Pablo, me llamo Pablo —responde a la defensiva.
—Es Pablito, papá —le explica su hija.
—Eso, Pablito, disculpa —lo desafía Mateo.
Mi amigo se molesta. Yo, en cambio, me esfuerzo por intentar descifrar el lenguaje masculino.
¿Lo que presencio son celos por parte de Mateo?
No, bobadas. Lo de Mateo fue un impulso.
El calentón del momento. Un simple beso sin importancia.
No significó nada para él. Pero, en cambio, a mí me gusta tanto…
, que sin quererlo me aferro a un clavo ardiendo.
Lo malo es que este clavo me va a acabar por mandar a terapia, lo veo venir. Porque Mateo es mi perdición.
O lo era.
Ya no sé.
Estoy muy perdida.