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MARIAJO

—Echamos un puñadito más de sal, esto huele delicioso. Porque la Afrodita de Alfredito también es buena cocinera. Una vale para un roto, un descosido y un buen chisme entre costuras, como dice mi madre, que en paz no descansa.

Dejo de grabar. Espero estar haciéndolo bien. Acabo de adentrarme en las nuevas tecnologías y esto es todo un reto para mí. Pero me gusta y me divierte. No sé cómo no lo había descubierto antes.

Voy en busca de ayuda. Veo a Pablito en el sofá, al lado de mi madre y su pacharán, ya de buena mañana. Desisto. Después de tantas peleas, he aprendido a dejar que haga lo que quiera, ya es mayorcita.

—Pablito, cielo, mira a ver si el vídeo se ve bien en el interné.

—Por desgracia sí, mamá —se queja mi hija, que aparece por la puerta con el móvil en la mano—. ¿Puedes dejar de subir todo lo que haces?

—No puedo, hija, ahora soy influyente. Ya tengo seguidores y me debo a ellos —digo llena de orgullo.

—¿Cuántos? —se interesa Pablito para mi regocijo.

—Cuatro, Pablito, ¡ya tengo cuatro!

No he podido empezar mejor. Segundo día como famosa y ya tengo cuatro seguidores. Esto solo ha hecho que empezar y sube como la espuma. Si sigo a este ritmo, supero a la Presley.

—Mamá, pero si esos cuatro seguidores somos nosotros, tu familia.

Ya está mi hija tirando por tierra mis sueños. ¿Qué más dará quiénes sean esos seguidores? Tengo cuatro y punto, y eso no me lo va a quitar nadie. Entro en mi perfil y veo que ha subido a cinco. Un cinco que me hace saltar de alegría.

—¡Toma! ¡Pues ya son cinco! ¡Chúpate esa, hija mía! ¡Tu madre está llegando lejos!

El nuevo seguidor se llama @juanka.galeon, y estoy tan contenta que no tardo en dedicarle un directo.

—Juanka, cariño, bienvenido a la familia. —Me aclaro la garganta y potencio mi perfil bueno—. Mi hija no confiaba en mí, pero has llegado tú para demostrarle que se equivocaba.

Enfoco a mi hija. Berta se tapa la cara con la mano y huye del plano refunfuñando entre dientes. Esta niña ha debido de salir a su padre, qué poco desparpajo tiene.

—Pablito, hola.

Otro que no me hace ni caso y opta por ponerse un cojín en la cara.

—Mamá, di tú algo.

—Algo —bromea, levanta el vaso de pacharán y le da un trago.

Me muevo hacia la terraza, es donde hay más luz natural y me veo más favorecida.

—Pues esta es mi familia. Te mandamos un fuerte beso. Y no me pierdas de vista. La Afrodita de Alfredito tiene mucho que ofrecerte.

—No sigas, que esto empieza a parecer una línea erótica. —Pablito lo suelta y mi madre y mi hija se ríen. Me han arruinado el directo y me obligan a cortar el vídeo.

—Si es que tenéis la gracia en el cu…

No puedo despacharme a gusto. Unos fuertes golpes en el rellano ponen fin a mi discusión y sus risas. Nos mantenemos expectantes. Otro fuerte golpe metálico se agrava con una voz que pide ayuda.

Pablito no tarda en levantarse del sofá al reconocer a su novia. Todos nos ponemos en alerta. Cojo un jarrón, que es lo que tengo a mano. Mi madre ha hecho lo mismo con una escoba y mi hija con una ¿manta? ¿Qué piensa hacer con eso? A veces creo que no es hija mía y me la cambiaron al nacer.

Otro golpe nos acelera el corazón. No podemos imaginar qué está pasando.

—¡Ayuda, por favor! —grita la pobre Zara.

Pablito abre la puerta, nervioso. Nosotras lo seguimos como un batallón preparado para la guerra. Nos detiene con su risa. Y no por vernos a nosotras, sino por su novia. ¿Qué ocurre? Sea lo que sea, nos relajamos. Por suerte, Zara no está en peligro. Pero sus gritos nos tienen intrigadas.

—No puedo yo sola, pesa mucho. Ayuda.

Intentamos asomar la cabeza a través del cuerpo de Pablito, que ocupa casi toda la puerta, y vemos a Zara arrastrar por las escaleras una escultura gigante.

—Pero, Zara, amor, ¿qué haces con ese unicornio? —Su novio parece preocupado.

—Lo de las compras de segunda mano no es lo mío —se avergüenza—. Yo quería una figurita de unicornio para la mesita de noche, pero resulta que esa figurita mide casi tanto como yo. No lo ponía en la descripción.

—Pero, Zara, cariño, haberle dicho que entonces no te interesaba. —Pablito pone en palabras lo que todos estamos pensando.

—¿Cómo iba a hacerle eso? Me sabía mal —dice con la dulzura que le caracteriza.

—Saca un poco de garra, Mr. Wonderful —la anima Berta bajo la mirada recriminatoria de Pablito, por el apodo.

—¿Me podéis ayudar, por favor? —Zara tiene agarrado al unicornio con tanta fuerza para que no caiga escaleras abajo, que se le empiezan a amoratar las manos.

Pablito lo coge y sube los peldaños que quedan. Berta lo espera con la manta en el suelo, lo ponen encima y lo arrastran hasta casa con más facilidad. Al final la manta ha sido la mejor idea. Punto para mi niña.

La abuela nos recibe echándonos gotas de pacharán por encima.

—Por aquí no pacharán. No pacharán.

Suelta la broma de palabras que solo le hace gracia a ella y se ríe.

Todos la maldecimos.

—Pero ¿qué haces? ¿Por qué no va a pasar? —pregunto.

—¡No pretenderéis meter el caballo de Troya en casa sin bendecirlo! ¡Que de aquí nos salen los mil demonios! —Mi madre se santigua y sigue echando pacharán sin parar.

Cuando se lo cuente a mi amiga Lola, no se lo cree, lo que se está perdiendo por tener una cita con uno de interné.

Y, hablando de interné, saco el móvil como buena influyente que soy para grabar en directo la escena. Mis seguidores me lo agradecerán.

—Sigo sin entender por qué has comprado este armatoste —se ríe mi hija.

Yo tampoco lo entiendo, la verdad.

—Y luego otra vez una odisea para llevarlo hasta tu casa —me compadezco de la pobre chiquilla.

Zara me mira con cara de circunstancias. Sus mejillas encendidas aparecen en el primer plano de mi móvil.

—No, Zara, no, no vas a dejar aquí semejante bicho —le respondo—. ¿Lo habéis visto? —me dirijo ahora a mis seguidores—. Parece que tenemos un nuevo miembro en la familia. ¿Qué nombre le ponemos? Pondré una encuesta para que dejéis vuestras ideas.

Enfoco al unicornio desde diferentes ángulos, quiero que lo vean bien.

De fondo se escuchan las risas de mi hija y Pablito, les ha entrado un ataque y no pueden parar.

Los grabo. A Berta le ha entrado hasta hipo y aún se ríen más.

Su alegría es contagiosa y me roban una sonrisa, me gusta verlos tan felices juntos.

Se nota el cariño y la confianza que se tienen.

Mi amiga y yo hemos tenido mucha suerte de que nuestros hijos se lleven tan bien.

Dejo de grabar justo porque ella entra por la puerta. Me emociono. No puedo esperar más para escuchar todos los detalles de su cita. De principio a fin. Con pelos y señales.

—Ya estamos todos —anuncia la abuela.

Mi amiga no puede esconder la sonrisita. La cita ha ido bien y me alegro por ella. Y, aunque ya me tenga acostumbrada a sus escarceos, me interesa escucharlo como si fuera el primero.

Yo, en cambio, no me animo a tenerlos. Ni creo que algún día lo consiga. Mientras tanto, los vivo a través de ella, saboreo sus historias como si fueran propias.

No tardo en cogerla del brazo para arrastrarla a la habitación.

—Cuéntamelo todo, perra —le pido, porque así nos hablamos cuando no sentimos la presión de ser el ejemplo perfecto delante de nuestros hijos.

Porque no solo somos madres, también somos mujeres. Mujeres que sienten, que disfrutan, que salen, que sueñan y que se permiten ser. Porque antes de enseñar a vivir, hay que recordarse a una misma cómo se hace.

Y mi amiga está a punto de recordármelo.