3 Berta #2
—Podemos desarrollar los cambios sociales a los que se enfrenta el ser humano a lo largo de su vida.
Asiento una sola vez con la cabeza.
—Bien.
Y hasta aquí mi aportación al trabajo. Un fuerte aplauso.
—He pensado que podemos enfocarlo en cómo el entorno afecta a nuestra identidad y rol dentro de la sociedad —continúa y me giro para prestarle atención, no me parece mala idea—.
Todo empieza en la infancia, donde el entorno familiar y el escolar definen nuestros primeros vínculos sociales y nos enseñan quiénes somos y cómo debemos relacionarnos con los demás.
—Me gusta cómo habla—. Luego llega la adolescencia, esa etapa en la que se le da más importancia a la amistad y a la pertenencia de grupo.
Queremos encajar, encontrar nuestro sitio, sentirnos parte de algo.
—Que siga hablando—. Más adelante, en la adultez, el peso de las responsabilidades laborales, familiares y sociales transforma nuestras prioridades.
Y, finalmente, en la vejez, aparecen cambios inevitables asociados a la jubilación, a la pérdida de seres cercanos y a la conciencia del paso del tiempo, situaciones que obligan a replantearse el sentido de su propia continuidad.
¿Ya? No me importaría que siguiera, tengo que reconocer que me ha parecido muy interesante su explicación.
—Vaya.
Hasta aquí mi segunda aportación al trabajo. No me deis el Premio Pulitzer todavía, por favor. Seguro que tengo más aportaciones que hacer.
—Increíble.
¿Veis? Lo que yo decía.
—¿Te gusta? —me pregunta algo avergonzado.
—Me gustas.
Afirmo también con la cabeza. Gorka ha resultado ser una caja de sorpresas. No solo es atractivo, sino que también es intelectual. ¿He dicho atractivo? ¿Gorka me parece atractivo?
—¿Has dicho «me gustas»? —Sus mejillas se tiñen de un color rosáceo. Y creo que las mías van por el mismo camino.
—¿Qué?
¿También he dicho «me gustas»? ¿Con S final? ¿Mi subconsciente me ha traicionado? ¿Cree que me gusta? ¿Quién? ¿El que empieza a parecerme atractivo? Ni de coña, vamos. ¡Pero si me incomoda su presencia!
—Me gustas como compañero de trabajo, quiero decir. Me ha tocado el mejor. Me vas a hacer sacar matrícula de honor —intento salir del paso como puedo.
Me regala una sonrisa antes de apropiarse del teclado del ordenador para empezar a redactar un primer borrador. No sin antes acercar su silla aún más a la mía para leer bien la pantalla.
Miro mi silla. Miro la suya. Lo miro a él. Escribe concentrado. Y aprieta la mandíbula al hacerlo.
Sacudo la cabeza y me obligo a centrar mi vista y mi atención en lo que ha venido a hacer.
Y, cuando lo consigo, el inicio del proyecto sale rodado.
Parece que hayamos trabajado juntos toda la vida.
Compartimos ideas y maneras de trabajar que nos hacen sentir cómodos a los dos.
Es fácil ponerse de acuerdo con él y es un placer escucharlo.
Aporta información útil e interesante. Muy interesante.
No nos damos cuenta de lo tarde que se ha hecho hasta que aparece Pablito en la habitación. Toca la puerta con los nudillos antes de entrar.
—Enana, no quiero interrumpir, pero me voy a casa, es tarde.
Miro la hora en el ordenador, me sorprende leer que son casi las diez de la noche. Enciendo la luz de la lámpara que tengo sobre el escritorio. Estábamos en penumbras sin darnos cuenta.
Me levanto para despedirme de mi amigo. Le doy un abrazo y me devuelve un beso en la sien.
—Nos vemos mañana, ¿vale?
—¿Para comentar con mi abuela el programa de la tele de esta noche?
—Como buen nieto postizo que soy.
—Anda, tira. —Le doy un pequeño empujón con cariño—. Que descanses.
Se despide con otro beso en la sien antes de dejarnos a solas. Me siento en la silla rascándome los ojos. No puedo evitar bostezar. Me cojo las piernas con los brazos, me acurruco contra el respaldo y observo a Gorka.
—Hemos avanzado mucho para ser el primer día —valoro.
—Somos un gran equipo. —Me ofrece su mano para chocarla y no dudo en hacerlo.
Cuando nuestras palmas entran en contacto, entrelaza sus dedos con los míos y baja nuestra unión hasta acabar reposando sobre su muslo. Para mi sorpresa, no me incomoda su contacto. Ya no.
—Un equipo que necesita descansar —añade. Y suelta mi mano para guardar el trabajo en el ordenador.
Le acompaño hasta la puerta bajo la atenta mirada de mi abuela y mi madre, que se asoman por el sofá para no perder detalle.
La despedida es rápida.
—Vamos hablando. Buenas noches, Berta.
—Buenas noches.
—Gorka —me recuerda.
—Lo sé, Gorka, ya no se me olvida.
Sonríe antes de darme la espalda y cierro la puerta con una buena sensación. Lo había prejuzgado antes de tiempo y me ha sorprendido para bien. Me ha gustado compartir unas horas con él y me alegra ser consciente de que aún quedan algunos días más de trabajo por delante.
—¿¡Qué es esa sonrisa de lagarta!?
Mi abuela me hace pegar un brinco.
—¿Qué sonrisa? ¿Qué hablas?
—Más sabe el diablo por viejo que por diablo. Y a ti este chiquillo te ha gustado.
—Lo que tú digas, abuela. —Le doy la razón, aunque no la tenga, con mi abuela es mejor no discutir, porque siempre sales escaldado.
—Deja a la niña en paz, no tiene que pensar en chicos de esa manera —interviene mi madre, alterada.
—¿Cómo que no? Pero ¿quieres dejarla disfrutar?
—Aún es pequeña.
—¿¡Qué pequeña ni qué leches!? ¡Que tiene veinticinco años, Mariajo! ¡Veinticinco! —grita mi abuela—. ¡Que debería estar hinchándose a fornicar!
—Mamá, por favor, qué cosas dices. —Mi madre se ruboriza y se santigua.
—No te hagas la mojigata ahora. ¿Te recuerdo lo que hacías tú con veinticinco años? —insiste mi abuela—. Y no solo con Javier, que una se entera de todo.
Mi madre se queda muda. La boca abierta, los ojos como platos. No sabe si replicar, santiguarse otra vez o salir corriendo.
No espero su respuesta. Me canso de mover la cabeza de una a otra como si estuviera en un partido de tenis. Me voy a dormir. Ya se cansarán de discutir.