3 Berta
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BERTA
Me adentro en mi cafetería favorita babeando por un gofre con chocolate y un capuchino. El único inconveniente es que, desde hace unas semanas, el camarero, un chico de mi edad, me mira más de lo normal y empiezo a sentirme incómoda. Y, siendo honesta, no tengo ningún interés en conocerlo.
No es una cuestión de aspecto; de hecho, si alguien se detuviera a describirlo con frialdad, no habría nada objetable en él.
Lo que me incomoda es la forma de mirar, esa insistencia que se alarga más de lo necesario, como si su atención no supiera cuándo retirarse.
Sus ojos se quedan un segundo de más, recorren sin disimulo, y ese gesto, aparentemente inofensivo, convierte un momento cotidiano en un ejercicio de contención.
Yo solo quiero sentarme, disfrutar del chocolate mientras se derrite sobre el gofre y perderme en mis pensamientos, sin sentirme observada, sin tener que justificar un desinterés que no debería explicarse.
Conforme me acerco a la barra, lo veo de nuevo. Y a su ilusión también.
—Buenos días. ¿Lo de siempre? ¿Un gofre con chocolate y un capuchino? —pregunta con una alegría que produce urticaria.
—Sí, por favor. Gracias. —Fuerzo una sonrisa que me cuesta fingir.
—Aquí tienes el café, la comida te la llevo a la mesa.
Se esmera en dibujar un corazón con la espuma de la leche. El diseño es bonito, no puedo negarlo, pero me pone tan nerviosa que cojo la taza antes de que termine y me escabullo hacia la mesa más alejada. Necesito mi momento de privacidad. No quiero sentirme observada.
Miro el móvil, he quedado con Pablito. Quiere compensar su metedura de pata con Zara y necesita que le acompañe a elegir un regalo único. Mi risa malévola sale a relucir al recordar la escena. Solo me faltaron las palomitas para que fuera redonda. Menudo es Pablito.
Alzo la vista al intuir la llegada del camarero con esa sonrisa bobalicona.
—Un gofre de chocolate para la señorita. Con extra de chocolate a cuenta de la casa —anuncia, y deja la bandeja delante de mí.
—Gracias —respondo, sin saber qué más decir.
Se queda a mi lado. De pie. Quieto. Como si se hubiera congelado en el tiempo. Le lanzo otra sonrisa fingida y me encojo un poco en la silla. No sé qué hace ahí plantado.
Entonces caigo en la cuenta, y nunca mejor dicho.
—Ah, que quieres que te lo pague ya —ofrezco, y saco el monedero.
—No, tranquila. Cuando vayas a irte me pides la cuenta.
¿Y entonces por qué no se mueve? No entiendo nada. Su cara de psicópata me empieza a dar miedo. Le doy un sorbo al café con su mirada clavada en mi nuca.
Contente, Berta, no explotes.
¡A la mierda!
—¿Qué te pasa, tío? ¿Tengo monos en la cara? —le increpo de malas maneras.
—Berta —dice, y mi nombre en sus labios me desconcierta—. No te acuerdas de mí, ¿verdad? Soy Gorka.
—Ah…
Intento procesar.
No sé quién es.
No lo había visto en mi vida.
—Tu compañero de la universidad. Del grado de magisterio. Vamos juntos a Psicología del Desarrollo.
Psicología del Desarrollo, sí, recuerdo la asignatura, pero no a él. Aun así, respiro. Por lo menos no es un psicópata aunque no supiera de su existencia.
—Ah, claro, Gorka, sí…, tienes razón.
Ni idea.
—No te acuerdas, ¿no?
—Sí, sí…, Gorka, sí.
Porque me lo dice él.
—Nos han puesto juntos en el trabajo final. Sé que todavía quedan unos meses, pero podríamos empezar a organizarnos.
La noticia me pilla por sorpresa. Mandaron un correo electrónico hace unos días, un correo electrónico que ignoré por dejarlo todo para el último momento y luego compadecerme.
—Claro, sí. Pues…, no sé… Podemos hacerlo en mi casa —ofrezco sin saber por qué. Me arrepiento conforme lo hago—. El trabajo, digo.
Encima remato la frase.
—Me parece una gran idea. Salgo dentro de cuatro horas, ¿te parece bien si empezamos hoy?
¿Cómo? Pero si ni siquiera sé quién es, ¿cómo voy a meter a un extraño en mi casa?
—¿Hoy? Hoy, sí…, sí, claro.
Un aplauso para Berta, la chica que no sabe decir que no y se mete en líos ella sola.
Pero ¿qué narices hago? Si tampoco sé de qué va el trabajo. En cuanto llegue a casa leeré el email, al menos para hacerme una idea, porque ahora mismo no sé ni lo que hago con mi vida. Al final la psicópata parezco yo.
Nos intercambiamos los números de teléfono y le envío mi dirección. Pero ¿por qué lo hago?
Necesito huir. Le pido la cuenta sin haber dado ni un bocado al gofre, dejo el dinero sobre la mesa y salgo disparada a la calle bajo su atenta mirada. Debe de pensar que estoy loca. A lo mejor tengo la suerte de que cambia de idea y no se atreve a venir a mi casa.
Espero ansiosa a Pablito, que no tarda en aparecer al volante de su furgoneta cochambrosa del trabajo y el anuncio de «Pintor a domicilio» del que siempre me he reído, porque si no fuera a domicilio no sé de qué otra manera podría pintar las paredes.
Me subo al asiento del copiloto y aparto un cubo con un rodillo que dejo a mis pies.
—No me acostumbro a que me recibas con tanto glamour, Pablito.
—Vete a la mierda, enana —responde con una sonrisa—. El día que se rompa, la echarás de menos.
Y tanto que sí, pero no pienso reconocerlo después de todo lo que me río a su costa. La compró con dieciocho años y, desde entonces, nos ha proporcionado miles de aventuras, anécdotas y buenos momentos. Buenísimos.
En ella hemos reído hasta acabar con agujetas y dolor de barriga.
También hemos llorado: de impotencia, de desamor, por peleas tontas que acaban en reconciliación e incluso por ver un animal muerto en la carretera que luego resultó ser una bolsa de basura.
Nos hemos confesado secretos que nadie más sabía.
Nos hemos fumado nuestro primer y único cigarro entre toses y arcadas.
Hemos comido, comida basura sobre todo, una y mil veces.
Nos hemos emborrachado. También hemos cantado hasta quedar afónicos.
Hemos visto la serie entera de Friends con sus diez temporadas y sus doscientos treinta y seis capítulos.
Hemos divisado las estrellas, Marte y hasta nos enfrentamos a una tormenta torrencial que nos dejó aislados e incomunicados durante horas.
Nos hemos quedado tirados sin gasolina y hemos tenido que andar varios kilómetros hasta una gasolinera entre reproches y enfados.
Y millones de momentos más, así que sí, la echaré de menos cuando no esté.
Le quito una gota de pintura todavía húmeda que lleva en la mejilla y le explico la historia del camarero, que ha resultado ser un compañero de universidad, mientras nos dirigimos al centro comercial.
Se ríe, está acostumbrado a mis meteduras de pata.
Esas que dice que tanto le gustan y le alegran sus días.
Y añade que no piensa perderse ese momentazo dentro de cuatro horas.
La idea para el regalo de Zara la pongo yo: una tarde de spa en pareja con masaje incluido, cena a la luz de las velas con música en vivo y, para terminar, ver las estrellas en un observatorio. Si esa experiencia no le hace reconciliarse con Pablito, ¡yo misma me caso con él!
—Pues ya podemos ir ensayando nuestro baile de bodas —se resigna mi amigo—, porque todo lo que tiene de Mr. Wonderful lo tiene de rencorosa.
—¿La has llamado Mr. Wonderful? Ay, como se entere, Pablito. Te crucifica. Por tu bien haré ver que no he escuchado nada.
—¿Qué has escuchado? Yo no he dicho nada. —Me mira con complicidad—. Que quede entre nosotros.
—Eso siempre. Ya lo sabes.
Llegamos a mi casa minutos antes de que suene el timbre que anuncia mi peor pesadilla: mi compañero de universidad ha llegado. Y yo ni siquiera he leído el email con las directrices del trabajo. Socorro.
Pablito disfruta de lo lindo, no puede ocultar esa sonrisa perversa ante mis nervios.
No paro de moverme en zigzag frente a la puerta, me sudan las manos y noto que estoy a punto de sufrir un síncope.
Tener a… ¿Borja? frente a mí es lo último que me apetece en este momento.
Si es que se llama así, porque ya ni recuerdo su nombre.
—¿Hola? ¿Hola? ¿Berta? —Su voz se escucha desde el rellano.
Este tío es tonto, solo tiene que empujar la puerta, que está entornada.
Miro a Pablito y ya no le cabe la sonrisa en la cara. Se lo pasa en grande.
Ante un tercer «¿hola?» de mi compañero, abro la puerta y finjo alegría. Pero lo hago tan mal que más bien parece que estoy estreñida.
—Hola, Borja, pasa.
—Gorka —me corrige con un saludo risueño y alegre, sin importarle mi metedura de pata.
Y entonces me da pena. El pobre no me ha hecho nada, no sé por qué me incomoda tanto. Y todavía lo hace más cuando intenta darme dos besos. Lo esquivo. Me hago la ocupada cerrando la puerta.
Quiero intentar ser agradable, en serio, pero no me sale.
A él no parece afectarle, la expresión de su cara sigue radiante. Sigue radiante hasta que ve a Pablito.
—¿Y tú eres…? —le pregunta con una ceja alzada.
—Pablo, un amigo de Berta. La que tanto me ha hablado de ti. Debes de ser muy especial para haberla impresionado. No le pasa con cualquiera.
Lo estrangulo. Juro que lo estrangulo.
—¿En serio? —El aludido se gira hacia mí de nuevo, ilusionado.
Yo vuelvo a fingir una sonrisa. No me atrevo a contestar. No se me ocurre qué inventar. Así que suelto la peor frase que puedo decir en este momento.
—Vamos a mi habitación.
Borja, perdón, Gorka, se atraganta con su propia saliva y tose.
—Sí…, claro.
Le lanza a Pablito una mirada orgullosa al pasar por su lado, y este no duda en animarlo con una palmada en la espalda.
—Vamos, campeón.
—¡La puerta abierta y las manos donde yo pueda verlas! —remata mi madre desde el sofá.
Empiezo a compadecerme del pobre Gorka, no sabe en la casa de locos en la que se ha metido.
Me siento frente al ordenador y lo enciendo. Tarda la vida en arrancar. Tamborileo los dedos sobre la mesa. Hacía tiempo que no me sentía tan incómoda.
—¿Cómo quieres empezar el trabajo? —susurra a una distancia en la que invade mi espacio vital.
«Huyendo», me dan ganas de responder.
Pero si ni siquiera sé de qué va el trabajo, ¿cómo voy a saber cómo empezar?
—¿Qué habías pensado tú? —esquivo la pregunta.