2 Pablo
PABLO
—Qué bien huele la cena. —Se relame Berta que aparece en la cocina con su alegría, esa que entra siempre antes que ella—. ¿Cómo algo tan sencillo puede estar tan bueno?
—Tengo que reconocer que vuestra tradición semanal de cenar huevo frito con patatas me encanta. Solo por esto merece la pena estar contigo, Pablo —bromea mi novia.
La suelto de entre mis brazos y me hago el ofendido.
—Qué fuerte me parece. A ver si te voy a cambiar por Adelaida, ahora que se ha quedado soltera.
—¿¡Soltera!? ¿¡Cómo que soltera!? —Las dos chismosas que tenemos por madres se llevan las manos al pecho.
—Pero ¿cómo puede ser eso? —empieza a indagar Mariajo—. Con la familia tan bonita que forman, que parecen de revista. ¿Qué habrá pasado entre ellos?
—Que Mateo te vio en el terrado en bikini y se ha quedado prendado, Mariajo. Desde entonces no ha dejado de pensar en ti —me burlo de ella.
La colleja me llega limpia, directa y sin previo aviso. Me la como de pleno.
—No seas tan agresiva, mujer, que lo he dicho como un cumplido —protesto con la mano en la zona afectada.
—¿Un cumplido? ¡Mis narices! —responde ella, indignada—. Me gustaría ver si llegas a los cincuenta años de tan buen ver como yo.
—No nos desviemos del tema —interrumpe mi madre—. Me sorprende que no hayamos sido las primeras en enterarnos de la ruptura. ¿Vosotros cómo lo sabéis?
—Berta. —La señalo sin pensarlo, lo que me cuesta una patada mal disimulada de su parte. Al final voy a optar por no abrir más la boca.
Todas las miradas se clavan en ella.
—Yo… yo… escuché una pelea entre ellos… —improvisa sin querer contar la verdad—. Pero tampoco me enteré muy bien.
Me enternece la rojez de sus mejillas. No lo está pasando bien y decido salvarla antes de que empiecen a someterla a un tercer grado.
—¿He oído a la abuela pedir más pacharán? —alzo la voz—. Vamos con ella, que tenemos a la pobre mujer abandonada en el salón.
Cojo la botella y la bandeja con las patatas fritas, las dejo sobre la mesa y le doy un abrazo a Josefina por detrás de la silla.
—¡Bonita!
—Pero mira que eres zalamero, bandido. —Se hace la dura, pero sé que le encanta recibir muestras de cariño.
—¿Preparada para el amigo invisible?
—Preparadísima, qué ganas tengo de deshacerme de ese mamotreto. Me compadezco de la víctima que se lo va a llevar. —Ríe por lo bajo.
Y es que, otra de nuestras tradiciones, es celebrar, el primer domingo de cada mes, un amigo invisible con cosas que tenemos por casa y que ya no queremos. Cuanto más inútil o feo, mejor. Las risas siempre están aseguradas.
Nos sentamos todos a la mesa y, nada más terminar de cenar, la primera en abrir su paquete es mi madre. Ante sus manos aparece una taza con el mensaje: «Haces posible lo imposible», y la imagen de un unicornio saltando entre estrellas.
—Esta es fácil. Zara, eres tú.
Acierta a la primera y ninguno lo dudamos. Zara es experta en frases motivadoras y regalos que parecen salidos de una tienda de autoayuda.
—La Mr. Wonderful —la llama Berta.
Le doy un codazo discreto porque sé que a mi novia no le hace gracia ese apodo y le lanzo el paquete con su nombre.
—Abre el tuyo y calla —bromeo.
—Eso, ábrelo, ábrelo —vuelve a reír la abuela por lo bajini delatando que es el suyo—. Y si se te cae al suelo y se rompe… tampoco pasa nada.
Berta lo caza al vuelo, rasga el papel de regalo y se queja cuando ve que es un cenicero de arcilla que hizo ella cuando tenía diez años.
Se me escapa la risa. Hay que reconocer que es feo de narices, las cosas como son.
La combinación de colores no hay por dónde cogerla, la forma es irregular y parece más un experimento fallido que un objeto funcional.
Entiendo que la abuela se lo haya querido quitar de encima. Bastantes años lo ha soportado.
—Abuela, ¿no quieres quedártelo? —La artista admira su obra con cara de fascinación y pena a la vez—. Qué bien lo hice, es muy bonito.
—Pues si tan bonito te parece, te lo quedas tú —suelta la abuela con crueldad.
—No es tan feo, enana —intervengo al ver su cara de decepción—. Siempre podría ser peor. Al menos se nota que es un posavasos —la chincho.
—¡Es un cenicero!
La atraigo hacia mí con el brazo y le doy un beso en la cabeza. Me enternece imaginar a esa niña de diez años, orgullosa como nadie de semejante obra de arte.
Dejo de abrazarla de golpe al dar un respingo en la silla, asustado.
No sé en qué momento Mariajo ha abierto su regalo y ha aparecido una…, un…, es tan descomunal que no sé ni cómo llamarlo.
—Un consolador, Mariajo. Un consolador —aclara mi madre con absoluta naturalidad—. Ahí lo tienes, a mi Alfredito.
Lo que más me impresiona de todo no es el objeto en sí, que también. Es que ese regalo lo ha hecho ¡mi madre! ¿Y encima lo ha llamado Alfredito? ¿Le ha puesto hasta nombre?
Quiero desaparecer. Quiero que me borren la memoria. O, mejor aún, quiero volver a nacer en otra familia. Una normal. Muy normal. Aburridamente normal.
Berta se da cuenta de mi estado y me agarra con firmeza de la mano. Está tan impactada como yo.
—¡Dime que no está usado! —grita Mariajo cuando por fin lo asimila—. A mí cochinadas no, ¿eh?
—Tú prueba a Alfredito y luego me cuentas —le incita mi madre con un guiño de ojo.
El guiño de ojo el que me entra a mí en forma de tic. Se me revuelve hasta el estómago.
—Pero si yo soy muy tradicional… —balbucea Mariajo—. No voy a saber qué hacer con esto.
—¿Cómo que no? —replica mi madre—. Ya te daré unas clases.
Me entra un escalofrío. La escena se ha clavado en mi retina y será lo último que recuerde antes de morir. Lo sé.
—Pues si no te aclaras ya me lo dejarás a mí —acaba de rematar la abuela—. Que desde mi Ciprianico, que en paz descanse, no cato varón.
Silencio.
Horror.
Trauma colectivo.
—Y ahora pasadme mi regalo —añade—, a ver si es tan interesante.
Berta y yo intentamos recomponernos. Nos incorporamos de la silla con la mirada de las mil yardas. La escena ha sido aterradora y jamás vamos a olvidarla.
—Pero ¿qué es esta horterada? —se queja la abuela mientras saca un pañuelo para el cuello con estampado de pájaros coloridos.
—¡Bien modernito! —aplaude Mariajo. Se nota que a ella tampoco le gusta y que el regalo ha sido más bien una liberación.
—De modernito nada, esto es horrible. —La abuela lo estira con los dedos sin saber por dónde cogerlo—. ¿Pretendes que me lo ponga?
—Horrible hasta que lo luce una influencer y lo pone de moda —interviene Zara.
—A estos jóvenes cada vez me cuesta más entenderlos… —murmura la abuela—. Influ… ¿qué?
—Influencer —repite Zara—. Una persona que influye en los demás. Las redes sociales están plagadas de ellos.
—¿Y qué hay que hacer? —pregunta Mariajo, interesada de repente.
—¿Y tú para qué preguntas? —salta la abuela, alarmada—. ¿Ahora te vas a hacer influyente? ¿Vas a formar una secta?
La pobre está perdidísima, no entiende nada de lo que están hablando.
—Tienes que crearte una cuenta en una red social —continúa Zara—. Grabas vídeos en los que salgas tú y los subes.
—¿Los subo a dónde? —pregunta Mariajo, tan perdida como la abuela.
—A internet. Y, si tu contenido gusta, ganas seguidores hasta hacerte famosa.
Mariajo abre los ojos como platos.
—¡Eso está hecho para mí! ¡Yo siempre he querido ser famosa! Como la Presley —declara, convencida—. Créame una cuenta de influyente de esas, Zara, cariño.
Le pasa el móvil, emocionada.
—Y grábame con este pañuelo de pájaros —añade, y se lo coloca al cuello—. Así, en plan diva. ¿Qué tengo que decir?
—Primero tenemos que buscarte un nombre —responde Zara.
—¿Un nombre? —se indigna—. Yo ya tengo un nombre. Yo me llamo María José De los Santos De Velasco. Escribe eso en el interné.
—Algo más artístico —matiza Zara.
—¿Artístico? Y yo qué sé, niña.
Mira a su alrededor en busca de inspiración hasta que sus ojos se posan en el consolador.
—¡Lo tengo! —exclama—. La Afrodita de Alfredito. Ese nombre tiene gancho, ¿no?
—Me dais vergüenza ajena —se queja Berta, y mira el pacharán de la abuela con deseo, tentada en pegarle un sorbo para hacer más llevadero el mal trago.
—A mí también —añado yo, desesperado—. ¿Podéis dejarlo para otro momento? Tengo que abrir mi regalo.
Pero es inútil. Siguen a lo suyo y no me escuchan.
Opto por abrirlo y ahorrarme escuchar absurdeces. Es un libro. Los libros solo pueden provenir de Berta, le encantan. Siempre está rodeada de ellos. Le lanzo una sonrisa y ella me devuelve el gesto.
Entre mis manos tengo una novela negra de Pablo Rivero. Recuerdo cuando la compró, estaba emocionada porque consiguió conocer al autor y que le firmara el libro. El mismo libro que ahora me regala a mí.
—Pero si es tu libro favorito. —La miro sorprendido—. ¿En serio quieres desprenderte de él?
Se tiró una semana sin separarse de ese libro. La vi reír, llorar, asustarse y agobiarse con cada capítulo. Me habló durante días y horas sobre él. Tanto que no me haría falta ni leerlo. Lo recuerdo todo, punto por punto.
—No quiero desprenderme de él, pero quiero que sea tuyo —me dice.
—Muchas gracias, enana. Sé lo importante que es para ti y lo valoro muchísimo.
Acerco la frente a la suya y le acaricio la mejilla con los dedos. No puedo quererla más. Es imposible.
Abrimos los ojos al mismo tiempo y nos sostenemos la mirada, con la que nos transmitimos tanto que nos sobran las palabras.
—Lo cuidaré mucho —le susurro para tranquilizarla. Aunque no me refiero solo al libro, sino también a ella.
Siempre he tenido esa necesidad de protegerla del mundo. De que nada malo le pase. De que sea feliz. Es mi enana. Daría la vida por ella sin dudar.
—¿Os podéis apartar? Me invadís el plano —nos llama la atención Mariajo. Nos separamos de un salto y le damos la espalda a la cámara que nos apunta.
Mariajo, con el cuello rodeado por el pañuelo de pájaros coloridos, habla con desparpajo sobre su indumentaria, y Zara la graba, se esmera en lograr los mejores planos. La locura de esta familia es digna de estudio.
—Zara, amor, solo falta tu regalo, ¿no quieres abrirlo? Sobra decir que es mío —le digo.
La aludida deja el móvil sobre la mesa a regañadientes de Mariajo, y lo reemplaza por el paquete con el papel de rosas rojas.
Lo rasga con ilusión. Dentro hay un corazón de peluche con brazos.
Adorable y achuchable. Sé que he triunfado.
Le va a encantar. Además, he preparado unas palabras que lo van a rematar.
Me aclaro la garganta y empiezo el discurso.
—Ya sabes cuánto te quiero, mi vida.
No hago más que abrir la boca y mi madre me interrumpe. Se lleva las manos al pecho, emocionada.
—Qué romántico eres, hijo mío, y cuánto amor se respira en el aire siempre que estáis juntos.
—¿Te quieres callar y dejar seguir al chico? —La abuela lanza una mirada capaz de intimidar al mismísimo demonio.
—Zara, mi vida —prosigo—, este corazón simboliza el amor que siento por ti. Un amor que…
—Pablo, ¿me lo estás diciendo en serio? —me corta Zara—. ¡Pero si este corazón te lo regalé yo en el último amigo invisible! —me recrimina con el morro torcido.
Las palabras de Zara y las risas del resto del grupo me cortan el sermón. Menos mal, porque la metedura de pata ha sido épica. Había olvidado que me lo había regalado ella. No sé qué decir ni qué hacer para salir airoso de este enredo.
—Ahora ya no se respira tanto amor en el aire, ¿eh, Lola? —Escucho que se ríe Berta, que le coge los bracitos al corazón de peluche y simula que es él quien habla con voz de pito.
—Y yo que pensaba que le iba a pedir matrimonio… —suelta Mariajo, y se seca una lágrima—. No hay manera de que se nos case el chiquillo.
—Yo… —intento añadir algo, pero estoy en blanco.
—No digas nada, Pablo. No pasa nada —suaviza Zara, y le resta importancia.
Mejor. Porque, diga lo que diga, lo voy a estropear todavía más.
—El perdón es el atributo de los fuertes —parafrasea mi novia para diversión de Berta, que reprime una risa.
No sé dónde meterme.
—¡Pacharán para todos! —me salva Josefina, que rompe la tensión para llenar nuestros vasos.