1 Berta #2
El sueño cada vez se pone más emocionante.
Siento su respiración en mi oído, su aliento cálido en mi cuello. Mi sueño ha creado el ambiente idóneo para nuestro encuentro. Y pinta que va a ser memorable. O eso creía yo, hasta que escucho el sonido de mi móvil.
¿La alarma intenta despertarme? Pues no lo va a conseguir. Me aferro todavía más al sueño y al culo de Mateo.
Pero el maldito móvil insiste.
Resoplo y me separo de él, con pesar.
Es una llamada.
—¿Sí? —contesto todavía con el deseo en cada parte de mi piel.
—Berta, soy Pablo, dime que has bajado por las escaleras.
—No puedo pensar, estoy en un ascensor y la cosa se empieza a poner interesante —digo con una sonrisa ronca y los ojos medio cerrados—. Déjame dormir un poquito más, Pablito. Por favor, te lo suplico.
—¿Qué dices? No es ningún sueño, se ha ido la luz del edificio y te has quedado encerrada en el ascensor.
Cuando empiezo a asimilar la información, y me doy cuenta de que es real, de que he estado a punto de besarme con mi vecino, doy un brinco con el que me separo todo lo máximo posible que un cubículo de un metro me permite y me pego a la otra pared.
Tierra, trágame.
Intento deshacerme del sofoco que todavía me invade, pero el culpable no me lo pone nada fácil.
—No te imaginas la de veces que he imaginado este encuentro contigo. —Vuelve a venir a la carga y, al estar todo a oscuras, lo primero que hace es meterme un dedo en el ojo por error.
Me asusto y grito.
—Berta, ¿estás bien? —se escucha a través de mi teléfono.
—Perdona, no veo nada. ¿Estás bien? —parece que se preocupa también mi vecino, que vuelve en mi busca.
—¡Sí! ¡No! —les respondo a los dos a la vez, nerviosa, y doy manotazos al aire para que se aparte.
—Berta, ¿qué ha pasado?
—No ha pasado nada, Pablito. ¡No ha pasado nada! ¡Pero sácame de aquí cuanto antes, por favor! —suplico, empiezo a desesperarme.
—No te preocupes, enana. Enseguida estoy contigo. —Y me cuelga.
Yo me pego todavía más a la pared, muerta de vergüenza. Mientras me seco el ojo lloroso por la intrusión.
No me puedo creer lo que ha pasado hace apenas unos minutos. Hemos estado a punto de besarnos. ¡De besarnos! Mi vecino y yo. Aunque, si lo recuerdo, me vuelvo a sofocar. ¡No! Berta, frena. ¡Está casado! CASADO. No sé por qué narices hemos estado tan cerca, pero no se va a volver a repetir.
—Me llamo Mateo, por cierto.
Lo sé, Mateo, cielo, sé hasta tu número de pie y la fecha de tu cumpleaños, el peluquero al que vas, los días que cocinas gambas, que es tu comida favorita, y hasta el ruido que haces al correrte. ¡Lo sé todo de ti! A riesgo de sonar en mi cabeza como una completa acosadora.
—¿Y tú eres?
¿En serio? Este tío es imbécil, lo que yo decía.
¿Yo lo sé todo de él y él ni siquiera sabe mi nombre después de diez años viviendo pared con pared?
¡Diez años! Diez malditos años, que se dice pronto.
Pero si lo pone hasta en el felpudo de mi puerta, en el buzón, e incluso, me apuesto lo que quieras a que, alguna vez, algún repartidor le habrá preguntado por Berta, su vecina la del sexto segunda tras no localizarme en casa y, estoy segura, de que no me habrá querido hacer el favor de recoger el paquete.
Resoplo por no sacarle un ojo yo también a él.
—¿Y tú eres? —insiste.
—Berta —digo de malas maneras.
—Berta…, me gusta.
Y a mí me gusta él, pero es un cabronazo sin corazón.
¿Y su pobre hija? Qué padre tan sinvergüenza tiene.
Pongo en práctica las respiraciones que he aprendido en yoga, que sirva de algo la inversión.
Y me apaciguo. Y se me quitan las ganas de estrangularlo.
Pero escucho también su respiración, y recuerdo que está a mi lado, a tan solo unos centímetros de mí, los dos solos en un espacio tan reducido en el que empezamos a quedarnos sin oxígeno, encima a oscuras…
y me vuelven las ganas locas de abalanzarme sobre él.
¡No!
¿O sí? ¿Sí o no?
No me da tiempo a pensar. Decide él. Se acerca. ¡Se acerca!
Me agarra de la cintura con seguridad.
Y veo conveniente recordarle a su mujer.
—Adelaida —nombro mientras, con la otra mano, me aparta el pelo para agarrarlo con firmeza entre sus dedos.
No puedo más, la tentación es insufrible.
—Nos hemos dado un tiempo, ya no estamos juntos.
¿He oído bien? ¿Está soltero?
¡Al fin libre!
¡A por todas!
Y me dejo llevar cuando acerca su boca a la mía y me devora con fervor y desenfreno. Tanta que no somos conscientes cuando la luz vuelve y la puerta del ascensor se abre. Al otro lado está Pablito. Tose para llamar mi atención.
Carraspeo y me separo de Mateo casi a empujones. Me limpio la boca con el dorso de la mano y me coloco el pelo. Lo que no puedo limpiar es la cara de felicidad y la risilla que se me escapa al mirar a mi amigo.
—Pablito, hola.
—Hola, sí, muy contenta te veo. A mí solo me ha faltado llamar a los GEO para sacarte de aquí, cuando tampoco parecía tan urgente —me recrimina serio.
Entre que no sé qué contestarle y Mateo vuelve a pegarse a mí como una lapa, se me vuelve a escapar la risa.
—¿Vienes o te quedas? —me pregunta Pablito, resignado.
—Voy, voy. Por supuesto que voy.
Me despido de Mateo con una carantoña que responde con una cachetada en el culo y salgo de un saltito del ascensor. Olvido la bolsa de basura que tiene que recoger mi amigo bajo la atenta mirada de mi vecino.
—Te habrás quedado a gusto, ¿no? —me dice una vez nos hemos quedado solos.
—¡Y tan a gusto!
—No te reconozco. ¿Tengo que recordarte que está casado?
—¿Pero por quién me tomas? Jamás me liaría con un hombre casado. Está soltero, Pablito, soltero y entero para mí —me animo, y le doy un par de manotazos en el hombro.
Mi amigo me mira con gran alivio y entonces se une a mi risa.
—Joder, enana, qué susto me habías dado. No sabía que lo había dejado con Adelaida. Ha debido de ser el culebrón del bloque y nosotros sin enterarnos. Pues entonces es una grandísima noticia.
Se acerca y me da un abrazo, feliz por mí.
—Ahora tienes vía libre al fin. Después de diez años. ¿Qué tal ha ido? ¿Ha estado a la altura de tus expectativas?
Me negaba a entrar en detalles. Porque, si me paro a pensarlo… no, la respuesta es no. Un no claro, rotundo y un poco incómodo. Esa es la verdad.
Y eso es lo extraño. No es una decepción devastadora, ni siquiera dramática. Es una sensación rara y desconcertante. Tal vez decepcionante. La realidad es que, lo he idealizado tanto, tantísimo, durante diez años que, una vez probado, tengo que admitirlo aunque me duela: no ha sido para tanto.
—Ha estado bien —miento, todavía no estoy preparada para asumir la decepción en voz alta.
—Berta, es Mateo, me esperaba más euforia.
Y yo también, Pablito. Yo también me esperaba más euforia después de tantos años suspirando por él. Yo también me esperaba fuegos artificiales, música épica, y un antes y un después en mi vida sentimental.
¿Y si continúo en shock?
¿Y si no termino de asimilar que ¡me he besado con mi vecino!?
Es eso. Seguro.
Porque la otra opción sería aceptar que he construido durante años una fantasía descomunal alrededor de un hombre real y, cuando por fin ha bajado del pedestal y ha sido alcanzable, no ha cumplido las expectativas.
Así que no, me niego a aceptarlo.
Sigo en shock.