Entre tres
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1 Berta
BERTA
—¡Te como y te vas a tu casa, Berta!
—¡Ni de coña!
Él ignora mi queja y sigue a lo suyo.
—Atención a la jugada: cuento veinte y me como también a Zara.
—Cariño, no seas malo o esta noche duermes en el sofá —replica la afectada.
—¡Cómo me encanta el parchís!
—Porque tienes una flor en el culo, Pablito —me burlo del «tiarrón» de casi dos metros al que llevamos llamando por un diminutivo toda la vida.
—Envidiosas. No se puede jugar con vosotras.
Cojo mi ficha verde para devolverla a la casilla de salida, pero, lo hago con tanta intensidad, que golpeo un vaso con el codo y derramo todo el contenido por el tablero.
—¡Mi pacharán! —grita mi abuela, a la que no se le ocurre otra cosa que acercar la lengua para recoger los restos del líquido rojizo—. Seréis malnacidos.
—Josefina, por favor, ¡qué asco! —le riñe Pablito mientras intenta salvar el desastre.
—¿Cómo que qué asco? Aquí no se desperdicia nada. Una guerra tendríais que haber vivido vosotros —se defiende.
Limpio el tablero con rollo de papel y meto todas las fichas en mi vaso de agua para lavarlas.
—¿Pero qué haces, enana? Cómo se nota que ibas perdiendo —me acusa Pablito.
—¿Pretendías seguir jugando con este destrozo? —me sorprendo.
¿Me sorprendo? Realmente no sé de qué. Conozco a Pablito de toda la vida; cuando nací, él ya estaba ahí. Ha sido como un hermano para mí, un hermano tres años mayor que yo, con el que lo he compartido todo.
Nuestras madres son las mejores amigas, se conocieron en el instituto y se hicieron inseparables. Además, mi madre se quedó viuda con cuarenta años y la madre de él se divorció ese mismo verano. Desde entonces, han estado todavía más unidas.
Tenemos a Lola, a Pablito y a su novia Zara todo el día metidos en casa. El piso de mi abuela, en el que también vivimos mi madre y yo, se nos queda pequeño.
Y hablando de las reinas de Roma… aparecen por la puerta las dos a la vez, a empujones, compiten por ser la primera en entrar, lo que hace que se queden encajadas en el marco de la puerta.
—¡Y va y me dice que tengo unos pómulos preciosos sin quitarme los ojos de la delantera! —chilla mi madre muerta de la risa.
—¿Y quién no te va a mirar la delantera?
Si es que tienes unas tetas que merecen su propio pasaporte —suelta Lola, la madre de Pablito, que se une a las carcajadas—.
Qué descarado este Antoñico. Aunque se lo perdonamos, porque tiene un buen revolcón.
—Se apoya en el marco de la puerta y se abanica—. Qué calores me están entrando.
—¿Habéis bebido? —Las miro entre asustada y avergonzada.
—Claro que no, un carajillo nada más —se defiende Lola.
—¿Solo uno? —la delata mi madre, sorprendida.
Su amiga le da un codazo con tanto ímpetu que la lanza al salón y consiguen desatascarse del marco de la puerta.
—Nosotras somos así de felices —declara Lola antes de arrancarse a cantar Felicitá en un italiano inventado y desafinado.
Mi madre no tarda en unirse. Chasquea los dedos y contonea el cuerpo a un ritmo distinto al de la música. Qué desincronización. El espectáculo nos hace mirarnos entre nosotros, avergonzados.
—Oye, pues ahora que lo decís, igual sí que estamos un poco achispadas —confiesa mi madre con una risita tímida.
—Del único carajillo que hemos tomado, por supuesto —enfatiza su amiga para no delatarse.
—Se están quedando con nosotros, ¿no? —nos pregunta Pablito sin saber qué hacer con ellas.
—¿Todavía no estáis curados de espanto con estas dos? Yo ya las doy por inútiles. Menudas son estas tiparracas desde que se han juntado —se explaya mi abuela bien a gusto—. ¿¡Un pacharán!? —Ofrece con la botella en alto.
—Uy, no, si nosotras no bebemos —rechaza mi madre mientras le devuelve el codazo a su amiga y casi la estampa contra el sofá.
Lola tiene que agarrarse al respaldo para no rodar por el suelo.
Y yo, que ya he tenido suficiente espectáculo, me levanto de la mesa.
—¿Dónde vas? —se interesa mi amigo.
—Necesito que me dé el aire.
—¡Aprovecha y baja la basura! —me sugiere mi abuela a través de una orden que más me vale cumplir.
Pablito me sigue hasta la cocina para ayudarme. Al pasar por el marco de la puerta, imita a nuestras madres y se encaja conmigo. Hace como que quiere avanzar y no puede. Yo me río. Con él es difícil no hacerlo.
Zara aparece a nuestra espalda y rodea la cintura de su chico con los brazos. Aprovecho la distracción para escabullirme y abrir el cubo de basura.
—¡Nunca me cansaré de repetirlo, cuánto amor se respira en esta casa! —nos asusta Lola que aparece en la cocina a grito pelado.
Pablito le sonríe a Zara, la atrapa entre sus brazos y le da un beso que me hace desviar la mirada. ¿Se puede ser más empalagoso?
—Unos respiran amor y otros respiran mierda, Lola, esa es la diferencia —me quejo mientras cierro la bolsa y me la echo a la espalda. Pesa tanto que no puedo con ella.
Lola se me planta delante con toda la seriedad del mundo, como si mi salvación dependiera de sus próximos movimientos.
—Ven aquí, niña, que te voy a mirar los chakras.
Me coloca las manos sobre la cabeza y cierra los ojos con un gesto tan dramático que parece estar a punto de entrar en trance. Empieza a desplazar las palmas por el aire, arriba y abajo, como si espantara mosquitos y, para rematar, lo acompaña con un cántico incomprensible.
Pablito y yo nos miramos de reojo y contenemos la risa. Lo cierto es que no es nada nuevo: llevamos toda la vida sobreviviendo a limpiezas de aura, rituales energéticos y conjuros improvisados de la bruja Lola. Nunca soluciona nada, pero nos asegura buenos momentos.
—Berta, tu vida está a punto de cambiar —predice, convencida.
—¿Verdad que sí? Me va a tocar la lotería y voy a poder huir de esta casa de locos. Uy, mira, ya me ha tocado. Adiós.
Y ahí la dejo, en pleno aquelarre doméstico, gesticula y lanza hechizos que solo ella entiende.
Cierro la puerta de casa e inspecciono el rellano.
Estoy de suerte, no hay vecinos a la vista.
Pulso el botón del ascensor mientras la culpa me invade por dentro.
Sí, lo sé, es asqueroso meter una bolsa de basura en ese habitáculo minúsculo donde se concentra todo el olor, pero pesa tanto que me veo incapaz de bajar seis pisos con ella a cuestas.
Conforme el ascensor sube, con su parsimonia habitual, se abre la puerta de uno de los vecinos.
Me pongo nerviosa y pulso el botón hasta desintegrarlo.
Estoy a punto de ser descubierta cometiendo semejante delito.
Pero, lo que me deja muerta, es ver el vecino que se asoma.
No podía ser otro que él. MI VECINO. En mayúsculas, negrita, subrayado y hasta en un puto cartel de neón, y aun así me estaría quedando corta.
Mateo, se llama Mateo, y es la fantasía de cualquier comunidad de vecinos.
Mi amor platónico desde que se mudó al bloque hace más de diez años.
Del que lo sé absolutamente todo. Y no porque me lo haya contado él, ya que nunca hemos intercambiado una sola palabra más allá de un cordial saludo las veces que nos hemos topado de cara y no le ha quedado más remedio.
Porque Mateo, todo lo que tiene de guapo, lo tiene de maleducado.
Se cree que por estar casado con un mujerón despampanante y tener una hija perfecta está por encima del bien y del mal.
Es borde, huraño y engreído. Es prepotente y estirado.
Creído, soberbio, arrogante. Pero ¡me gusta!
¡Me gusta mucho! No puedo evitarlo. Soy así de masoca.
Me pongo nerviosa y pulso el botón del ascensor con más fuerza.
¿Pero por qué tarda tanto? Maldita sea. Ya es tarde para correr escaleras abajo con la bolsa de basura a rastras.
Me topo con su mirada penetrante e imponente.
¿Me está mirando? Me está mirando. Aparto los ojos y vuelvo a pulsar el botón.
La puerta del ascensor se abre al fin y me abalanzo dentro como si me fuera la vida en ello.
¡Conseguido! ¡Ya a salvo! Suspiro, aliviada.
Pero, para mi sorpresa, una mano detiene la puerta que está a punto de cerrarse y consigue entrar antes de que se cierre por completo. Mierda. Y nunca mejor dicho, yo con la bolsa de basura como acompañante. Me miro en el espejo y cierro los ojos.
—Hola —saluda a mi espalda.
Y no es un saludo seco, automático y obligado como los pocos que se ha dignado a ofrecerme durante años. Es un saludo… ¿alegre?, juraría que incluso ha sonreído. Debo de estar soñando. No puede ser real.
—¿Cómo estás?
¿Encima se interesa por saber cómo estoy?
Confirmado: es un sueño. Como tantos otros que he tenido con él de protagonista, que no han sido pocos.
La única diferencia es que, por primera vez, la bolsa de basura aparece en escena.
Extraño como poco. Pero no pasa nada, no va a arruinar mi momento.
Ahora es cuando la coge, la aparta a un lado, me sujeta de ambas muñecas y me empuja contra la pared. Ya lo estoy visualizando.
Al saber que se trata de un sueño, me envalentono y me giro para ponerme frente a él.
—Hola —le saludo de manera seductora—. Estoy bien, como podrás comprobar, pero no tanto como tú, desde luego.
Mi vecino no espera esta contestación y le dejo descolocado. Chúpate esa, engreído.
Tarda unos segundos en reaccionar, pero, cuando lo hace…
, tres, dos, uno…, empieza la acción. Coge la bolsa de basura y la deja a un lado.
Después, con mirada perversa, me atrapa ambas muñecas con fuerza y un escalofrío me recorre todo el cuerpo.
Estoy más que preparada para él. Sonrío y me muerdo el labio.
Me eleva los brazos por encima de la cabeza y lanza un gruñido en mi boca.
Su mirada me atraviesa, lo tengo a tan solo unos centímetros de mí y puedo notarlo entero.
Entonces, el ascensor hace unos abruptos movimientos y las luces parpadean.
Cierro los ojos y me concentro un poco más. No quiero que el sueño termine. No ahora.
Las luces siguen fallando y, tras unos segundos de traqueteo, el ascensor se detiene en seco. Todo queda a oscuras y su cuerpo cae sobre el mío.