Entre tres 28 Pablo
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28 Pablo

PABLO

Estoy sentado en mi cama, con la luz baja y la ventana abierta para que entre el aire fresco de la noche. La casa está en silencio, de ese silencio que pesa más cuando uno está solo de verdad.

Llevo todo el día intentando acostumbrarme a la ausencia de Berta, pero las sábanas todavía huelen a ella, y eso es una putada monumental.

Estoy obsesionado con ella, lo admito. Tan obsesionado que hasta me parece escuchar su voz. Como si el viento de la noche me la susurrara al oído.

¿En qué momento me he convertido en un cursi? Yo no era así. Yo era un tío normal. Funcional. Berta…, ¿qué has hecho conmigo?

—Pablito, soy yo, Berta.

Me incorporo de golpe en la cama y el corazón me da un salto. No. No puede ser.

¡Es ella! ¡Berta está en mi casa! ¡Al otro lado de la puerta!

Todo mi cuerpo entra en pánico: las manos me sudan, el estómago se me encoge y la cabeza me empieza a gritar órdenes contradictorias.

Quiero levantarme, abrir la puerta y comérmela a besos. Literalmente. Juro que podría hacerlo sin respirar entre uno y otro.

Pero estoy enfadado, muy enfadado. Y eso también cuenta.

Me siento un gilipollas y no me gusta sentirme así. Me he declarado. Le he dicho lo que sentía. Y ella ha huido. Me ha dejado solo. Como a un imbécil que se queda con la frase a medias.

Así que, ahora mismo, me da igual lo que haya venido a decirme. O eso intento hacerme creer.

Entonces suenan las primeras notas de I Want It That Way en el pasillo.

Nuestra canción.

La que me rompe por dentro con solo escuchar los primeros segundos. La que guarda cada recuerdo feliz, cada risa sin sentido. La que nos prometimos que, pasara lo que pasase, siempre bailaríamos juntos. Porque sí. Porque éramos felices.

Cada acorde parece atravesar la puerta y llegar hasta mí como un hilo invisible que me tira del pecho. Me llama con suavidad, insistente. Me recuerda que no estamos tan lejos. Que nunca lo hemos estado.

Me río por lo bajo y niego con la cabeza. Maldita Berta. Esto es ridículo. Me parece absurdo salir a bailar con ella, no me apetece. Pero era nuestro pacto, nuestra norma no escrita, nuestro «pase lo que pase».

Me obligo a quedarme en la cama. A ser fuerte, a ser orgulloso. Pero hay algo dentro de mí que se rebela y me incita a levantarme. No me gusta fallar a las promesas, por muy absurdas que parezcan. Y menos si llevan su nombre.

¡A la mierda! ¿A quién pretendo engañar?

Me incorporo y me acerco a la puerta guiado por la música. El corazón me late como nunca antes. Una mezcla de miedo, emoción, ilusión y alivio me atraviesa de arriba abajo.

Berta ha decidido volver. Y sé, sin ninguna duda, que este momento va a cambiar todo entre nosotros.

Giro el pomo. La música suena un poco más fuerte al otro lado y, cuando la puerta se abre, Berta está ahí. De pie, en mitad del pasillo, con el móvil en la mano y esa cara suya que siempre consigue lo que quiere de mí.

Ni siquiera me sorprende verla en pijama. Ella es así: un pequeño desorden lleno de luz, distinta al resto, como si no necesitara seguir unas normas para ocupar su lugar en el mundo.

Nos miramos sin decir nada. Durante un segundo o una vida entera, no lo tengo claro. I Want It That Way sigue sonando y llena el espacio entre nosotros, sustituye cada palabra que no nos atrevemos a pronunciar.

—Hola —dice al fin, en voz baja, como si no estuviera segura de tener el derecho a hablar.

—Hola —respondo yo, demasiado rápido, traicionándome.

Me tiende la mano.

Es injusto. Sabe que no sé decir que no a esto.

Cuando la cojo, algo encaja. No se arregla de golpe. No desaparece el dolor. Pero encaja.

La acerco despacio y empezamos a bailar la coreografía en el pasillo estrecho. Apenas hay espacio y nos movemos algo torpes.

Me encanta tenerla tan cerca. Me encanta volver a ser nosotros, aunque sea por unos minutos. Dejar todo atrás y simplemente disfrutar.

Llega el paso en el que, en teoría, debería cogerla al vuelo. Como era de esperar, no nos sale. Perdemos el equilibrio y chocamos contra una de las paredes. Nos reímos hasta que acaba la canción.

—Algún día lo conseguiremos —me dice divertida.

Le sonrío, pero no sé me ocurre qué contestarle. Porque ese algún día no solo habla del paso que nunca nos sale. Habla de nosotros. De seguir juntos, de intentarlo, de no soltarnos.

—Siento haberme ido esta mañana.

Es ella la que se atreve a sacar el tema. Su voz ya no suena tan segura como antes.

—Quiero que sepas que… que no me he ido porque no sintiera nada. Me he ido porque siento demasiado.

Desvía la mirada, avergonzada, y se pierde el desconcierto en mi cara. No puedo creer que ella también sienta algo por mí. Que no haya sido solo un beso impulsivo, sin sentido, sin pensar. Un capricho. Que, para ella, igual que para mí, todo esto signifique algo más.

—¿No vas a decir nada? —me pregunta, aún con la vista clavada en el suelo.

—No sé qué decir. No me esperaba esto —respondo nervioso. Todavía lo intento asimilar.

—Ni yo. Yo tampoco —se apresura a decir—. No sé qué me pasa contigo. Siempre me has gustado. Desde que nací, bueno, desde que nací es un decir. Pero sí desde pequeño, o no sé, desde hace años, muchos años… Lo sé, se me da fatal declararme. No está quedando muy romántico, ¿verdad?

No puedo evitar sonreír.

—Es bastante tú —me burlo aún sin saber de dónde saco la entereza—. Si hubieras preparado un discurso perfecto no me lo hubiera creído.

—Entonces… ¿qué hacemos ahora? —pregunta con voz atropellada.

La conozco. Está nerviosa. Se pasa una mano por el pelo y luego no sabe qué hacer con ella. Se muerde el labio. Me mira. Baja la cabeza. Repite el proceso.

Yo, en cambio, siento justo lo contrario. Alivio. Un gran alivio. Una calma extraña. Por fin puedo respirar sin que me duela el pecho.

—¿Qué hacemos ahora? —repito su frase—. No huir, por favor. Al menos a corto plazo.

Levanta la mirada y me sonríe.

—Lo prometo. Ni a corto ni a largo plazo. Lo quiero todo contigo.

—Y yo contigo, ya lo sabes.

No hace falta decir nada más. Los dos damos el paso a la vez, como si nuestros cuerpos supieran, antes que la cabeza, lo que siempre supieron: que se pertenecen el uno al otro.

Nuestros labios se encuentran y esta vez no hay dudas, ni miedo, ni urgencia. Solo la certeza tranquila de que, después de toda una vida compartida, por fin estamos donde tenemos que estar, en el mismo lugar.

Hemos sido amigos desde pequeños, compañeros de juegos, cómplices de risas, secretos y lágrimas, y de momentos que solo nosotros entendíamos.

Lo hemos vivido todo juntos y, sin darnos cuenta, ese lazo que nos unía como amigos se transformó en algo más profundo, un amor que siempre esperó a ser descubierto.

Y, mientras el mundo gira alrededor, nosotros nos quedamos aquí, en silencio, abrazando todo lo que fuimos, todo lo que somos y todo lo que seremos. Porque, después de una vida entera juntos, entendemos que no hay otra forma de continuar. No hay otro amor posible.

Somos más que amigos. Somos cómplices. Somos hogar.

Somos nosotros. Juntos.

Desde siempre y para siempre.