CAPÍTULO XXVIII
—Tiene derecho a guardar silencio. Cualquier cosa que diga puede y será usada en su contra en un tribunal de justicia.
Mientras Anthony le recitaba los derechos Miranda al doctor, se fijaba en su reacción, su mirada, el gesto de sus manos; pero este no esbozaba ni la más mínima señal de preocupación o remordimiento.
—Tiene derecho a hablar con un abogado y a que un abogado esté presente durante cualquier interrogatorio. Si no puede pagar un abogado, se le asignará uno. ¿Entiende estos derechos tal como se los he leído?
—Sí, agente, y por ahora no necesito ningún abogado.
Anthony le extendió el formulario respectivo y este lo firmó.
—¿Cómo se siente, doctor Stark? —comenzó diciendo Anthony.
—Llámeme Michael, agente, por favor.
—Está bien, Michael. ¿Cómo estás?
—Muy bien, agente, gracias por preguntar. ¿Y usted? ¿Está muy contento hoy?
—Aún faltan algunos detalles para que esté más contento —respondió Anthony.
—Y seguro espera que yo le dé esos detalles, ¿no?
—Sí.
—¿Por qué no arrestó a Randy Nixon?
—Me temo que seré yo quien haga las preguntas, Michael; es así como funciona —le aclaró Anthony.
—No, Anthony. Será una por una, ¿te parece?
—¿Por qué no lo arrestaron? —insistió Stark.
Anthony no reaccionó de inmediato; mantuvo la mirada fija, dejando que la pregunta rebotara en las paredes de la sala.
—Tenían indicios —continuó el doctor—. Acceso. Historial. Mujeres casadas. ¿No era suficiente?
El silencio se prolongó unos segundos. Anthony solo lo observaba, analizando cada microexpresión.
—Aquí las preguntas las hago yo —dijo por fin:
—Entonces haga las correctas.
Hubo una pausa densa. Anthony se inclinó ligeramente hacia adelante.
—¿Cuándo decidió matar a su esposa?
Stark lo miró con una calma gélida, sin parpadear.
—La perdoné.
—No le pregunté eso —replicó Anthony con voz seca.
Tras un breve silencio, el agente volvió a la carga:
—¿Cuándo decidió que no bastaba con perdonarla?
El doctor no respondió. Nada.
—¿Fue antes o después de elegir al amante como culpable?
Stark inclinó ligeramente la cabeza, como si evaluara la inteligencia de su oponente.
—¿Ya investigaron cuántas mujeres casadas ha tenido él?
—¿Cuándo lo eligió? —repitió Anthony, ignorando el desvío.
Silencio. El aire en la sala parecía volverse más pesado.
—¿Antes del primer asesinato… o después? —insistió el agente.
Nada. Stark permanecía inmóvil.
—¿Qué vio en él?
El doctor esbozó una sonrisa casi imperceptible.
—Patrones.
—No —corrigió Anthony con firmeza—. Conveniencia.
Hubo una pausa en la que solo se escuchaba el zumbido de la grabadora.
—Necesitaba a alguien que se pareciera al problema —continuó Anthony—. ¿Quería que lo arrestáramos… o que lo ejecutaran?
La sonrisa de Stark se desvaneció un poco.
—¿Eso es lo que cree?
—Creo que lo necesitabas —sentenció Anthony, bajando un tono la voz—. Ahora, hablemos de las víctimas.
Apoyó las manos sobre la mesa de acero, acortando la distancia física entre ambos.
—¿Por qué Tobías?
Stark lo miró con cara de sorpresa.
—¿Por qué mató a Tobías?
—Yo no maté a Tobías —respondió él, frunciendo el ceño.
—Tobías dejó de serle útil, ¿verdad?
No respondió.
—Utilizó su identificación para comprar la etorfina; eso ya lo sabemos.
—Lo mató por algo que él sabía, y al dejar la etorfina como una pista, sabía que iríamos tras él y descubriríamos que es primo de Randy Nixon.
Miró a Anthony y entornó los ojos, pero guardo silencio.
—Lo descubrió cuando se disfrazó de él para comprarla, o… ¿él sabía algo más?
—Yo no maté a Tobías; él se suicidó —insistió.
—¿Y cómo sabe que él está muerto? ¿Quién le contó? ¿Fue su otro yo? ¿Cómo se llama? Lo tenemos ubicado a usted en la escena, justo el día que murió.
Stark lo miró con recelo. Y su mente se fue al último día que vio a Tobías en Nueva York, él estaba revisando las cámaras del pasillo secreto.
Al volver al consultorio Tobías estaba allí esperándolo, quería una carta de recomendación para la universidad, pero Stark no podía dársela porque no fue su psiquiatra.
Ese día Tobías descubrió su secreto y, sin saberlo, sentenció su propio destino.
—Sí, nos dejó un recuerdo suyo allá —dijo Anthony, y colocó sobre la mesa el frasco de colonia recolectado en la casa del doctor como evidencia.
Stark lo observó. Luego miró a Anthony con rabia.
—Si la muerte de Tobías fue para borrar una pista, era un testigo ¿verdad?
Stark lanzó una mirada que revelaba que Anthony había dado en el blanco.
—¿Qué tenía que hacer una mujer para que usted decidiera que debía morir?
Silencio total.
—¿Infidelidad comprobada?
Nada.
—¿Sospecha?
Nada.
—¿O solo que le recordara a alguien?
Stark lo observó fijamente, con los ojos entrecerrados.
—Está simplificando, agente.
—Entonces explíquelo —desafió Anthony.
Pausa. El reloj en la pared parecía marcar los latidos de la tensión.
—¿Todas eran culpables?
Silencio.
—¿Se equivocó alguna vez?
Nada.
—¿Esta última? —añadió Anthony—. ¿También estaba “confirmada”?
Stark sostuvo la mirada con una intensidad eléctrica.
—Lo estaba.
—¿Cómo lo sabía?
—Sin comentarios —respondió Stark apartando la mirada.
Anthony notó que los dedos del doctor se tensaban apenas un milímetro sobre la mesa.
—¿Mensajes? ¿Seguimiento? ¿Interpretación?
Nada.
—¿O intuición?
El aire se tensó al límite. Anthony decidió lanzar el golpe que su sexto sentido le dictaba.
—¿Cuántas veces su padre la perdonó? —preguntó de pronto.
El cambio fue mínimo, pero real: las pupilas de Stark se dilataron un instante. La grieta. Pequeña. Precisa.
—No estamos hablando de mi padre —dijo Stark, y por primera vez, su voz perdió la entonación perfecta.
—De eso es que estamos hablando —aseguró Anthony, sin quitarle los ojos de encima—. ¿Cuántas veces?
Silencio. Stark desvió la mirada apenas un segundo hacia el cristal de observación.
—¿Tres? ¿Cinco?
El doctor respiró más lento, como si intentara recuperar su máscara de hierro.
—¿Qué sintió la última vez que ella se fue?
Nada, no sentí nada.
Guardó silencio absoluto. Anthony sabía que lo tenía.
—¿Cuándo dejó de verla como su madre?
—Sin comentarios.
—¿Y cuándo empezó a verla en otras mujeres?
Ahí estaba. Stark apretó la mandíbula.
—No estaba creando un patrón —dijo Anthony, bajando aún más la voz—. Estaba repitiendo uno.
Silencio.
—Y él… —añadió— no era el culpable.
Pausa.
—Era el sustituto.
Stark volvió a mirarlo. Esta vez no había rastro de la sonrisa. Su rostro era una máscara de frialdad pura.
—¿Por qué no lo arrestaron? —repitió el doctor, pero ahora su voz era casi un susurro.
Anthony se recostó en la silla, sintiendo el peso de la victoria en ese interrogatorio.
—Porque no era usted —respondió con calma—. Y usted lo sabía.
Nada. Stark parecía procesar que su juego de espejos se había roto.
—Por eso necesitaba seis —concluyó Anthony—. Para que dejara de parecer personal.
El doctor no respondió. Pensó en ese momento cuando les dijo a las chicas no es nada personal, pero no a su esposa, poque claro que con ella era algo muy personal.
—Pero nunca dejó de serlo, ¿verdad doctor?
Anthony dio por concluido el interrogatorio; ya tenía las piezas que le faltaban para cerrar el caso y redactar su informe definitivo. Pero la sensación de haber abierto algo más grande de lo que cerraba permaneció en la sala.
Todo quedo en silencio. Stark no se movió. Ni siquiera cuando la puerta se abrió.
* * *
Unidad de Análisis de Conducta — Informe Complementario
Sujeto masculino, psiquiatra, alto funcionamiento cognitivo, marcada tendencia al control y manipulación interpersonal.
El crimen no responde a un impulso serial clásico, sino a una estructura compensatoria: el homicidio de la esposa (evento central) generó la necesidad de diluir responsabilidad mediante la creación artificial de un patrón.
Las víctimas adicionales no constituyen un fin en sí mismas, sino un medio para:
1. Despersonalizar el acto inicial.
2. Construir una narrativa alternativa (asesino en serie).
3. Redirigir sospecha hacia un tercero seleccionado con anterioridad.
El sujeto selecciona a dicho tercero no por culpabilidad real, sino por adecuación simbólica (conducta reiterada con mujeres casadas), funcionando como figura sustitutiva del conflicto original.
Se observa una repetición no resuelta vinculada a experiencias tempranas: infidelidad materna, patrón de perdón paterno y colapso final de la figura paterna.
Conclusión: El sujeto no mata por compulsión, sino por corrección simbólica de un evento no resuelto. Cada víctima representa un intento fallido de reescribir dicho evento.
La intervención se produce antes de la quinta víctima prevista, lo que sugiere que el ciclo no había alcanzado resolución interna.
* * *
Reunidos en la sala de conferencia, el jefe Kennedy tomó la palabra.
—Nos ha llegado una carta de felicitación conjunta —anunció Kennedy, sosteniendo el documento con un gesto de orgullo contenido—. Viene firmada por el Fiscal de Distrito y el Comisionado de la Policía de Nueva York.
El jefe hizo una pausa, recorriendo con la mirada a los seis integrantes de la Unidad antes de continuar:
—Y bueno, chicos... yo también quiero felicitarlos. Logramos sacar de las calles a ese asesino y, lo más importante, salvamos a esa chica cuando estaba a solo instantes de perder la vida. Se han ganado un respiro. Tómense el resto del día para hacer lo que más les guste; se lo han ganado.
—También usted estuvo con nosotros en el campo jefe —señalo López, todos asintieron.