Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XXVII
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CAPITULO XXVII

Unos minutos después, aparcó en la esquina de la calle de la Luna, cruce con la calle del Sol.

Volteó a su izquierda y observó la entrada de la posada El Girasol; sabía que había una cámara pública y otra privada, y ya había calculado cómo evitar que tomaran la matrícula que, aunque no estaba registrada, podría causarle algún inconveniente en el trayecto.

Vio a la chica salir y, justo cuando venía una van de transporte, maniobró con rapidez y se colocó bastante cerca de la camioneta, impidiendo que la cámara captara la matrícula. La chica le sacó la mano y él se detuvo justo detrás del anuncio de la posada, eludiendo las cámaras.

La chica subió en la parte trasera. Él bajó la ventanilla, tomó la dirección, la cerró y aprovechó el vehículo que venía para salir lo más cerca posible y evitar las cámaras. Giró en la esquina; ya había preparado la matrícula trasera para que no pudiera ser reconocida.

Miriam empezó a sentir que se adormecían sus manos; pensó que eran los nervios, pues era un casting muy importante.

Pero empezó a sentir que se mareaba. Miró al chofer y le pareció que llevaba una mascarilla; le pidió que se detuviera, pero él no la escuchó.

Sintió que se le secaba la boca, ya estaba bastante mareada.

Intentó abrir la puerta, pero esta no cedió.

Quiso tomar su teléfono, pero parecía escabullirse de sus dedos y, poco a poco, fue perdiendo la conciencia hasta que se derrumbó.

El Sr. Hyde la observó, hizo un giro brusco.

Se detuvo, bajó del taxi, tomó el celular de la chica y lo apagó; volvió al taxi, arrancó a toda velocidad, dio varios giros y al rato llegó al galpón; lo abrió y entró.

Se colocó guantes de látex y tapabocas. Sacó a la chica del taxi y la colocó sobre la mesa de costumbre.

La desnudó y la sujetó a la mesa con correas en la cabeza, los brazos y las piernas; la amordazó para que no pudiera gritar y le inyectó etorfina en el cuello.

Colocó las ropas en la lavadora, echó el detergente y la programó.

Miró su reloj, tenía que apurase para no ser sorprendido y colocó la jeringa —aún con la aguja y el resto de etorfina— sobre la repisa junto a la puerta de salida del galpón.

Se quitó los guantes y el tapabocas, los colocó en un recipiente metálico, les prendió fuego y salió apurado del galpón a pie.

* * *

En la oficina Robert sintió que el aire se volvía pesado.

Anthony no había encendido la luz, pero sus ojos, fijos y cargados de una lucidez electrizante, parecían brillar con luz propia en la penumbra.

Fue en ese instante cuando Robert comprendió que el agente ya no buscaba respuestas; las había encontrado todas.

Aquella mirada no pedía confirmación, dictaba una sentencia.

Anthony acababa de cruzar el umbral de la verdad, y no iba a haber vuelta atrás, al fin, Anthony le dijo:

—Eres un genio, acabas de decirme cómo hace Stark para salir sin ser visto, ahora tengo que ver su jardín, y las dimensiones de la casa, debe tener un pasadizo secreto y da a la calle de atrás donde están los negocios.

Robert abrió desmesuradamente los ojos y le preguntó:

Entonces, ¿la chica está en alguno de los galpones de la calle de atrás?

—Sí, ahora estoy seguro, pero aún no puedo probarlo. Vamos a casa de Stark tengo que ver su jardín.

Pasaron por la sala de reuniones y les dijo a todos:

—Esta noche atraparemos al asesino.

Y sin más, caminaron hasta la puerta y salieron. Todos voltearon a verse entre ellos. El jefe esbozó una ligera sonrisa de satisfacción; López, mirando al jefe, respiró profundamente sintiendo un hálito de alivio.

Ya en la casa del doctor Stark, la secretaria los hizo esperar unos minutos. La puerta en arco del medio de la recepción se abrió, salió el doctor y los saludó:

—Buenas tardes, agentes, ¿en qué puedo servirles? Debe ser muy importante, ya que me solicitaban con tanta desesperación —al decir esta última palabra, fijó su vista en Anthony.

Anthony también lo miró fijamente y le respondió:

—No fue desesperación, doctor, fue satisfacción. Queremos darle una buena noticia y pedirle un favor.

—Ah, muy bien. Cuénteme entonces la buena noticia, agente, y pida el favor, que seguro podré complacerlo.

Stark volteó, miró a la señorita Meléndez, que estaba por irse, y le dijo:

—Ya puede marcharse, señorita. Muchas gracias y que tenga una feliz tarde y noche.

—Gracias, doctor. Igualmente, también para ustedes, agentes.

—Las tendré, Betty, las tendré —dijo esto mostrando sus blancos dientes, enmarcando una sonrisa encantadora.

Anthony solo lo miró y pensó: «Espero que no, doctor».

—La noticia es que ya tenemos prácticamente atrapado al asesino. Gracias a las pistas que él mismo dejó, estamos muy cerca de acabar con sus crímenes... y es alguien que usted seguro conoce.

Stark sonrió de nuevo y dijo:

—Es una muy buena noticia, agente. Quiero ver tras las rejas a quien le hizo daño a mi esposa.

—Así será, doctor: lo verá tras las rejas.

En cuanto al favor, desde que vine por primera vez a su casa, quedé intrigado.

Soy amante del paisajismo y, por más que lo he intentado, no he podido imaginar el magistral jardín que debe tener.

Me gustaría que me permitiera observarlo y satisfacer mi curiosidad.

Stark trató de no mostrar lo que las palabras de Anthony habían hecho con su ego, pero, más allá de vanagloriarse, sintió cierto recelo ante aquella petición. Sin embargo, estaba seguro de que no había nada que temer y decidió acceder.

—Está bien, agente. Yo también soy amante de los entornos naturales y del desarrollo de ambientes que influyan de manera positiva en el ser humano.

Dicho esto, los invitó a pasar, pero a través del garaje que tenía salida al jardín.

En el garaje había dos vehículos: el Lexus que era de la doctora y una Rolls-Royce Cullinan nuevecita.

Todo estaba muy bien ordenado. En la pared que daba a la sala, colgaban varios títulos de artes marciales y disciplinas del doctor Stark:

Esgrima

Krav Maga

Muay Thai

Pilates

Tai Chi

Yoga

Anthony los ojeó mientras caminaba. Miró a Robert, quien también los leyó, y notó cómo sus pupilas se dilataron al instante, dejando apenas un anillo de color alrededor del azul, reflejando su incredulidad.

Salieron al jardín: Había un pequeño porche justo al salir, con un juego de mesa y sillas apropiados para el lugar.

El jardín se desplegaba ante la mirada como una obra maestra orquestada con mucho esmero, donde cada elemento parecía ocupar su lugar exacto en una armonía casi perfecta.

Desde la perspectiva del espectador, el lado derecho revelaba una piscina pequeña, pero de un lujo exquisito: sus bordes de piedra pulida reflejaban la luz con elegancia, mientras el agua, cristalina y serena, parecía un espejo líquido que capturaba el cielo.

Sutiles detalles —como discretas lámparas empotradas y delicados mosaicos en el fondo— añadían una sensación de exclusividad y refinamiento.

En contraste, hacia el lado izquierdo, el jardín se transformaba en un escenario digno de la realeza.

Senderos de grava blanca serpenteaban entre parterres diseñados con mucha precisión, donde flores de colores intensos competían en belleza sin romper la armonía del conjunto.

Rosales recién podados, arbustos esculpidos con precisión casi artística y fuentes ornamentales susurraban con el sonido del agua en movimiento.

Altos árboles ofrecían sombra majestuosa, como guardianes silenciosos de un espacio que parecía suspendido fuera del tiempo.

El conjunto, lejos de dividirse, encontraba su grandeza en el equilibrio: la sobria opulencia de la piscina dialogaba con la riqueza natural del jardín, creando un paisaje que no solo se contemplaba, sino que se sentía, como si cada rincón guardara un secreto de belleza y perfección.

Maravillado ante tanta excelencia, Anthony no había perdido el norte de su verdadera misión en ese jardín, y luego de felicitar al doctor por tal perfección, comenzó a caminar poniendo especial cuidado en las dimensiones del jardín y el contraste con la casa y la calle de atrás, agudizó todos sus sentidos, trató de ser lo menos evidente posible, luego de varios minutos dijo:

—Doctor, de nuevo lo felicito; es una maravilla arquitectónica, me quedé corto con todo lo que había imaginado —dijo esto tratando de transmitir un verdadero asombro.

—Qué bueno que le haya gustado, agente. Estoy muy orgulloso de mi jardín; es un diseño propio y exclusivo —presumió el doctor.

—Sí, lo imagino. Bueno muchas gracias nos tenemos que marchar, pronto le informaré sobre el avance.

Volvieron al garaje y se marcharon. Robert iba al volante y Anthony le dijo:

—Pasa por la calle de atrás pero rápido antes que pueda ir hasta las cámaras, que seguro tiene varias instaladas.

Pasaron. Anthony movió la mano en un vaivén para que Robert aminorara; se fijó con mucho cuidado en el fondo de la casa del doctor, toda la cerca se veía igual, y, con otro gesto, lo apuró. Volteó al otro lado de la calle, observó algunos galpones a la derecha y salieron de allí rumbo a la oficina.

Por el camino, llamó a los policías que vigilaban al doctor Stark y les informó que podían retirarse, que dejaran de vigilar por ahora y regresaran después de las 9:00 p. m., pero bajo el más estricto silencio.

Ya en la oficina, Anthony tomó la palabra:

—Son más de las seis de la tarde, pero hoy no se va nadie; vamos a acechar al asesino en su guarida. Necesito que nos asista la policía, pero no debe haber sirenas ni luces; tenemos que agarrarlo infraganti. Vamos a preparar todo y en tres horas nos marchamos. No quiero darle tiempo.

* * *

Michael Stark permanecía sentado, casi fundido con el cuero de su sillón, con la mirada perdida en las 114 pulgadas de luz pura del MicroLED.

La pantalla era tan vasta que su campo de visión casi no alcanzaba a ver otra cosa; para él, el mundo exterior no existía, solo la perfección cromática de la imagen.

Sostenía en su mano derecha un vaso con whisky; tomó el último sorbo que quedaba.

Sin embargo, no era entretenimiento lo que buscaba en esos colores vibrantes y en ese trago, sino un último momento de orden antes de entregarse al caos.

Con un movimiento pausado, dejó el mando a distancia sobre la mesa y se puso en pie, vio la hora: eran las 10:30 p.

m. El televisor seguía encendido, bañando la habitación de un azul gélido, pero Michael ya no estaba allí; el doctor se había retirado para dejar paso al ejecutor.

Entró en su consultorio, fue detrás del escritorio y se agachó para accionar un botón oculto bajo la alfombra.

Tres de los paneles de la boiserie se deslizaron sin hacer el menor ruido; entró y, de inmediato, presionó un botón en la parte interior que cerró los paneles a su espalda, sellando su secreto.

Se miró en el espejo que tenía justo enfrente y comenzó su transformación. Media hora después, el hombre que estaba frente al espejo es el sr. Hyde.

Avanzó por el largo pasillo. Revisó las pequeñas pantallas que reflejan el exterior captado por las mini cámaras, verificó que no había tráfico de personas ni vehículos y, destrabando la pequeña puerta, miró los galpones de enfrente y salió…

* * *

Unos momentos antes, Anthony y Robert estaban en la esquina de la casa de Stark, justo desde donde pueden mirar la cerca trasera de la vivienda y los galpones del frente.

Están bien escondidos: saben que hay cámaras en la cerca.

Los demás agentes y las patrullas están en el fondo de la calle, tres casas más abajo, justo en la esquina.

Anthony miró su reloj: eran las 10:59 p. m. —Debe estar por salir —susurró.

Justo en ese momento, Hyde salió por la puerta que se abrió en la cerca y empezó a cruzar hacia los galpones. Anthony y Robert salieron con mucho sigilo y avanzaron poco a poco, pero Hyde los presintió, volteó, los vio y comenzó a correr.

Anthony corrió también y Robert corrió detrás de él.

Hyde abrió la puerta y, al intentar cerrarla, Anthony la empujó, haciéndolo retroceder, y Anthony entró.

Hyde asumió una pose de defensa. Anthony observó a Miriam sobre la camilla y atacó a Hyde.

Al verlo de cerca, podría jurar que era otra persona y no Stark.

Este, con una gran destreza, lo esquivó con facilidad y le asestó una patada frontal en el estómago que lo lanzó hacia atrás, justo cuando Robert estaba entrando.

El impacto hizo que Robert perdiera el equilibrio y chocara de manera violenta contra la repisa junto a la puerta, provocando que la jeringa —aún con el resto de etorfina— se enterrara muy profundo en su brazo.

Hyde, al ver a Robert caer, gritó:

—¡La etorfina!