EPÍLOGO
—Agente López —exclamó Norton, con una nota de genuina emoción en la voz.
—Doctor Norton, ¿cómo está? —preguntó ella, regalándole una sonrisa cálida que iluminó su rostro.
—Muy bien, gracias. ¿Y usted, agente?
—Bien, gracias —respondió ella, sintiendo que el aire en el pasillo se volvió un poco más íntimo.
—Veo que le han regalado flores —comentó él, bajando la vista al ramo.
—No, no... las traje para una paciente —explicó ella con rapidez, sintiendo una punzada de timidez.
—Ah, entiendo. Pues entréguelas pronto —dijo Norton con un brillo pícaro en los ojos—, porque su belleza está opacando por completo a esas flores.
López sintió un calor repentino trepando desde el cuello hasta las mejillas.
Bajo su piel morena, el sonrojo no se manifestó como una mancha roja, sino como un matiz cobrizo que delataba su nerviosismo frente a la mirada fija del doctor.
Buscó refugio en el picaporte de la puerta y lo giró para entrar, pero una palabra la detuvo en seco.
—Agente, disculpe mi atrevimiento... —la frenó Norton—. ¿Le gustaría cenar conmigo esta noche?
López se volvió muy despacio. Lo miró fijamente durante un segundo que pareció infinito y respondió:
—Sería un placer, doctor.
—Deme su dirección y paso a recogerla a las siete, ¿le parece bien?
—Sí, está bien —aceptó ella.
Sacó una de sus tarjetas de visita, anotó su dirección al dorso y se la entregó con un gesto rápido. Antes de que él pudiera decir nada más, entró en la habitación de Miriam con el corazón latiendo a mil por hora.
* * *
Frank y Alizee estaban sentados en el sofá de la casa de él.
En la pantalla, las imágenes de una película pasaban sin que ninguno de los dos prestara verdadera atención.
La mente de Frank estaba en otra parte, librando una batalla interna, debatiéndose entre los nervios y la certeza de que este era el momento. Tras un largo silencio se decidió.
—¿Qué te parece en diciembre? —preguntó, soltando la frase sin más explicación, como quien se lanza al vacío.
Alizee se despegó un poco de su hombro y lo miró con curiosidad.
—¿En diciembre qué, Frank?
—Para la boda.
Ella lo observó en silencio un segundo y luego sonrió, con esa sonrisa radiante que siempre terminaba enamorándolo más.
—Pensé que nunca lo ibas a decir —respondió ella con ternura y agregó—: Después de la petición de mano cinematográfica que montaste, te daba nervios proponer la fecha. —sonrió otra vez y soltó:
—Claro que sí. Sería maravilloso... te amo.
Frank se acercó y la besó con el alivio de quien ha ganado la carrera más importante de su vida. En el televisor, la película pasó, sin dudas, a segundo plano.
* * *
Anthony y Jennifer se encontraban sentados en el pequeño balcón de su apartamento, disfrutando de la brisa y de esa paz que solo llega después de una tarde de entrega total.
Estaban felices, dejando que sus pensamientos volaran hacia el futuro, imaginando cómo sería la vida cuando su bebé llegara.
De pronto, el teléfono de Anthony rompió el silencio. Era Natacha.
—¿Qué hago? ¿Qué hago? —soltó ella en cuanto su hermano contestó.
Su voz era un torbellino de euforia, desesperación y alegría desbordada. Anthony, detectando el caos al otro lado de la línea, puso el altavoz. Jennifer se acercó, intrigada por el tono de su cuñada.
—Cálmate, pequeña... respira —la interrumpió Anthony—. Cuéntanos, ¿qué está pasando?
—Gilbert me acaba de proponer matrimonio... ¡y no sé qué hacer! Estoy encerrada en el baño —confesó Natacha en un susurro atropellado.
Jennifer sonrió con ternura y se inclinó hacia el teléfono:
—¿Es que no sabes lo que sientes por él, Natacha? Quizás te parezca pronto, pero eso solo lo sabrás tú. La verdad es que el amor no tiene horario; solo sucede.
—Yo lo amo —respondió ella desde su refugio—, pero es que me parece que todo va demasiado rápido.
Anthony intervino con esa voz calmada y analítica que usaba para desenredar los casos más difíciles:
—Mira, el hecho de que aceptes no significa que tengan que casarse mañana mismo. Es un paso importante y ambos deben estar seguros, pero si hay amor, las barreras no existen. Solo tú tienes la respuesta.
Se hizo un breve silencio al otro lado de la línea, seguido de un suspiro de resolución.
—Listo, salgo ahora mismo y le diré que sí. ¡Saluden a mi sobrino o sobrina de mi parte! ¡Chao!
La comunicación se cortó abruptamente. Anthony y Jennifer se quedaron mirándose en silencio durante un segundo, antes de soltar una sonrisa cómplice.
La calma había vuelto al balcón, pero vino acompañada de una nueva celebración en la familia.
Sin embargo, el teléfono de Jennifer fue ahora el encargado de perturbar ese momento.
—Hola, Melany. ¿Cómo estás? ¿Qué noticias me tienes?
—Hola Jennifer, bien y ¿Tu? —respondió ella—. Si tengo noticias sobre la situación de Leslie, y son buenas.
—Que bien, cuéntame —dijo Jennifer colocando el altavoz.
—La chica llegó ayer y ya es parte del proceso de Tobías; participa como heredera suya. Pero de todas formas, el profesor de Tobías junto a ese bombón de Brooks Willis, ¿tienes idea de lo que significa ver a ese actor en el Palacio de Justicia…?
—Si me imagino, y ¿entonces? —quiso saber.
—Bueno, ya estaban buscando a la chica, y como nosotros la contactamos, todo salió de maravilla, llegó justo a tiempo y parece que la cosa va para unos cuantos millones. Además, incluimos lo que le corresponde a ella por su padre.
—¡Qué maravillosa noticia! Muchas gracias. Quizás nos veamos pronto. —Se despidió Jennifer,
Anthony sonrió y dijo:
—Qué bueno, según lo que me contaron Frank y Alizee, no tenían una vida fácil ella, su mama y su hermano.
* * *
Robert no podía sacarse de la cabeza los ojos de Alicia.
Desde que estuvo en la Fundación Stark, aquel color violeta; tan raro y profundo como los de una actriz de cine clásico, se le había quedado grabado en la memoria.
Ahora que estaba recuperado, y que la muerte le había rozado de cearca sin lograr llevárselo, sentía que no podía dejar pasar ni un minuto más de su vida.
Llegó a la Fundación sin una excusa oficial. No era el agente del FBI buscando pistas; era solo un hombre que necesitaba comprobar si aquella mirada era tan real como la recordaba.
Aprovechó que alguien salía para entrar y la vio. Alicia estaba allí, concentrada en sus tareas, hasta que levantó la vista. Esos ojos violetas se clavaron en los de Robert y, de inmediato, apareció esa sonrisa linda que a él tanto le había gustado.
—Agente... qué sorpresa verlo por aquí —dijo ella, y Robert sintió que el viaje había valido la pena.
—Solo Robert, por favor —respondió él, devolviéndole la sonrisa con esa mezcla de timidez y franqueza que lo caracterizaba—. Estaba cerca y... bueno, no quería dejar pasar el día sin venir a saludarla.
Ella lo miró con curiosidad, notando que ya no llevaba la tensión del caso sobre los hombros. Robert tomó aire y soltó lo que tenía en mente, sin rodeos:
—Me preguntaba si te gustaría ir al cine a ver una película conmigo uno de estos días. Algo tranquilo, lejos de todo este lío.
Ella lo observó un segundo, guardando un silencio cómplice, mientras sus ojos brillaban de una forma especial.
—Me encantaría, Robert.
Robert sintió que el corazón le daba un vuelco de alegría. Se despidieron con una promesa en el aire y salió de la Fundación; caminó hacia su coche sintiéndose más vivo que nunca.
* * *
Han pasado varios días desde la captura del doctor Stark.
Frank y Alizee ya anunciaron la fecha de su boda y entregaron las invitaciones.
Robert y Alicia fueron al cine, aunque la verdad es que no disfrutaron mucho la película; estuvieron entretenidos en otros asuntos.
Natacha y Gilbert vendrán de visita pronto, mientras que López y Norton, tras una interesante velada, ya planean su segunda cita.
Por su parte, Jennifer ya está empezando a lucir su barriga y pronto visitarán a sus suegros.
* * *
Anthony llegó temprano, como siempre, y encontró al técnico saliendo de su oficina.
—Listo, agente; ya el interruptor está donde debe estar —dijo el hombre, mostrando una sonrisa que reflejaba una disculpa.
—Qué bueno, muchas gracias —respondió Anthony.
Al entrar, no pudo evitar pensar que aquel detalle, que tanto lo había molestado desde el primer día, terminó siendo la luz al final del túnel en el caso de Stark.
Esta vez el escritorio de Robert estaba impecable, perfectamente organizado; el suyo, como de costumbre, también.
Anthony, hizo el gesto, pero ni siquiera se quitó la chaqueta; algo le sugirió no hacerlo.
Tomó asiento y observó en su celular una foto de la barriga de Jennifer, cuando Stuart se asomó a la puerta y le dijo:
—El jefe los quiere a todos en la sala.
Sin mucho preámbulo ni protocolo, el jefe soltó de una vez:
—Sé que aún están reponiéndose del caso del estrangulador numérico.
Nos tomó más de un año, pero ha surgido algo.
Necesito que Robert y Anthony vayan a la morgue; Frank y Alizee, a la escena del crimen; López y yo iremos con el jefe de policía.
En esas carpetas tienen lo esencial del caso; falta un detalle que verán en la morgue.
Tomaron las carpetas y salieron. Anthony y Robert llegaron a la morgue, se anunciaron según el protocolo y entraron. Al encontrarse con el forense, Robert lo saludó:
—¿Cómo está, doctor Muerte?
—Morte, Robert, Morte —dijo el forense lanzándole una mirada asesina.
Ambos sonrieron, pero Anthony ya estaba en la mesa, junto al cadáver.
El médico se acercó y lo destapó. Era el cuerpo de un joven caucásico de entre veintitrés y veinticinco años.
Tenía cinco puñaladas en el pecho, tres en línea vertical hacia el abdomen y dos en horizontal justo debajo de la primera; eran aproximadamente de unos tres centímetros de largo.
No habían visto el informe, pero Anthony ya tenía idea de lo profundas que eran por lo menos las dos últimas, la primera era superficial.
Robert, tras observar bien el cadáver y ver la expresión del doctor, levantó las palmas de las manos como preguntando: «¿Nada más? ».
El médico, entendió su gesto y terminó de levantar la manta. Tomó la mano derecha del joven y les mostró que faltaba el dedo medio. No había sido arrancado; fue quirúrgicamente amputado en la interfalángica proximal, realizado ante mortem y tratado con curas y suturas.
FIN