CAPITULO XXVI
La voz al otro lado del hilo le informó:
—Agente, la chica ya había salido cuando llegamos. Salió para un casting; la encargada no sabe la dirección del mismo.
Anthony golpeó el tablero y respondió:
—Está bien, pídale a la encargada que la llame a su celular de inmediato —ordenó Anthony.
—Sí, agente, ya lo ha intentado varias veces, pero no contesta. Puede estar en el proceso de casting —respondió el oficial.
—Ok, ya estamos por llegar. Espérenos allí. Gracias.
Cortó la llamada y repuso:
—Ojalá me haya equivocado y no pase nada; al final, su nombre es Miriam.
Pero en su interior tenía la peor expectativa posible. Tomó su teléfono y llamó a Stuart:
—Revisa si hay cámaras en esa zona y, si identificas en qué taxi se fue la chica, trata de hacerle seguimiento.
Si no logras identificarlo, comunícate con la central y avísales que revisen todos los taxis que transiten por aquella zona; la chica va en uno de ellos.
Averigua también dónde hay castings para modelos femeninas hoy y me avisas. Es urgente —aseguró.
Anthony y Frank llegaron a la posada, saludaron a los oficiales y Anthony pasó la vista por toda el área. Hablaron con Elena, la encargada.
—Buenos días. Somos los Agentes Especiales García y Arlington —se presentó Anthony.
—Smith, agente especial Smith —corrigió Frank. Anthony lo observó con una mirada de disculpa, pero Frank entendió el momento en el que estaban.
—Mucho gusto, yo soy Elena Sánchez, encargada de la posada. —Elena era una mujer de baja estatura y entradita en peso, pero muy agraciada—.
—¿A qué hora salió la señorita Miriam? —consultó Anthony.
—Bueno, primero la policía y ahora el FBI... debe ser algo grave. Mire, para aclarar: a la señorita que ustedes buscan, acá todos la conocemos como Olimpia; ella es modelo.
Anthony y Frank se observaron con desilusión y, justo en ese momento, entraron los demás agentes y lograron escuchar la aclaratoria de la encargada. Sus caras lo decían todo: ella es la víctima y llegamos tarde.
Elena pareció entender lo que predecían los agentes y les hizo una consulta:
—Pero Olimpia es rubia... el loco ese solo busca castañas, ¿no? —Dijo esto muy esperanzada, pero Robert fulminó esa esperanza al informarle:
—Lamento decirle que Miriam, Olimpia como usted la conoce, es de pelo castaño, pero lo tiene teñido de rubio.
Los ojos de la mujer se abrieron exorbitantemente y de inmediato se llenaron de lágrimas.
—Se fue como a las 7:15 a. m. Vi que tomó un taxi, pero no me fijé en las placas ni en el chofer —contestó ella. Su voz se apagó en un susurro cargado de culpa, fue incapaz de sostenerle la mirada a Anthony.
—Está bien, no tenía por qué hacerlo —la consoló él.
—¿Quién trajo el sobre ayer para Olimpia y a qué hora?
—Un chico joven, pero no le preste mucha atención —se lamentó ella y continuó—. No es de por aquí, eran como las cinco de la tarde.
—No se preocupe —dijo Anthony y agregó:
—¿Podemos revisar su habitación a ver si de casualidad encontramos la dirección del casting?
—Bueno... está bien —lo dudó un momento, pero accedió. Tomó la llave y dijo:
—Acompáñenme —mientras subía las escaleras.
Era una habitación normal de posada con una cama individual; estaba bastante desarreglada y desordenada, es probable que por el apuro de la hora. Buscaron con la vista por toda la habitación, pero no encontraron nada que les indicara la dirección del casting.
—¿Qué sabe del esposo de Miriam? —preguntó Anthony.
—Según entiendo están separados, tiene que ver con una infidelidad, pero no sé mucho sobre eso —aseguró ella.
Repicó el teléfono de Anthony; lo tomó y escuchó a Stuart: —Hay tres castings femeninos hoy, pero ninguno es a esta hora.
»En la cámara se ve el taxi amarillo que tomó la chica, pero no se pudo ver la matrícula; parece que intentó camuflarse con los vehículos que pasaban y la matrícula trasera estaba sucia de tal manera que no permitió ver el número.
Pero lo más cumbre es que en el techo tiene una imagen que parece el medallón, pero al hacer zoom son letras al azar, algo falso.
»Seguro conoce muy bien la ciudad; fue imposible localizarlo de nuevo y revisé las cámaras privadas también —dijo Stuart.
—De acuerdo, gracias —contestó Anthony frunciendo el ceño—. Lo lamento, llegamos muy tarde. Stuart verifica los videos de ayer a las cinco de la tarde hay un joven que trajo un sobre a ver quién se lo dio.
Repicó de nuevo el teléfono de Anthony y lo tomó enseguida.
—Habla García.
—Hemos encontrado la ubicación del doctor Nixon. Supimos por testigos que un vehículo lo pasó buscando y, con la descripción del mismo, concluimos que pertenece a la señora Washington. En este momento están en un hotel.
—Está biens, gracias —respondió Anthony.
Observando en su reloj que eran las 8:15 de la mañana, se dirigió a su compañero de siempre y le dijo: —Robert, vamos a visitar al doctor Stark. No importa si no está; es mejor si no está.
Llegaron a la casa del doctor Stark. Anthony vio su reloj: son las 8:23 a. m. La secretaria estaba en el escritorio. Anthony percibió el aroma del incienso, pero sabía que era diferente al de la colonia, aunque también la captó.
—Buenos días, señorita Meléndez, ¿cómo está? —saludó Anthony.
—Buenos días. Bien, ¿y ustedes agentes? ¿Qué se les ofrece?
—Bien, gracias. ¿Está el doctor? —Y antes de que ella respondiera, agregó—. Sí, está con un paciente, ¿puede decirme a qué hora llegó el paciente y si es su hora acostumbrada?
La secretaria lo miró intrigada y respondió:
—Hoy llegó unos minutos más temprano; me dijo que tenía algo que hacer después —volteó a mirar la hora que había registrado del paciente y se quedó pensativa.
—Por favor, pregúntele al doctor a qué hora nos podría atender hoy, con preferencia en la tarde —solicitó Anthony.
—No puedo molestar al doctor cuando está con un paciente, no le gusta —se disculpó ella.
—Lo siento, pero voy a insistir. Necesito justo ahora que el doctor nos informe a qué hora nos puede atender.
—Bueno, seguro se va a molestar. —Presionó el intercomunicador y dijo:
—Doctor, los agentes del FBI necesitan saber a qué hora los puede atender esta tarde.
Sonó de vuelta el aparato y se oyó al doctor decir:
—Ya te he dicho que no me molestes cuando estoy con un paciente. Pueden venir a la una.
Anthony sugirió:
—Infórmele que vamos a venir a las 4.00 p. m. o si él lo prefiere venimos a las 4:30 p. m., después de su último paciente.
—Doctor, dice el agente que vendrá a las 4.00 p. m. o si usted lo prefiere ellos vienen a las 4:30 p. m.
—A las 4:30 p. m —respondió el doctor malhumorado.
—Muy amable, gracias. Estaremos acá a esa hora. Hasta luego —se despidieron.
Ya en el vehículo, Robert le preguntó a Anthony:
—¿Qué fue todo eso?
—Solo quería confirmar si el doctor estaba de verdad en su consultorio, Robert.
Al darle a elegir entre las cuatro o las cuatro y media, lo obligué a tomar una decisión en tiempo real.
Si la secretaria estuviera usando una grabación para encubrirlo, no habría podido responder a una opción específica.
Aunque esto no lo garantiza al cien por ciento, el hecho de que aceptara la hora sugerida por mí, me demuestra que en este momento, él sí está allí.
Robert arrancó el vehículo en silencio, mientras Anthony en su mente seguía repasando el tono de voz que salió por el intercomunicador. De pronto le dijo a Robert:
—Detente, vamos a esperar al paciente.
Robert se detuvo y esperaron. Veinte minutos después vieron salir a un hombre de unos 50 años, con el cabello canoso y ralo, peinado hacia atrás con esmero, pero con un mechón rebelde que le caía sobre la frente.
Vestía un traje de tweed marrón que le quedaba un poco grande, una camisa de cuadros desgastada y unos zapatos de cuero que necesitaban una buena pulida. Sus ojos eran claros pero cansados, con ojeras profundas que revelaban noches de insomnio.
Al salir del edificio, se detuvo a encender un cigarrillo con manos temblorosas, como si necesitara calmar los nervios que la terapia le había removido. Anthony bajó del vehículo y se le acercó.
—Buenos días, soy el agente especial Anthony García del FBI. ¿Puedo hacerle algunas preguntas?
Anthony observó la mirada perdida de aquel hombre, debía haber estado con los ojos cerrados por un buen rato durante la terapia. El sujeto miró con recelo al agente, volteó a ver si había más personas o si lo estaban siguiendo y respondió:
—Sí, dígame, agente, antes de que lleguen los intrusos.
Anthony se fijó en su cuello y sus brazos, pero no tenían marcas.
—¿A qué hora llegó usted a la consulta con el doctor?
—A las 6:45 a. m. Siempre llego a esa hora los jueves —respondió, pero miró hacia la casa y agregó: —Pero hoy llegué más temprano, tengo cosas que hacer.
—¿Qué cosas tiene que hacer? —quiso saber Anthony.
—Nada, nada, nada.
Anthony entendió que no obtendría otra respuesta.
—¿Tiene consulta todos los jueves?
—Sí, ese es mi día especial.
—¿El doctor le inyecta algo en la consulta?
—No, no me gustan las agujas. Solo tomo mi té y, luego de revisar mi subconsciente por un rato, le comento sobre mi semana —contestó algo molesto.
Robert bajó del vehículo y se acercó. El hombre reaccionó de manera exagerad y dijo: —¡Me voy, me voy! Vienen los intrusos —y se marchó. Tomó el primer taxi que pasaba.
—Vámonos —le dijo a Robert. Se montaron en el vehículo camino a la oficina.
Anthony pensaba: «Si no estoy equivocado, ya tiene a la chica en su poder. Pero ¿cómo demonios hace para estar en dos sitios a la vez? ¿O tendrá un cómplice? No lo creo... pero estoy casi convencido de que este doctor es el asesino».
Volvieron a la oficina. Pasaron varias horas revisando todas las evidencias y ordenando las ideas. Anthony, por su parte, se levantó dos veces a revisar la cartelera, llamó a la Fundación Stark y se comunicó con el doctor Fisher.
Luego del almuerzo conjunto que realizaron, se reunieron todos en la sala de conferencias y el jefe tomó la palabra: