CAPITULO XXV #2
Pero en los datos principales se veía que el hombre era caucásico, tenía el pelo castaño y los ojos de color azul, entre otros datos. Tomó su teléfono y llamó a Stuart; revisó la hora: 5:50 a. m. Tamborileó los dedos en el escritorio como apurando al celular.
—¿Aló? ¿Qué pasa? Son las cinco de la mañana —respondió Stuart.
—Son las seis. Te necesito en la oficina urgente. Una consulta mientras vienes: ¿el buscador del censo de la Fundación Stark busca datos también en observaciones?
—No, solo en los datos principales. Voy saliendo, nos vemos allá.
—¿Cuánto crees que vas a demorar, Stuart? —consultó Anthony.
—Lo usual son unos 45 minutos debido al tráfico —respondió él.
—Necesito que vueles. Coloca la sirena y ven lo antes posible, claro, sin riesgos, ¿ok? —solicitó Anthony.
Enseguida procedió a llamar a todo el equipo de la UAC y empezó a revisar el censo.
El primero en llegar fue Stuart. Anthony ya tenía todos los archivos en la sala de reuniones.
—Hola, necesito que coloques la aplicación del censo en todas las computadoras; debemos encontrar a la próxima víctima —prácticamente lo empujó a su cubículo.
—¿Qué descubriste? —quiso saber Stuart.
—Hay datos en las observaciones del censo que no se filtraron con el buscador y allí puede estar la víctima —explicó Anthony.
Stuart entró a la intranet y empezó a instalar la aplicación de la Fundación a todos. Mientras, Anthony le mostró las observaciones que había visto del hombre con los ojos azules.
—Está bien, entiendo —aseguró.
Anthony observó el reloj y le preguntó:
—¿Cuánto demora eso en instalarse?
—Unos minutos.
Como que todos se pusieron de acuerdo para llegar juntos, y aun con los ojos adormilados.
—Cuéntame, Latino, ¿qué encontraste? —preguntó Robert.
—Creo que podemos encontrar a la próxima víctima, solo espero que sea a tiempo.
—¿Y no es una de las seis que tenemos bajo protección? —preguntó López.
—Me temo que no. es probable que el asesino tenía otra opción que aún no conocemos, pero es lo que espero que encontremos a tiempo antes de que esa mujer desaparezca —suplicó Anthony.
—Listo, ya todas las computadoras tienen la aplicación de la Fundación —informó Stuart.
—De acuerdo, gracias. Vamos a buscar en el apartado de observaciones de los registros del censo a todas las mujeres que tienen veintisiete años, que están casadas y no tienen hijos. ¿Sabes cuántas son, Stuart? —preguntó Anthony.
—¿Y estás seguro de que vamos a encontrar algo en el censo? —preguntó el jefe.
—Sabemos que el asesino tiene el censo y que las cuatro mujeres asesinadas están en él.
Como no ha intentado nada para asegurarse una de las seis mujeres que estamos protegiendo, seguro se dio cuenta y tiene un segundo plan.
¿Dónde estará la mujer para ese plan? En el censo.
Y no creo que cambie su tipología; por lo tanto, debe haber algo que no está a simple vista.
Eso es lo que vamos a buscar para salvar a esa mujer.
—Bueno, ok. Manos a la obra.
—¿Qué me dices, Stuart? ¿Cuántas son?
—Sí, son 224. Cada uno puede revisar 32 registros —sugirió Stuart.
—Bueno jefe, verifique de la 1 a la 32; López, de la 33 a la 64; yo reviso de la 65 a la 96; Robert, de la 97 a la 128; Frank, de la 129 a la 160; Alizee, de la 161 a la 192, y Stuart, de la 193 hasta la última.
Son las 6:48, por favor, háganlo lo más pronto que puedan; puede ser cuestión de vida o muerte.
Nadie respondió. No hacía falta. El silencio de la oficina fue sepultado de inmediato por el frenético y rítmico golpeteo de siete teclados trabajando al unísono. La carrera contra el reloj había comenzado.
Habían pasado varios minutos y Anthony estaba revisando la computadora, pero miraba su reloj cada cierto tiempo.
Frank Terminó de revisar y avisa.
—No encontré nada.
—Anthony volteó enseguida y, decepcionado, volvió la vista a su computadora. Miró la hora, esta vez en la PC: 7:20. Movió negativamente la cabeza y trató de apurar el paso de la vista.
Stuart gritó: —¡Tengo algo! Cabello teñido de rubio, color original castaño oscuro, pero su nombre no empieza por O; su nombre es Miriam.
Anthony pegó un salto de su silla y llegó en escasos segundos al cubículo de Stuart. Con urgencia, preguntó: —¿Cuál es su dirección?
—Posada El Girasol, calle Del Sol, número 12.
Anthony tomó su teléfono, llamó a la central de la NYPD y solicitó su colaboración:
—Buenos días, habla el agente especial Anthony García, de la Unidad de Análisis de Conducta del FBI.
Por favor, necesito que la patrulla más cercana a la Posada El Girasol, calle Del Sol, número 12, se dirija de inmediato hasta allá.
Identifiquen a la ciudadana Miriam Clark y no permitan que salga de la posada; su vida corre peligro. Estamos enviando su fotografía.
Acto seguido, salió de la oficina acompañado por Robert, Frank, Alizee y López rumbo a la posada; todas las sillas rodaron sin control. Anthony sugirió:
—Frank, tú manejas. Robert, ve con Alizee y López.
En la vía, Anthony se comunica con la patrulla que vigila al doctor Stark. Va sujetado con fuerza al asidero de seguridad del vehículo, aun cuando la destreza de Frank al volante es incomparable.
—Habla el agente García. Buenos días, ¿alguna novedad en la casa de Stark? —preguntó Anthony.
—No ha salido de su casa, a las 6:00 a. m.
salió y recogió el periódico y entró. A las 6:30 a.
m. llegó la secretaria y a las 6:48 a. m.
llegó un señor en un taxi; según la información que manejamos, es el paciente de esa hora.
Aún no ha salido. Es todo —respondió el oficial que contestó la llamada.
Anthony repitió: —6:48 a. m.
Acto seguido, se comunicó con los oficiales que vigilan al doctor Nixon.
—Habla el agente especial Anthony García. Buenos días, ¿cómo está la situación en la casa del doctor Nixon? —Al escuchar la respuesta, lanzó un grito…
—¿Cómo que no está en su casa ni en el hospital tampoco? Que perdieron su ubicación. Ok, gracias.
Colgó, apretó la mandíbula y dijo:
—Qué casualidad... Nixon desapareció justo ahora —comentó con frustración, y de inmediato le avisó al jefe lo sucedido con el doctor.
Frank lo miró y volvió su vista a la calle. Repicó el teléfono de Anthony; contestó enseguida:
—Agente especial García…