CAPITULO XXV
De regreso en la oficina, Anthony vio a Robert y, sin mediar palabras, solo con su mirada hizo que aquel le respondiera:
—Nada, falsa alarma. Sí estaba en la zona y esperó un rato, pero recogió a una mujer y se marchó. No es de las posibles víctimas.
Anthony asintió y enseguida se dirigió a la sala de conferencias; se sentó y comenzó a revisar toda la evidencia. Todas las miradas se centraron entonces en Alizee.
—No pasó nada —dijo ella, sintiéndose acosada—. Bueno... Anthony cree que hay mucha coincidencia entre algunas evidencias y el doctor Stark.
Ahora todos dirigieron su atención hacia Anthony, pero este ni se inmutó; continuó revisando los archivos con total concentración. Poco a poco, cada uno se ocupó en sus pendientes y lo dejaron solo en la sala.
Eran ya las cuatro de la tarde cuando Anthony recordó que no había almorzado y salió a comer algo rápido. Al regresar a la oficina, encontró a todos reunidos en la sala de conferencias; el silencio en el ambiente le indicó que debía explicarse.
—Toda la evidencia apunta ahora al doctor Nixon, salvo por dos detalles: el aroma en la escena de Tobías y la obsesión con el número seis.
Eso nos sitúa frente a otro sospechoso. Me temo que para cuando Nixon necesite recurrir a su coartada, ya será tarde.
Si esa coartada es la esposa del doctor Washington, esa mujer está en peligro y debemos protegerla de inmediato.
Después de semejante revelación, el jefe tomó la palabra:
—Smith, comunícate con la policía de Nueva York y solicítales su colaboración para proteger a esa mujer, también de manera discreta para no causar pánico —instruyó el jefe.
—Estoy terminando de verificar algunos detalles. En cuanto tenga todo claro, les explicaré lo que presumo que está pasando y, probablemente, la verdadera identidad del asesino —concluyó Anthony.
Todos, como de costumbre, comprendieron la etapa en la que se encontraba su mente; en silencio, comenzaron a ordenar toda la evidencia sobre la mesa de la sala de reuniones, de tal manera que él pudiera desarrollar su complejo proceso mental.
Anthony se puso de pie frente a los archivos, observando y tomando notas.
* * *
Miriam, una joven modelo de veintisiete años, regresaba cansada, con los pies pidiéndole un respiro tras una jornada de audiciones fallidas. Sin embargo, su espectacular figura, su cabello rubio largo y todo su porte, aún lucían impecables.
Al cruzar la recepción la encargada, una mujer joven que siempre estaba al tanto de todo, la llamó con un gesto.
—¡Olimpia! Te dejaron esto hace un rato —le dijo, extendiéndole un sobre elegante, de un papel más grueso de lo normal.
—¿Para mí? —Miriam lo tomó con curiosidad—. Gracias, Elena.
Abrió el sobre allí mismo. Sus ojos se iluminaron al leer el contenido: una invitación exclusiva para un casting de alta costura, una oportunidad de las que solo aparecen una vez en la vida. La cita era para mañana, jueves, a las 7:30 de la mañana.
—¡Es el casting que esperaba! —exclamó Miriam con una sonrisa—. Tengo que preparar el portafolio.
—Me alegro mucho por ti, de verdad —respondió Elena con sinceridad.
Miriam, emocionada, dejó el documento un momento sobre el mostrador de madera para buscar las llaves en su bolso. El sobre quedó allí, bajo la luz de la lámpara de la recepción. En el destinatario, impreso con una tipografía sobria que le daba al envío un aire de formalidad, se podía leer:
Srta. Miriam (Olimpia)
Calle del Sol, núm. 12
Solo fue un segundo. Miriam recuperó sus llaves, tomó el sobre y subió las escaleras hacia su habitación, sin notar que ese paréntesis en su nombre artístico era, en realidad, su sentencia en el juego del asesino.
* * *
El Sr. Hyde está en el cuartito frente al espejo; pero esta vez no está pendiente de su apariencia. Aunque su mirada está fija en el cristal, su mente se encuentra en otra parte.
«La chica ya debe haber recibido el sobre y yo tengo todo listo para mañana», repasó el plan en su mente y continuó con su especulación.
«Lo lamento a ti te escogió el FBI, Olimpia.
Todas las demás están bajo vigilancia; lo que no saben es que yo tenía este as bajo la manga que está en el censo, pero no a simple vista».
«¿Qué tanto habrán descubierto los del FBI? Por lo menos ya tienen el apellido Morgan».
En ese momento se observó en el espejo, movió la cabeza negativamente y continuó con su línea de pensamiento:
«Es muy inteligente, ese Anthony... tal como lo esperaba, pero, no tanto como para atraparme. Después de que encuentren el cuerpo de la chica, el rastro los llevará directo a ese bastardo».
Sonrió, pero enseguida frunció el ceño.
«La señora Washington está bajo protección disimulada. En algún momento bajarán la guardia y deberé actuar con cautela, pero sin demora. Ahora la muerte de esa mujer es una pieza fundamental para mi plan».
Seguía maquinando.
«Ya debe saber, entonces, que viene una mujer cuyo nombre empieza con la letra O.
Lo que no saben es que no estará en la lista que seguro habrán extraído del censo digital.
Y que la próxima víctima para la letra N no estará en el censo; con el símbolo les indicaré que la edad será la misma que la de la letra O.
Y que tendré que viajar si no está en Nueva York».
* * *
Esa tarde en la oficina, ya todos se preparaban para irse. El jefe se dirige al grupo:
—Vayan a descansar, hoy es miércoles. Mañana nos reunimos a primera hora.
El jefe sabía que Anthony seguiría revisando las evidencias. Anthony recogió todo y se dispuso a llevarlas a su oficina, pero antes le dijo a Smith:
—Comunícate con la policía y verifica la situación de las mujeres, necesito saber si hay alguna novedad.
Smith marcó en su celular; el sonido de cada tecla retumbaba en la mente de Anthony como un martilleo. Escuchó las preguntas y respuestas de él; luego, Smith colgó.
—Nada nuevo. Todo está tranquilo; no ha habido nada sospechoso.
Anthony no dijo nada, solo negó con la cabeza, apretó los archivos de evidencias contra su pecho y se dirigió a su oficina. Robert se acercó y le preguntó:
—¿Necesitas que te acompañe?
—No, ve tranquilo. Cualquier cosa los llamo. No me cuadra que no haya nada sospechoso; creo que mi intuición no ha fallado. No debe ser ninguna de esas mujeres —dijo todo en voz alta, lanzando la última frase hacia las paredes vacías de su oficina, como si el eco pudiera darle una respuesta.
—¿Qué habremos pasado por alto? Algo no está bien.
Robert comprendió que Anthony ya se había hundido en su propio monólogo y se marchó.
Volviendo por un momento a la realidad de su vida personal, Anthony llama a Jennifer:
—Hola, mi amor, ¿cómo estás? —saludó él.
—Bien, mi vida, ¿y tú? Debes estar cansado, ¿ya vienes? —preguntó ella.
—No, me temo que esta noche dormirás sola. Estamos en un momento apremiante; ya han pasado tres meses y seguro ese loco volverá a matar. Voy a revisar todo de nuevo a ver qué pasé por alto.
—Sí, te entiendo, pero debes comer y trata de descansar un rato, ¿ok?
—Sí, ahora como y descanso un rato. Mañana hablamos, te amo, cuídate —se despidió Anthony. su mente estaba en los archivos de las víctimas.
—También te amo, cuídate tú. Ya te conozco: no dejes de comer y descansar un rato —recomendó ella.
Anthony revisa los símbolos dejados en las víctimas, deslizando las carpetas sobre el escritorio.
—Esto está resuelto. La próxima víctima comienza con la letra O.
Se queda observando fijamente el nombre en uno de los archivos, ese apellido que no deja de darle vueltas.
—Apellido Morgan... es un mensaje —murmura para sí mismo, y luego se pregunta:
—¿Será como dice el jefe? « El haber dejado su apellido como pista es común en algunos asesinos que tienen la necesidad de que los detengan, pero no quieren entregarse en forma directa ».
—Y... ¿esto no aplica para Stark? —se pregunta y enseguida surge la respuesta: —No. Estoy casi seguro de que él había olvidado o bloqueado el apellido de su madre.
—Ya han pasado tres meses. Si fuera una de esas mujeres, ya él estaría vigilándolas para preparar su plan —especuló—. Si pudiera saber el momento exacto del mes...
Después de varias horas, Anthony no mostraba cansancio; seguía en pie. Revisó otra vez la carpeta de cada víctima por separado y se dio cuenta de algo muy importante que había pasado por alto.
Todas las mujeres habían desaparecido un jueves en la mañana; sus cuerpos aparecieron el viernes, pues fueron asesinadas en la noche del jueves.
—Desaparecen el jueves —se dijo, y sintió que se le helaba la sangre al recordar con claridad lo que el jefe había dicho: «Hoy es miércoles».
Observó el calendario anual que estaba colgado en la oficina y ahora no tenía dudas. Como de costumbre, lo dijo en voz alta:
—Mañana va a desaparecer una de las seis mujeres de la lista o… siguiendo mi instinto, hay alguien más a quien aún no conocemos y que no vamos a poder impedir que le suceda.
De Nuevo se centró en los archivos; ahora trataba de encontrar a otra posible víctima.
Salió de la oficina y revisó la cartelera de la sala de conferencias.
Vio la computadora encendida en el cubículo de Stuart; la había dejado en el censo de la Fundación Stark.
Se fijó en su reloj: eran las 5:15 a. m.
—Ya está amaneciendo —se dijo—. Bueno, las seis mujeres de la lista están protegidas. Espero equivocarme y que no haya nadie más; que esta vez atrapemos al asesino intentando secuestrar a una de ellas... y es hoy mismo.
Volvió su mirada a la computadora, revisó varios de los registros y algo hizo que todo su cuerpo se erizara. Al final de la ficha, en el campo de observaciones, leyó lo siguiente:
Observaciones:
El sujeto porta lentes de contacto cosméticos graduados (tono azul). Se confirma por inspección visual directa que el color del iris natural es negro.