Entre sombras y huellas (Agente Anthony García 1) CAPITULO XXIV #2
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CAPITULO XXIV #2

Anthony sintió cómo se aceleraba su corazón; era demasiada coincidencia.

El mismo aroma de la escena de la muerte de Tobías.

Recorrió toda la estancia con la vista: los juegos de sillas, las revistas en la mesa, los cuadros, el escritorio de la secretaria...

Estaba viendo patrones numéricos por todas partes: seis sillas, seis cuadros, seis revistas, seis adornos en el escritorio.

—El doctor está desocupado, ¿verdad? —preguntó a la secretaria—. Son más de las nueve, ¿ya se fue su primer paciente?

—Sí, ya el doctor terminó con el primero; está dentro de la casa. Debe estar por regresar, ya viene el otro paciente —contestó.

—Señorita Meléndez, voy a hacerle una pregunta de vida o muerte. Por favor, sea usted muy sincera —sentenció Anthony.

La secretaria abrió los ojos de par en par. —Usted me asusta, agente.

—No se asuste, solo responda: ¿existe alguna posibilidad de que el doctor salga de la casa sin que usted lo pueda ver?

—No, no existe ninguna. Para salir de la casa, si está en el consultorio, debe pasar por acá. Y aun estando en la sala o cualquier otra parte de la casa, si sale, me daría cuenta cuando pase el vehículo. Así que es imposible que salga sin que yo lo vea —respondió ella.

Anthony volteó a ver la puerta del consultorio, que estaba cerrada. Sintió unas ganas enormes de entrar y revisarla antes de que viniera el doctor y, cuando estaba a punto de cometer un gravísimo error, salió Stark por la puerta que conectaba la sala con la recepción.

—Buenos días, agentes —saludó Stark—. ¿Qué los trae por aquí? Me tienen buenas noticias... ¿ya atraparon al asesino?

Anthony lo miró fijamente un instante antes de responder. El aroma del perfume seguía flotando entre ellos.

—No, doctor, aún no —contestó con calma—, pero le aseguro que muy pronto estará tras las rejas —sentenció Anthony.

—Oh, qué bueno escuchar eso. Según oí, ha habido más víctimas —refutó el doctor.

—Sí, una más después de su esposa, pero esperamos que sea la última —auspició Anthony.

—Qué bien. ¿Y en qué puedo ayudarlos, agentes? —dijo Stark, mirando ahora a Alizee—. A ella no la había visto.

—Soy la agente especial Alizee Rousseau —se presentó ella.

—Perfecto, pasen al consultorio. Nos quedan unos quince minutos; mi paciente está por llegar.

Ya instalados en el consultorio, Anthony observó de la manera más disimulada posible el entorno y tomó la palabra:

—Doctor, ¿conoce usted a Tobyashlyn Bates? —preguntó, escudriñando cada milímetro de la reacción de Stark.

—Sí, por supuesto que lo conocí —respondió el doctor. Iba a continuar, pero Anthony lo atajó de inmediato:

—¿Conoció, doctor?

—Sí... hace tiempo que no sé nada de él —intentó aclarar Stark. Anthony lo observó en silencio antes de volver a inquirir:

—¿Cuál fue su relación con él?

—Era solo profesional —explicó Stark—. Y no fue por mi cuenta; fue un favor a mi mentor, el doctor Edmund Miller.

Él ya se sentía cansado y yo evalué a Tobyashlyn como requisito para su libertad condicional.

Cumplió con todo lo exigido y le preparé el informe que firmó el doctor.

¿Por qué? ¿Ocurre algo? ¿Se ha vuelto a meter en problemas?

—No, es solo parte de la investigación —aclaró Anthony, sin dejar de observar al doctor.

—Doctor, según nuestros registros, usted indicó que no tenía hermanos, pero eso no es del todo cierto, ¿verdad? —le inquirió Alizee.

—Para mí es cierto. Mi vida comenzó con el apellido Stark —aseguró el doctor con firmeza.

—¿Puede, por favor, hablarnos de su familia biológica? —solicitó Anthony.

—No. Lo siento, no es un tema del que me agrade conversar —se negó Stark.

—Yo también lo siento, pero es parte de la investigación. Debe contestar —le instruyó Anthony.

—Bueno... todos están muertos. Al menos para mí —aseveró él.

—Dígame, por favor, el nombre de sus padres y de su hermana. Necesitamos verificarlo —solicitó Alizee.

—Denzel se llamaba mi padre. De mi madre ni lo recuerdo, y de mi hermana tampoco —aseguró Stark.

—Bueno, está bien si no quiere cooperar, pero yo se los recordaré: su padre en efecto fue Denzel Adams y su madre, Elizabeth Morgan.

Anthony puso toda su atención en la reacción del doctor al escuchar ese apellido.

—No, mi madre fue Elizabeth… —dijo el doctor. Se quedó pensativo un largo rato. Su rostro mostraba un desconcierto genuino, sus ojos vagaban en varias direcciones como hurgando en el pasado. Finalmente, añadió:

—Bueno, puede que haya sido su apellido de soltera.

—Muchas gracias, doctor. No tenemos más preguntas.

Anthony se despidió; se levantaron y salieron de allí. Alizee lo seguía, mostrando cierto asombro en su rostro.

Salieron del consultorio justo cuando el timbre de la recepción anunció una nueva presencia. Era el paciente de las diez, un hombre de aspecto nervioso que avanzaba hacia el mostrador.

Anthony aprovechó el segundo exacto en que la secretaria se inclinó sobre su agenda para confirmar la cita y el paciente comenzó a explicar su llegada.

Sin hacer ruido, con una economía de movimientos que asombró a Alizee, Anthony la guio hacia la salida principal.

No cruzaron palabras ni hicieron contacto visual con la mujer del escritorio en L; era como si se hubieran fundido con el pasillo y cruzaron el umbral hacia la calle antes de que la asistente pudiera procesar que la entrevista había terminado.

Ya instalados en el vehículo, Alizee no aguantó más y le exigió una respuesta:

—¿Puedes explicarme qué acaba de pasar allá adentro?

—Aún nada —respondió él con calma—, pero ¿notaste lo del aroma y lo del apellido?

—Sí, lo noté, pero lo que no entendí fue tu reacción —aclaró Alizee, todavía confundida por la agresividad del interrogatorio.

—Es que, por ahora, escuché todo lo que necesitaba escuchar —explicó Anthony mientras arrancaba y puntualizó—. No quería darle tiempo a rectificar sus errores.