CAPITULO XXIV
En la soledad de su oficina, Anthony revisaba una y otra vez las pistas y evidencias.
Su mirada, afilada por la obsesión, se detuvo en los símbolos.
Había algo extraño. Se percató de que existían sutiles diferencias entre los dos primeros y el tercero; además, el cuarto —aquel dejado en el lóbulo de la oreja de Rosa— tenía un signo de «resta».
—Esto quiere decir algo. Tiene que haber un mensaje. ¿Pero cuál? —murmuró para sí mismo. No se refiere a las edades… es otra cosa.
De pronto, una idea cruzó su mente como un relámpago. Tomó papel y bolígrafo, escribió los nombres de las víctimas uno debajo del otro y consultó un alfabeto:
A bigail
G reicy
M adeleine
R osa
—El primer nombre fue Abigail, comienza con A. El símbolo tiene un signo de suma debajo del seis.
Anthony comenzó a contar en el alfabeto: B, C, D, E, F... y se detuvo en la sexta posición. Sus ojos se abrieron de par en par al ver que la letra resultante era la G .
—Greicy —susurró—. Y el símbolo de la G también tiene un signo de suma debajo del seis.
Contó de nuevo seis posiciones desde la G y obtuvo la M . Su vello se erizó; una mezcla de triunfo y frustración lo invadió. ¿Cómo no lo había visto antes?
—La M de Madeleine también tiene un signo de «más».
Volvió a contar seis letras desde la M, esperando llegar a la R, pero obtuvo una S .
—No puede ser... debo estar equivocado. —Frunció el ceño.
Tomó la fotografía del símbolo dejado en el cuerpo de la doctora Madeleine y la examinó con una lupa. Se dio cuenta de que el signo no estaba exactamente debajo del seis; estaba desplazado un poco hacia la izquierda.
—Es un cambio de ritmo. Tiene que ser menos de seis.
Probó contando cinco posiciones y el resultado era el que esperaba: la R .
—Rosa —dijo en voz alta, su voz retumbando en la oficina vacía.
Revisó entonces la fotografía de Rosa y vio el signo de «menos» debajo del slash (/).
—Esto debe ser la mitad. La mitad de seis, pero esta vez hacia atrás.
Contó tres letras hacia atrás desde la R y obtuvo la O . Antes de cantar victoria, verificó su hipótesis una, dos, tres veces. El asesino no estaba dejando marcas al azar; les estaba hablando.
Escribió las iniciales obtenidas en el papel: A - G - M - R - O.
—¿Será una sigla? ¿Qué significa esto?
Se quedó un largo rato observando las letras, moviéndolas en su mente como piezas de un rompecabezas. Las letras A-G-M-R-O bailaban frente a él hasta que lo vio con una claridad aterradora: MORGA.
—Solo falta la N... Es el apellido Morgan —sentenció, mientras el frío de la oficina parecía calarle los huesos.
—Morgan... —repitió. Pero entonces, su mente hizo esa conexión eléctrica que tanto temía y deseaba a la vez. El patrón no se había detenido en Rosa. Si el asesino estaba completando el apellido, la O que arrojó el símbolo encontrado en Rosa no era el final, sino el penúltimo paso.
—La próxima víctima —dijo para sí mismo, sintiendo el peso de su propia capacidad de predicción—. Si mi razonamiento no está equivocado, el nombre de la próxima mujer va a empezar con la letra O.
La adrenalina reemplazó al frío. Anthony se lanzó sobre su computador y abrió el archivo de la Lista de las 80 mujeres. Sus dedos volaban sobre el teclado mientras filtraba los nombres. El cursor bajó frenéticamente por la columna de la letra O.
—Aquí están... —jadeó.
En la pantalla aparecieron seis nombres:
Olivia, ,
Ofelia,
Octavia,
Oriana,
Olga,
Ondina
Seis mujeres. Un Código. Una de ellas estaba marcada.
Anthony recorrió la lista con la mirada una y otra vez, tratando de sentir cuál de ellas vibraba con la misma energía oscura de las fotos que tenía sobre la mesa. Pero su instinto no le decía nada con respecto a ninguna de ellas; algo faltaba.
Percibió que los demás agentes estaban llegando y salió a su encuentro en la sala de conferencias, llevando consigo la carpeta con las evidencias y su reciente hallazgo.
Escucharon la grabación que realizó López de lo narrado por el señor Lawrence Grant. Frank relató lo sucedido con el doctor Randy Nixon, y Robert describió las características de su casa.
Anthony explicó su descubrimiento en cuanto a los símbolos y el nombre de las seis posibles víctimas; también informó que había dado instrucciones a la policía de vigilar a las seis mujeres y a los doctores Randy Nixon y Michael Stark, pero sin que nadie lo notara.
—Muy bien hecho —reconoció el jefe y expuso: —Dadas las circunstancias y los nuevos hallazgos, sabemos que el doctor Stark es el único Morgan.
Sin embargo, tiene una coartada muy sólida: hasta ahora, su secretaria confirma que nunca ha salido de su oficina a la hora en que se produjeron las desapariciones.
A menos que tenga un cómplice, o que la propia secretaria lo sea, parece imposible; a esas horas siempre está atendiendo a un paciente.
—No, jefe, Randy también es Morgan; su madre fue Gladys Morgan —explicó Anthony, señalándolo en el árbol genealógico de Tobías.
—Entonces no hay duda, el asesino debe ser Randy Nixon.
Usó a su primo para comprar la droga, luego lo mató y después comenzó a asesinar a las mujeres.
Seguro hay algo que aún no sabemos sobre él y cada víctima, pero dada su obsesión con las casadas, puede haber intentado algo con ellas y ser rechazado; esto las puso en su mira.
—El haber dejado su apellido como pista es común en algunos asesinos que tienen la necesidad de que los detengan, pero no quieren entregarse por sí mismo.
Dejan pistas que los lleven a ellos para que los capturen.
El detalle es que, aunque sepamos que es él, no tenemos pruebas suficientes para arrestarlo a menos que confiese, y no creo que eso pase.
—Yo tengo mis dudas —intervino Anthony, frunciendo el ceño—.
La verdad es que el doctor Nixon es muy arrogante y engreído, pero también tiene coartadas para cada asesinato.
Aunque no quiera revelar quién puede verificarlas, no significa que sean mentira.
No niego que parece sospechoso y aunque está claro que todas las pistas apuntan hacia él, aún no estoy convencido. Solo me faltan atar algunos cabos.
Todos se quedaron mirando a Anthony, pero el jefe sabía que podía confiar en él. Hasta ahora nunca había fallado su sexto sentido.
* * *
Al día siguiente, Anthony acompañó a Jennifer al médico.
No se había sentido muy bien y pasó muy mal la noche con vómitos y mareos.
Natasha se había ofrecido a acompañarla, pero supo que Gilbert tenía que volver enseguida a Chicago y decidió irse con él; su hermano se sintió aliviado al saber que ella se iba con el novio.
Anthony llamó a la oficina y habló con Robert.
—Buenos días, ¿cómo estás? Voy a llegar tarde. Avisa por favor.
—Bien ¿Y tú? ¿Qué pasó? ¿Sucede algo? —quiso saber Robert con preocupación.
—No, todo está bien, voy a acompañar a Jennifer al médico —explicó.
—Ah, de acuerdo. Yo voy con la jefa López a la zona donde vive Oriana, una de las mujeres protegidas en secreto. Según parece han visto el vehículo de Randy Nixon por el área —le informó Robert.
—Está bien, estoy pendiente. Dentro de poco estaré en la oficina —finalizó Anthony.
Anthony cortó la llamada en el auricular. La noticia de Robert debería haber sido el alivio que esperaba —el sospechoso principal estaba localizado, eran las 7:25 de la mañana, la hora concordaba, todo podía terminar justo ahora para el asesino—, pero algo no estaba bien, había algo fuera de lugar.
¿Nixon en la zona de Oriana? «Demasiado previsible», pensó. Pero si era el asesino, claro que iría por una de las mujeres en la lista; quería que aquel pensamiento lo tranquilizara.
Mientras observaba a Jennifer, una duda punzante lo distrajo: si Nixon era el asesino, ¿por qué todo se sentía tan...
coordinado? ¿Y si se estaban equivocando de hombre?
Esa presión de sentir que hay una falla y que el tiempo se agotaba para la próxima víctima, era una sombra que no lo dejaba respirar.
De regreso al apartamento, Anthony no sabía si llorar o reír de alegría: iba a ser padre.
Jennifer estaba feliz y él también, pero la vida de la quinta mujer pendía de un hilo dentro de una maraña, esa que él aún no había podido deshilar.
Llegaron al edificio y Jennifer, que ya lo conoce muy bien, le dijo: —Déjame aquí, yo subo.
Vete tranquilo; en un rato me voy para la fiscalía y cualquier cosa te informo.
—¿Estás segura? —preguntó él. —Sí, mi vida, esto apenas empieza, no te preocupes —lo besó y caminó hacia la puerta del edificio. Él la miró por un rato y se marchó.
* * *
En la oficina se encontró con el jefe, Frank y Alizee. Le dijo a esta última: —Acompáñame a la casa del doctor Stark. Veamos qué nos dice sobre la mente de Tobías.
Llegaron a la casa del doctor Stark y, tan pronto como cruzó el marco de la puerta, Anthony quedó petrificado. Ese olor: Roja Parfums Haute Luxe . Fue allí donde había percibido aquel aroma; recordó el incienso, pues podían ser semejantes, pensó. Alizee lo observaba intrigada.
—Buenos días, señorita Meléndez, ¿cómo está? —saludó Anthony cuando por fin pudo articular palabra.
—Buenos días, agentes. Bien, gracias, ¿y ustedes? —respondió la secretaria, y agregó: —A ella no la había visto, ¿verdad? Es muy linda.
—Oh, muchas gracias. Usted también lo es —respondió Alizee.
—Es muy agradable el aroma del incienso; se percibe apenas al entrar en la casa —manifestó Anthony.
—Yo, que estoy acostumbrada, ya no lo percibo.
Pero esta vez no creo que sea el incienso; hace dos días que no lo enciendo.
El chico que los trae tuvo un accidente y me invitaron a que los fuera a recoger, pero aún no he ido.
Debe ser la colonia del doctor, o la de su paciente... —informó y especuló la secretaria.